jueves, 22 de febrero de 2018

¿Y QUÉ DIGO YO?

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Mt 16,13-19
Esa es la pregunta que tengo que responder yo y también tú. ¿Quién es Jesús para mí? Sin lugar a duda tengo que contestar que Jesús para mí es el Hijo de Dios Vivo. Es el Verbo encarnado en Naturaleza humana, hecho Hombre, para revelarme la Voluntad del Padre, que no es otra sino la de salvarme y hacerme hijo suyo y partícipe de su Gloria.

Pero, dicho así, con apariencia de tanta seguridad y claridad, mi actuar no responde como a mí me gustaría. Lo digo, pero me pregunto, ¿me lo creo? Indudablemente que quiero creérmelo, pero experimento una limitación humana que no me deja sentirlo y verlo claramente. Eso, por la Gracia de Dios, me descubre mis limitaciones y cadenas que me aprisionan y que sólo me dejan el recurso de la fe. Fe que, consumada al final de mi vida, actuará como liberadora y vidente de la Luz que colma y llena plenamente.

La fe es la que salva, una fe que, en la medida que se va apoderando de ti, te lleva al compromiso del amor. Un amor que se transforma y se da. Un amor que se mira en Jesús y que se esfuerza en imitarle y que por su Gracia llega a hacer obras tan grandes como Él. Pero, a pesar de que yo mantengo mi confesión, mi fe no llega todavía a ser tan profunda y clara.

Sin embargo, me consuela en estos momentos la fe que tengo. Porque, esta fe que me mueve ahora a hacer estas mis pequeñas y pobres obras me es dada y regalada por el Señor. Posiblemente, por ahora, no merezca más, pero me siento alegre por, al menos, merecer un poquito, la que Dios quiera darme. No obstante, debo seguir perseverando, esforzándome, trabajando, orando y suplicándole y, postrado a sus pies, esperando pacientemente el don de la fe cuando Él decida dármela.

Yo, Señor, sigo diciendo desde mis limitaciones y oscuridades que Tú eres el Hijo de Dios Vivo, y me regocijo, porque sé que como a Pedro, es el Espíritu quien me ilumina para confesar públicamente esta fe. Y te pido que me fe sea fuerte y valerosa, capaz de confesarte incluso ante peligro de muerte.

miércoles, 21 de febrero de 2018

LA ÚNICA SEÑAL, LA CRUZ Y RESURRECCIÓN

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Lc 11,29-32
Buscamos pruebas y señales que nos convenzan, pero, a pesar de tenerla delante no las reconocemos ni la aceptamos. Buscamos seguridades y como las pruebas no nos la dan, saltamos como de flor en flor buscando toda clase de seguros que nos den esa seguridad que anhelamos. Y lo que conseguimos es desesperarnos y estresarnos. Porque, por mucho que busquemos, sólo Jesús nos dará la seguridad y la paz.

Buscando lo que nunca podremos encontrar en el mundo tapamos todas las rendijas posibles por donde pueda entrar Dios en nuestra vida. Queremos estar seguros según nuestra razón y no damos entrada a nada que sea contrario a lo que pensamos. Pero, ¿cómo pensamos? Pensamos según nuestros sentimientos y pasiones y no dejamos tiempo ni espacio para nada más. Dios no es sino un reto, que no nos convence y al que no damos ninguna oportunidad. Queremos que se nos presenta y nos demuestre su poder, y si no es así, buscamos por nuestra cuenta y según nuestra razón.

Y llegamos al estrés y a la depresión. Nos enredamos en este mundo absurdo que no tiene sentido sin Dios. Porque, vivir para morir tiene muy poco sentido. La fe es la única esperanza que puede dar la vuelta a este camino mundano absurdo. La fe en la esperanza de la Resurrección, que es lo que nos ofrece Jesús, siendo Él el primero en resucitar. No hay ni habrá otra señal. Jesús es la prueba, el signo, el camino, la verdad y la vida.

Pero, la fe es un proceso, es un camino, es un riesgo y una aventura. Y es como debe ser, porque sólo así puede convertirse y tomarse como nuestro único mérito ante la llamada que Dios nos hace. Responder a esa oportunidad infinita que Dios nos regala es - entre paréntesis - nuestro gran mérito. Es decir, creer y fiarnos de la Palabra del Señor correspondiendo a esa capacidad y libertad que Él nos ha dado para decidir seguirle y creerle o rechazarle y no creerle.

Y no tenemos mucho tiempo para decidirnos. Hay que tomar parte en esta decisión y optar por un camino u otro. Se nos va la vida y el lunes, el Evangelio de Mt 25, 31-46 lo dejaba muy claro. Es para tomárselo en serio, porque nos jugamos la vida eterna. Esa que todos tanto buscamos.

martes, 20 de febrero de 2018

EL PAN DE CADA DÍA

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Mt 6,7-15
Es frecuente enredarnos con nuestras propias palabras hasta el punto que ni nosotros mismos nos enteramos de lo que decimos o pedimos. Buscamos oraciones enrevesadas y complicadas y nos perdemos en lo fundamental y en la claridad de lo que verdaderamente necesitamos. Jesús, el Señor, nos invita a no divagar ni rebuscar palabras y formas suplicatorias. Simplemente, ir al grano y ser claro.

El Señor sabe lo que nos hace falta y conviene, por lo tanto, ahorremos muchas palabras y encrucijadas verbales que nos enrollarán y confundirán. Conociéndonos, Jesús nos enseña a orar enseñándonos la oración del Padrenuestro. Una oración sencilla, breve y clara. Pedimos lo que necesitamos, el pan de cada día, y nuestro Padre, que nos conoce, sabe lo que realmente nos viene bien. Otra cosa es lo que nosotros estamos pensando y deseando. Quizás, pedimos más de lo que necesitamos y eso nos estropea y acomoda.

Pedimos que nos perdone nuestras ofensas, también como nosotros debemos esforzarnos en perdonar a los que nos ofenden. Porque, comprendemos que no está bien pedir perdón y, nosotros, no perdonar. Todos nos damos cuenta que en la medida que pedimos perdón para nosotros, también debemos perdonar a los demás. Sin embargo, también todos experimentamos que nos cuesta mucho perdonar, sobre todo a los enemigos. Y, por eso, perdimos ayuda al Señor.

Vivimos en un mundo peligroso, donde el mal que hacen unos recae e influye en otros. Necesitamos limpieza y purificación para que el ambiente sea bueno y se llene de justicia, fraternidad y amor. Y eso depende de cada uno, porque el todo está formado por los unos. También, terminamos nuestra sencilla y simple oración pidiendo esa liberación. Padre, líbranos del mal que nos rodea.

Como podemos experimentar no hace falta más. Simplemente pedir por el pan que necesitamos; pedir por la capacidad de perdonar a nuestros enemigos, y para que el Señor nos libere del mal que nos rodea.  Y terminamos con un esperanzador amen.

lunes, 19 de febrero de 2018

AYÚDAME, SEÑOR, A APROBAR EL EXAMEN DE AMOR

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Mt 25,31-46
El resultado final se hace sobre el amor. Toda nuestra vida se reduce a saber amar y a vivir amando. Y amar es servir y perdonar. Porque para servir hay que también perdonar. Perdonar a todos aquellos que no corresponden a tu servicio ni valoran tu hospitalidad y caridad. Amar por encima de todos esos prejuicios que te inclinan a hacer lo contrario. Amar desinteresado.

Hay mucha gente que ama, pero ama de una manera interesada. Es decir, ama a los suyos, a sus hijos, esposa y familia en general, pero se olvida de amar al desconocido, al prójimo que tiene cerca y sufre carencias, padece hambre o enfermedad y se encuentra solo. Olvida al que está encarcelado, prisionero de la droga y vicios y sometido a la esclavitud de sus pasiones y sentidos. 

Su amor queda mutilado, porque sólo ama en una dirección. Sin embargo, experimentan lo que es amar y lo dan todo por sus hijos y familia. Ignoran el gozo y la felicidad que se pierden cuando ese amor se expande a otros ambientes, sobre todo a los más pobres. Ignoran esa capacidad recibida de amar, que queda interrumpida por el rencor, la desconfianza, la inseguridad, el temor y el egoísmo de mirar solamente para sí y los suyos. Jesús nos advirtió de ese nuestro pecado individualista y egoísta al mandarnos a amar a los enemigos, porque todos, por naturaleza, tendemos a amar a los nuestros y amigos.

Y es que Él nos ama a todos, incluso a los que le insultan, le rechazan y le crucifican cada día con sus desplantes, sus indiferencias y sus pecados. Está pendiente de todos, sobre todo de los más pobres y pecadores. Nos busca y nos invita a cambiar y convertirnos. Y ahora es momento de conversión y de amor. Busquemos la fuerza del Espíritu para que nuestros corazones sean más generosos, caritativos y dispuestos a darnos en servicio y caridad.

No olvidemos que Jesús vendrá a buscarnos y a descubrir nuestra generosidad y nuestra actitud de servicio y de amor. Nada importa sino el resultado de nuestro amor. Un amor recibido del Señor y entregado, también por amor, a los hermanos. Ayúdanos, Señor, para estar a tu derecha cuando vengas a buscarnos.

domingo, 18 de febrero de 2018

IGUAL QUE NOSOTROS MENOS EN EL PECADO

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Mc 1,12-15
Cuesta creer que Jesús sufrió como cualquier hombre del planeta. Cuesta creer que Jesús sintió sed, hambre, cansancio...etc. Cuesta creer en su Naturaleza humana. Pero, la realidad es que el Evangelio no deja ninguna duda, Dios tomó la naturaleza humana y se hizo hombre. Se encarnó, de María, en un hombre como tú y como yo, y se doblegó a las limitaciones humanas para, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. Al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

Jesús tiene su preparación y, antes de iniciar su misión, se retira al desierto donde sufre las tentaciones para que abandone y desista de su misión. ¿No nos ocurre a nosotros igual? ¿Cuántas veces experimentamos el desánimo, la tentación de abandonar? Necesitamos también nuestro propio desierto donde prepararnos y fortalecernos ante lo que se nos avecina cada día. Para esto nos sirve y nos prepara la cuaresma. Y no es una batalla por un tiempo. Es una batalla de cada día hasta que termine la guerra, que lo hará cuando exhalemos el último suspiro de nuestra vida aquí en la tierra.

Por todo ello, conviene caminar al ritmo del Señor y junto a Él. Para eso tenemos los sacramentos, en especial la Eucaristía, donde le encontramos, le tocamos y de su Espíritu nos alimentamos. El Señor se ha quedado para eso y será una tragedia para nuestra vida no aprovecharnos, visitarle y asistir con la mayor frecuencia a la invitación de su Banquete, su Cuerpo y su Sangre.

No olvidemos que el estar preparado para la lucha es fundamental. El diablo está al quite. El diablo es una realidad de la que habla Cristo repetidas veces en el Evangelio. También lo cita Pedro-1ºPedro 5,8 -.Y Pablo VI enseña: «El Demonio es el enemigo número uno, es el tentador por excelencia. Sabemos que este ser obscuro y perturbador existe realmente y que continúa actuando». Ignorarlo es de necio, pues le damos ventaja y le ponemos el camino fácil. Alejarnos del Señor y de la frecuencia de los sacramentos nos deja indefenso y a merced de sus garras.

sábado, 17 de febrero de 2018

NECESIDAD DE LIMPIARNOS

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Lc 5,27-32
La higiene es algo innato y necesario al ser viviente, y, como debe ser, también al hombre. Tiene libertad para hacerlo, pero la necesita y le es imprescindible para su salud. Y no de vez en cuando, sino diariamente. Cada día necesitamos asearnos y mantenernos higiénicamente limpios. Nuestra salud depende de la calidad de nuestra higiene, y, por mucho y bien que la practiquemos, la necesitaremos realizar todos los días.

Y de la misma forma que necesitamos la higiene cada día, también necesitamos limpiar nuestro corazón de todas las impurezas a que nos somete el pecado. Somos pecadores y no podremos librarnos de sus tentaciones y amenazas sin el esfuerzo de limpiarnos cuidadosamente de él alejándonos también de sus peligros. Necesitamos, pues, también limpieza cada día y a cada instante.

Pero, ocurre que la limpieza de nuestros pecados no la podemos hacer de cualquier manera, forma o lugar. Necesita una circunstancia y a Alguien especial. Sólo Dios puede perdonar tus pecados y sólo en Él podemos encontrar esa posibilidad de que nuestros pecados sean perdonados. Por lo tanto, tendremos que acudir a Él. Sin embargo, siendo así nuestra situación, es el Señor quien nos busca y quien ha dada el primer paso para ofrecernos su Perdón.

Dios sale a nuestro encuentro para ofrecernos su Misericordia perdonándonos todos nuestros pecados cada vez que lo necesitemos. Sabe de nuestra condición pecadora, débil y limitada, y, comprendiéndonos, nos ofrece, por amor, su perdón misericordioso. En Él podemos apoyarnos y descargar todas nuestras culpas, fracasos, miserias, fatigas, debilidades, errores, torpezas, tentaciones y pecados. Él nos comprende, nos fortalece, nos acoge, nos escucha y nos perdona. Sabe que le necesitamos.

Y es que nada somos ni podemos sin Él. Por eso da el primer paso y nos busca para rescatarnos y liberaros del pecado. Pero, seremos nosotros los que tendremos que seguirle y dejarnos conducir por Él. Nos ha creado libres para que podamos optar y decidir. No nos resultará fácil, pero confiando y permaneciendo en Él lo logramos, porque Él tiene Palabra de Vida Eterna.

viernes, 16 de febrero de 2018

MOMENTOS OPORTUNOS

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Todo tiene su momento, y el ayuno también lo tiene. En sí mismo no es una meta ni un fin, sino un medio para sostenernos firmes y equilibrados ante las tentaciones e inclinaciones de nuestra propia naturaleza caída. Somos débiles y fáciles de ser vencidos. Diría más, somos incapaces de sostenernos por nosotros mismos, incluso bien preparados y fortalecidos con el ayuno, dietas y ejercicios físicos.

Necesitamos al Señor. Él es el Camino, la Verdad y la Vida, y el único que nos puede salvar y fortalecernos para vencer y vencernos. Necesitamos arrepentirnos y dejarnos conducir y querer por Él, que nos salva y nos libera del pecado. En su presencia estamos salvados y alegres, porque en Él nuestra vida se transforma en gozo, fiesta y salvación plena. Él es la Vida en plenitud de gozo y eternidad.

Nuestro ayuno debe consistir en ser alivio para otros. Nuestro ayuno debe consistir en compartir y dar esperanza al que está necesitado y sufre. Nuestro ayuno es convertirnos en amor y esperanza para aquellos que están desesperanzados porque no conocen a Jesús y no encuentran sentido a esta vida. Nuestro ayuno debe ser siempre un medio para fortalecernos y sostenernos firmes y disponibles al servicio de los demás.

Es bueno ayunar, porque eso fortalece nuestro cuerpo y nos da fuerza y vigor para sostenernos sobrios y equilibrados. El ayuno es fuente de vida, y muchas veces estamos obligados a ayunar en rigurosas dietas para conservar nuestra salud. Muchas enfermedades nos predispone a renunciar a muchos alimentos que nos gustan y nos deleitan, pero se impone la salud. 

De la misma forma, el ayuno voluntario nos sirve para fortalecernos espiritualmente y estas disponible para responder a los impulsos y acciones que nos señala el Espíritu Santo. Ayunar no es un fin, sino un medio para convertirnos y responder a la llamada de Dios, que busca y quiere fundamentalmente nuestro bien, nuestra alegría, nuestro gozo y felicidad eterna.