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| Lc 1, 26-38 |
Sebastián había ganado un premio y estaba fuera de sí. Su entusiasmo era desmedido. No cabía en sí mismo.
Entró en la terraza y su cara expresaba esa gran alegría que no podía contener.
Sin poder remediarlo, dijo:
—Señores clientes y amigos tertulianos, hoy es un día grande para mí. Me han concedido un premio.
Enseguida se oyó una salva de aplausos. Todos le saludaron y festejaron con él su premio.
Manuel, que estaba entre ellos, después de saludarle y cuando todo se había calmado, comentó:
—Me impresiona la humildad de María cuando el ángel le anuncia que va a ser la Madre del Mesías.
Ante la mirada de los que estaban a su lado, abrió la Biblia y leyó:
—Del Santo Evangelio según san Lucas 1, 26-38:
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».
Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo:
«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».
Y María dijo al ángel:
«¿Cómo será eso, pues no conozco varón?».
El ángel le contestó:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, “porque para Dios nada hay imposible”».
María contestó:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
Y el ángel se retiró.
Llama la atención la humildad de María ante el anuncio de que va a ser la Madre del Mesías. No se engrandece ni se atribuye méritos, sino que acoge con sencillez la voluntad de Dios y expresa su adhesión al proyecto del Señor.
María no presume. Es humilde y se pone en las manos de Dios. Son estas palabras las que debemos guardar en nuestro corazón y hacer también nuestras.
Debemos reconocer que somos pequeños delante de Dios y alegrarnos de que Él es nuestro Padre y Señor, que nos ama con un amor infinito y misericordioso.

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