martes, 18 de agosto de 2026

DEL "MÍ" AL "TÚ"

Mt 19, 23-30

Desde el punto de vista humano, es imposible no preguntarnos que gano con esto o que me toca si hago lo otro.

Nuestra tendencia es egoísta, y siempre se pone en primer lugar y no se da gratuitamente, sino que se cambia por una recompensa que le satisfaga.

Sin embargo, también existe la posibilidad de que pueda negarse y renunciar. Pero para eso se necesita primero liberarse de muchas cosas que llenan y absorben el corazón.

Solo cuando es libre puede negarse a sí mismo y darse gratuitamente a los demás.

—¿Alguna objeción o idea contraria? —preguntó Manuel a los tertulianos que le escuchaban.

Después de un breve silencio, alguien dijo:

—Es evidente que esa es la realidad, pero hay ejemplos de abnegación y de gente que ha dejado todo para darse a los demás.

Manuel, mirándole con bondad, añadió:

—Nadie ha negado eso. Hay personas, incluso santos, que son testimonio de eso que dices. Pero a lo que me refiero es que para dar ese paso necesitamos estar unidos al Señor.

Hizo una pausa, abrió la Biblia y comentó:

—No lo digo yo, lo dijo el Señor en Mateo 19, 23-30: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos»...

Cuando terminó de leer todo el pasaje, agregó:

—El paso del “mí” al “tú” es todo un reto que no podremos realizar si no estamos injertados en el Señor… Lo acabamos de leer en el evangelio: «Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo».

No se oyó nada. Todos eran conscientes de que por nuestras propias fuerzas no podemos liberarnos del apego a nuestros egoísmos y menos darnos gratuitamente a los demás.

Sí, eso reinaba en el ambiente; solo unidos al Señor podemos liberarnos y darnos plenamente a los demás. Y esa es la lucha y el reto a conseguir.

lunes, 17 de agosto de 2026

LIBERTAD PARA AMAR

Mt 19, 16-22

En cierta ocasión escuché decir a una persona que ser un buen cristiano de cumplimiento era cosa fácil. Al menos no presentaba grandes dificultades.

Sin embargo, ser cristiano no consiste fundamentalmente en vivir desde el cumplimiento. Eso está bien, no se defrauda a nadie… pero relacionarse desde «el cumplir» limita.

Falta algo más, porque el amor no queda satisfecho con el simple cumplimiento, sino que exige ir más allá.

Manuel levantó la mirada, alzó la mano y dijo:

—¿Alguien intuye ese algo más que falta?

No se oyó nada. Muchos desviaron la mirada para no encontrarse con la de Manuel. Se hizo un sepulcral silencio.

Entonces, Manuel, abrió la Biblia y en Mateo 19, 16-22, leyó:

—En aquel tiempo, un joven se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?». Él le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos».

Al terminar de leer todo el pasaje evangélico, añadió:

—Jesús nos invita, también a nosotros, a no pensar en recibir, sino en dar; en darlo todo, desde el amor, en esta vida terrenal. Porque detrás del amor experimentamos el gozo y la felicidad que buscamos. Él es nuestro modelo y referencia.

Todos guardaron silencio. Nadie levantaba la cabeza, como dando a entender que todos estamos un poco encadenados por nuestras propias esclavitudes.

Manuel, consciente de lo que posiblemente estaban pensando, agregó:

—Es la llamada a una mayor madurez, a pasar de los preceptos observados para obtener recompensas al amor gratuito y total… Se trata de dejar todo aquello que lastra el corazón y obstaculiza el amor.

Hizo una pausa y, mirándolos con ternura, comentó:

—Lo que Jesús propone no es tanto un hombre despojado de todo, sino un hombre libre y rico en relaciones.

Y llamando la atención, clamó:

—¡Si el corazón está abarrotado de posesiones, el Señor y el prójimo se convierten solo en una cosa entre otras!

Algunos habían reaccionado y, al menos, asentían con la cabeza.

Es evidente que cuando nuestro corazón está lleno de cosas y ambiciones, el Señor y el prójimo apenas tienen lugar para alojarse en él.

Cuando nuestro corazón está lleno de cosas, Dios queda desplazado y nuestra libertad encadenada. Y, la experiencia nos lo dice, solo un corazón libre es capaz de amar como nos ama el Señor.

domingo, 16 de agosto de 2026

CUESTIÓN DE FE

Mt 15, 21-28

El desánimo o simplemente el cansancio vienen en cualquier momento. Incluso cuando más fuertes nos encontramos o más desprevenidos estamos.

Aparece sin darnos cuenta y nos somete, se nos hace duro y casi imposible sostenernos en pie. Incluso nos hace dudar y perder el sentido de nuestro vivir.

Todos hemos experimentado esa situación alguna vez en el camino de nuestra vida. Unas veces la hemos vencido, pero otras, si no hemos sido derrotados, sí nos ha costado más sobreponernos.

También es cierto que algunos se han quedado inmovilizados y sin posibilidad de reaccionar. El impacto les ha superado y han sucumbido a seguir el camino con esperanza y sentido.

¿Y tú, cómo te encuentras? ¿Tienes experiencia de estas situaciones o todavía no las has experimentado?

Conviene, al menos, conocerla, para cuando nos llegue, que seguro llegará, estemos preparados y fortalecidos para recibirla y no decaer.

En ese momento, Manuel se levantó, abrió la Biblia y dijo:

—Este pasaje evangélico de Mateo 15, 21-28 nos habla de una mujer cananea que le pidió, a gritos, al Señor que librara a su hija de un demonio. Y no recibió ninguna respuesta, pero su insistencia fue tan notable que su fe fue admirada por Jesús.

Cerró la Biblia y, mirándolos, añadió:

—¿Tenemos nosotros esa fe? ¿Insistimos sin desfallecer aunque nos parezca que recibimos el silencio por respuesta?

Muchos se miraron entre sí sin saber qué decir. Otros agacharon la cabeza y solo muy pocos expresaron estar de acuerdo.

La cuestión es tu respuesta y qué piensas al respecto. ¿Cuál sería tu reacción?

sábado, 15 de agosto de 2026

UNA MIRADA IMPREGNADA DE CARIÑO

Lc 1, 39-56

Es posible que muchos acontecimientos pasen por delante de nosotros y no nos demos cuenta. A veces no somos capaces de mirar más allá de lo que realmente tenemos delante ni de interpretar el significado de lo que vemos.

Desde hace tiempo me di cuenta de que este pasaje evangélico de Lucas 1, 39-56 es uno de esos milagros que, quizás, no adviertes fácilmente, pero en cuanto te paras y meditas, «descubres que estás ante un verdadero milagro».

Estamos en un contexto donde moverse no es nada fácil ni rápido. No hay medios para comunicarse. Las noticias tardan mucho en saberse. Son lentas y tardías.

Imaginemos cómo María, después de ser anunciada como la elegida para ser la Madre del Mesías, se encamina humildemente para visitar a su prima Isabel.

Cuando Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? 

Me pregunto, ¿no es esto un milagro?

Muchas veces pedimos una prueba, un milagro o algún hecho que despierte nuestra fe. Sin embargo, nuestra mirada se queda en lo puramente humano y no se abre más allá de lo evidente, descubriendo lo no dicho, lo velado y lo que realmente tenemos delante.

Pidamos ser capaces de, como María, movernos de nuestro centro para situarnos en el mundo del otro, en su encrucijada, en su realidad. Salir de nosotros mismos para encontrarnos con el otro, ser más humanos y más sensibles a las realidades ajenas.

El milagro no siempre es algo espectacular que irrumpe desde fuera; puede estar ocurriendo delante de nosotros y no percibirlo porque nuestra mirada no sabe descubrirlo.

¿Cuántos milagros de Dios estarán pasando delante de mí sin que yo sea capaz de reconocerlos?

Abramos nuestros ojos a todo lo que nos rodea que nos habla de la presencia de Dios en nuestra vida.

viernes, 14 de agosto de 2026

UNA SITUACIÓN COMPLEJA

Mt 19, 3-12

Posiblemente, nadie quiere ser el malo. O dicho de otra forma, todos queremos ser el bueno, el que gana y tiene la razón.

Pero sucede que hay muchas razones, pero una sola verdad y, aunque se pueda llegar a ella por distintos caminos, si la buscan, tienden a converger; no pueden subsistir separadas.

—¿A qué viene esa historia ahora de malos, buenos, separados y unidos? —dijo Pedro.

—Viene —respondió Manuel— a que hay muchos matrimonios y familias enfrentados y al borde de la ruptura…

Le miró fijamente y replicó:

—Y las consecuencias las pagan otros, sobre todo los hijos.

Tras un breve silencio se oyó una voz:

—Doy fe de ello. Yo soy uno de esos hijos, y puedo certificar que somos los que en mayor medida pagamos las consecuencias.

El ambiente enmudeció a la espera de ver lo que pasaba.

Manuel encogió los hombros y con gran parsimonia comentó:

—Es un problema complejo y muy difícil de analizar. Cada caso tiene sus propias circunstancias y hay que tratarlo con mucho cuidado, desde el respeto y la libertad.

Hizo una pausa, tomó un respiro y, volviendo al tema, dijo:

—No es fácil, y menos realizar una lectura literal del texto, sin matices. Jesús señala «la dureza de corazón» de algunos y el plan de Dios, que tiene que ver con la plenitud y la complementariedad.

Había mucha atención, pues era un asunto que todos de alguna manera habían vivido en carne propia o en la de gente próxima.

Alguien se levantó y frunciendo el ceño, preguntó:

—¿Y qué se puede hacer cuando el matrimonio tiene problemas serios?

Manuel, con mucha paciencia y cara compasiva, añadió:

—No hay recetas.  Cada caso presenta sus propias heridas, por las que cada cual, según sus circunstancias, toma sus propias decisiones; otros soportan mejor la situación a pesar del dolor, ofensas y abusos… pero es necesario encontrar el equilibrio que se sostenga desde el respeto y la libertad…

Manuel, con verdadera compasión, le miró y añadió:

 —Lo verdaderamente importante es apoyarnos en el criterio de que estamos llamados a la plenitud. Y eso no basta con permanecer unidos; hay que cuidar aquello que hace posible esa unión.

Tomó la Biblia e indicó el pasaje evangélico (Mt 19, 3-12) donde Jesús habla del repudio a la mujer, y tranquilamente dijo:

—El Señor busca la compasión y el deseo de aliviar el sufrimiento. Lo que toca es acoger, acompañar, animar, reconocer que la realidad es compleja y apoyar, hasta que la persona se sienta capaz de liberarse.

Todos asintieron manifestando su total acuerdo. Solo desde la buena intención, la verdad y la comprensión podemos entender y darles salida a estas situaciones. 

Ponerse en el lugar del otro siempre ayuda a ver las consecuencias de nuestros propios actos: ¿me gustaría a mí que me hicieran esto?

jueves, 13 de agosto de 2026

NECESITAMOS PERDONAR Y ACOGER EL PERDÓN

Mt 18, 21-19, 1

La terraza estaba concurrida. El día invitaba a deleitarse con un buen café y a gozar del buen tiempo.

Manuel, que observaba la escena, pensó que podía aprovechar la ocasión para reflexionar sobre la parábola del siervo despiadado.

Levantándose y haciendo un gesto para llamar la atención de los tertulianos, dijo:

—Amigos, en muchas ocasiones he sentido muy de cerca la experiencia del perdón. Y según desde dónde la mire, la veo de diferente manera.

Hizo una pausa, bebió un poco de agua y continuó:

—Cuando se trata de recibirlo, no nos cuesta mucho esfuerzo aceptarlo. Incluso aunque nos sintamos culpables.

Mirándolos con atención, añadió:

—Pero cuando somos nosotros los que tenemos que darlo, la cosa cambia. Nos cuesta más y ponemos muchas dificultades.

Entonces, sacó la Biblia y comenzó a leer, despacio y con suavidad, el pasaje de Mt 18, 21-19, 1:

—En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús, le preguntó: Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces lo tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Guardó un breve silencio y, mirándolos con ternura, siguió:

—Y les propuso esta parábola: Se parece el Reino de los Cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.

Hizo un alto, tomó un respiro y continuó:

—El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo. El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

Observó que algunos asentían con la cabeza. Después de una breve pausa, Manuel siguió leyendo:

—Pero al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: Págame lo que me debes. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Uno de los tertulianos lo interrumpió:

—Me parece que ese empleado ha actuado mal. El que había sido perdonado no se comportó así con su compañero.

—Y dices bien —respondió Manuel—. Pedimos perdón para nosotros, pero nos cuesta ofrecerlo cuando se trata de los demás. Sobre todo si son nuestros deudores.

Entonces, volvió a abrir la Biblia y continuó leyendo:

—Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?

Los miró fijamente y añadió:

—Así termina el evangelio: Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Cuando no somos capaces de perdonar, cuando seguimos atados al resentimiento, también perdemos la paz.

Se trata de no aferrarse a la herida, liberarnos de los grilletes del resentimiento y optar por la misericordia y la reconciliación. Perdonar no siempre es fácil, pero es el camino que nos ayuda a recuperar la paz.

Perdonar como somos perdonados por el Señor.

miércoles, 12 de agosto de 2026

CORRECCIÓN FRATERNA

Mt 18, 15-20

En la relación se trata de buscar espacios de encuentro y no de confrontación. Ese debe ser siempre nuestro objetivo, aunque no siempre se pueda lograr.

Benedicto, refunfuñando, levantó la cabeza y dijo:

—A mí me parece que cuando alguien te ofende debes reprenderle, no en público, sino cuidando de estar a solas.

Pero, ¿y si no se retracta? —dijo otro de los tertulianos… ¿Qué haces?

Manuel, seguro de lo que decía, respondió:

—Si no te hace caso, llamas a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos.

—Y si persiste —insistió de nuevo el tertuliano.

—Entonces —dijo Manuel—, díselo a la comunidad.

—Y si tampoco le hace caso a la comunidad —volvió a replicar el tertuliano—, ¿qué pasa?

Manuel, sin ninguna duda, añadió:

—Considéralo como un pagano o un publicano.

Sacó la Biblia y la abrió por Mateo 18, 15-20, y leyó:

—En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

Hizo una pausa y continuó:

—Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoyes a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. 

Cuando terminó de leer todo el pasaje evangélico, comentó:

—El Señor nos invita a introducir en ese espacio de las relaciones con todos la corrección fraterna, ayudar al otro cuando está equivocado, pero sobre todo a vivir desde el perdón y el encuentro.

Guardó un breve silencio y, mirándolos con ternura y paciencia, agregó:

—Si las cosas no cambian, considérenle como un gentil o un publicano… que no es el enemigo, el antagonista, ni el extraño, sino el que necesita de nosotros, de nuestra acogida para que se abra al sentido común.

Las últimas palabras del evangelio: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos», quedaron flotando en la atmósfera del ambiente de aquella tertulia.