sábado, 15 de febrero de 2020

EL HOMBRE BUSCA EL PAN

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Mc 8,1-10

Lo primero que aprendemos en nuestra vida es a buscar el pan. Incluso, nuestra mayoría de edad se conoce cuando realmente estamos preparados para ser considerados como" buscadores del pan". Hemos oído muchas veces frases como esta: "Este trabajo me da de comer", o, "aquí está el pan de mis hijos". El pan parece ser el centro de nuestra vida y el que nos impulsa a movernos, pero, también, el centro de los conflictos y enfrentamiento de los hombres en este mundo.

Sin embargo, este pan, que nos importa mucho, es un pan perecedero y, por tanto, quienes se alimentan sólo de él también perecerán. Pero, la experiencia interior de cada hombre nos descubre que hay algo más que el simple alimento material. El hombre se experimenta un ser trascendente con aspiraciones que van más allá de lo simplemente material. Las satisfacciones materiales no llenan plenamente sus aspiraciones y, el hombre, se siente llamado a otras aspiraciones espirituales que dan pleno sentido a su vida.

En esa inquietud y busca el hombre descubre la necesidad de amar. Es un ser en relación y necesita amar y relacionarse en el amor con los demás. Un amor que nace desde la verdad, la justicia y el bien. Un amor que busca el bien del otro y se siente feliz dándose, por amor, a que se viva en la verdad, la justicia y la paz. Un amor que se descubre como fuente inagotable de gozo y felicidad.

Por eso, hacer el bien nace del compartir. Porque, cuando compartes, en verdad y justicia, haces el bien. No puedes cerrar tus oídos a esa verdad, y menos considerarte cristianos cuando tu corazón no es sensible a esa necesidad de dar y darte. Es decir, de compartir desde lo que eres y tienes. Desde tus talentos y bienes. Desde tu amor y tu disponibilidad. Eso es tener un corazón compasivo como el Señor.

viernes, 14 de febrero de 2020

MI FUERZA ES EL SEÑOR

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La experiencia me dice que muchos momentos de desánimos se producen porque el éxito se nos esconde y no lo vemos. Pensamos, inmediatamente, que nuestra labor ha sido en balde y pensamos en arrojar la toalla y abandonar. En el fondo creemos que nuestro trabajo depende de nosotros, y si eso ocurre en muchos aspectos de nuestra vida, no sucede así en nuestra labor apostólica. 

Somos enviados como ovejas entre lobos. Eso significa que nuestra fuerza no está en nosotros sino que depende del Espíritu Santo que nos acompaña, nos fortalece y nos auxilia. Nuestro Pastor nos pastorea y nos defiende y nos mantiene unidos en el mismo redil. Y mientras seamos ovejas del Buen Pastor nuestra victoria está asegurada y nuestra misión será cumplida. Aunque las apariencias, como sucede en la actualidad, señalen lo contrario.

Somos testigos de la Palabra de Dios, pero, testigos que han experimentado esa Palabra en su vida y la transmiten a los demás. Sin ser testigos no se puede anunciar esa Palabra. La Buena Noticia se saborea cuando se ha experimentado y se conoce. Y eso se vive desde la experiencia de sentirse oveja y nunca lobo, porque, el lobo camina por sí mismo y confía en sus fuerzas, mientras que la oveja, experimentándose mansa y débil, se pone en manos del Buen Pastor.

Porque, solos desde la actitud humilde de sentirnos enviados por el Señor e injertados en su Espíritu, podemos anunciar la Buena Noticia de Salvación y esperar a la siembra que dependerá del Señor, que respeta la libertad del hombre sin imponerse y arriesgándose a la acogida y a la responsabilidad humana.

jueves, 13 de febrero de 2020

CREES O NO CREES

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Mc 7,24-30
No hay término medio. Crees que Jesús es el Hijo de Dios y, por tanto, nada hay imposible para Él, pues es el Señor de la Vida y la muerte, o te resignas a la vida humana que, sumida en el dolor terminará con la muerte. Nuestra fe mundana no nos da mucha esperanza sin la presencia de Dios, porque, todos nuestros anhelos y deseos están salpicados por el dolor y con el horizonte de la muerte. Sólo, por la fe, podemos dar amplitud y significado a nuestra esperanza de un mundo mejor donde tengan realidad todos nuestros sueños de verdad, justicia y amor.

Aquella mujer, sirio-fenicia, tenía fe en Jesús. Supongo que había oído hablar de Él y creyó que en Él estaban sus esperanzas y las de su hija. Enterada de que Jesús estaba por allí no perdió el tiempo, había que buscarle y se puso manos a la obra. Su decisión y firmeza en llevar a cabo su petición resultaba, hasta cierto punto, insultante, al no ser hija del pueblo elegido transgredía la ley. Jesús había venido a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Y, hasta eso, las perdidas, no las que se consideran salvadas, o no perdidas.

Esta es la situación. Ante tal desplante y firmeza, Jesús responde: «Deja que se sacien primero los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Pero, queda sorprendido y descolocado ante la respuesta de esta mujer pagana: «Señor, pero también los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños». 

Jesús, dándonos una lección de humildad y de comprensión, se rinde ante la firmeza, la fe y la súplica de esta mujer, que ha puesto todas sus esperanzas en Él. De esta manera, Jesús nos enseña que la Misericordia está por encima de todo exclusivismo, sobre todo de Israel. Él ha venido para salvar a todos los que crean en ´su Palabra sin distinción de raza, nación o persona.

miércoles, 12 de febrero de 2020

MANCHA LO QUE SALE DE DENTRO

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Todos podemos comprender que lo que viene de afuera no mancha. La evidencia es tal que lo que entra sale y no deja rastro de mancha. Pero, lo que sale, previamente iniciado dentro, si puede manchar si sus intenciones no son bien intencionadas, valga la redundancia. Es en el corazón donde se forjan los buenos y malos pensamientos e intenciones, y donde la voluntad se decide a actuar de una manera u otra. Por lo tanto, es en esa sala de maquina donde se cuece la pureza o impureza.

Todo lo iniciado dentro del centro de tu corazón trae buenas o malas intenciones y esa intencionalidad mide el valor de la bondad del hombre. Así que, el odio, la avaricia, la venganza, la soberbia, la fornicación, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfrenos, envidia, difamación, orgullo, frivolidad que se forjan dentro del corazón del hombre son las que propiamente le manchan y le hacen impuro.

Y de todo eso el hombre y la mujer son responsables. Eso deja en clara evidencia que según tus actos será tu bondad, tu misericordia y tu amor. Y serán esos actos los que también harán de ti una persona buena o mala, pura o impura. De tal manera que lo que interesa está dentro y su raíz es la que define la bondad de nuestros actos. Así, de lo que haya dentro de ti - tu corazón - saldrá lo que se vea afuera. Y si tu corazón reboza de verdad, de justicia, de misericordia y de amor, tus actos afuera llevarán ese sello que determinarán la bondad de los mismos.

Claro queda que, si tu corazón está entregado y apegado al Amor de Dios, tus actos serán consecuencia de ese Amor, del que brota misericordia y bondad que te dará la Gracia de ir modelándote según su estilo de vida en coherencia con su Palabra. No te quepa duda, sin Él tu corazón terminará tentado y seducido por el mundo, demonio y carne y brotará de él todas las impurezas ya descritas.

martes, 11 de febrero de 2020

LEY O AMOR

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Ser cristiano es confesarse seguidor de Jesús de Nazaret. Pero, esa confesión necesita ser probada con gestos y obras que la corroboren. Ser cristiano no consiste en ir a misa ni rezar todos los días. Eso es muy necesario. La Eucaristía es el alimento para injertarnos en Xto. Jesús y en su mismo Espíritu vivir de acuerdo con su Palabra, pero, una vez alimentados tenemos que esforzarnos en vivir en ese mismo estilo de vida.

El amor está por encima de todo y la persona es lo primero. Por tanto, la misericordia pasa por encima de la ley y las tradiciones, que a su vez vienen impuestas por las costumbres y por los hombres. El Amor viene de Dios Padre y ensalza a la persona sobre todas las cosas. Es una contradicción decir amar y no preocuparse por la situación de otras personas. Eso no significa que podamos solucionar los problemas, pero si podemos preocuparnos y poner lo que está de nuestra parte. 

El problema está en que no nos conocemos ni nos interrogamos. ¿Acaso quiero yo que me traten mal como quizás yo trato a otras personas? ¿Es posible que no me dé cuenta? Todo empieza por ahí. A partir de que me reconozca pecador en relación con los demás iré dándome cuenta de mis pecados y de mi necesidad de conversión y de misericordia. Entonces empezaré a sentirme cristiano, o lo que es lo mismo, pecador, necesitado de la Misericordia de Dios y en disponibilidad de, por su Gracia, amar como Él me ama.

Entonces empezaré a descubrir la necesidad imperiosa de la Eucaristía, donde retomar cada día, si es posible, las fuerzas que me da el Espíritu de Dios bajo las especies del pan y vino. Entonces empezaré a comprender el verdadero y la necesidad de la oración, con la que puedo hablar con mi Padre Dios y a quien puedo escuchar señalarme cada día el camino de su Casa.

lunes, 10 de febrero de 2020

FE

Leemos en los Evangelios de los milagros que hizo Jesús, pero, ¿creemos que Jesús hace milagros? Porque, esa es la cuestión. Decimos que tenemos fe, pero, ¿qué clase de fe? Porque, una fe que no cree que Jesús puede hacer milagros y cambiar tu vida, ¿qué clase de fe es? Leemos en los Evangelios que Jesús envía a sus apóstoles - Lc 9, 1 - dándoles poder sobre los demonios y sanar enfermedades.
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Mc 6,53-56

Posiblemente, nuestra fe sea muy pobre y muy débil. No estamos convencidos del poder de nuestro Señor y dudamos de su Palabra, y el camino se nos llena de dudas. Cree y déjate llevar por el Espíritu Santo, ese mismo Espíritu que ya has recibido en tu bautismo y veraz las maravillas que hace el Señor. Lo que tienes que tener en cuenta es que los planes de Dios no son los tuyos. Tú y yo podemos pedir muchas cosas, pero, quizás no nos convienen, o el Señor las hace de otra manera.

También, ten en cuenta que cada persona es libre y el Señor respeta nuestra libertad por encima de todo. De modo que, puede darte luz, pero será esa persona la que determine libremente cambiar su vida o vivir en la verdad. Estemos seguros, eso se los puedo asegurar, que el Señor nos escucha y nos atiende, y nos da todo aquello que nos conviene para aceptar, superar, asumir y soportar las adversidades o contra tiempos de nuestra vida.

Porque, conviene que en algunos momentos tengamos que soportar eso que nos duele y nos mortifica, porque no podemos cambiar la voluntad de otros; conviene que otras veces tengamos que aceptar y soportar la enfermedad que nos viene, porque no estamos fuera de peligro y nos llegará nuestra hora. 

Conviene aceptar con entereza y dignidad el mal que nos afecta, pero, no conviene perder la esperanza y la fe en nuestro Señor Jesús, porque, sólo con tocar la orla de su manto quedamos sanados. Él está a nuestro lado, por eso, Muriendo por nosotros nos ha demostrado su amor y Resucitando nos ha dicho que se queda con nosotros para acompañarnos y auxiliarnos en nuestro camino. Porque, Él es realmente el Camino, la Verdad y la Vida.

domingo, 9 de febrero de 2020

SAL Y LUZ


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Mt 5,13-16
Cuando probamos una comida notamos si está bien condimentada y, sobre todo, si está bien de sabor. Entonces, dependiendo de que su gusto esté bien diremos, tiene buen sabor o no lo tiene. Está bien salada o desalada. O mucho o poco. Es decir, emitimos nuestros gustos según nuestro paladar. Pero, a todas esta, la sal no se ve, sino se paladea y se gusta. Lo mismo ocurre con nuestra manera de vivir. No nos damos cuenta, pero notamos que esa persona es buena y sus obras también, y de esa manera está salando y dándole gusto a nuestra vida. Todo lo que está a su derredor queda bien salado y con buen gusto.

Así debemos actuar desde la Palabra de Dios. Salamos el mundo si vamos dando testimonio, sin pretenderlo ni anunciarlo, sino viviéndolo en cada instante de nuestra vida. No se ve lo que hacemos a grandes rasgos, pero se nota. Porque, las cosas sencillas no son percibidas por la mayoría, pero sí, la mayoría nota los efectos y lo bien que se está al lado de las buenas y sencillas obras. Los detalles de lo bueno despiertan nuestros sentimientos y deseos de permanecer junto a ellos.

Así, mezclando nuestros esfuerzos y colaborando de forma unida y solidaria damos sabor al mundo sin notarse dónde está esa sal bienintencionada que da gusto y sabor. Y tras las obras damos luz a todos aquellos que la ven y al mundo que nos contempla. La Iglesia da luz con todas sus obras buenas y esa luz en la que todos colaboran pasa desapercibida entre muchos que la aportan. De la misma manera sucede también, tal y como hemos dicho, con la sal. No se ve, pero se nota su sabor escondido entre todos los que colaboran y aportan su grano de sal.

Lo verdaderamente importante no es que con tus obras alumbras y das buen sabor y gozo, sino que el Reino de Dios quede alumbrado y bien salado por encima de todas nuestras aportaciones, esfuerzos y colaboraciones. Es el Reino lo que importa que quede alumbrado y bien salado para que todos experimentemos el deseo de permanecer en él.