domingo, 3 de febrero de 2013

¿DE NAZARET PUEDE SALIR ALGO BUENO?

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Lc 4,21-30

Recordemos la frase de Natanael: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46). La reflexión de hoy puede apoyarse en este pensamiento generalizado en los contemporáneos paisanos de Jesús. Es la idea que reinaba y reina en todas las épocas. En tu propia casa se hace más difícil ser creído.

Cuando te conocen, eres menos valorado. Siempre todo lo que viene de afuera, al ser desconocido, es más valorado y aceptado. Cuesta más dar ejemplo en la propia familia que recibirlo de afuera. Exigimos lo que recibimos por amor y gratuito, hasta el punto de que consideramos un derecho y muy normal todo lo que nos es dado en nuestro propio hogar.

Por eso, el amor de Dios germina antes en los extranjeros (Viuda de Sarepta y sirio Naamán) que en su propio pueblo. Y así ocurre en la vida ordinaria de nuestra época. Estamos más disponibles y abiertos a lo que alguien sin mayor crédito nos proclame, que a la Palabra de nuestro Padre Dios.

Es el trabajo del diablo, que enciende nuestra soberbia y orgullo para endurecer nuestro corazón de piedra y cerrarnos al amor que Jesús nos propone. Todo nos es dado gratuitamente, y cuando nuestro corazón se dispone a recibir, se siente agradecido y abierto a la respuesta de amor.


sábado, 2 de febrero de 2013

RENUÉVAME MI MIRADA, SEÑOR

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Lc 2,22-40

Porque necesito que cada día mis ojos se vuelvan limpios, ilusionados, inquietos y buscadores de tu nuevo Amor. No dejes que mi mirada se canse, se vuelva oscura y nublada y pueda perder tu Rostro y tu Imagen. Tenme siempre despierto y renovado para que tu presencia no escape a mi vista.

La vida se nos hace rutinaria y cansina. Llegamos incluso a cansarnos de tanto orar, celebrar y proclamar. Y hasta desfallecemos al comprobar que nuestras acciones no dan fruto sino todo lo contrario, dejan mucho que desear. Nos sentimos desfallecer y experimentamos el sentimiento de abandonar, de dejarnos llevar por la corriente del mundo. Esa fuerte corriente que arrastra y tienta duramente.

Es una gota de esperanza observar el pasaje del viejo Simeón, y admirar su fe y paciencia, su confianza y su vista, a pesar de su vejez, expectante y con mirada nueva. Dame, Señor, esa mirada como Simeón, que cada día sea un día nuevo lleno de esperanza, de novedades y de encendido amor primero y nuevo.

viernes, 1 de febrero de 2013

LA GRACIA DE LOS FRUTOS

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Mc 4,26-34
Ineluctablemente el fruto emergerá salga el sol por donde salga, porque sembrada la semilla se encargará la tierra de dar frutos por sí misma. Son las palabras que el Evangelio de hoy nos proclama. No dependen los frutos de nosotros, pues estaríamos apañados si así fuera. Dependen de la Gracia de Dios que nos permite que nuestros esfuerzos tengan frutos.

En vanos se cansan los albañiles si no es Dios que construye la muralla. Y es que muchas veces nos creemos que los resultados dependen de nosotros y nos equivocamos profundamente. Y esa preocupación no puede desviar del criterio que todo está en Manos de Dios.

No nos afanemos en construir ni multiplicar nuestras obras, pues, sin dejar de esforzarnos en nuestro trabajo, sepamos y tengamos presente que todo está en Manos de Dios. Él es el Principal Sembrador y Labrador de nuestra personal tierra y del universo entero. Hagamos nuestro trabajo, pero sin perder de vista que todo depende de su Gracia.

Esforcémonos en amar y amar. Amar todo lo que nos rodea, empezando por nuestras familias, nuestros compromisos y responsabilidades, nuestros amigos, vecinos... Que todo lo que toquemos quede impregnado del esfuerzo por hacer presente el amor de Dios, y los frutos crecerán sin darnos cuenta, crecerán hasta hacerse árboles grandes en nuestro propio jardín.

jueves, 31 de enero de 2013

LA LUZ DE NUESTRA VIDA

Mc 4,21-25

Hay mucha gente que no conoce la Luz, esa Luz con Mayúscula que debe guiar y alumbrar nuestra vida. Se quedan en pequeñas luces que alumbran con sombras también. En pequeñas luces que no terminan por clarificar el camino que debemos seguir, y que confunden y despistan.

Luces que no aclaran por donde deben guiarse nuestros pasos, y corremos el riesgos de dirigirnos y no encontrar el camino que nos salve de precipitarnos al vacío. Estamos necesitados de una luz Principal que alumbre a esas pequeñas luces por las que transcurre nuestra vida, y de esa forma, nos perdernos de encontrar esa puerta angosta que nos conduce a la salvación.

Y, en el camino de nuestra vida, necesitamos que nuestra pequeña luz, alumbrada por la Luz Principal, sea luz para otras también pequeñas luces que, desenfocadas, no están injertadas en la Luz Principal. Porque si no conocemos la Luz que alumbra de forma total e integra nuestra vida, terminaremos oscurecidos por las sombras de incipientes y débiles luces que nos llevarán al abismo de la perdición.

Por eso, debemos levantar nuestra luz con alegría y alumbrar a todos aquellos que permanecen alumbrados con luces caducas, sin suficiente carga para recorrer sus vidas con garantías de salvación, y llenarlos de la batería del amor, ese amor que mantendrá la luz siempre encendida y reflejando el rostro de Dios. Amén.

miércoles, 30 de enero de 2013

LA SIEMBRA DE CADA DÍA

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Marcos 4: 1 – 20

La vida no para. Cada día despierta el mundo, un mundo que se acuesta y se levanta. Muchos lo hacen a horas de luz, pero la mayoría se acuestan cuando cae la noche. Así y todo, cada día amanece con un sol diferente y unas nuevas ilusiones. Y hay siembra, se siembra las acciones de amor que ese día brotarán dentro del corazón de aquellos que la han acogido con humildad, con sencillez y con entrega de servicio.

Y darán sus frutos, unos en el momento, otros más tarde y otros en el trascurso de los años. Sin embargo, lo importante es dar esos frutos. Frutos que dependerán de la acogida de esa Palabra sembrada y del calor con la que sea cuidada. 

Depederá de no dejarla al alcance de los pájaros que pululan por los caminos y se la pueden comer. Dependerá de que no caiga en terreno pedregroso y su raiz no tenga profundidad. Dependerá de que nazca entre abrojos y sea ahogada en su crecimiento matando sus frutos. Sólo dependerá de que sea acogida en tierra agradecida, bien abonada, regada con el agua del amor para dar buenos y abundantes frutos.

Seamos abiertos a esa Palabra sembrada para que nuestro corazón, bien abonado, sea capaz de dar los frutos de amor que el Padre espera de cada uno de nosotros.


lunes, 28 de enero de 2013

EL MOMENTO OPORTUNO

(Mc 3,31-35)


A la hora de transmitir la fe es muy importante buscar el momento oportuno. Depende mucho de hallar ese momento para que nuestras palabras tengan eco en aquellos que nos escuchan, pero también se hace muy necesario saber encontrarlo.

Jesús sabe aprovechar toda ocasión para transmitirnos la Buena Noticia que el Padre le ha enviado a proclamar, y aprovecha ese momento en que su Madre y amigos le buscan y le envían a llamar.  No es su Madre una cualquiera ni tampoco sus hermanos. Su Madre es su Madre precisamente porque, primero, cumple la Voluntad de Dios. Por eso ha sido elegida su Madre.

Sus palabras, en lugar de desprestigiar a su Madre, la eleva a la dignidad más grande que una criatura puede tener: "Cumplir la Voluntad de Dios", y porque ha hallado Gracia ante Dios, es elegida para ser Madre de su Hijo Jesús. Y también, los apóstoles, son verdaderos hermanos porque cumplen la Voluntad de Dios.

Y es que, en la medida que nuestra vida sea entregada en servicio a los demás, seremos verdaderos hijos de Dios, porque, amar como Jesús nos enseña a amar, es cumplir la Voluntad de su Padre Dios.

TU SOBERBIA PUEDE PERDETE PARA SIEMPRE

(Mc 3,22-30)



Es necesario reconocer que somos soberbios. ¿Quién no lo ha sido, y continúa siéndolo todavía hoy en muchos momentos de su vida? Nadie puede negarlo, somos soberbios por naturaleza y nos cuesta admitir nuestros errores y que somos débiles y nos equivocamos.

Somos pocos, por no decir todos, que no damos el brazo a torcer sino cuando ya nos consideramos perdidos y no nos queda otro remedio. Incluso, así y todo buscamos una salida orgullosa para no pasar por la vergüenza de sentirnos humillados. Nuestra soberbia siempre nos puede.

Y nos puede hasta el punto de cegarnos, cerrar nuestro corazón y no apreciar que Jesús es el Hijo de Dios. Somos capaces de rechazar la asistencia y sabiduría del Espíritu Santo que nos prepara y nos ilumina a fin de que entendamos y nos dejemos llenar de humildad. Y eso ya es muy grave, porque todos nuestros actos de soberbia son perdonados, pero el rechazar la asistencia del Espíritu Santo no nos deja otra opción sino la de condenarnos por nosotros mismos.

Pidamos al Señor que no cerremos nuestros corazones, sino que lo mantengamos abierto a la acción del Espíritu Santo, para que con su don de consejo, de inteligencia, de fortaleza, de sabiduría, de ciencia, de piedad y de temor de Dios, seamos capaces de, abandonados en sus Manos, abrir nuestros corazones y dejarnos guiar por su acción. Amén.