sábado, 5 de enero de 2019

LA VERDAD ESTÁ EN EL CORAZÓN

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Jn 1,43-51
Todas nuestras inclinaciones, malas y buenas, nacen en el corazón. Por eso, no está el pecado en las cosas externas, sino en la que se fraguan dentro, en lo más profundo de nuestros corazones. Por eso, es posible que no conozcas a Jesús, pero, quizás, sin saberlo está muy cerca de ti. Tan cerca que lo encuentras dentro de ti mismo, en tu corazón. Porque, es de allí de donde arranca la verdad y también la mentira.

Eso fue lo sucedido con Natanael, que teniendo dudas de que de Nazaret pudiera haber cosa buena se deja llevar por el consejo de Felipe y se acerca al Señor. Porque, el primer paso, nuestro primer paso es acercarnos al Señor y tratar de escucharle e intentar conocerlo. Porque, de nada nos vale decir que creo si no me acerco a ver, a escuchar y, a ser posible, tocarlo. Porque, no se pude confesar que creo cuando lo que hago es mi voluntad y no su Voluntad.

El Señor conoce, como le descubrió a Natanael, nuestras intenciones, y sabe de lo que habita en nuestros corazones. Por lo tanto, respetando nuestra libertad, nos acoge y nos recibe cuando nuestra actitud es sincera y realmente busca la verdad. Es el caso de Natanael al que el Señor presenta como un hombre bueno, sin engaño y sincero. Y esa actitud y disponibilidad siempre tiene acogida por la Gracia del Señor. Pues, es su Gracia la que nos convierte, la que nos llena de sabiduría y de fortaleza.

Quizás nos falte a nosotros esa disponibilidad de acercarnos y confiar en el Señor, y, también, en dejarnos llevar por aquellos que nos aconsejan desde la verdad y buenas intenciones de sus corazones. Quizás sea ese paso el que nos falta. Pero, no se trata de eso sólo, sino de ser perseverante y renovar cada día ese deseo de acercamiento y de escucha y de activar tu voluntad de acuerdo con la Voluntad del Señor. En eso coincidiremos todos, la necesidad de la oración, la reflexión y el silencio necesario para centrarnos y no dejarnos arrastrar por el ambiente y las circunstancias de cada día.

viernes, 4 de enero de 2019

¿Y A TI, QUIÉN TE HA SEÑALADO A JESÚS?

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Jn 1,35-42
Es posible que Juan y Andrés no hubiesen seguido a Jesús si éste no es señalado por Juan el Bautista. Y también otros discípulos como Simón, hermano de Andrés. Pero, es también real que Juan y Andrés estaban al lado de alguien que hablaba de Jesús y preparaba su camino. Por lo tanto, es lógico suponer que estaban expectante y esperanzados en la venida de un Mesías que les salvara de la esclavitud.

¿Qué supone eso? Quizás, para ser liberado haya que sentir primero esa experiencia de sentirte esclavo y de querer ser liberado. ¿La sientes tú? Tengo que confesar, y ahora me doy cuenta y tomo conciencia de ello, que toda mi vida me he sentido esclavo. Esclavo de mis pasiones, de mis apegos, de mis apetencias y debilidades de mi naturaleza humana. ¡Claro, me cuesta levantarme y enfrentarme a la lucha de cada día contra mi pereza, mis holgazanería, mis caprichos y mis responsabilidades!

Experimento con claridad lo que dice Pablo -Rm 7, 19 - sobre que hago lo que no quiero y no hago lo que quiero. Experimento la lucha contra mi propia naturaleza que se rebela en hacer el bien y en el amar. Experimento el aguijón que duerme en mi corazón y me inclina al mal, al desamor y al egoísmo. Experimento y descubro la necesidad de ser liberado por Alguien que está por encima de eso y que ya ha vencido esa muerte de la carne y del pecado.

Descubro que tengo necesidad de un Libertador y busco al Mesías prometido que me libera de la esclavitud del pecado. Y, es por eso, por lo que escucho a Juan el Bautista y luego, sigo al que él me señala. Y, conocido, derramo mi humilde voz y escritura en proclamar que Jesús, es el Señor, el Mesías prometido y el Hijo de Dios verdadero. 

Por eso, estoy en la Iglesia, en la Santa y Madre Iglesia, porque es ella la que ha me traído, a través de los siglos, la voz de Juan y también la de los apóstoles, donde se fundamenta el anuncio de la Buena Noticia. de salvación que Jesús puso en manos de sus apóstoles. Y, por eso, por mi bautismo, también me siento yo comprometido a continuar proclamando con mi propia vida que Jesús es el Mesías prometido por el Padre, para liberar a los hombres de la esclavitud del pecado.

jueves, 3 de enero de 2019

JUAN PRESENTA A JESÚS

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Jn 1,29-34
Juan era consciente de que él preparaba el camino a alguien. Por eso, Juan invita a la conversión, a un cambio de vida según la Ley de Moisés y dispone al pueblo a prepararse porque está a punto de que llegue el enviado, el Mesías prometido. Lo manifiesta muy claramente cuando dice: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel».

Y, por supuesto, es lógico suponer que Juan estaba pendiente y atento a las señales de su aparición. Y llega el momento que Juan le descubre y le señala: Al día siguiente Juan ve a Jesús venir hacia él y dice:He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios».

Ante este hermoso y fiel testimonio poco se puede decir. Crees en la palabra de Juan el Bautista, que entrega su vida al servicio de preparar el camino al Señor, y que lo descubre y lo presenta. O te cierras en tu razonamientos y exigencias porque esperabas otra clase de Mesías u otro Dios. 

El bautizo de Jesús en el Jordán es el momento de la presentación de Jesús, por el Padre, para que el mundo le conozca y le obedezca. Este es mi hijo amado en quien me complazco. Y más tarde en el monte Tabor nos dice: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escuchadlo. Y ahora te toca a ti y a mí en dar una respuesta a esta presentación del Señor. No trates de explicártelo porque no encontrarás ninguna explicación, así como tampoco la tienes para la creación del mundo y las maravillas que en él hay. Se trata de creer por el testimonio de los que lo han visto, como es hoy el caso de Juan el Bautista.

miércoles, 2 de enero de 2019

JUAN DESCUBRE Y ANUNCIA EL CAMINO

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Jn 1,19-28
Juan está anunciando el camino. Él no lo es ni tampoco es la luz, pero anuncia el camino que hay que seguir siguiendo al que verdaderamente es el Camino, la Verdad y la Vida. Juan deja todo muy claro al confesar que él no es el camino sino la voz que anuncia el camino: «Yo soy voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías».

Tras esta respuesta, los fariseos, que eran los que le habían preguntado le dijeron: «¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?». A lo que Juan respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia».

Y termina el Evangelio diciendo: Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando. Para dejar claro, con señales y testigos, que esto no era algo anecdotario, sino que concretamente ocurrió y estaba localizado en el río Jordán, donde bautizaba Juan. y en tiempo de Herodes Antipas.

Juan da testimonio de Jesús y es la antesala de su salida a la vida pública. Juan sabe donde empieza y termina su misión y, en el momento oportuno, se abaja y desaparece. Él anuncia a quien ha de venir a bautizar con el Espíritu Santo y fuego. Ese testimonio de Juan debe, al menos a nosotros, servirnos también para saber quienes somos y cual es nuestra misión. 

Saber que no somos dignos de desatarle la correa de su sandalia, tal y como lo decía Juan,  y que somos sus siervos humildes que, postrados ante Él, queremos hacer su Voluntad. Porque, de Él recibimos todo lo que somos y la felicidad a la que aspiramos. Confiemos en el Señor y descubramos nuestra pequeñez y nuestra pobreza. En Él encontramos todo lo que buscamos y Él sólo nos basta.

martes, 1 de enero de 2019

BUSCANDO A JESÚS

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Lc 2,16-21
Posiblemente pensemos que los pastores fueron corriendo a Belén porque fueron avisados por los ángeles. Y, tal como le habían dicho, encontraron a María, José y el Niño. Entonces, contaron lo que le habían anunciado los ángeles de Jesús y todos se admiraban de lo que decían. María conservaba todas esas cosas meditándolas en su corazón.

¿Y nosotros? ¿Qué nos ocurre a nosotros? También a nosotros se nos ha anunciado la Palabra y la venida del Mesías, pero no hemos salido corriendo a buscar y encontrarnos con ese Niño que nos han anunciado. Y menos le hemos anunciado a los demás. Igual nos justificamos aduciendo que no hemos sido avisados, o que no sabemos dónde está Jesús, pero, ¿no está Jesús en la Palabra? ¿No vino la Palabra y habitó entre nosotros? ¿Y no se nos revela cada día en las Sagradas Escrituras? ¿Pensamos que los pastores tuvieron más razones para creer?

Posiblemente, nuestro problema sea otro. Un problema de soberbia, de auto suficiencia, de orgullo y de egoísmo. Quizás nuestro problema sea más consecuencia de nuestras debilidades y naturaleza humana herida por el pecado que no dejamos curar en la Misericordia del Señor. Posiblemente, ese será nuestro problema y no otro.

Aquellos pastores creyeron en lo que los ángeles les comunicaron y se pusieron manos a la obra. ¿Qué hacemos nosotros? ¿Creemos? ¿Buscamos al Señor? ¿Y le anunciamos? Esa será nuestra reflexión, meditar sobre nuestra actitud de búsqueda y del encuentro de cada día con el Señor. Entonces es cuando buscamos la verdadera felicidad y podemos decir: 

        ¡FELIZ AÑO NUEVO!

lunes, 31 de diciembre de 2018

TERMINA UN AÑO PARA EMPEZAR OTRO

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Jn 1,1-18
Hoy es el último día del año, y son momentos de recuerdo, de recuentos y de resultados. Muchas empresas se felicitan por el balance económico y se prometen mejorarlo el próximo año. Otros traen al primer plano los errores, los fracasos y los malos resultados con el propósito de mejorarlos este nuevo años que empieza. Todos hacemos reflexión de lo que acaba y promesas para lo que empieza. Pero, ¿es eso realmente lo que hacemos?

Posiblemente, todo eso quede en simple anécdota, costumbre y tradición. Al final lo que sucede es que la mayoría termina algo indispuesto, algo tomado y cansados o con dolor de cabeza. Mañana es un día igual a otros muchos. Sí, primero de año, pero nada más. Un día donde continua la rutina y los mismos errores o fracasos. Pero, lo peor no es eso, sino que termina un año y empieza otro sin verdaderas esperanzas, porque, en este mundo las esperanzas son limitadas y caducas.

La vida es tiempo, y el tiempo se acaba. Hoy consumimos un año más de nuestra vida y, por lo tanto, nos quedará un año menos del tiempo de nuestra vida. Por lo tanto, el tiempo hay que aprovecharlo para discernir y rentabilizar los frutos de nuestra vida. Pero, ¿qué frutos? Indudablemente, no los frutos de este mundo de índole económicos, de poder, de bienes terrenales ...etc, porque, todo eso termina, es caduco. Interesan frutos del cultivo del amor. Frutos de servicio y de buenas obras que hagan más justa la vida de los demás, sobre todo de los que sufren y carecen de casi todo.

Frutos que den vida por amor. Frutos que sintonicen con la Palabra, por la que todo y para la que todo fue hecho. Frutos que manifiesten gratitud por el don de la vida y por vivirla un año más; frutos por caer en la cuenta que la vida necesita de algo más que le dé sentido y le dé lo que realmente busca, la Vida Eterna en plenitud. Frutos para saber acoger esa Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros para transmitirnos la Buena Nueva y descubrirnos que Dios se hizo Hombre para, estando entre nosotros, demostrarnos su Amor entregando a su Hijo a una muerte de Cruz. 

Sería muy provechoso terminar el año con esa reflexión y empezar el nuevo de la misma forma, porque la mejor manera de recorrer los próximos trescientos sesenta y cinco días será teniendo presente en nuestras vidas a la Palabra, que se hizo carne y habitó entre nosotros. Porque, Dios, sigue presente en nosotros.

FELIZ AÑO NUEVO

domingo, 30 de diciembre de 2018

LA FAMILIA, CUNA DE LA EDUCACIÓN

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Lc 2,41-52
Todo lo que se aprende en familia emerge a lo largo de la vida de sus miembros. Es posible que también la sociedad, desde la cultura de su propio entorno y ambiente tenga también parte de influencia, pero es en la familia donde realmente se afirma la personalidad, las virtudes y los criterios que regirán tu vida a lo largo de todo el camino.

Jesús tuvo unos buenos referentes en sus padres. No obstante, ambos habían sido elegidos por Dios para que acompañaran a Jesús hasta el momento de su vida pública. Y José y María tuvieron su importante papel en la formación religiosa de Jesús. El Evangelio de hoy nos habla de la fiesta de la Pascua, donde solían ir cada año los padres de Jesús. Y allí sucede que: al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.

Esta actitud de los padres que acuden en busca de Jesús nos puede servir de luz y guía para preguntarnos también nosotros si realmente buscamos a Jesús con ese afán e inquietud por encontrarlo. Es verdad que son sus padres, pero, para nosotros es nuestra salvación y dependerá de que lo encontremos para conseguirla. En Él están todas nuestras esperanzas y, desde esa perspectiva, nuestra búsqueda debe ser constante y perseverante.

Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». Él les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio.

Quizás a nosotros nos cueste más de tres días encontrarle, y también, posiblemente, no le entendamos muchas cosas de las que nos dice, pero, a pesar de ello, igual que María y José, debemos ser perseverantes, confiar y seguirle. Él no nos engaña ni nos defrauda. Es el Señor y nos lo ha demostrado, en eso llevamos ventaja, entregando su Vida y muriendo por amor a todos nosotros.