martes, 4 de julio de 2017

CUANDO LA OSCURIDAD NOS ENVUELVE

(Mt 8,23-27)
Nos ha ocurrido muchas veces, y nos seguirá ocurriendo. Quizás a unos más que a otros, pero todos experimentamos momentos pesarosos y duros en el camino de nuestra vida. Son las llamadas tempestades, que nos azotan y envuelven y nos hunden en depresiones, locuras o desesperanzas. Posiblemente, cuando leas estas humildes letras, irás recordando las tuyas propias. Pero, también, te sentirás orgulloso/a de haberlas superados. O, al menos, estar en esa actitud.

Porque el camino seguirá así hasta el final. Decíamos ayer que la lucha es diaria, constante y dura. Levantarnos cada mañana cuesta. La tentación de abandonarnos y dejarnos ir nos acecha y nos tienta. Seguir caminando es la consigna, pero exige esfuerzo y perseverancia. Sí, conviene tomarte un vaso de agua por el camino para refrescar, pero siempre con el ánimo de seguir.

No cabe ninguna duda que si no tienes claro tu meta en ese horizonte donde se pierde tu mirada, la fatiga termina por vencerte. La meta es importante, porque ella, aunque no la veamos, o la veamos lejos, nos dará fuerza para seguir remando contra corriente. Pero, tu meta no puede ser cualquier meta. Debe de ser una Meta que de Vida, Vida Eterna. Porque, tras el esfuerzo del camino, y el agotamiento que nos exige, encontrar una meta que vuelve a morir no apetece mucho. Ni tampoco da fuerzas para seguir la lucha.

Hay que insistir y despertar al Señor. Al Señor, dueño Absoluto de los vientos y las tempestades. Dueño Absoluto de la Vida, y dador de Vida Nueva y Eterna. Pero, despertarlo en la fe de sabernos bien cuidados y salvados. Él, nos ha traído la Buena Noticia de Salvación enviado por su Padre. 

Y nos ha revelado el Amor Infinito y Misericordioso que nos tiene. Y el gran regalo de querer llevarnos con Él, a vivir una vida nueva llena de gozo y plenitud.

lunes, 3 de julio de 2017

LAS DUDAS NOS ACECHAN CADA DÍA

(Jn 20,24-29)
No habrá un momento de descanso. Cada día es una batalla y un mar de dudas. Cada paso significa, si nos sostenemos en el Señor, perseverar en Él. No importa nuestras dudas ni nuestras caídas. Él lo sabía, y lo sabe, y con todo eso cree en nosotros, nos acompaña, nos asiste en el Espíritu Santo, y nos perdona misericordiosamente. No se puede pedir más amor. Amor Eterno.

Así que no hay disculpa. Dependerá de nosotros vivir cada día en la Gracia del Señor. Él nos abre sus brazos y nos da su fortaleza y poder. Dependerá de nosotros creer y confiarnos en su Palabra. Sí, hay muchas dudas, muchos misterios y muchas razones que no alcanzan a descifrar ni entender en Poder y el Misterio de Dios. Pero, ante todo eso, Dios está presente en nuestra vida, y su Hijo, nuestro Señor, se ha hecho Carne, Hombre como nosotros, y nos ha revelado el Amor y la intención del Padre. ¿Se puede pedir más?

Estamos perdonados y salvados. Jesús, el Hijo de Dios, y nuestro Señor, ha dado su Vida por nosotros. Y en eso no hay duda, pues fue crucificado en la Cruz. Y certificada su muerte. Y enterrado en el sepulcro. Luego, ¿dónde está? Porque no se sabe nada de su cadáver, y sin embargo, se sabe dónde fue enterrado. Decididamente, Jesús ha Resucitado. Fundamento de nuestra fe. Y son muchos los testimonios de los que lo han visto y han oído su voz y presentido su presencia. Y, sobre todo, han experimentado su fortalece, su misericordia, su paz y su amor, que les han llenado de gozo y felicidad.

Tomás puede ser un icono de esperanza y de identificación. Porque, cómo él, también nosotros dudamos, pero también nos rendimos a sus manifestaciones de amor a través de los hermanos, de la obra de la Iglesia y, sobre todo, del impulso de nuestros corazones, que experimentamos gozo y alegría al oír su Palabra y sentir su Misericordia. Como Tomás, decimos: "Señor mío y Dios mío".

domingo, 2 de julio de 2017

NADA DEBE ANTEPONERSE A CRISTO

(Mt 10,37-42)

Hay circunstancias que nos impide realizar nuestra vocación cristiana. Y debemos tener muy claro que el Señor y su Voluntad es lo primero que debe estar en nuestra vida. Otra cosa que, quizás en muchos momentos de nuestra vida tengamos que hacer un paréntesis para atender a familiares u otros menesteres, pero eso es diferente. Porque un paréntesis no significa interrumpir la vocación a la que Dios te ha llamado, sino un punto y aparte para cumplir con la caridad cristiana.

La clave está que nada, incluso la familia, debe interrumpir tu camino marcado por Dios. Al menos de forma consciente y voluntaria. Nos enfrentamos a la única y verdadera vocación, que debemos y tenemos la obligación de descubrirla. Posiblemente, nuestras oraciones sean escasas en ese sentido y no le pidamos que nos dé la sabiduría, de y para discernir, que quiere de mí.

Porque, es de sentido común, que siendo Dios nuestro único Absoluto le dejemos en un segundo plano por ataduras familiares u otras esclavitudes. Por lo tanto, nada debe interrumpir nuestra vocación a nuestro compromiso de Bautismo, que debemos llevar al primer lugar de nuestras oraciones, para estar dónde Dios quiere que esté.

Es bueno comprometerse en la comunidad parroquial a las diversas tareas y ministerios que se proponen y se barajan. Son muchos los servicios que necesitan de nuestra dedicación y entrega, y, es esa tarea de servir y trabajar por el bien de los demás donde el Espíritu de Dios nos descubre los talentos recibidos para ponerlos, por encima de todo, al servicio de Dios en la comunidad. Es esa la plenitud del amor. Y nada pasa desapercibido para Él respecto a todo lo que hagamos por los demás. Incluso hasta ofrecer un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños en y por su Nombre.

Ni imaginarme, podría yo, que ahora estaría escribiendo y compartiendo mis humildes reflexiones con todos ustedes. Con todos aquellos que voluntariamente las acogen y las comparten. Y descubrir que lo hago por servicio y por amor. Como si de un compromiso se tratara, me lleva a descubrir que quizás esa sea parte de mi vocación que, sin saber cómo, ha aflorado y ocupado un servicio que se antepone a muchas otras cosas de mi vida que, quizás, me gustaría hacer. Y abierto a donde el Espíritu sopla, porque primero debe estar la misión a la que el Señor te llama que tus proyectos mundanos.

sábado, 1 de julio de 2017

ACOGIDA Y FE

(Mt 8,5-17)
Es hermoso experimentar el buen trato y la acogida fraterna cuando llegamos a algún lugar. Nos llena de gozo y satisfacción experimentar los detalles y cuidados de afectos y cariños o atenciones. Aprobamos tales hechos como si estuvieran escrito en nuestros corazones, y asentimos que esa es nuestra esencia: "Amar".

Somos seres creados para amarnos, e ir contra esa vocación es contradictorio y antinatural. Lo experimentamos en lo más profundo de nuestro ser cuando así procedemos. Y esa inclinación vocacional incluye nuestra necesaria e imprescindible relación. Porque sin relación no podemos amar. Nacemos, ya, en el seno de una familia, e inmediatamente, somos objetos de mucho amor. Sin amor no podríamos crecer y desarrollarnos. El amor es fundamental y necesario. Vivimos para amar. Pero, ¿qué es amar?

Jesús es la clave. Él es el modelo del Amor con el que su Padre nos ama. Y su Vida es un camino de entrega y servicio siguiendo la Voluntad del Padre, hasta dar la muerte por verdadero Amor. Abrahán, con sus gestos de acogida y disponibilidad, tanto de servicio como de atenciones, muestra su amor por Dios junto a la encina del Mambré. Su hospitalidad descubre su ansias de hospitalidad amorosa. Entrar en ese pasaje de Abrahán -Gn 18, 1-15- nos ayuda a referenciar nuestra actitud de acogida hacia nuestro Dios y Señor. ¿Realmente, trato yo al Señor, mi Dios, a la altura de su Dignidad? Quizás nuestra naturaleza humana, herida por el pecado, no nos deja ver más allá.

Otra mirada que debe de asombrarnos y servirnos de referencia es la del pasaje del Centurión. Aquel hombre extranjero, que quedó rendido al poder y amor de nuestro Señor Jesús, y al que solicitó la cura de uno de sus siervos. Una solicitud que descubre su corazón amoroso y agradecido con aquel siervo enfermos. Y que se apoya, por la fe, en Aquel a quien nada le es imposible. Todo lo puede, y abandonado en esa fe le solicita su intervención.

Todo lo contrario de Sara, la mujer de Abrahán, que ante la promesa de Dios de que va a tener un hijo, duda y se ríe -Gn 18, 10-15- , el Centurión cree firmemente. Una fe que, incluso, asombró al mismo Jesús. Una fe que se apoya en el amor tiene siempre respuesta por Dios. Porque, Él, precisamente es amor.

viernes, 30 de junio de 2017

RECONOZCO MIS PECADOS

(Mt 8,1-4)
Persigo al Señor y quiero seguirle, no porque sea bueno, sino porque necesito que Él me saque del fango que es mi vida; del fango de mis pecados y de la impotencia de mis debilidades. Porque, el mundo en el que vivo, no me limpia, sino me hunde más en mis miserias y pecados. Necesito dar riendas sueltas a ese amor que arde dentro de mí y que, encendiéndolo, experimento paz y felicidad.

Por eso, consciente de mis pecados corro al Señor para pedirle que me limpie. Creo profundamente que Tú, Señor, puedes limpiarme, y como ese leproso, acudo a Ti para pedírtelo. Pero antes, Señor, te llevo mis miserias y mis fracasos; mis pasiones y mis debilidades; mis pecados y mis errores. Esa es la basura de todo lo impuro que hay en mi vida, y que constituye mi lepra. Sí, Señor, yo también tengo lepra. Una lepra incurable sin tu Gracia. Una lepra con la que el mundo va minando, no sólo mi cuerpo, sino también mi alma. Una lepra a merced del Maligno, que me despedaza y me condena.

Señor, dame esa conciencia de pecado y de arrepentimiento, Porque sin ella, ¿a dónde voy? ¿Qué puedo esperar de este mundo perverso y mal intencionado que sólo quiere atrapar mi cuerpo y mi alma para condenarme. Un mundo regido por el príncipe del mal, que nos tienta y nos aplastas en nuestras debilidades. Mi vida no tiene sentido de otra forma sino en tu presencia.

Sería absurdo dejarnos someter por este mundo que sólo nos puede ofrecer miseria y perdición. Claro, las presentas bajo la falsa del espejismo tratando de seducirnos con luces y cantos de sirena, pero que luego, atrapados, saca a relucir su cara de perdición y de muerte.

Quiero, Señor, seguir tus pasos y, confiado en tu Amor y Misericordia, esperar que, cuando llegue el final, caer en tus Manos y quedar limpios para toda la eternidad.

jueves, 29 de junio de 2017

RESPUESTA

(Mt 16,13-19)
En el Evangelio de hoy, Jesús nos sale al paso de nuestras dudas y nos pide una respuesta. Una respuesta sobre Él. «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Y hay diversidad de opiniones, pues ellos responden «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas».

Pero a Jesús no le interesa tanto lo que dicen otros, sino lo que piensan sus amigos, y les pregunta de forma directa a ellos:  «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». También esa pregunta iba dirigida a ti y a mí. A cada uno de los hombres que le conocen, o, al menos, han sido bautizados. Y estamos obligados a dar una respuesta. Es verdad que Pedro fue impulsado por el Espíritu Santo, pues por él no podía responder. Y también nos ocurre lo mismo a nosotros. Hemos recibido el Espíritu Santo en nuestro Bautismo, y hemos quedado configurados como sacerdotes, profetas y reyes. ¿Qué pensamos del Señor Jesús?

¿Esa fe que confesamos va de acuerdo con la vida que vivimos? ¿Hay coherencia entre lo que decimos y vivimos? ¿Y pensamos como Pedro que Jesús es el Hijo de Dios Vivo? ¿Se nota en nuestras vidas? Sabemos que somos pecadores y débiles a la resistencia de nuestras pasiones y apetencias. Sometidos al pecado por nuestra naturaleza humana y sometidos a nuestras pasiones y debilidades. A la menor fatiga desfallecemos y pecamos. 

Pedro también marca esa referencia para nosotros en sus tres negaciones. Pero supo levantarse, y también se convierte en una referencia de arrepentimiento y de volver al camino y a la lucha. Abramos a la acción del Espíritu. Las Palabras de Jesús nos levantan el alma y nos llenan de esperanza y fortaleza: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

miércoles, 28 de junio de 2017

RAÍZ Y PERSEVERANCIA

(Mt 7,15-20)
En el corazón se purifican las malas intenciones y se transforman en buenas. Lo importante es perseverar e insistir en dar buenos frutos. Frutos que, a veces, no son tan buenos como nos gustaría, pero que, con nuestro esfuerzo, tratamos de que sean los mejor posible. Y eso es lo que verdaderamente importa. Porque será la Gracia de nuestro Padre Dios la que los transformará en buenos frutos.

Del manzano no pueden salir peras, y, de la misma forma, de la mentira no puede salir verdad. O dicho de otra forma, el fruto de la mentira no puede contener al fruto de la verdad. Ambos son incompatibles. Y la realidad es que hay mucha mentira, que trata de suplantar a la verdad, falseándola y presentándola, adulterada y engañosa, como verdad. Una mentira que seduce y que se presenta como lo normal y frecuente y como camino hacia la felicidad.

Es la mala intención de, con medias verdades, iniciar el desgaste que nos conduce a la confusión y perdición. ¿Cuántas veces hemos experimentado esa oscuridad que nos desorienta y nos desanima? ¿Cuántas veces hemos querido abandonar y protestar, e incluso, rechazar el proyecto que Dios tiene para nosotros, porque no lo vemos ni estamos de acuerdo.

Todos hemos sufridos esas tentaciones y peligros, desde Abrahán hasta el mismo Jesús. El Maligno está pendiente de nuestras debilidades para vencernos. Nuestro Señor Jesús fue tentado en el desierto, y nos enseño el camino para vencerlas. En Él podemos superarlas. Ese es el camino, estar unido a Él y dejarnos cultivar nuestro corazón para que produzcamos frutos buenos. Porque del Amor que Jesús, el Señor, nos da y nos presenta de parte de su Padre, sólo pueden salir obras de amor y de misericordia.

Por lo tanto, hundamos nuestras raíces en el Corazón del Señor y dejemos que su Gracia la riegue profundamente, para que nuestros frutos sean origen y consecuencia de su Amor.