viernes, 28 de abril de 2017

CONFIADOS POR LA FE

(Jn 6,1-15)
Sabemos, o debemos saber, que todo depende del Señor, y es Él quien hace todo. Pero eso no nos exime de esforzarnos y poner todo lo que está de nuestra parte. El Señor sabe lo que nos hace falta y lo que realmente necesitamos. Y, para Él, todo es posible. Pero, quiere contar con nosotros y comprobar nuestra fe. En esa actitud debemos de esforzarnos y trabajar con confianza y confiados en Él. Es nuestra fe la que nos salva y hace el milagro.

Hoy hay muchos panes y peces que repartir. No sabemos cómo hacerlo, pero eso no nos debe dejar pasivos, lánguidos y perezosos, sino todo lo contrario, animarnos y esforzarnos en hacer y poner todo lo que esté a nuestro alcance. Hoy, incluso, nos rechaza el pan espiritual que les damos. Organizamos encuentros, charlas y provocamos circunstancias para hablar y conocer al Señor, pero la respuesta es siempre la misma. Vamos los que ya estamos y queremos e intentamos seguirle. No se suman ni responden nuevos hermanos en la fe.

Y eso nos desanima en muchos momentos y nos tienta a dejarnos ir. Pero no debemos dejarnos vencer. Confiemos en el Señor. Él sabrá repartir su Pan espiritual y saciar a todos aquellos que le busquen y tengas sed y hambre de su Amor. El hombre es libre y dueño de hacer lo que quiera, pero, se supone, que buscará la felicidad y la verdad, porque están escrita dentro de su corazón. En esa búsqueda encontrará al Señor, porque es el único que le salvará.

Sin embargo, hacemos las cosas de forma desinteresada y sin buscar resultados. Porque ellos pertenecen a Dios. Así como Jesús, el Señor, se esconde y desaparece cuando descubre que le buscan para hacerle Rey, impresionados y asombrados por sus prodigios y milagros. Por lo tanto, no miremos los frutos, sino tratemos de cultivarlos y ponerlos en Manos de Dios. Él es el verdadero autor y dueño de todo.

jueves, 27 de abril de 2017

MIRANDO A LO ALTO

(Jn 3,31-36)
Cuando vives con la mirada en lo alto, tus pasos y tu corazón palpitan de otra forma. Se nota y los que lo notan advierten algo diferente en su forma de mirar las cosas de aquí abajo. Muchos, en su afán de justificar su sorpresa, justifican esa actitud de angelismos y de tener los pies fuera de este mundo. Algo tendrán que decir para justificar sus posturas y sus formas de actuar en la vida.

Las cosas de este mundo son caducas, y aquí poco hay que mirar y decir. Todo está dicho y, de la misma forma que aparecen, desaparecen. Lo que pueda dar de alegría y gozo es efímero y no permanece. Nada se sustenta en el tiempo. ¿De qué, entonces, vale sujetarse a las cosas de este mundo? 

En la medida que pasa el tiempo nos vamos dando cuenta del camino que hemos elegido Hace poco una persona comentaba que miraba ahora la muerte de otra forma y, quizás, sus palabras escondían la tristeza de no estar conforme con la forma que había vivido. Otro, confesaba que cada noche reflexionaba sobre si sería esa la última, y se confesaba creyente, pero no practicante. Sin embargo, ninguno trata de indagar y buscar y, sobre todo, cambiar el rumbo de su vida.

Nunca es tarde para salir de las curvas de nuestra vida y tomar el atajo recto y derecho que conduce al verdadero camino. Nunca es tarde, porque Dios, tu Dios y el mío, nos espera. Pero eso te exigirá levantar la mirada y ponerla en lo alto. Porque sólo de lo alto viene la Verdad y la Vida, y Él, enviado por el Padre de lo alto, es el único y verdadero Camino que debemos seguir para alcanzar la vida eterna.

Levantemos la mirada y escuchemos la Voz que nos habla de lo alto, porque sólo Él tiene autoridad y nos trae la Voz del Padre, por el que es enviado. Y todos los que en Él creen tendrán vida eterna.

miércoles, 26 de abril de 2017

SAL Y LUZ

Mt 5, 13-16
Es posible que muchos de nosotros no seamos sal, es decir, no tengamos esa característica de transmitir aquello que creemos, ni tampoco dar ese olor que contagia y atrae. Es posible que pasemos por nuestra vida de forma insípida e irrelevante.Y no se trata de alcanzar notoriedad, ni tampoco de destacar, sino de ser lo que estás realmente llamado a ser, hijo de Dios.

Muchos, a la hora de referirnos a Dios nos confesamos creyentes, pero no practicantes. Decimos que creemos en Dios, pero nuestra vida la configuramos y la vivimos según nosotros. Luego, ¿qué Dios tenemos dentro de nosotros? Nos contradecimos y auto engañamos. Porque las prácticas obedecen a un compromiso con ese Dios. No las prácticas que tú quieras, sino las que Él te manda. Por lo tanto, para creer, primero hay que conocer.

La fe y las prácticas no son lo mismo, pues hay quienes practicamos, pero lo hacemos como rutina y sin coherencia, pues nuestra vida, luego, va por otro camino. Sólo cuando la fe y la vida van de la mano, las prácticas son consecuente con esa fe, y eso se nota. Es entonces cuando tu sal empieza a salar tu propio mundo por donde te mueves y llegas. El gusto y el sabor se esconde detrás de tus obras, que dependerán de tu fe.

Una fe que se apoya en la acción del Espíritu Santo, porque si vas de tu mano, caerás y perderás el norte de tu vida. Sólo en las Manos del Espíritu podrás encontrar el Camino, la Verdad y la Vida. Y en esa lucha y esfuerzo, tu vida se hace también luz, pues tus pasos y tus actos van dando testimonio y alumbrando el camino que lleva al Dios en el que crees. Tu fe enciende tu vida y la hace testimonio para que otros puedan ver también el camino del amor.

No es cuestión de salar y alumbrar, sino de vivir en el esfuerzo de dar sabor a todo aquello que nos rodea en la esperanza de imitar a Xto. Jesús, y de que, ese nuestro esfuerzo, con nuestras pequeñas y humildes obras sean luz y testimonio para que otros, viéndolas, se muevan a hacer lo mismo.

martes, 25 de abril de 2017

ID POR TODO EL MUNDO...


La Misión está clara: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien».  Son Palabras del Señor y no dan lugar a dudas.

Es verdad que, hoy, no se dan estos signos tan especiales que se descubren en el Evangelio, pero, en aquellos que creen y viven su fe coherentemente se hace presente la acción del Espíritu Santo y se siguen dando señales providenciales y verdaderos signos de acompañamiento del Resucitado. La vida de la santa Madre Iglesia está llena de verdaderos hijos en los que se manifiestan verdaderos signos milagrosos que se hacen visibles en sus vivencias de fe.

No se trata de hablar porque sabemos más, ni porque nuestra palabra es palabra de sabiduría. Se trata de hablar por boca del Espíritu Santo. Se trata de hablar por obediencia y en Nombre del Señor, y confiados en su Palabra. No se trata de mi palabra, sujeta al error, sino de la Palabra del Señor que es Quién me manda y Quién tiene Poder para dar la Vida. 

Porque es de eso, precisamente, de lo que se trata. De la Vida o la muerte. Nuestra palabra no es una palabra más ni una palabra cualquiera. Es la Palabra de Dios puesta por el Espíritu Santo en nuestros labios. Es Palabra de Vida Eterna; es Palabra de Salvación. Porque en Él creemos, y a Él nos confiamos poniéndonos en sus Manos.

¿Por qué, pues, nuestro silencio? ¿Miedo, timidez? Decía san Justino que «aquellos ignorantes e incapaces de elocuencia, persuadieron por la virtud a todo el género humano». El signo o milagro de la virtud es nuestra elocuencia. Dejemos al menos que el Señor en medio de nosotros y con nosotros realice su obra: estaba «colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban» (Mc 16,20).

lunes, 24 de abril de 2017

BUSCANDO LA LUZ EN LA OSCURIDAD

(Jn 3,1-8)
Vivimos en la oscuridad. Nuestra vida camina en la noche, porque el mundo en el que vivimos está dominado por las tinieblas que se mueven en la oscuridad. Así, Nicodemo, magistrado judío, estaba sometido a la oscuridad, al miedo de que fuese descubriendo buscando la Luz en Xto. Jesús, el Señor.

Sin embargo, él reconoce que Jesús viene de Dios: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él». Pero tiene miedo de verse con Él a la luz del mundo, y acude a verlo por la noche, escondido en la oscuridad. Quizás nos ocurra a nosotros algo parecido, pues experimentamos miedo de confesarlo delante de nuestros amigos y nuestro círculo y ambientes. Queremos buscar la Luz, pero no salimos de la oscuridad mundana. Nos da miedo romper con ella.

Sólo hay una forma de hacerlo, y es renacer de lo alto. Morir a las tinieblas del mundo, sepultándonos con Jesús en la muerte, para renacer con Él a la nueva Vida que nos da el Bautismo al configurarnos con Xto. Jesús como profetas, sacerdotes y reyes.  Por el Bautismo morimos al pecado que no esclaviza y renacemos limpios de él a la Vida nueva del Espíritu. Eso es nacer de lo alto, morir a la carne, para vivir al Espíritu por la Gracia de Dios recibida en el Bautismo.

Y es que sólo la Gracia de Dios nos limpia y nos transmite la fuerza necesaria para vencer el poder de la carne y del pecado, que impera en este mundo. Por eso, de la carne nada bueno sale, sólo del Espíritu de Dios puede venirnos la limpieza de nuestro corazón y la fortaleza para, muriendo a este mundo, nacer a la Vida nueva de la Gracia.

domingo, 23 de abril de 2017

TESTIMONIO Y PRUEBAS

(Jn 20,19-31)
Es curioso, pero observemos como el Señor lo primero que hace es presentar sus Manos y Costado para que los apóstoles comprueben llagas y herida sufridas en su Crucifixión. Prueba evidente que deja al descubierto la incredulidad de los apóstoles. El orden de sus apariciones se inicia con la paz. Es decir, no hay por qué asustarse. Soy Yo, el Señor, he Resucitado. Y presenta las pruebas de sus heridas.

Detrás de esos signos y pruebas se esconde también las nuestras. ¿No tendremos nosotros que presentar las nuestras? Pruebas de amor y de entrega. Y esas pruebas dejaran también marcas en cada uno de nosotros. Nuestros propios sufrimientos y adversidades. Por eso, quienes buscan la felicidad en este mundo se equivocan, porque en él no está. Pero, también se equivocan aquellos que buscan en Jesús el pasarlo bien y el vivir confortablemente. La Cruz no promete eso, sino el sacrificio de dar tu vida por amor ofreciendo, por los méritos de Xto. Jesús, la salvación verdadera y eterna a todos los hombres.

El camino de esta vida es un camino purificador. Y se purifica en la medida que se limpia, se despoja y descontamina de todas sus impurezas. Y eso supone lucha, dolor, sufrimiento y muerte. Sólo detrás de esas cruces se atisba la luz del verdadero gozo y felicidad, que tendrá su plenitud en el otro mundo. Ese mundo del que Jesús nos habla y al cual pertenece.

Y, para ello, les da la fuerza y el poder del Espíritu Santo con el que perdonar o retener nuestros pecados. Está constituyendo su Iglesia, apoyada en la roca de Pedro y sus hermanos, fortalecidos con la acción y el poder del Espíritu Santo. Porque hay muchos Tomás en este mundo, que se empeñan en creer bajo el silogismo de su razón. Y a Dios no se descubre sólo por la razón. Es verdad que nos puede ayudar, pero el Misterio está por encima de eso. Necesitamos la fe, que nos viene de y por la Gracia de Dios.

«Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído». Tenemos el testimonio de los apóstoles y, a través del tiempo, el de la Iglesia. Creamos en la Palabra de Dios, porque es Palabra de salvación y vida eterna.

sábado, 22 de abril de 2017

JESÚS, EL RESUCITADO

(Mc 16,9-15)
Jesús inicia la confirmación y testimonio de su Resurrección. Ha resucitado, pero no le creen, ni siquiera sus mismos amigos y discípulos. María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios, es a la primera que anuncia su Resurrección, pero, comunicado a los discípulos, no le creen. Luego se manifiesta a los de Emaús y estos, de regreso, a Jerusalén, tampoco son creídos. Están derrotados, fracasados y llenos de oscuridad. 

¿Y nosotros, mil novecientos ochenta y cuatro años aproximadamente después, cómo estamos? ¿Creemos? No hay duda que partimos con ventaja, porque tenemos el testimonio de todos ellos, y el de la santa Madre Iglesia, que lo ha guardado, custodiado, proclamado y transmitidos hasta nuestros día. Y continúa haciéndolo.

Sin embargo, experimentamos dudas, miedos y vacilaciones ante el compromiso de seguirle plenamente. Muchos por respeto humano e intereses nadamos entre dos aguas. Otros, asediados por nuestras debilidades, temores y pecados encendemos una vela al diablo y otra a Dios. Jesús se nos presenta personalmente. No quiere que nuestra fe se debilite y nos anima a descubrirle. Ante la perplejidad negativa, cerrada y tozuda de los apóstoles, se les presenta a los once reunidos en el Cenáculo. Y les echa en cara su dureza de corazón por no creer a aquellos que les habían visto. Y les envía a proclamar el Evangelio a todo el mundo.

Un Evangelio que trae una buena noticia. Un mensaje de salvación, de liberación, de triunfo sobre la muerte. Un mensaje que anuncia un Resucitado que testimonia el triunfo sobre la muerte y el amor del Padre a los hombres, a los que les promete también la resurrección por los méritos de su Hijo Jesús Resucitado para Gloria del Padre.