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| Lc 11, 37-41 |
En muchas ocasiones nos encontramos enfrascados en conversaciones que nos llevan a descubrir cómo se incumplen una serie de normas externas que, sin dejar de ser importantes, no son lo más relevante.
Pero ahí no queda la cosa. Observamos cómo muchos incumplen lo acostumbrado sin mirarnos a nosotros mismos.
¿Cuántas veces hemos dejado de lado muchas de esas rutinarias normas porque priorizamos otras? ¿Y cuántas veces aparentamos cumplirlas cuando, en realidad, no lo hemos hecho?
De cualquier forma, lo verdaderamente importante no es estar limpio externamente, y menos aparentemente, sino estar limpio internamente.
—Esa es la lección —dijo Manel— de la que hoy nos habla Jesús en el evangelio de Lc 11, 37-41.
Abrió la Biblia y leyó:
—En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, un fariseo le rogó que fuese a comer con él. Él entró y se sentó a la mesa.
Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo:
«Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad.
¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Con todo, dad limosna de lo que hay dentro, y lo tendréis limpio todo».
Manuel, mirándolos con ternura, dijo:
—Jesús no le quita importancia a la higiene, pero pone el acento en las actitudes esenciales. Aprovecha la ocasión para hacernos caer en la cuenta de una incoherencia que nos acecha constantemente: preocuparnos por lo exterior mientras descuidamos lo que llevamos dentro.
Nos invita así a revisar nuestras prioridades y a preguntarnos qué lugar ocupan en nuestra vida el amor y la misericordia. No se trata de elegir entre cumplir o amar, sino de comprender que el cumplimiento pierde su sentido cuando se separa del amor.
Frente a incoherencias y ritualismos, compasión.
