viernes, 4 de diciembre de 2020

BUSCANDO LA LUZ DE MIS OJOS

Mt 9,27-31

 Todos sabemos que la oscuridad nos impide ver y que sin luz no podemos avanzar con seguridad  y riesgo de caer al precipicio. Es evidente que sin luz no podemos guiarnos en la oscuridad. Necesitamos la luz. Luz para ver en el camino y poder avanzar por lugares seguros evitando la amenaza del precipicio. Pero, la experiencia nos dice que no basta simplemente con la luz que te dan tus ojos, porque, hay cosas ocultas a ellos. Necesitamos también la luz de nuestro espíritu, de nuestro corazón y de nuestra alma. Necesitamos esa luz interior que nos alumbra el camino de nuestra verdad y de nuestra vida.

Todo lo hemos recibido gratuitamente por amor. Dios nos ha bendecido, nos lo decía el Papa Francisco en su audiencia de este miércoles y nos ha dado la luz, no solo de los ojos, sino también la luz de nuestro espíritu para ver más allá de la luz natural y comprender lo que nos dice a través de su Palabra y de la Obra de su Hijo a su paso por este mundo. 

No cabe duda que esa luz interior está oculta en nosotros mismos y es más difícil de ver. Necesita la acción del Espíritu Santo y nuestra disponibilidad a abrirnos a su auxilio y asistencia. Es por tanto, condición sine qua non abrirle las puertas de nuestro corazón para ver por Él el Camino, la Verdad y la Vida. Es necesario creer y depositar en Él toda nuestra confianza, esperanzados y confiados que Dios, Padre Bueno, nos dará siempre lo que necesitamos y lo más conveniente para ver la luz, el Camino, Verdad y Vida.

Tratemos, pues, como aquellos ciegos acercarnos al Señor. Y no solos, sino mejor acompañados - en comunidad - para pedirles que abra nuestros ojos, también los de nuestro espíritu para ver el camino y guiarnos en la luz de la fe.

jueves, 3 de diciembre de 2020

EL ANUNCIO DE LA PALABRA

Mt 7,21.24-27

Un padre busca siempre lo mejor para sus hijos. Jesús, el Hijo enviado por el Padre, ha venido para cumplir una misión, el Anuncio de la "Buena Noticia". Es deseo del Padre comunicar a todos sus hijos su Amor y su ofrecimiento para que compartan su Gloria eternamente con Él. 

Y, Jesús, no solo lo ha anunciado, sino que ha formado un grupo de discípulos a los que le encarga esa misión anunciadora: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos». 

Anunciar significa  construir, porque el que anuncia tiene que mostrar lo que hace, pues las palaras se la lleva el viento. Pero, ¿dónde construye y se apoya? Porque, una buena construcción necesita una buena base o roca donde apoyar sus cimientos. El anuncio de la Buena Noticia exige conocerla y vivirla. En otras palabras ser testigos de ella, y eso necesita estar sedimentada y apoyada sobre la Roca que es Xto. Jesús.

Sólo apoyados en Xto. Jesús encontraremos la forma de discernir y decidir el camino a tomar en nuestros ambientes doméstico, profesional y laboral y como ciudadano. Se trata de trasladar la Palabra, no solo oída sino escuchada a la vida de tu familia, de tu profesión laboral y de tu relación social como ciudadano perteneciente a una sociedad civil en la que vives y te realizas. 

Y eso exige un fundamento y apoyo en Xto. Jesús. Alimento de nuestro cuerpo y alma y fortaleza de nuestro espíritu para la lucha de cada día y el discernimiento de las opciones a tomar según la acción, auxilio y dirección del Espíritu Santo. Una relación establecida y animada por la oración y el alimento Eucarístico, que nos sostendrá ante las tempestades y p eligros que nos acechan.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

HAMBRE Y SED

Mt 15,29-37

Es cierto que primero hay que llenar el estomago y que con la barriga llena podemos empezar a hablar. Ni que decir tiene que el hambre nos mueve y nos despierta y nos dispone a buscar saciar el hambre y la sed, pero, también podemos y debemos hacernos esta pregunta, ¿basta con eso? ¿Todo se reduce a satisfacer nuestra necesidad de hambre y sed? 

Porque, hay muchas clases de hambre y de sed. Y todas son necesarias e importantes, pero una sobresale por encima de las demás, el Pan de Vida Eterna, porque ese alimento es la clave y nuestro destino. Estamos llamados a la Vida Eterna. Es también claro que de la fortaleza de ese alimento se desprende todos los demás, pues, estando en el Señor tendremos la fortaleza de su Gracia y la capacidad para compartir con los demás.

No cabe duda que hay muchas clases de hambre. Hambre de justicia y verdad; hambre de libertad y de respeto a los derechos de la Ley Natural; hambre de derechos fundamentales que emanan de la dignidad de la persona por el hecho de ser hijos de Dios. Pero, sucede que, dentro de todas esas necesidades nosotros priorizamos la salud y el dinero. Es decir, la vida y el poder. Y nos olvidamos de que lo más importante es el encuentro con el verdadero alimento que es el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor.

Porque, ese alimento es el que nos llevará a la Vida Eterna, meta y fin de nuestra máxima aspiración y lo que toda persona humana desea y busca. Y que nos capacita, con y por su Gracia,  para compartir con los demás.

martes, 1 de diciembre de 2020

HUMILDAD Y CARIDAD

Lc 10,21-24

 

Ser humilde te lleva a ser caritativo. La humildad y la caridad van de la mano. "La humildad y la caridad son compañeras inseparables. La una glorifica, la otra santifica" (San Pio de Pietrelcina).  De modo que el Evangelio, la Buena Noticia, no puede ser acogida sino para aquellos donde la humildad y la caridad se hacen presentes.

La fe, don de Dios, nos es dada gratuitamente, pero nos exige humildad. Sin ella no se nos abren los ojos para ver y para responder. Porque, si no vemos, tampoco respondemos. Si mi corazón no se abre a la humildad, mi soberbia, mi prepotencia y mi orgullo no la dejan entrar en mi corazón. Ser humilde me hace pequeño y receptivo a la Gracia de Dios. Por tanto, conviene apartarse de aquellos que se jactan de sabios, de inteligentes y viven subidos a la suficiencia y prepotencia.

Yo, Señor, quiero presentarme ante Ti, pequeño y humilde, porque sé quién soy, siervo tuyo y creatura de tu mano. Y me abro a tu Gracia para que, recibiendo el dono de la fe alcance a ver tu Infinito Amor y Misericordia.

lunes, 30 de noviembre de 2020

CONVOCADOS A VIVIR LA FE

Mt 4,18-22

La llamada a la fe está impresa dentro de tu corazón. Dentro de ti mismo te sientes convocado a vivir la fe y a compartirla con otros donde experimentas fortaleza y te sientes apoyado. Esos sentimientos te descubren el noble deseo de hacer el bien y de amar a tus semejantes. Todos sabemos distinguir lo que está bien y lo que no lo está, y cuando actuamos - llevados por nuestros egoísmos, envidia, odio y deseos de venganza - mal, experimentamos remordimiento de conciencia. Es posible que no lo reconozcamos en algunos casos porque, nuestra conciencia se endurece y queda cegada y aprisionada en la cárcel del cuerpo.

Somos libres y gozamos de la capacidad para elegir el bien o el mal. Por tanto, depende de nosotros aceptar o no, a pesar de que tenemos muchas dificultades que nos esclavizan y someten, pero, contamos con el auxilio del Espíritu Santo que nos asiste, auxilia y nos guía si nos abrimos a su acción. Responder a esa llamada que no hace Jesús es responder al Espíritu Santo. Él es y debe ser nuestro guía y nuestro camino, porque su acción nos lleva al Señor.

Hoy, precisamente, hablaba con una indigente, que reconocía que era difícil salir de su propia indigencia. Y es verdad, le decía, pero, ¿qué se gana sin esfuerzo? Dios nos ha dado la capacidad y las potencias necesarias para luchar contra esa cárcel que nos esclaviza y nos oprime - nuestro cuerpo - y, lo que no podamos lo pone Él. Pero, es necesario nuestra colaboración, difícil y costosa, porque, con ella demostramos y probamos nuestra fe. No basta con decir creo, sino que la vida es ese tiempo donde tenemos la oportunidad de demostrarlo. Y Dios, nuestro Padre, espera que lo hagamos. 

Y nos llama a ese reto, a ese seguimiento cada día de nuestra vida. Responderle es precisamente acudir a esa llamada que nos hace. Y esa respuesta se renueva cada día. Es decir, cada día tenemos una nueva llamada y una nueva invitación a seguir a Jesús, a pesar de esas dificultades con las que tendremos que enfrentarnos cada día.

domingo, 29 de noviembre de 2020

UNA VIDA EN ACTITUD DE ESPERA


Es bueno esperar, porque esperar supone esperanza. Esperanza de algo bueno o, quizás de algo malo. Lo cierto es que siempre estamos esperando, porque, esa es la realidad de nuestra vida, siempre se espera que suceda algo. El tiempo no se detiene, camina y siempre está en movimiento y, por lo tanto, evoluciona para bien o para mal.

Sin embargo, para el cristiano, esperar significa alegría, gozo, una vida nueva y la llegada de una Buena Noticia de Salvación. Vivimos la esperanza del anuncio que deseamos y esperamos. Muchos, igual sin saberlo, pero todos deseándolo en lo más profundo de corazón. Porque, todos esperamos al Libertador que nos libere de la esclavitud del pecado. De ese pecado que somete a nuestro cuerpo, del que somos nosotros sus prisioneros. Es, por tanto, la hora del Adviento.

Pero, ¿a quién esperamos en el Adviento? El Adviento nos trae la presencia del Mesías encarnado en el vientre de María, su Madre y, más tarde, también la nuestra.  Un espera que nos traerá la Buena Noticia de Salvación que se concreta en esa Vida Eterna que todos deseamos. Pero, esa esperanza exige una espera activa, despierta, vigilante y atenta a la Palabra que nos anuncia el Camino, la Verdad y la Vida.

Una espera que también camina al ritmo de los pasos del Mesías que viene y que nos anuncia de Palabra y Vida el Amor del Padre Misericordioso y que nos promete eso que todos buscamos desde lo más profundo de nuestros corazones, la Vida Eterna.

sábado, 28 de noviembre de 2020

A LA ESPERA DEL FINAL

 

Acabamos el año litúrgico con el anuncio del final del mundo. Porque, todo lo que tiene principio tendrá fin, y si el mundo tuvo un principio, lógicamente tendrá un final. Pero, ese final nos lo anuncia Jesús advirtiéndonos de ciertas señales que se irán produciendo en el tiempo hasta su final total. Y, evidentemente, hay señales que nos van marcando una decadencia y un camino hacia la propia destrucción. Jesús lo ha anunciado y su Palabra siempre se cumple.

No cabe duda que, aun sabiendo que llegará la hora final, llegamos a perder la paciencia y a parecernos que ese prometido del final o está muy lejos o, incluso dudamos de que pueda llegar. Somos inconstantes, impacientes y débiles a las seducciones que el mundo nos propone. Y, desesperados nos abandonamos a la buena vida, a la bebida, a los vicios y damos la espalda a la presencia de Dios y a su promesa.

Al mismo tiempo, la vida nos va tejiendo una propia tela de araña en la que quedamos atrapados. Las prisas, los compromisos sociales, laborales y el vertigo de la propia inercia a que nos vemos sometidos ayudan a que nos olvidemos de que el mundo tiene su tiempo contado y desaparecerá. Necesitamos despertar y, agarrados al Señor, sostenernos activos y atentos, fortalecidos en la oración, tanto individual como colectiva - comunidad -. Porque, no podemos perder de vista que el compartir nuestra fe nos fortalece y  nos mantiene despiertos y atentos a esa segunda venida - promesa del Señor - donde se establecerá el Reino de Dios.