miércoles, 30 de septiembre de 2026

A PESAR DE LOS CAMBIOS

Lc 9, 57-62

El entusiasmo lo puede todo. Cuando el viento es favorable, la ilusión crece, las fuerzas parecen no tener límite, el camino se recorre con firmeza y la compasión enciende los corazones…

Pero las cosas cambian… y todo empieza a verse de otra forma. Aparecen dificultades, contradicciones, obstáculos… Y las fuerzas fallan y el camino se detiene.

¿Qué nos pasa? ¿Acaso el objetivo no es el mismo? ¿Es que ya no tenemos esperanzas y la promesa de la resurrección se ha borrado y deja de cumplirse? ¿O es que empieza nuestra fe a titubear?

Se hizo un silencio. Pedro se levantó y dijo:

—Cuando cambian las cosas, olvidamos que el horizonte sigue siendo el mismo. Cambian las circunstancias, cambian nuestras fuerzas, aparecen dificultades…, pero sigue valiendo la pena seguir caminando.

Entonces Manuel dijo:

—El horizonte no es diferente al del principio. Seguimos llamados a vivir en la esperanza de la resurrección. Dios, nuestro Padre, sigue esperándonos.

Y sin pérdida de tiempo, sacó la Biblia y, abriéndola por Lucas 9, 57-62, leyó:

—En aquel tiempo, mientras Jesús y sus discípulos iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».

A otro le dijo: «Sígueme». Él respondió: «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre». Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».

Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa». Jesús le contestó: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».

También nosotros conocemos esos momentos en los que la cruz se hace pesada. Por eso necesitamos al Espíritu Santo, que viene a fortalecernos cuando decaen nuestras fuerzas para resistir los embates del camino y seguiremos adelante.

No olvides que nunca estás solo ni desasistido. El que busca encuentra, el que pide recibe y al que llama se le abre.

martes, 29 de septiembre de 2026

MOSTRARNOS TAL COMO SOMOS

Jn 1, 47-51

A veces nos sorprendemos de lo que nos pasa. No comprendemos cómo otros nos consideran mejor de lo que nosotros mismos pensamos. Incluso nos sentimos valorados y no sabemos muy bien por qué.

Hizo una pausa y, encogiéndose de hombros, dijo:

Y, frunciendo el ceño, Pedro comentó:

Manuel, mirándole con ternura, respondió:

Entonces tomó la Biblia y, abriéndola por Juan 1,47-51, leyó:

Al terminar de leer el pasaje evangélico, agregó:

Es un gran error vivir escondidos en las apariencias. Mostrarnos ante los demás de una manera que no corresponde con lo que realmente somos no nos lleva a ninguna parte. Perdemos el tiempo intentando ocultar lo que, tarde o temprano, acaba apareciendo.

Eso fue, precisamente, lo que descubrimos en Natanael. Jesús conocía su corazón y pudo reconocer en él a un hombre «en quien no hay engaño».

Dios sabe cómo somos, conoce nuestras debilidades y también nuestras buenas intenciones.

Por eso, más que preocuparnos por aparentar ante los demás, debemos procurar conocernos, aceptarnos y esforzarnos por corregir aquello que debemos mejorar.

lunes, 28 de septiembre de 2026

ABIERTOS A TODOS

Lc 9, 46-50

A pesar de que tratemos de rechazar toda vanidad, siempre tendremos la inclinación de mirarnos el ombligo.

Y eso nos exige estar siempre en lucha contra nosotros mismos para no considerarnos mejores que los demás.

—Estoy de acuerdo —dijo Pedro—, pero creo muy difícil que los hombres dejen de ambicionar más y más. Hasta la canción lo dice: “Todos queremos más…”

Manuel le miró y, con una leve sonrisa, comentó:

—Así es, pero hemos sido creados libres para poder resistirnos y negarnos a obedecer a nuestras apetencias.

Hizo una pausa y siguió:

—Ahora, la tarea es ingente y necesitamos la asistencia del Espíritu Santo para poder vencernos… Y no solo eso, sino considerarnos abiertos a todos aquellos, vengan de donde vengan. Se trata de no apropiarnos de Dios ni del bien que otros hacen. .

Entonces, abriendo la Biblia, leyó:

—Del santo evangelio según san Lucas 9, 46-50

En aquel tiempo, se suscitó entre los discípulos una discusión sobre quién sería el más importante.

Entonces Jesús, conociendo los pensamientos de sus corazones, tomó de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo: «El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante».

Entonces Juan tomó la palabra y dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no anda con nosotros».

Jesús le respondió: «No se lo impidáis: el que no está contra vosotros, está a favor vuestro».

Aquella manera de pensar de Pedro empezaba a desvanecerse. No se trata de ascender, sino de bajarse. Lo hizo Juan el Bautista y también Jesús en el lavatorio de los pies durante la última cena. 

El amor no se demuestra solo con palabras. Se demuestra estando cerca, ayudando, acompañando y sirviendo cuando hace falta.  

Y cuando somos capaces de amar y también de dejarnos amar, descubrimos que somos valiosos para los demás. 

Quizá esa sea la verdadera importancia que Jesús nos propone: no ser más que nadie, sino estar al servicio de todos. 

Y también nos toca a nosotros ahora. La clave es el servicio. Estamos todos llamados a eso. Y en esa medida, el más importante será quien, en este mundo, se ponga al servicio de todos.

domingo, 27 de septiembre de 2026

RECTIFICAR: ABRIRSE A LA VERDAD

Mt 21, 28-32

Todos sabemos que, si lo que se dice no está de acuerdo con lo que se hace, la palabra pierde gran parte de su valor.

Sin embargo, hay algo que puede devolverle ese valor: reconocer el error, arrepentirse y rectificar.

A veces, por las circunstancias que sean, podemos decir o decidir algo de lo que, poco después, nos arrepentimos. Reconocer que nos hemos equivocado y cambiar de actitud puede dar un nuevo valor a nuestra decisión.

Pedro, algo desencantado, frunció el ceño y dijo:

—Supongo que cuando alguien se arrepiente es porque su conciencia le remuerde. ¿No es así?

—Supongo que sí —respondió Manuel firmemente—. Pero también creo que darse cuenta del error tiene un gran valor.

Aprovechando la ocasión, sacó la Biblia y leyó:

—Del santo evangelio según san Mateo 21, 28-32:

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue.

Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.

¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?».

Contestaron:

«El primero».

Jesús les dijo:

«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».

«Obras son amores y no buenas razones». Este refrán lo aclara muy bien. Las palabras sobran cuando, por muy bonitas que sean, se quedan en palabras y no pasan a la realidad.

La cuestión no va de rangos ni de apariencias, sino de la voluntad de escuchar, ver, creer y actuar, abriéndose de nuevo a hacer el bien.

De ahí que el testimonio sea la confirmación de la palabra.

sábado, 26 de septiembre de 2026

AMAR POR ENCIMA DE TODO

Lc 9, 43b-45

Todos, en menor o mayor medida, hemos experimentado situaciones que no nos gustan oír. Preferimos no escuchar palabras que inquietan y asustan por lo que implican y suponen.

Nuestros miedos nos paralizan y fingimos ignorar ciertas realidades, mirar para otro lado y considerar que lo tuyo no va por ahí.

Nos apartamos y buscamos aislarnos y tomar por otro camino que nos desvincule de nuestro compromiso…

—¿De qué compromiso hablas? —dijo Pedro, frunciendo el ceño.

—Del compromiso de defender la verdad —respondió Manuel.

Los miró con ternura y añadió:

—Es verdad que a muchos no les interesa. Viven en la mentira y disimulan aparentando vivir en la verdad… Pero el hombre de bien lucha por la verdad y la justicia.

Pedro, todavía bastante desconcertado, comentó:

—Pero, ¿a qué viene esto de la verdad y la mentira? ¡No lo entiendo bien!

Manuel, llenándose de paciencia, con la Biblia en la mano, dijo:

—Hay momentos en que, bien porque no entendemos o porque las cosas nos resultan oscuras y no llegamos a verlas, cerramos los ojos y miramos para otra parte… Nos da miedo enfrentarnos a la realidad.

Guardó un breve silencio y, mirándole, continuó:

—Es el caso de los apóstoles.

Entonces leyó:

— Del santo evangelio según san Lucas 9, 43b-45:

En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos:

«Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres».

Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro que no captaban el sentido.

Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.

Pedro bajó la mirada. Ahora empezaba a comprender lo que Manuel quería decir.

No se trata de no tener miedo. El miedo forma parte de nuestra vida. Se trata de no permitir que el miedo nos impida seguir a Jesús cuando sabemos que amar, perdonar y defender la verdad puede tener un precio. 

¿Por qué? Nos preguntamos. Posiblemente por envidia o porque la verdad y la justicia constituyen un obstáculo para los intereses de personas que van por otro camino.

viernes, 25 de septiembre de 2026

CUESTIÓN DE INDENTIDAD

Lc 9, 18-22

No estaba seguro de nada y todo le parecía confuso. Incluso, en algunos momentos, llegaba a dudar de sí mismo hasta el extremo de preguntarse: «¿Quién soy realmente?».

Fernando no comprendía qué le estaba pasando. Tomó asiento en aquella terraza y trató de tranquilizarse.

Después de unos minutos de desconcierto, Fernando empezó a sentirse mejor. El café pareció sentarle bien y, poco a poco, fue recuperando la claridad y el equilibrio que necesitaba.

Observó que, en la mesa de al lado, había un señor y, deseando compartir con alguien lo que le estaba sucediendo, se atrevió a dirigirle la palabra.

Lo miró con cierta preocupación y continuó:

Manuel, que era el señor que estaba sentado a su lado, lo miró con ternura y le respondió:

Fernando, admirado por lo que Manuel le decía, comentó:

Lo miró con cariño y añadió:

—Yo, en esas circunstancias, busco la solución en la Biblia

Abrió la Biblia por el Evangelio de Lucas, 9, 18-22, y leyó:

Al terminar de leer todo el pasaje, agregó:

El riesgo en el que muchos podemos caer es pensar que, con Jesús, vamos a solucionar todos nuestros problemas. Y no se trata de eso, sino de entender bien quién es y a qué viene el Señor. 

De ahí que Jesús quisiera guardar su identidad para que no se confundieran. No es el Mesías que tanto los apóstoles como el pueblo se habían imaginado y deseaban, sino el Mesías que viene a dar su vida por amor y para nuestra salvación.

jueves, 24 de septiembre de 2026

VANIDAD DE VANIDADES

Lc 9, 7-9

La historia nos habla de que por mucho que nos involucremos en conseguir éxitos, riquezas, poder… todo será más de lo mismo… Vanidad de vanidades.

¿Qué saca el hombre de todos los afanes con que se afana bajo el sol?

Tantas veces nos desfondamos en luchas que no valen la pena y perdemos la paz en las batallas que no son importantes hasta el extremo de buscar quienes confirmen nuestras opciones, con miedos y obsesiones.

El ejemplo de lo que decimos nos lo ofrece Herodes. El Evangelio nos dice que tenía ganas de ver a Jesús. Pero ese deseo poco tenía que ver con conocerlo de verdad, escuchar su Palabra o abrirse a la verdad y a la justicia.

Quizás Herodes nos hace pensar en algo que también puede sucedernos a nosotros: parapetarnos en nuestras propias seguridades y protegernos de aquello que nos desagrada, nos inquieta o puede obligarnos a cambiar.

—¿Tienen algo que añadir? —preguntó Manuel con ánimo de profundizar más en el tema.

Pedro se levantó y dijo:

—Personalmente, creo que en esas actitudes estamos todos representados… Muchos —al menos yo me incluyo— somos presa de nuestra propia imagen y nos dejamos mover por nuestras vanidades.

Manuel, mirándole fijamente, abrió la Biblia y leyó:

— Evangelio según san Lucas 9, 7-9:

En aquel tiempo, el tetrarca Herodes se enteró de lo que pasaba sobre Jesús y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos; otros, en cambio, que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.

Herodes se decía: «A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?».

Y tenía ganas de verlo.

La realidad era la que Pedro había señalado. De alguna manera, todos podemos reconocernos en esa actitud. Podemos sentir curiosidad por Jesús, hablar de Él, querer saber quién es… y, sin embargo, no estar dispuestos a dejarnos transformar por su presencia.  

Podemos quedar atrapados en el desencanto, el aburrimiento, la rutina, la insatisfacción o la desesperanza. Y entonces buscamos la felicidad en aquello que parece más codiciado: el poder, el placer, las riquezas, los honores, el reconocimiento de los demás.

Pero la verdadera felicidad no se encuentra necesariamente en aquello que más perseguimos. 

Quizás la pregunta de hoy no sea solamente si queremos ver a Jesús, sino si estamos dispuestos a encontrarnos de verdad con Él