![]() |
| Mt 11, 25-30 |
—Cuando nos encontramos con alguien que se cree autosuficiente, comprendemos que cuanto más confía en sus propias fuerzas, más difícil puede resultarle reconocer que necesita a Dios.
Y pensamos así porque entendemos que el que cree que puede con todo puede tener dificultad para reconocer que necesita a Dios; sin embargo, Dios sostiene al que está cansado y necesita recibir.
El encuentro con Dios necesita de la humildad. Y solo es humilde aquel que se cree necesitado y reconoce sus limitaciones.
Quien piensa que por estar con Jesús se libra de cargas está equivocado. Jesús no promete una vida sin cargas. Dice algo más profundo: «Cargad con mi yugo». El cristiano aprende a llevar sus responsabilidades, luchas y sufrimientos con Cristo y desde Cristo. Su yugo no aplasta porque no lo llevamos solos.
Todos miraban a Manuel y estaban atentos a su palabra. Hizo una pausa y, sin más, continuó:
—San Agustín escribió: «Ama y haz lo que quieras». Cuando el corazón ha sido alcanzado por el amor de Dios, la obediencia deja de ser una carga exterior y se convierte en respuesta de amor.
Jesús no dice: «Venid cuando estéis fuertes, cuando hayáis cambiado, cuando seáis dignos». Dice simplemente: «Venid a mí». La iniciativa es suya. La gracia precede a nuestra respuesta.
Si queremos que nuestra vida cristiana dé fruto, primero se tiene que dar el encuentro con Jesús; después viene la transformación y, finalmente, la misión.
No somos enviados a anunciar el Reino para conseguir que Dios nos ame; somos enviados porque hemos experimentado que ya somos amados. La misión nace de la intimidad.
Había conformidad y todos estaban de acuerdo con lo que escuchaban de la palabra de Manuel
Santa Teresa sabía que la oración era, ante todo, amistad: permanecer muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama. Desde ahí podemos entregar a Jesús nuestros cansancios, heridas, exigencias y miedos.
Cuando en la vida te veas cansado y agobiado, y vuelvan a tu memoria recuerdos dolorosos, atrévete a presentárselos a Jesús.
Pregúntale con confianza: «Jesús, ¿dónde estabas Tú en aquel momento de mi vida?».
Quizá no encuentres enseguida una respuesta, pero puedes dejar que Él te acompañe también en esa herida.
Pídele, además, la gracia de caminar hacia el perdón, a tu ritmo, sin negar el daño que sufriste. Porque poner nuestras heridas en manos de Jesús y dejarnos acompañar por Él puede ayudarnos a recuperar una libertad que el dolor nos había arrebatado.
Tal vez hoy necesitamos dejar de intentar sostener nuestra vida con nuestras propias fuerzas y escuchar nuevamente su invitación: «Venid a mí». No se trata de escapar de la cruz, sino de descubrir que Cristo está en la cruz y podemos descansar en Él.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Compartir es esforzarnos en conocernos, y conociéndonos podemos querernos un poco más.
Tu comentario se hace importante y necesario.