martes, 18 de noviembre de 2025

ENCUENTRO QUE TRANSFORMA

Lc 19, 1-10

    Era de noche cuando Juan sintió deseos de caminar. Estaba confuso, y su experiencia le decía que un buen paseo podría aclarar su mente.

    La noche, por otro lado, invitaba a ello: era apacible, y el cielo lucía uno de sus mejores vestidos, un fulgurante manto estrellado capaz de serenarle el alma solo con contemplarlo.

 

    A pesar de ser un hombre rico y bien situado, no era feliz. Lo sabía y le inquietaba no comprender por qué. Reconocía, además, que no tenía buena fama: muchos lo consideraban alguien que se aprovechaba de las debilidades ajenas para acrecentar sus riquezas.


    Y, sin embargo, algo lo rondaba por dentro. No sabía el motivo, pero experimentaba un deseo sincero de averiguar qué le estaba ocurriendo.

    Al pasar junto a una terraza, percibió gran animación. La buena iluminación y un grupo de personas enfrascadas en un diálogo sereno le despertaron una inesperada curiosidad. Sin proponérselo, se dejó atraer por aquel ambiente y se adentró en el lugar.


    —¿Desea algo el señor? —le preguntó Santiago, tomándolo por sorpresa.

    —¡Ah!, sí... un café, por favor —respondió, aún atento a la conversación.

    —Enseguida, señor —dijo Santiago con diligencia.

 

    Juan no apartaba la vista de la tertulia. Cada palabra parecía interpelarlo.

 

  —Es muy difícil que una persona rica cambie de parecer; lo más lógico es que prevalezcan sus caprichos y egoísmos. ¿No les parece? —comentaba Enrique, uno de los tertulianos más participativos.

   —Es posible —respondió Pedro—, pero, ¿no creen ustedes que hay excepciones en toda regla?

 

  Entonces Manuel, que escuchaba con atención, tomó su Biblia —siempre la llevaba consigo—, la abrió y leyó en voz clara:

    Lc 19, 1-10

  «En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura».

 

  Hizo una breve pausa y levantó la mirada hacia los tertulianos. También advirtió que algunos transeúntes y clientes no habituales seguían la lectura con interés. Tras unos segundos de silencio, continuó:

 

    «Corriendo más adelante, se subió a un sicómoro para verlo, porque tenía que pasar por allí».

 

    Alzó las manos en un gesto natural, dirigiéndose a Enrique y Pedro, y prosiguió:

 

  «Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo: “Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa”.

Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento».

 

 Enrique guardó silencio, reflexivo. Pedro asentía suavemente, convencido de que aquello podía suceder. Todos mantenían sus ojos fijos en Manuel.

 

  Mientras tanto, Juan —aquel observador clandestino— permanecía con la cabeza entre las manos, apoyado sobre la mesa. En su interior se abría paso una verdad que jamás había querido mirar: la riqueza, cuando se convierte en un fin, es una cadena que esclaviza y sofoca la posibilidad de ser verdaderamente feliz.

 

    La voz de Manuel volvió a irrumpir, serena y suave:

 

    «Al ver esto, todos murmuraban diciendo: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”.

Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: “Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más”».

 

    Hizo una última pausa, miró a los presentes y concluyó:


    «Jesús le dijo: “Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”».

lunes, 17 de noviembre de 2025

NECESIDAD DE VER

Lc 18, 35-43

   No se daba cuenta; a medida que avanzaba, se perdía en el horizonte. Todo se oscurecía ante sus ojos. No sabía a dónde iba y empezaba a sentir miedo.

    Necesitaba ver, orientarse, descubrir la dirección del camino. Con cada paso, su inseguridad aumentaba. Estaba a punto de gritar, de pedir auxilio, cuando observó a lo lejos una comitiva que caminaba con paso firme y seguro hacia su destino.

    Esperó a que se acercaran. Ya a su lado, preguntó a dónde iban.

    Uno de la comitiva, mirándole con cierta extrañeza, respondió:
 
    —Vamos camino del sacrificio. Nos esperan días de luchas y tormentos.
 
    Onésimo no entendió nada. No se atrevió a pedir más explicaciones. Aquello de “luchas y tormentos” le hizo temblar todavía más.
    Sus piernas se paralizaron, su boca quedó muda.
    «No sé si quedarme donde estoy o seguir a esta gente», pensó.
 
   Mientras dudaba, vio cómo la comitiva se alejaba. El miedo le dejó sin capacidad de reacción.
   Sintió que se perdía. Levantó la cabeza, y con los ojos bañados en lágrimas suplicó clemencia al cielo.
    Metió la mano en el bolsillo y sacó su pequeño evangelio de cada día. Al abrirlo y comenzar a leer, quedó sorprendido:
 
    Lc 18, 35-43:

 “Cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino pidiendo limosna…”
 
    Onésimo sintió un latido profundo en el corazón. Con las manos limpió sus ojos llorosos. Su rostro dibujó una sonrisa.
    No podía creer el pasaje que tenía delante.
Continuó leyendo:
 
    “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”
    “¿Qué quieres que haga por ti?”
    “Señor, que recobre la vista.”
    “Recobra la vista, tu fe te ha salvado.”
 
   Cerró los ojos. Agachando la cabeza comprendió que la providencia le estaba señalando el camino.
    Una paz nueva le invadió.
    A lo lejos aún se distinguían las huellas de la comitiva que había pasado hacía un momento.
    Onésimo, sin dudarlo, encaminó sus pasos tras ella.
    Había visto claro cuál era su camino.

domingo, 16 de noviembre de 2025

PERSEVERANCIA

Lc 21, 5-19
   —La realidad es que la obra es una maravilla —decía Fernando. Es digna de verse y admirarse.

 Extasiado por tanto esplendor, Fernando pasaba largo tiempo contemplando aquella obra magnífica. Su esplendor era suntuoso y relevante. Todos se detenían ante tan grandiosa obra.
 
   —Es un portento —exclamó uno de los acompañantes de Fernando. En mi vida no había visto algo igual.
 —Lo mismo digo yo —dijo otro de los acompañantes. ¡Es impresionante!
 
  Todos estaban fascinados ante ese prodigio. Su figura se elevaba majestuosa y firme hasta casi perderse de vista, como desafiando al cielo.
 
    De repente se oyó una voz que llamó la atención de todos:
 
   «Esto que contemplan, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida»
 
    Las miradas se volvieron hacia la voz.
    Fernando y sus acompañantes mostraron unos rostros de lástima y desconcierto.
 
    Era Manuel, llevaba en sus manos una Biblia y leía el pasaje evangélico de Lc 21, 5-19.
 
    —Jesús —continuó Manuel— anuncia un nuevo tiempo; las catástrofes y persecuciones son señal del nacimiento de una realidad nueva.
    Para los cristianos, el único templo es el mundo.
 
    Algunos, algo exaltados, le interrumpieron:
 
    —Pero este templo es una maravilla, y ahí está Dios.
  —Dios habita en la realidad y en la historia y, de modo especial, habita en nuestros corazones, para que en Él lo adoremos en espíritu y en verdad.
   —Pero… ¿y estas bellezas…?
  —Ya no añoramos ningún templo; el único templo donde adorar y servir a Dios es el mundo y sus criaturas, la historia y los seres humanos, muy especialmente los vulnerables.
 
   Se hizo un silencio sepulcral. Todos se miraron. En el ambiente flotaba la conciencia de que: «No hay que temer la destrucción de los templos, sino temer no amar como Dios nos ama».

sábado, 15 de noviembre de 2025

INSISTENCIA SIN DESFALLECER

Lc 18, 1-8

    Era una buena persona, pero estaba harto de tanta machaconería de aquel inquilino que le rogaba que le rebajara el alquiler. Su situación financiera había sufrido ciertos altibajos y ahora pasaba por un mal momento.

    —No puedo rebajarle —insistió Rodolfo, el propietario de la casa.
  —Al menos por cierto tiempo… llevo una temporada en precario —le rogaba Severino, el inquilino al que el propietario denominaba latoso y el insistente.

   Era un edificio de siete plantas y en cada planta había dos pisos. Don Rodolfo, el propietario, vivía en el primero. La insistencia era casi a diario, pues obligatoriamente se veían todos los días.
 
    —Buenos días, Santiago —saludó don Rodolfo—. Ponme ese buen café de todos los días.
    —Buenos días, a sus órdenes —respondió Santiago.
    —¿Cómo anda la tertulia? Hace algún tiempo que no vengo por estos lares.
   —Siempre viva, don Rodolfo —respondió Santiago—. Los tertulianos no faltan, y de una u otra manera siempre hay temas de qué hablar.
 
  En ese momento, levantando la cabeza, Santiago divisó a Manuel, Pedro y otros que llegaban.
 
    —Mire, casualmente ahí llegan unos cuantos —dijo, señalando hacia ellos.
    —¡Buenos días, don Rodolfo! —saludaron al unísono los recién llegados.
   —¡Qué le ha traído por aquí! —exclamó Manuel con una gran sonrisa—. ¡Hacía tiempo que no le veíamos!
    —Buenos días a todos. Se palpa que la tertulia sigue en pie; ya me lo comentaba Santiago.
   —Sí, aquí seguimos —intervino Pedro—. Es nuestra fuente de energía y el lugar donde compartimos nuestras inquietudes.
  —Ya lo veo, y lo sé. Precisamente en estos últimos tiempos la he extrañado. Sobre todo por la majadería de un inquilino que me importuna a cada momento.
    —¿Qué le ocurre? —preguntó Pedro, con preocupación.
   —Nada grave, pero sí molesto. Un inquilino que se empeña en que le dé una tregua o le rebaje el alquiler. Según él, pasa por una crisis y me pide tiempo.
    —Siempre hay problemas —comentó uno de los tertulianos, poniendo cara de resignación.
   —Sí, pero este es insistente. Lo veo todos los días, y cuando no me inoportuna, me mira con unos ojos que parecen hablar.
 
    La tertulia se compadecía del malestar de don Rodolfo. Algunos se miraron, comprendiendo lo latoso que debía ser eso.

    Fue entonces cuando Manuel, dándose cuenta de la situación, tomó la palabra y dijo:

    —A veces la insistencia es necesaria. Jesús nos la sugiere para pedir. Nos lo aclara en una parábola (Lc 18, 1-8) que todos entenderemos muy bien:
«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario…”».
    —Pero… no me parece justo que… —se apresuró a responder don Rodolfo.
  —Posiblemente sea así, pero, por la inoportunidad e insistencia, el juez decidió hacerle justicia. Comprenderás que el inquilino no tiene otra alternativa, y eso le sostiene sin desfallecer.
    “Pide y se te dará.” Esa es su esperanza.

    Mirando a don Rodolfo y a todos los tertulianos, Manuel concluyó:

    Jesús termina diciendo:
    «Fíjense en lo que dice el juez injusto.
    Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante Él día y noche?, ¿o les dará largas?
    Les digo que les hará justicia sin tardar.
    Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

viernes, 14 de noviembre de 2025

PREPARADOS PARA EL DESENLACE

Lc 17, 26-37

      La ciudad estaba en fiesta. Nadie pensaba en otra cosa que no fuera divertirse y pasarlo bien, sin tener en cuenta a quienes, en medio del jolgorio, sufrían y lo pasaban mal.

    No había pausa: era una continua locura sin silencio, que solo cesaba cuando los cuerpos agotados caían en el sueño.
     El desenfreno de las pasiones iba rompiendo poco a poco la vida de aquellos que se mantenían ajenos a esa agitación.
    Rogelio reunió a los suyos y les pidió moderación y respeto. Los invitó a guardar las formas, a ser prudentes y a no olvidar que ese modo de vivir no conduce a ningún lugar.
 
    —Esto es insoportable —dijo uno—. Ni siquiera por las noches podemos descansar.
    —A mí me ocurre lo mismo —añadió otro—. Estoy pensando en marcharme de este lugar.
 
     Rogelio los miró con serenidad, levantó un poco la voz y respondió:
 
  —No desesperen. Todo tiene su fin. Nosotros sabemos cuál es nuestro camino y cuál nuestra esperanza. Tengamos confianza.
 —Pero es desesperante —gritó otro, con cierta rabia contenida—. Este bullicio, este desorden… La gente solo piensa en pasárselo bien y vivir como si ese fuera el fin para el que estamos en este mundo.
   —De acuerdo —replicó Rogelio—, pero nosotros conocemos lo que nos dice Jesús en Lc 17, 26-37. Y eso nos llena de esperanza.
 
   Hizo una pausa.
   Miró con ternura a todos y concluyó:
 
   —El final de este mundo no es sino el comienzo del verdadero. Aquí no termina nuestro camino: este tiempo es solo preparación para el definitivo. Por tanto, entreguemos nuestra vida en este mundo para ganarla en el otro, donde seremos eternamente dichosos.

   Se miraron unos a otros. Comprendieron que Jesús, como Hijo del hombre, tenderá una senda de salvación para los seres humanos, un camino de renovación y transformación de la realidad humana.
    Pero algo tiene que morir para dar lugar a una realidad nueva.

jueves, 13 de noviembre de 2025

EN MEDIO DE NOSOTROS

Lc 17, 20-25

   Reflexionaba sentado en la terraza. Sus pensamientos se detuvieron cuando sus labios pronunciaron lentamente:

     «Venga a nosotros tu Reino».

 

    «¿Sabemos realmente lo que decimos?» —se preguntó.

 

   Aquel pensamiento llenó plenamente el corazón de Manuel. Movió la cabeza, como si quisiera encontrar a su alrededor la presencia del Señor.

   «¿Cuándo vendrá su Reino?» —se dijo, sintiendo un gozo interior que se reflejó en una suave sonrisa.

 

    Manuel solía buscar en aquella terraza sus momentos más hondos de silencio. Era un lugar donde su alma se abría para dejarse iluminar por el Espíritu Santo. Tenía la certeza de que ese impulso interior no nacía de él mismo, sino que era una insinuación de Dios.

 

    —Buenos días —lo interrumpió Pedro, que acababa de llegar—. ¿Qué tal anda el señor?

    Al ver a Manuel ensimismado, añadió:

    —¿Reflexionando otra vez?

    —Estaba pensando cuándo será ese momento culminante y hermoso en el que se establezca el Reino de Dios —respondió Manuel.

  —Supongo que será de repente… o cuando este mundo se destruya —dijo Pedro encogiéndose de hombros—. En realidad, no lo sé.

   —En Lucas 17, 20-25 dice que el Reino de Dios está en medio de nosotros —afirmó Manuel.

Levantó suavemente la mirada hacia el cielo y añadió:

    —Creo que Jesús ha venido de forma sencilla, pobre, casi sin que nos diéramos cuenta.

   —Pero… el mundo lo ha ignorado —exclamó Pedro con cierto ímpetu—. Bueno… muchos —corrigió con una sonrisa más serena.

 

    Se hizo un silencio que abría interrogantes dentro de los dos.

 

    Manuel respiró hondo, como quien está a punto de pronunciar algo esencial:

 

    —Dios respeta nuestra libertad. Somos nosotros quienes debemos responder.
Creer en Él… o seguir nuestro propio camino.

    Dios no fuerza a nadie. Se ata las manos ante nuestras decisiones.

    La libertad es un regalo… pero también una responsabilidad.

 

  Algunos compañeros que habían llegado a la terraza habían escuchado sus palabras. Se quedó un silencio notable. Todos comprendieron que la vida hay que aprovecharla, y que el final puede llegar en cualquier momento.


    El Reino está aquí.

    La pregunta es: ¿Lo dejamos entrar?

miércoles, 12 de noviembre de 2025

AGRADECIDO

Lc 17, 11-19

   El barrio estaba alarmado, se sentían inseguros y les aterraba la idea de sufrir acoso, o amenazas. Desde el atardecer y cuanto más ganaba terreno a la luz la oscuridad, el barrio parecía dormirse. Nadie se atrevía a salir a la calle.

     Aquella noche, sobre las veintiuna horas, Sebastián, uno de los miembros del barrio, se atrevió a salir a la calle. Se había propuesto acabar con ese miedo.

    «Así no se puede vivir» — pensó. «Prefiero largarme o incluso la muerte.» «Esta forma de vida es insoportable y hay que plantarle cara o morir».

   La gente del barrio, sobre todo la asociación de vecinos, se había planteado enfrentarse a esos macarras que vivían de las sustracciones que sacaban del barrio y del dinero que les robaban a los más asustados. Pero nunca se habían decidido a tomar medidas. Nadie daba el primer paso.

    Hoy, Sebastián, sin saber cómo, estaba en la calle dispuesto a enfrentarse. Experimentó una fuerza interior que le impulsó a retar a todos esos rateros.

    Paseaba por las calles de forma segura, desafiante, sin reflejar miedo. Su actitud firme y decidida hablaba por sí sola.

   «Estoy en mi barrio y tengo derecho a vivir en paz, sin amenazas ni hurtos» —Pensaba mientras avanzaba con paso seguro. En frente había un grupo de salteadores que se disponían a desvalijar a Sebastián y a ponerlo como muestra para todo el barrio.

   En esos momentos sucedió algo inesperado. Varios vecinos, impresionados por la valentía de Sebastián, salieron a la calle. A la vuelta de la esquina se le unieron y los del grupo amenazador empezaron a recular.

    En pocos minutos había desaparecido. El barrio había conseguido vencer al miedo y enfrentarse a los malhechores. Estos, observando la fortaleza del barrio, decidieron retirarse.

   Hubo fiesta y celebraciones. El barrio entero se echó a la calle y hasta la policía, algo sorprendida, hizo presencia.

   Mientras, solo una persona se había acercado a Sebastián para felicitarle y darle las gracias por su valentía y decisión. Casualmente, era uno que no pertenecía al barrio. Simplemente, pasaba unos días en casa de unos familiares.

    Aquella noche, a la hora de retirarse a descansar, sentado en su cama, Sebastián abrió su biblia y leyó: (Lc 17, 11-19):

   Una vez, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión …».

    La gente del barrio entendía que había recibido algo que les pertenecía.

  Sin embargo, ninguno había dado un paso hacia delante. Solo Sebastián había sido capaz de enfrentarse a la banda de bandidos.

  Nada estrecha más la mirada que no reconocer el bien gratuito que recibimos. Sebastián experimentó gozo y satisfacción personal.

    Aquello transformó su persona al recuperar la paz del barrio y un nuevo horizonte vital.