miércoles, 12 de julio de 2017

JESÚS NO SE PUEDE GUARDAR

(Mt 10,1-7):
Sería un contra sentido conocer a Jesús para guardarlo para nosotros mismos.  Y, lo sería, porque la esencia principal de Jesús es el Amor. Jesús se hace el encontradizo porque nos ama, y porque quiere que nosotros también le amemos. Pero, le da un matiz especial a ese deseo de amar.  Quiere que le demostremos ese amor a Él reflejándolo en el amor a los demás. Es decir, le amaremos a Él cuando volcamos nuestro amor en los demás.

Y nos deja perplejos y sin respiración. Porque ese amar a los demás nos hermana y nos predispone a despojarnos de nosotros mismos para acoger y escuchar a los demás. Porque es en la escucha donde encontramos la manera y la forma de hacer el bien, y, por tanto, amar. Eso nos lleva a un compromiso ineludible. Un compromiso que no tiene otra salida, sino la de darse en amor. Y eso implica y exige proclamarlo. Y es, precisamente eso lo que Jesús nos dice y propone: A éstos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca».

Había elegido a doce enviándololos a proclamar la Buena Noticia de salvación. Pero, esos doce no serán eternos, y ello implica que también nosotros somos enviados, por el compromiso de nuestro Bautismo, a proclamar su Mensaje de salvación. Mensaje, que hoy se extiende a todos los hombres, pero que sólo podremos derramarlo en aquellos que se abren a su acogida y están disponible a recibirlo.

Nosotros por nuestra cuenta, debemos estar preparados y llenarnos del Espíritu Santo, para derramar en la medida de nuestras capacidades todo el testimonio de que somos capaces por la acción del Espíritu.

martes, 11 de julio de 2017

LO PRIMERO SIGNIFICA DEJARLO TODO

(Mt 19,27-29)
Cuando ponemos una meta queremos significar que todos nuestros esfuerzos irán dirigidos a conseguir dicha meta. Seguir a Jesús y ponerlo como centro de nuestra vida, significa que Él será lo primero, y dejaremos todo lo demás para ponerlo en función de Él.

Imitando al Maestro, descubrimos que Jesús, el Señor, no sólo lo ha dejado todo, despojándose de su condición Divina, para hacerse igual a nosotros, menos en el pecado, sino que ha entregado su propia vida, en y para rescate por todos los pecados del hombre. Él lo ha dado todo, y también nos exige que nosotros lo demos todo. Y también nos recompensará dándonos todo, la Vida Eterna en plenitud. 

La experiencia nos demuestra que todo lo que se mueve aquí abajo es perecedero y no tiene consistencias. Las cosas de este mundo nos endurecen el corazón y nos hacen más egoístas y estériles, condenándonos al sin sentido y a la muerte. Descubrimos que conseguidas muchas cosas en las que ponemos nuestras esperanzas, pronto quedan obsoletas y vacías. Sólo la Verdad perdura y nos llena plenamente.

Jesús nos lo promete muy claramente cuando nos dice: «Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna».

Vivamos con la esperanza de poner al Señor en el centro de nuestra vida, con la confianza y certeza de que somos ya recompensados con su Amor en este mundo. Un Amor gratuito del que no somos merecedores ni podemos entender. 

lunes, 10 de julio de 2017

LA LEY NO NOS SALVA

(Mt 9,18-26)
Estamos encadenados a la Ley, y pensamos que, cumpliéndola,  nos salvamos. El cumplimiento es la disciplina que está muy metida en nuestro corazón y que, sin darnos cuenta, adoramos, substituyéndola por Dios. Importa cumplir y así nos salvamos. Eso, paño y vino viejo de los antiguos, sigue vigente hoy, y damos mucha importancia al cumplimiento olvidando el amor y el perdón.

Ley y disciplina son esclavitudes que nos someten y, valga la redundancia, nos esclavizan.. No significa esto, ni tampoco quiere decir, que la Ley y la disciplina no son necesarias, sino que ellas, por sí mismas, no salvan, ni, por supuesto, dan vida. Es Cristo, el Señor, quien da Vida. Verdadera Vida Eterna. Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

Sin embargo, se hace necesaria nuestra colaboración. Somos seres libres. Creados en libertad, y dependerá de nosotros dar ese paso de abrirnos a la Gracia de Dios. Es lo que nos dice el Evangelio de hoy cuando nos cita estos dos ejemplos de búsqueda y fe. A), el personaje que le pide al Señor que le devuelva la vida a su hija que acaba de morir, b), la mujer que sigue al Señor con intención de tocarle el manto, confiada que así se curará su enfermedad.

Ambos tienen en común la fe, y la persistencia en la búsqueda y encuentro con Jesús. Ambos buscan la Vida, y confían en la única Vida, el Señor. ¿Buscamos también nosotros al Vida en el Señor? ¿O la buscamos en el mundo? El primero, aquel personaje, le pide al Señor que con sólo poner su Mano sobre su hija, ésta recobrará la vida. Y la segunda, aquella mujer hemorroisa, confía en que llegado a tocar su manto, su flujo de sangre terminará y podrá engendrar y dar vida.

Ambos están convencidos que Jesús es Fuente de vida, y, ambos, la buscan en Él. Jesús, no sólo es Camino y Verdad, sino fundamentalmente Vida. Y Vida Eterna. ¿Buscamos nosotros la verdadera Vida en Jesús? ¿Nos ponemos en camino, proceso de fe, para, siguiendo a Jesús encontrar la Verdad y la Vida?

domingo, 9 de julio de 2017

SABIOS E INTELIGENTES

(Mt 11,25-30)
El hombre en cuanto sabe algo se cree grande e inteligente. Esos son los sabios de este mundo, que han descubierto algunas cosas que estaban ocultas a los ojos de los demás, y se creen entendidos y dueños del universo. Observamos que brilla por su ausencia la humildad y sencillez. 

Hoy, Jesús, bendice al Padre porque revela el misterio de la salvación al hombre humilde y sencillo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

 El Señor deja muy claro la condición necesaria e imprescindible para abrazar el Evangelio. La  Buena Noticia de Salvación. Son, precisamente, los sabio e inteligentes los que por su presunción de sabios se cierran a la Verdad y a la Salvación. Sólo, los capaces de humillarse, tal y como hizo María, la Madre humilde y sencilla, pueden alcanzar esa Buena Noticia de Salvación.

Sin esa condición nos cerraremos a la Verdad. Y lo experimentamos personalmente, pues, sólo cuando somos capaces de ser humilde, no sólo abrimos nuestro corazón a la Luz Divina, sino que experimentamos la paz y el gozo que da el descanso de descubrirnos a la Verdad. Es, precisamente, en el Señor donde encontramos nuestro descanso y paz.

 Porque, sólo, cuando nos esforzamos en ser mansos y humildes como Él, encontramos paz y sosiego. Comprendemos que sólo en la actitud de ser de los últimos, con la disponibilidad de servir por amor, podremos recibir la Luz de la Verdad.

sábado, 8 de julio de 2017

LO VIEJO Y LO NUEVO

(Mt 9,14-17)
Muchas veces la Palabra se hace difícil entenderla. Bien, porque estamos bloqueados, o bien, porque estamos ciegos. De cualquier forma, no siempre estamos en sintonía con la Palabra de Dios. Por eso, siempre, estemos o no en sintonía y en la misma frecuencia con el Señor, necesitaremos la Luz y la Gracia del Espíritu Santo para poder interpretar y vivirla. 

Eso nos invita, posiblemente, al ayuno. Porque, ayunar no es sólo abstenerse de comer, sino también privarte de tu tiempo para entregarlo a los demás. Porque, ayunar también es poner tu vida en Manos del Espíritu Santo y dejarla correr según su Voluntad. Porque, ayunar, no consiste en mortificarse, sino en darse por el bien de los demás.

Y, es lógico y de sentido común que, cuando estamos con Jesús, todo es diferente. Y todo se vuelve festivo y se viste de alegría y novedad. En las fiestas no puedes poner cara de tristeza, pues de ser así dejaría de serlo. Tiempo habrá para darle salida y ponernos en situación de ayuno y penitencia. Ahora es tiempo de salvación, y Jesús está entre nosotros, motivo de alegría y gozo.

No se trata, pues, de hacer sacrificios como se entendía antes de la venida del Señor. La Buena Noticia renueva nuestra vida y actualiza nuestra fe. Se trata de amar. Amar como el mismos Jesús nos ha enseñado en su estancia terrenal entre nosotros. Porque, quien ama, hace y da frutos.

Pero, más importante aún, porque, quien ama está con el Señor. Y es que no se pude amar sin estar con Él. Él es lo nuevo, la Buena Noticia, el vino nuevo, que hay que conservar en odres nuevos. Nunca echarlo en odres viejos, porque reventarán y se estropearán. La fe madura y se renueva, y, para dar frutos, necesita actualizarse en el Señor. Abrir nuestros corazones y dejarnos guiar por el Espíritu Santo.

viernes, 7 de julio de 2017

¿CUÁL ES TU SITUACIÓN?

(Mt 9,9-13)
¿Dónde gastamos nuestro tiempo? ¿Cuál es nuestra situación? Porque, pensamos que pasarlo bien es lo importante, y a eso dedicamos nuestros esfuerzos y empeño. Nos despreocupamos de los demás y sólo miramos para nuestros proyectos y satisfacciones.

¿Dedicamos tiempo para nuestra relación con Dios y servicio para el bien de los hermanos, mejorando con ello nuestro mundo? Esa es, quizás, la llamada que Jesús nos hace hoy en Mateo. Nos invita a seguirle. Y seguir a Jesús es ponerlo en el centro de nuestra de vida, dedicándole nuestro tiempo en nuestra íntima relación con Él y abrazándole en el servicio a los hermanos.

Es decir, no puedes expresar tu servicio a Dios, dejando a un lado el servicio a los hermanos. Es verdad que la cosa exige esfuerzo y entrega, pero, también, es verdad, que no estamos solos. Contamos con la Gracia del Espíritu Santo que nos da la fortaleza, la sabiduría, la capacidad de entrega y todo lo que, nuestro esfuerzo, nos vaya exigiendo a fin de cumplir con el amor a Dios y al prójimo.

Queda de manifiesto que necesitamos ayuda, y para eso ha venido Jesús. Él nos lo dice: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal». El hombre es un ser débil y frágil. Ese es uno de los graves pecados del hombre, creerse que se pueden salvar por sus propios medios y con el cumplimiento de la Ley. Y en ese grave error estaban los fariseos, que le daban a la Ley todo el valor y en ella centraban toda su vida y esfuerzos.

Se escandalizaban de que Jesús comiera con publicanos, considerados como pecadores. Y Jesús, dándose cuenta de este error, les reprende, y les dice: «Id, pues, a aprender qué significa aquello de: ‘Misericordia quiero, que no sacrificio’. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

jueves, 6 de julio de 2017

LA SALVACIÓN NO ES PARA ESTE MUNDO

(Mt 9,1-8)
Nuestro cuerpo está sometido y sujeto a las leyes terrenales. Estamos contenidos dentro del espacio y el tiempo, y, por tanto, sujeto a sus leyes. El tiempo pasa y deteriora nuestro cuerpo. Estamos, pues, destinados a morir. Morir nuestro cuerpo terrenal, que es corrupto, pero no nuestra alma y nuestro cuerpo glorioso, como el de Jesús, destinado a vivir eternamente. 

Meternos en esas profundidades, insuperables para nosotros, es perdernos. Nos basta la Palabra del Señor y su Resurrección. Él es el Camino, la Verdad y la Vida, y todo lo que ha dicho y prometido se cumplirá. Sólo basta Él y su Palabra.

La primera reacción del Señor es salvar a paralítico. Es indudable que lo primero y principal es perdonar sus pecados. Es decir, limpiar su alma para salvarlo. Y así lo hace: «¡Animo!, hijo, tus pecados te son perdonados». Es lo importante y lo que todos necesitamos. Alcanzar la Misericordia del Señor para salvarnos. Porque, nuestro cuerpo volverá a enfermar. Curado de esta parálisis, vendrá otra u otra enfermedad que será la definitiva. Lázaro, el íntimo amigo de Jesús fue resucitado por Él, pero tuvo que morir más tarde. Porque, en este mundo todos tenemos que morir y compartir nuestra muerte con Jesús. 

Pero no sólo una muerte corporal, sino también una muerte a nuestro egoísmos y ambiciones terrenales. Una muerte de nuestra vida al éxito mundano y a nuestros proyectos y vanidades. Una muerte que nos limpia de nuestros pecados por la Misericordia de Dios. Pecados que sólo Dios tiene poder para perdonarlo y que en el Evangelio de hoy lo deja claro: ¿Qué es más fácil, decir: ‘Tus pecados te son perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados —dice entonces al paralítico—: ‘Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’». Él se levantó y se fue a su casa.