miércoles, 9 de diciembre de 2020

JESÚS, NUESTRO DESCANSO Y MOTIVACIÓN

 

Es posible que a veces creemos y pensamos que si no cumplimos con nuestras oraciones acostumbradas y programadas estamos fallándole al Señor. Sobre todo en esos días que se nos ha amontonado trabajo o, por circunstancias no habituales, no hemos dispuesto de nuestro tiempo. Y no se nos ocurre pensar que el Señor nos ve y sabe que no hemos dispuesto del tiempo necesario y que lo que Él quiere es que descansemos, ¡que bastante hemos hecho! Sí, confieso que a veces lo he llegado a pensar, pero, también confieso que me he sentido atado o esclavizado a ese cumplimiento.

Una cosa, entiendo, es mal gastar tu tiempo de forma holgazana y egoísta, y otra es derramarla en hacer algo que es un bien para otros. Me ha sucedido que, escribiendo algo de forma desinteresada y con la buena intención de compartir mi fe y alumbrar, por la Gracia de Dios y la acción del Espíritu, se me viene la noche encima y me voy a la cama tarde. Y me viene esa idea, me apetece acostarme, pues estoy cansado y dormirme satisfecho abandonado en el Señor. Sin embargo, esclavo de mis cumplimientos decido rezar mis oraciones de la noche.

Creo que a mi Padre Dios le gustaría que descansara, y que disfrutara abandonándome al sueño, pensando y satisfecho de hablar de su Amor y su Bondad. No se trata de una disciplina rígida, que también es necesaria ante la amenaza y el peligro de la holgazanería y pereza, hay que crear buenos hábitos, pero también conviene saber que Dios es nuestro Padre, y, como Padre, sabe lo que hacemos y cuando nos conviene descansar y dejarle todo en sus Manos. Eso es también una señal y prueba de nuestra confianza en Él.

Tengamos, pues, muy presente que el Señor camina con nosotros y que está siempre a nuestro lado para aliviar nuestra carga, para soportar nuestro desánimo y levantar nuestra desidia y apatía. Acudamos siempre a Él, porque en Él está nuestro descanso y nuestra esperanza. Él nos mueve, nos renueva y nos da esa ilusión y deseo de continuar, agarrados a Él, el camino de la fe y la Resurrección.

martes, 8 de diciembre de 2020

LA INMACULADA

Lc 1,26-38

María es nuestra Madre pr regalo expreso de su Hijo en la Cruz. Jesús, en los últimos momentos de su vida en la tierra, y antes de expirar y consumar su misión, nos regaló la maternidad de su Madre. Un regalo inmaculado, sin pecado y lleno de la Gracia del Padre Dios. Ella es la Inmaculada, la sin pecado, la llena de Gracia y la Madre que nos señala el camino del Hijo llenándonos de esperanza y fortaleza para que, también nosotros, luchemos con, en y por la Gracia de Dios, para expulsar el pecado de nuestro corazón.

¡Y, no es una utopía, por supuesto, lo podemos conseguir yendo asidos de la mano de Jesús! En Él podemos sostenernos limpios. Esa es nuestra principal motivación, nuestra esperanza y nuestro objetivo. Y, por todo ello nos congratulamos en, por la Gracia de Dios, tener una Madre Santa e Inmaculada que intercede por todos nosotros, nos acompaña en nuestro camino y nos cobija de los peligros que nos amenazan bajo su santo manto.

Ella es nuestra referencia inmaculada humana. Siendo persona como nosotros es, por la Gracia de Dios, Inmaculada, y nos abre el camino esperanzado de que nosotros, por la Gracia de Dios, podemos también alcanzar algún día esa limpieza pura y vencer al pecado. Esa es nuestra meta y a lo que estamos llamados. Es una alegría inmensa descubrir que tenemos una Madre que intercede por nosotros y nos da ese calor maternal que todo hijo necesita y espera. ¡Gracias Madre!

lunes, 7 de diciembre de 2020

EL ESFUERZO POR CONSEGUIR LA SALUD

Lc 5,17-26

No escatimamos esfuerzo cuando nos encontramos mal. La salud del cuerpo nos preocupa y nos mueve a hacer los sacrificios que necesitemos para vencer la enfermedad y lograr la salud. El Evangelio de hoy nos relata como aquellos hombres buscaron la forma de presentar a aquel paralítico delante de Jesús. El deseo y, por supuesto, la fe les movieron a ingeniarse la manera de salvar las dificultades para llegar a Jesús. Y, como nos narra el Evangelio sucedió: ...subieron al terrado, le bajaron con la camilla a través de las tejas, y le pusieron en medio, delante de Jesús. Viendo Jesús la fe de ellos, dijo: «Hombre, tus pecados te quedan perdonados». 

 ¿Hemos pensado alguna vez que la enfermedad del alma  - el pecado - es la que más nos urge curar? Porque, el cuerpo tarde o temprano desaparecerá de este mundo, pero nuestra alma es inmortal, y de perderse también perderá su cuerpo. Por lo tanto, desde esta perspectiva, es el alma lo que más nos debe preocupar y lo que más nos conviene cuidar. Por eso, Jesús, al ver la fe de aquellos hombres y del paralítico, tal como nos dice el Evangelio, lo primero que hace y dice es perdonarle sus pecados.

Supongo que también nosotros pensaríamos como aquellos fariseos y doctores de la ley. No se ve el efecto del perdón, pero, sí se ve el efecto de la curación. Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dice: « ¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: ‘Tus pecados te quedan perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dijo al paralítico- ‘A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’». Y al instante, levantándose delante de ellos, tomó la camilla en que yacía y se fue a su casa, glorificando a Dios.

Queda al descubierto nuestra débil y poca fe. Posiblemente no llegamos a ese grano de mostaza y debemos aceptarlo y pedir constantemente que nuestra fe aumente hasta llegar a ese grano de mostaza para mover montañas. Señor, perdónanos y aumenta nuestra fe.

domingo, 6 de diciembre de 2020

¿ESTOY YO TAMBIÉN ABIERTO A PREPARARME?

Mc 1,1-8

 

Juan anuncia la llegada del Mesías y nos invita a preparar el camino, también nuestro camino, para recibir al Señor en nuestro corazón. Una preparación que nos exige una mirada interior y otra exterior. Porque, lo preparado interiormente tiene repercusión en lo exterior. Podemos, para empezar, hacernos algunas preguntas que nos dispongan a abrirnos a la venida del Señor.

 ¿Qué tengo que mirar y tratar de ordenar o corregir dentro de mí? ¿Qué necesito enderezar, allanar, rellenar, nivelar, desalojar de mi corazón? ¿Acaso debo medir mi soberbia, mi ira, mi grado de prepotencia, mi vanidad, mi manera de pensar, mis egoísmos...etc? 

Indudablemente que hay muchas cosas que revisar e igualar y, sobre todo, suavizar, revestir de bondad y mansedumbre para que mi corazón quede afinado y nivelado y su funcionamiento - diástoles y sístoles - sea preciso para seguir el ritmo y los pasos de Jesús. Pero, también tengo que levantar mi mirada hacia afuera y ver el desajuste de desniveles que han a mi derredor. 

Se hace necesario, también afuera, rellenar hendiduras, barrancos, caminos torcidos y depresiones que impiden que las cosas se igualen y que haya justicia. Valores que son inherentes a la dignidad de la persona - verdad, justicia, bondad, misericordia, cercanía al excluid y marginado, generosidad, desprendimiento, gratuidad y todo lo que configura un Reino de paz, justicia y amor. Un Reino que viene el Mesías a establecer, y que Juan empieza a prepararnos y anunciarnos en el Jordán.

Y el punto de partida es nuestro bautismo, donde recibimos al Espíritu Santo. Ese mismo Espíritu que bajo sobre Jesús en el Jordan y que nos acompañará para darnos fortaleza, sabiduría, valor y esperanza para perseverar y seguir los pasos de Jesús.

sábado, 5 de diciembre de 2020

Y YO, ¿SOY TAMBIÉN ENVIADO?


En el Evangelio de hoy - Mt 9, 35-10, 1, 6-8 - Jesús nos habla de la necesidad de anunciar la Buena Noticia. No es misión de unos cuantos, sino de todos. «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies». Se necesita, pues, de todos para atender a la mies. Y en eso todos estamos comprometidos desde la hora de nuestro bautismo.

Somos libres para aceptar. Nadie nos obliga, simplemente se nos propone y tú, como yo, decidimos aceptar o rechazar esa propuesta de vivir y anunciar la Buena Noticia. Porque, esa Buena Noticia vive dentro de cada uno de nosotros y se manifiesta en cualquier momento de nuestra vida.

 Hoy, el Señor me lo ha puesto claramente delante de mis ojos cuando un amigo me contaba cómo se conmovió pensando como algunas personas, hace unos días, se jugaron la vida en salvar de morir ahogados a esos inmigrantes que arribaron a la costa de Órzola - Lanzarote - hace uno días. El impacto de la buena obra le llegó tan profundamente que decidió tener un detalle con esas personas y hacerle llegar su felicitación. Así, sin más buscó a esas personas, dedico parte de su tiempo, indagó y, después de algunas molestias y tiempo, encontró a uno de los protagonista de tan buena acción transmitiéndole su felicitación, su emoción y orgullo de verse representado por ellos como ciudadanos de Lanzarote. Y les regaló un presente como símbolo de tan bella acción.

Pero, lo más bonito y grandioso es que, me lo decía gozoso y reflejando un rostro feliz,  de regreso se sentía él más agradecido que los propios autores del hecho. Experimentó que el dar es más gozoso que el recibir, y que eso - lo digo yo - el Señor te premia con el ciento por uno. La felicidad, una prueba más, está, no en las cosas, sino en la manera de como se utilizan. Cuando se comparte y se da, se recibe más que cuando se guarda y se acumula. La clave del gozo consiste en darse sin condiciones y de ponerse siempre en actitud de servir y de dar. Eso es simplemente amar.

Y a eso nos llama el Señor, a anunciar con nuestra vida que nos preocupamos el uno por el otro y que nos importan los demás, sobre todo los más necesitados y carente de toda ayuda. Para eso ha venido Jesús y a eso nos convoca también a nosotros.

viernes, 4 de diciembre de 2020

BUSCANDO LA LUZ DE MIS OJOS

Mt 9,27-31

 Todos sabemos que la oscuridad nos impide ver y que sin luz no podemos avanzar con seguridad  y riesgo de caer al precipicio. Es evidente que sin luz no podemos guiarnos en la oscuridad. Necesitamos la luz. Luz para ver en el camino y poder avanzar por lugares seguros evitando la amenaza del precipicio. Pero, la experiencia nos dice que no basta simplemente con la luz que te dan tus ojos, porque, hay cosas ocultas a ellos. Necesitamos también la luz de nuestro espíritu, de nuestro corazón y de nuestra alma. Necesitamos esa luz interior que nos alumbra el camino de nuestra verdad y de nuestra vida.

Todo lo hemos recibido gratuitamente por amor. Dios nos ha bendecido, nos lo decía el Papa Francisco en su audiencia de este miércoles y nos ha dado la luz, no solo de los ojos, sino también la luz de nuestro espíritu para ver más allá de la luz natural y comprender lo que nos dice a través de su Palabra y de la Obra de su Hijo a su paso por este mundo. 

No cabe duda que esa luz interior está oculta en nosotros mismos y es más difícil de ver. Necesita la acción del Espíritu Santo y nuestra disponibilidad a abrirnos a su auxilio y asistencia. Es por tanto, condición sine qua non abrirle las puertas de nuestro corazón para ver por Él el Camino, la Verdad y la Vida. Es necesario creer y depositar en Él toda nuestra confianza, esperanzados y confiados que Dios, Padre Bueno, nos dará siempre lo que necesitamos y lo más conveniente para ver la luz, el Camino, Verdad y Vida.

Tratemos, pues, como aquellos ciegos acercarnos al Señor. Y no solos, sino mejor acompañados - en comunidad - para pedirles que abra nuestros ojos, también los de nuestro espíritu para ver el camino y guiarnos en la luz de la fe.

jueves, 3 de diciembre de 2020

EL ANUNCIO DE LA PALABRA

Mt 7,21.24-27

Un padre busca siempre lo mejor para sus hijos. Jesús, el Hijo enviado por el Padre, ha venido para cumplir una misión, el Anuncio de la "Buena Noticia". Es deseo del Padre comunicar a todos sus hijos su Amor y su ofrecimiento para que compartan su Gloria eternamente con Él. 

Y, Jesús, no solo lo ha anunciado, sino que ha formado un grupo de discípulos a los que le encarga esa misión anunciadora: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos». 

Anunciar significa  construir, porque el que anuncia tiene que mostrar lo que hace, pues las palaras se la lleva el viento. Pero, ¿dónde construye y se apoya? Porque, una buena construcción necesita una buena base o roca donde apoyar sus cimientos. El anuncio de la Buena Noticia exige conocerla y vivirla. En otras palabras ser testigos de ella, y eso necesita estar sedimentada y apoyada sobre la Roca que es Xto. Jesús.

Sólo apoyados en Xto. Jesús encontraremos la forma de discernir y decidir el camino a tomar en nuestros ambientes doméstico, profesional y laboral y como ciudadano. Se trata de trasladar la Palabra, no solo oída sino escuchada a la vida de tu familia, de tu profesión laboral y de tu relación social como ciudadano perteneciente a una sociedad civil en la que vives y te realizas. 

Y eso exige un fundamento y apoyo en Xto. Jesús. Alimento de nuestro cuerpo y alma y fortaleza de nuestro espíritu para la lucha de cada día y el discernimiento de las opciones a tomar según la acción, auxilio y dirección del Espíritu Santo. Una relación establecida y animada por la oración y el alimento Eucarístico, que nos sostendrá ante las tempestades y p eligros que nos acechan.