viernes, 26 de septiembre de 2025

¿Y TÚ QUIÉN DICES QUE ES JESÚS… Y QUÉ ESPERAS DE ÉL?

Lc 9, 18-22

    Preguntas como: ¿a dónde voy?, ¿qué busco?, o simplemente, ¿de quién me fío?, salen a relucir en algún momento de la vida. A veces lo hacen por circunstancias concretas, y otras, porque algún acontecimiento nos descoloca y nos obliga a mirar dentro de nosotros mismos.

    En esa tesitura andaba Pedro cuando advirtió la llegada de Manuel.

   —Hola —le dijo—. Estaba dándole vueltas a la cuestión del destino. Pienso que todos tenemos uno y que, tarde o temprano, nos preguntaremos a dónde vamos. ¿Te lo has preguntado tú, Manuel?
   —Es inevitable —respondió Manuel con serenidad—. Desde que tomas conciencia de tu propia fragilidad, necesitas respuestas que den sentido a esos interrogantes. Saber que caminas hacia la muerte no llena tu vida ni satisface tus aspiraciones.
   —¡Es verdad! —suspiró Pedro, dejando ver en su rostro un destello de esperanza.
   —¡Claro que sí! —continuó Manuel—. Has nacido para vivir, y la muerte no es el final, sino un paso. Te das cuenta de eso desde el momento en que conoces a Jesús. Él es precisamente el Camino, la Verdad y la Vida que estabas —muchas veces sin saberlo— buscando.
   —Sí… camino, verdad y vida… lo que todos anhelamos —murmuró Pedro pensativo.
  —Pero qué pocos lo encuentran —añadió Manuel—, porque no miran para Quién es realmente ese Camino, Verdad y Vida.
Manuel hizo entonces una pausa y, con voz firme, recordó unas palabras del Evangelio:
  —Mira, en (Lc 9, 18-22) Jesús pregunta a sus discípulos si saben quién es Él, por qué le siguen, qué esperan de Él. Esas mismas preguntas siguen resonando hoy.
La tertulia se quedó en silencio. Algunos, y especialmente Pedro, no terminaban de comprender del todo lo que significaban esas palabras. Hasta que uno de ellos levantó la mano:
  —¿Y cómo encontramos ese camino, esa verdad y esa vida?
  —En Jesús, el Hijo de Dios —respondió Manuel con convicción—. Así lo reconoció Pedro, iluminado por el Espíritu. En Él están todas las respuestas a los interrogantes que llevamos dentro.

    Esa pregunta —«¿quién dices que soy yo?»— no se quedó en el pasado. Hoy también nos la dirige el Señor a cada uno de nosotros. Y espera que respondamos no solo con palabras, como quien recita de memoria el catecismo, sino con nuestra vida, dejando que el seguimiento transforme lo que somos y lo que hacemos.
  Pedro permaneció en silencio. Pero en su mirada había cambiado algo. Ya no buscaba respuestas en el aire: había descubierto que todas estaban en Él. 

jueves, 25 de septiembre de 2025

CUANDO MOLESTA LA PALABRA

Lc 9, 7-9

     «Muerto el perro, se acabó la rabia». Esta frase resume bien lo que suele suceder a aquellos que molestan con su presencia, pero, sobre todo, con su palabra. Muchas personas han sido borradas del mapa por sus actuaciones.
    
    Tenemos muy fresquito el caso de Charlie Kirk, una víctima, recientemente asesinada, pues su palabra, apoyada en la verdad, molestaba a los que quieren imponer la suya.
 
    —Pero esto no es cosa de ahora, ha ocurrido a lo largo de la historia —dijo Pedro. Muchos han sido asesinados porque sus palabras estorbaban los intereses de otros.
    —Y es el gran obstáculo que impides a muchas personas honestas a salir a la palestra. El miedo a que los maten.
 
    Ese era el tema de la tertulia de esta mañana. Todavía no había llegado Manuel y los compañeros tertulianos debatían los acontecimientos que habían sucedido en estos últimos días.
    —¡Bienvenido, amigo Manuel, llegas en un momento oportuno! Hablamos del miedo a decir la verdad, y de lo que sucede a quien se atreve a proclamarla. —¿Estás de acuerdo?
    —Podíamos recordar a muchos mártires de la verdad. Algunos famosos y otros no tanto. Es más, diría que cada día mueren muchos anónimos por defender la verdad.
    —¿Y cuál es esa verdad? —preguntó uno de la tertulia muy interesado.
    —La verdad está siempre del lado de los pobres, de los indefensos, de los excluidos, de los que son sometidos y privados de libertad.
    —Pero … es que …
    —Algunos —respondió Manuel— ante el balbuceo de uno que quiso intervenir, buscan el poder de su propio interés sometiendo a los demás, como le ocurrió a Juan el Bautista, decapitado por Herodes. En —Lc 9, 7-9— se narra esa vorágine del poderoso por acallar la boca de los que proclaman la verdad. Sin embargo, la verdad puede ser acallada un instante, pero nunca destruida.
 
    Sin embargo, los signos del Evangelio son siempre frágiles, como las vidas de los quienes lo anuncian, la de Juan o la de Jesús. Aparentemente, basta la violencia selectiva para acabarlos. Pero son más fuertes que todo eso, reverdecen a cada rato, al viento del Espíritu que sigue iluminando conciencias y movilizando corazones que lo de Dios, un mundo de justicia y dignidad, encuentre nuevos caminos y avance. No hay Herodes que pueda con ellos.

miércoles, 24 de septiembre de 2025

APOYADOS EN LA MISERICORDIA

Lc 9, 1-8

    La experiencia nos dice que para persuadir, muchas veces, se buscan métodos, artilugios y formas de llamar la atención, incluso recurriendo a la demagogia y a argumentos llenos de fantasías. Pero todo eso no se apoya en la realidad. El objetivo, en tales casos, no es la verdad, sino la seducción y el proselitismo.

   La tertulia discurría por estos derroteros. Se discutía si lo importante era convencer a toda costa, usando cualquier recurso, o ser cauto y verdadero, presentando la realidad tal como es. Unos defendían el convencer “sea como sea”; otros, en cambio, preferían optar por la verdad, sin engaños ni espejismos.

    —¿Y cuál es tu opinión, Manuel? ¿Nos puedes decir algo?
   —En primer lugar —respondió—, diré que lo único y verdaderamente importante es hablar con verdad y justicia. Todo lo demás, aunque al principio parezca dar resultados satisfactorios, será vano. La verdad siempre, tarde o temprano, saldrá a flote.
    —Pero —replicó Pedro—, hay muchos que viven de la mentira.
    —Sí, pero, ¿te has fijado cómo terminan? Eso es lo importante: no el principio, sino el final. Jesús instruye a sus discípulos —Lc 9, 1-6— cuando los envía a proclamar el reino de Dios. No se apoyan en la autoridad dada, ni en bienes materiales, ni en apariencias. Simplemente, su fragilidad habrá de convocar a los que les reciban.
    —Tienes razón —intervino uno de la tertulia—: quienes mal andan, mal acaban. Esa es la lección que nos da la propia experiencia de la vida.
    —Solo de esa manera —continuó Manuel— podrán desplegar la obra de Dios, no como imposición, sino como invitación que suscita una respuesta.
 
    De este modo, los discípulos habrán de ejercitar su confianza en el Señor que los acompaña. Son verdaderamente sus mensajeros, porque no van vestidos de grandezas, sino revestidos de la misericordia de Dios, que por su medio anuncia la buena nueva y cura enfermos y endemoniados.

martes, 23 de septiembre de 2025

Lazos de Fraternidad

Lc 8, 19-21

    No terminaba de sorprenderse. ¡Cuánta gente abandonada, sin recursos y familia! Pedro no entendía cómo podía suceder eso en tantos lugares. Él, que había nacido en una familia de bien, había sido educado con todo lo necesario, y vivido en ambientes donde todos tenían una familia que les protegiera.

     «¿Cómo puede suceder eso?», se preguntaba Pedro. No daba crédito a lo que leía.

  —Buenos días, Pedro, ¿cómo estás?
  —¡Sorprendido! Estoy leyendo y no creo lo que leo. Ingente cantidad de personas desvinculadas, sin familias ni recursos. ¡Es un desorden familiar! ¿Dónde están los vínculos de sangre de estas personas?
   —Hay lugares —dijo Manuel— donde reina el caos organizativo. No hay registro ni relación de vínculos, ni siquiera saben de responsabilidades. Cada cual anda a su libre albedrío y actúa según le convenga y piense. De esta forma sucede lo que estás leyendo.
   —Pero, ¿y qué pasa con esas personas —dijo Pedro con cierto enfado—? Sobre todo los niños.
  —Pues, sufren, mueren o, algunos, tienen la suerte de ser recogidos por familias generosas. Verdaderamente es una tragedia.
   —¡Y de las grandes! —replicó Pedro consternado.
   —Hay algo muy importante. Jesús ha venido para solucionar toda esa desvinculación entre los seres humanos. Para eso tomó nuestra propia naturaleza, y nos anunció el vínculo del amor, dejando el de la sangre en segundo plano. Lo puedes leer en Lc 8, 19-21. Para Jesús, «su madre y sus hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen».

    La comunidad cristiana trata de llevar a la vida, en el presente, lo que solo será una realidad definitiva mañana: una familia humana reconciliada, en la que todos se reconocen como hermanos y hermanas y en la que solo Dios ejerce de Padre y Madre de misericordia.

lunes, 22 de septiembre de 2025

LÁMPARAS ENCENDIDAS

Lc 8, 16-18

    El día estaba encapotado y amenazaba lluvia. Fernando, aunque preveía que podía llover en cualquier momento, no tomó un paraguas. Confiaba en la providencia. Sin embargo, sus cálculos fallaron. A medio camino apareció impetuosa la amenazante lluvia y, sin pensarlo, se refugió bajo la pérgola de una terraza.
   —Ha tenido usted suerte —dijo Pedro con voz complaciente y agradable.
   —Sí —respondió Fernando con un gesto de agradecimiento.
  —La tempestad no avisa —intervino Manuel— y es una imprudencia no estar preparado.

    Ambos amigos llevaban un tiempo en su terraza favorita deleitando su buen café. Se habían refugiado intuyendo que el cielo derramaría pronto cataratas de agua, que, por otra parte, agradecería el campo.

   —Confieso —dijo Fernando— que he pecado de imprudente. Preveía que podía llover, la oscuridad del día lo revelaba, pero no le di la importancia debida. Y, menos mal, que he tenido esta oportunidad de refugio a mano.
    —Sí, se ha librado de un buen chaparrón —apuntó Pedro.
  —De cada ocasión que vivimos en esta vida —comentó Manuel— podemos sacar hermosas y positivas lecciones. Sobre todo si leemos donde podamos encontrar luz. En Lc 8, 19-21 se nos dice que la luz es para ponerla en lugar que alumbre y que todos la vean. Tratar de ocultarla sería cerrarnos los ojos y quedar a merced de la tempestad.
   —Tiene usted mucha razón —respondió Fernando—. Precisamente eso me acaba de suceder. Cerré los ojos a la realidad, algo así como no dejarme alumbrar, y… ya ven, he sido sorprendido.
   —El mal abunda en los callejones oscuros y se oculta en la negrura de la noche, donde se labran tramas y se conciben corrupciones. El Evangelio proyecta la luz de la alegría y la verdad sobre las nieblas de la realidad. Todo queda descubierto ante la atenta mirada de amor y misericordia de Dios. Esa es la luz que nos corresponde poner en lo alto, para que ilumine las situaciones humanas, desenmascarando tretas y trampas, y poniendo concordia y paz.

domingo, 21 de septiembre de 2025

COMPARTIR BIENES Y CONDONAR DEUDAS

Lc 16, 10-13

    Se había equivocado. No entendía qué había sucedido. ¿Cómo había sido capaz de hacer eso? «¿Estaba ciego?» —se preguntó Julián, algo desesperado. No sabía qué hacer ni cómo reaccionar. Aceleró sus pasos y, como desbocado, andaba sin rumbo.

   Su jefe lo había descubierto. Llevaba algún tiempo mal administrando el dinero de la empresa, y esos rumores habían llegado al administrador general. Le habían llamado y despedido.

   Hacía rato que caminaba como un sonámbulo. De repente, se sentó en una terraza y pensó: «Debo calmarme y estudiar serenamente mi situación».
Se le acercó Santiago, el camarero, que al verle inquieto le preguntó:

    —¿Le pasa algo, señor?
   —No, nada. Gracias. ¡Por favor! ¿Me puede servir una manzanilla? Estoy algo nervioso y necesito tranquilizarme.
    —Enseguida —respondió Santiago—, tranquilícese.
A todo esto, Pedro, que había observado la escena, empezó a interesarse por aquel señor. Le preocupaba su estado de nerviosismo. Parecía desesperado. Sin más, decidió acercarse:
   —Perdone mi intromisión, señor. Le noto alterado, ¿puedo ayudarle en algo?
Julián le miró. En principio sintió el impulso de resistirse, pero su desesperación le indujo a aceptar la ayuda.
   —Acabo de perder el empleo y me encuentro desamparado. ¿Qué va a ser de mí ahora?
Pedro hizo una señal a Manuel, que había llegado hacía unos minutos, y le puso en antecedentes. Ambos trataron de tranquilizarle y, tras acompañarle con la manzanilla, Manuel le dijo:
   —En la vida cometemos muchos errores, pero siempre hay ocasión, mientras vivimos, de enderezar el camino.
   —Pero —dijo Julián, con desesperación—, ¿qué voy a hacer yo ahora?
  —Siempre hay cosas que hacer —replicó Manuel—. En el Evangelio (Lc 16, 10-13) encontramos caminos que nos descubren nuestros errores; y, descubiertos, podemos reconducirlos para nuestro bien y el de todos.
   —Pero… ahora no hay…
  —No hay peros que valgan si quieres salir del atolladero —replicó Manuel, sin dejarle hablar—. Se trata de corregirse y ser fiel en las cosas pequeñas, para que puedan confiar en nosotros también en las grandes. Porque no podemos servir a dos señores a la vez: dejaremos a uno para servir al otro.
 
   Nuestra vocación no es de propietarios, sino de hermanos y hermanas que se hacen cargo unos de otros. Es una invitación a vivir compartiendo y a comprender que el único tesoro es el de hacer familia humana y no el de acumular fortunas injustas.

sábado, 20 de septiembre de 2025

UNA SEMILLA CULTIVADA CON PERSEVERANCIA

Lc 8, 4-15

   Siempre me ha llamado la atención el misterio de la semilla. ¿Cómo es posible —me pregunto— que de una simple semilla, aparentemente muerta, broten frutos? ¿Dónde está la fuerza que haga germinar a esa semilla?
   
    En esos pensamientos se debatía Pedro, hasta el extremo de preguntarse: ¿dónde está ese poder, al que llamamos Dios, que obra ese milagro?
 
    —¿Te parece acertado este razonamiento, Manuel?
   —Estoy de acuerdo. Es verdad que la ciencia puede explicarte cómo la semilla muere (se pudre) y da origen a una nueva vida: raíz, tallo y hojas, que forman una planta. Pero, también, yo me pregunto: ¿Quién hace posible que la semilla reaccione, se rompa y dé una nueva vida vegetal?
   —Para mí —replicó Pedro— es un milagro que nos descubre la presencia de Dios.
  —Pero, ¡aparte!, es un ejemplo del camino que recorre nuestra vida. Jesús nos lo describe de forma admirable en la parábola del sembrador. Está en —Lc 8, 4-15—. Nos habla de la siembra, y de lo que le puede suceder a cada semilla sembrada.
   —Parece interesante ese relato —comentó Pedro—, muy interesado.
   —Es un buen retrato de lo que nos puede pasar con nuestra vida. Unos escuchan, pero se quedan en la superficie; otros, al principio, se entusiasman, sin embargo, no echan raíces, y a la menor contrariedad abandonan. Hay algunos que oyen, pero les pueden más los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro.
   —Entonces, ¿quiénes son los que pueden dar buenos frutos? —replicó Pedro con perplejidad
  —Aquellos donde la semilla encuentra tierra buena. Son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia.
   Entonces, Manuel —dijo Pedro en tono afirmativo—, creo que yo mismo debo ser esa tierra buena. 
   —Sí, la semilla está en ti … no la dejes sin cuidado.

   La palabra de Dios no actúa de forma automática, cautivando y doblegando las voluntades. Cae leve sobre el interior de cada persona, esperando la acogida de una tierra mullida y fértil en la que poder crecer. Es semilla y tiene todo el potencial para brotar, desplegarse y dar fruto, pero precisa del cuidado de quien la recibe para poder hacerlo.