domingo, 25 de agosto de 2024

¡SEÑOR!, ¿A QUIÉN VAMOS A ACUDIR?

Esa es la pregunta del millón: ¿A quién vamos a acudir, si Tú, Señor, desapareces de nuestra vida? Sólo Tú tienes Palabra de Vida Eterna. Esa es la respuesta que sale de lo más profundo del corazón humano. Al menos, de aquellos que han experimentado la presencia del Señor en sus vidas.

Pedro, lo había experimentado aquella tarde noche de sus negaciones. Más sus firmes convicciones en creer en el Señor y en haber experimentado su Infinita Misericordia le impulsan a declarar: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios».

Y nosotros, ¿qué decimos hoy y ahora? ¿Creemos firmemente en el Señor a pesar de la dureza del camino? ¿Nos hemos cuestionado esa pregunta, o simplemente pasamos de ella y nos limitamos a meros cumplimientos hasta que las dificultades nos impidan seguir? ¿Cuán es nuestra verdadera actitud?

Es evidente que la fe, salvo excepciones y la Gracia de Dios, se va fortaleciendo en la convivencia y relación íntima del día a día, y, sobre todo, con el tiempo. De la misma forma que el metal se forja golpe a golpe y en la fragua, también nuestra fe se va gestando en el tiempo y con la experiencia, a veces dura y difícil de asumir.

 ¡Claro!, surgirán dudas, debilidades, deseos de abandono, incomprensiones y oscuridades que no entenderemos, pero, la forja de nuestra fe necesitará esos golpes que la vayan forjando y moldeando hasta llegar a experimentar la cercanía y presencia del Forjador. Demos tiempo al Señor, nuestro Dios, para que vaya, como el alfarero, moldeando nuestro corazón y fortaleciendo nuestra fe.

Respondamos como Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios». Y démosle tiempo al tiempo. La paciencia es un don que debemos pedir al Señor para dejar que su Gracia y su Infinita Misericordia fortalezcan nuestra fe.

sábado, 24 de agosto de 2024

EN LO PEQUEÑO SE ESCONDE LO GRANDE

El sentido común nos dice que lo pequeño tiene poca importancia. Esa es la costumbre y como, de alguna manera, todos tenemos entre ceja y ceja de que lo importante está en las cosas grandes, suntuosas, poderosas y que nos llama la atención. ¿Acaso algo insignificante y pequeño puede ser importante y grande?

Natanael era uno de esos, entre muchos de nosotros, que pensaba de esa manera. No podía imaginarse que de una aldea pequeña e insignificante como Nazaret pudiera venir el Mesías: «¿De Nazaret puede haber cosa buena?». Y nosotros, ¿qué decimos?

Porque, lo importante no es lo que pasó, sino lo que nosotros pensamos ahora: ¿Se esconde el Señor en las cosas pequeñas, humildes, débiles e insignificantes? ¿Dónde le busco yo? ¿Acaso creo que Dios está en lo grandioso, en lo que considero importante, en lo notable, en las cosas heroicas y espectaculares? Sería de vital importancia discernir y respondernos a nosotros mismos sobre esa auto pregunta.

No obstante debemos asumir que lo verdaderamente importante de nuestra vida se esconde en lo pequeño. Lo máximo empieza en lo mínimo, y no al revés. La felicidad se esconde en la grandeza de lo sencillo, de lo que pasa casi sin darnos cuenta, de lo suave y silencioso que está delante de nuestros ojos. Precisamente, Dios está en la suave briza, nos recuera algo esta frase.

Busquemos, pues, en lo sencillo y cotidianos de cada día la presencia de Dios Un Dios que viene a nosotros desde la humildad de Nazaret después de tomado naturaleza humana en un simple y humilde pesebre de Belén.

viernes, 23 de agosto de 2024

AMAR COMO NOS AMAMOS A NOSOTROS MISMOS

A veces nos llenamos de normas y preceptos que, incluso, no nos da el tiempo para cumplirlos todos. Y, aunque son necesarios, no son imprescindibles no lo esencial del cristiano. Un cristiano comprometido con su fe de bautismo sabe, o al menos debe saber, que el primer mandamiento es Amar al Señor, mi Dios con todo mi corazón, con toda mi alma y con toda mi mente.

Pero, la prueba de ese amor se concreta y visibiliza en el amor al prójimo de la misma manera que te amas a ti mismo. Significa que, no está este mandamiento por encima del Amar a Dios – el primero – sino que va cogido de la mano y unido a él. De tal forma que, si no amas a tu prójimo, que lo tienes delante de ti, como te amas a ti mismo, estás mintiendo cuando dices que amas a Dios con todo tu…

Claro queda que para cumplir, digamos el segundo, se hace imprescindible el primero. Sin amar a Dios, nuestro Padre, y estar unido a Él de manera íntima, firme y filial como un hijo depende de su padre, nuestra capacidad de amor a nuestro prójimo se desvanece y debilita, y terminamos amándonos a nosotros más que a nuestros prójimo. Nos decimos:  primero yo, y siempre yo, y después los demás.

En consecuencia: Nuestro Amor a Dios lo hacemos visibles en la medida que tratamos y nos esforzamos, injertados en el Espíritu Santo, en amar a nuestros prójimos. Si bien, es verdad, no se trata de agradar y facilitar todo lo que te pidan, sino de dar lo que realmente es necesario y les conviene.

Amar es una cuestión muy difícil, un compromiso más que afectos y sentimientos. De ahí la imprescindible necesidad de estar conectado al Espíritu Santo, para que con su asistencia y ayuda poder encontrar los verdaderos caminos por donde señalar, ayudar y orientar a hacer el bien en la vida de nuestros prójimos.

jueves, 22 de agosto de 2024

BUSCAN LA FELICIDAD, PERO NO SABEMOS DÓNDE NI CÓMO

Al empezar a leer este pasaje evangélico y encontrarme con la parábola del rey que celebraba la boda de su hijo, no pude evitar el pensar que la vivimos realmente en este momento, y, diría, que siempre. Muchos, buscando la felicidad, nos perdemos en el camino sin saber dónde ni cómo podemos encontrarla.

Desoyendo la invitación de Dios – el Rey de la parábola – y pensando que nuestros objetivos e intereses son más importante que asistir ahora a un banquete de boda, buscamos en nuestro trabajo, en nuestros intereses, en nuestras ideas y objetivos, satisfaciendo nuestras pasiones y egoísmos, esa felicidad que anhelamos. Y damos la espalda a ese Rey – Dios nuestro Padre – que nos invita al Banquete de Vida Eterna.

Y eso, hermanos en la fe, y también los que así no se consideran, está sucediendo en este momento de tu vida y la mía. Dios, nuestro Padre, nos invita con una Paciencia sin límites, y un Amor Misericordioso Infinito, a que acudamos a Él, a que nos  revistamos de ese traje de la Gracia, que Él nos regala gratuitamente, y participemos del Banquete que nos trae su Hijo, nuestro Señor, dándonos a comer su Cuerpo, y a beber su Sangre, para que, en Él, alcancemos la plenitud de gozo y felicidad de Vida Eterna.

Mientras, ¿qué respondemos nosotros? Posiblemente muchos ni hacemos caso; otros miramos para otra parte y elegimos las cosas de este mundo, y otros, quizás los menos, tratamos de prepararnos, revestirnos de ese traje de fiesta – la vida de la Gracia – y acudir a invitación a ese Banquete de Vida Eterna.

Nunca debemos perder de vista que, sólo revestido de ese traje de fiesta podemos asistir a ese Banquete. Y eso empieza por nuestro bautismo, y termina, en la frecuencia de nuestra vida, en el frecuente alimento del Pan de Vida – Eucaristía – y en la Misericordia Infinita de nuestro Padre Dios, que nos perdona en el Sacramento de la reconciliación. En ellos cargamos nuestras pilas de la Gracia para renovarnos y llevar siempre ese traje de fiesta que nos hace hijos de Dios y herederos de su Gloria.

miércoles, 21 de agosto de 2024

UNA BONDAD Y MISERICORDIA DESMEDIDA

No se entiende como actúa Jesús con aquellos jornaleros que llama al caer la tarde. En nuestra razón no entran esos cálculos que hace Jesús. Nuestra razón nos dice que los primero – llamados al amanecer – deben recibir más que los que llegan al caer la tarde. No nos parece justo esa distribución ni apreciación.

Sin embargo, la actuación de Jesús es sorprendente. Él tiene potestad y poder para dar a cada cual lo que cree. Su Bondad y Misericordia es Infinita y nos la da gratuitamente. Nos demuestra que puede dar a los últimos más o igual que a los primeros. Aquel – llamado buen ladrón, crucificado al lado de Jesús – nos da la razón.

No merecemos nada, ni por ser primeros o por ser últimos. Todo es Bondad Infinita de nuestro Padre Dios, y todo nos es dado gratuitamente. Quizás nuestro mayor logro y esfuerzo está en ser como niños. Es decir, poner toda nuestra seguridad, como lo hicimos de pequeño con nuestro padre y madre, ahora en nuestro Padre Dios. Y confiar en Él plenamente.

Él nos dará lo que nos corresponda según nuestro esfuerzo, pero, nunca olvidemos que, por mucho que hagamos y nos esforcemos, todo será siempre gratuito por su Bondad y Misericordia Infinita. A nosotros nos corresponde tratar de actuar con bondad y misericordia aprendiendo a descubrir que la verdadera felicidad está en la grandeza de lo sencillo. Y que nuestra manera de mirar y andar por el mundo consiste en confiar y fiarnos de nuestro Padre Dios. Es precisamente eso lo que significa ser como niños.

martes, 20 de agosto de 2024

TODOS BUSCAMOS UNA RECOMPENSA

De alguna manera nuestra naturaleza humana no escapa al deseo de recibir una recompensa. Actuamos quizás sin ánimo de lucro y sin esperar nada a cambio, pero, inmediatamente, instintivamente y sin esperarlo, ponemos la mano para recibir una recompensa. La pregunta de Pedro en el Evangelio de hoy lo deja meridianamente claro: (Mt 19,23-30): … Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?». ¿No pensamos nosotros de la misma manera?

Pidamos esa Gracia de darnos gratuitamente tal y como Dios, nuestro Padre, nos ha dado todo lo que somos y tenemos. Y tratemos, con y por la Gracia de Dios Padre, imitar a su Hijo, nuestro Señor Jesús, que entrega su Vida de forma voluntaria y gratuita. Sólo por amor al Padre, obedeciendo su Voluntad, y por amor a los hombres tal y como el Padre los ama.

Digamos que esa es nuestra meta, nuestro camino de perfección y nuestra esperanza. Esa, precisamente es la lucha de cada día, revivir y pedir esa Gracia en donde fortalecernos y darnos de forma incondicional y gratuita. Ahí, en ese vivir de cada día experimentamos nuestras debilidades y la certeza de que sin la Gracia de nuestro Padre Dios y la asistencia del Espíritu Santo, nada podemos hacer.

Y, precisamente, en el Evangelio del domingo, Jesús, el Hijo de Dios, se hace Pan y Vino, como alimento de nuestra alma para que, alimentados en Él, podamos ser capaces de darnos sin esperar nada a cambio, experimentando la alegría y el gozo de actuar y vivir en el Señor. Porque, Él es nuestro gozo y felicidad, nuestro Camino, Verdad y Vida.

lunes, 19 de agosto de 2024

SÓLO EL CONTACTO CON JESÚS NOS LIBERA DEL SIMPLE CUMPLIMIENTO.

No sólo es el cumplir, sino el amor misericordioso que sólo podemos recibir al estar en contacto con Jesús y recibir su Cuerpo y Sangre como alimento espiritual que nos fortalece, nos da paz y sabiduría para amar como Él nos ama. La vida es un libro de sabiduría, pero sólo sabremos leerla si caminamos unidos a Cristo Jesús.

El hecho de cumplir está muy bien, pero por sí solo no nos basta para darle verdadero sentido al amor. Partimos de que somos pecadores y el cumplimiento de los mandamientos nos acerca mucho al Señor. Pero, sólo en Él podemos encontrar el don de la gratuidad y la misericordia.

Verdaderamente estamos llamados a ser libres. Y es esa libertad la que nos ayudará a superar toda ley y todo precepto desde un amor incondicional y gratuito. Se trata de no permanecer atado al poder y tener para ser, sino desde el ser, injertado en el Espíritu Santo, hacer y obrar en entera libertad. Es entonces cuando el despojo de lo que se tiene importa poco, porque el valor de descubrir que estamos en el Señor llena toda nuestras esperanzas de vida.

No nos salva ni libera el cumplimiento. Eso sí, nos hace mejores, pero continuamos atado al tener y poseer. Sólo nos libera el Señor, que nos da la capacidad de amar gratuitamente poniendo todo lo que somos y tenemos a su servicio. Fue ese el problema de aquel joven rico que, siendo bueno, prefirió seguir atado a sus riquezas antes que liberarse poniendo en el centro de su corazón al Señor.

Vivir para el Señor significa tener la prioridad en tu vida de hacer la Voluntad del Padre según la Palabra de nuestro Señor Jesús. Una Palabra que precisamente cumple esa Voluntad del Padre: Amarnos con misericordia infinita. Amén.