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jueves, 24 de septiembre de 2026

VANIDAD DE VANIDADES

Lc 9, 7-9

La historia nos habla de que por mucho que nos involucremos en conseguir éxitos, riquezas, poder… todo será más de lo mismo… Vanidad de vanidades.

¿Qué saca el hombre de todos los afanes con que se afana bajo el sol?

Tantas veces nos desfondamos en luchas que no valen la pena y perdemos la paz en las batallas que no son importantes hasta el extremo de buscar quienes confirmen nuestras opciones, con miedos y obsesiones.

El ejemplo de lo que decimos nos lo ofrece Herodes. El Evangelio nos dice que tenía ganas de ver a Jesús. Pero ese deseo poco tenía que ver con conocerlo de verdad, escuchar su Palabra o abrirse a la verdad y a la justicia.

Quizás Herodes nos hace pensar en algo que también puede sucedernos a nosotros: parapetarnos en nuestras propias seguridades y protegernos de aquello que nos desagrada, nos inquieta o puede obligarnos a cambiar.

—¿Tienen algo que añadir? —preguntó Manuel con ánimo de profundizar más en el tema.

Pedro se levantó y dijo:

—Personalmente, creo que en esas actitudes estamos todos representados… Muchos —al menos yo me incluyo— somos presa de nuestra propia imagen y nos dejamos mover por nuestras vanidades.

Manuel, mirándole fijamente, abrió la Biblia y leyó:

— Evangelio según san Lucas 9, 7-9:

En aquel tiempo, el tetrarca Herodes se enteró de lo que pasaba sobre Jesús y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, en cambio, que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.

Herodes se decía: «A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?».

Y tenía ganas de verlo.

La realidad era la que Pedro había señalado. De alguna manera, todos podemos reconocernos en esa actitud. Podemos sentir curiosidad por Jesús, hablar de Él, querer saber quién es… y, sin embargo, no estar dispuestos a dejarnos transformar por su presencia.  

Podemos quedar atrapados en el desencanto, el aburrimiento, la rutina, la insatisfacción o la desesperanza. Y entonces buscamos la felicidad en aquello que parece más codiciado: el poder, el placer, las riquezas, los honores, el reconocimiento de los demás.

Pero la verdadera felicidad no se encuentra necesariamente en aquello que más perseguimos. 

Quizás la pregunta de hoy no sea solamente si queremos ver a Jesús, sino si estamos dispuestos a encontrarnos de verdad con Él