miércoles, 19 de septiembre de 2018

SIEMPRE BUSCAS EXCUSAS QUE TE JUSTIFIQUEN

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Cuando no quieres encuentras y buscas excusas, incluso dentro de la mentira, para justificar tu actitud o tu rechazo. Así sucedió con Juan el Bautista, alegaban que estaba endemoniado, pues su austeridad les molestaba y les interpelaba. Cuando viene Jesús le reprochan que es un comilón y un borracho y también en su tiempo les sucedió a los profetas enviados por Dios.

¿Y no sucede hoy también? ¿Pregunto? El mensaje de Jesús es rechazado y los que se confiesan seguidores son perseguidos y hasta amenazados de muerte. Muchos dan sus vidas por confesar su fe y su fidelidad al Evangelio. Por eso, el Evangelio de hoy nos compara con esos niños que jugaban en la plaza y ... «¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: ‘Os hemos tocado la flauta, y...

La pregunta es, ¿por qué rechazas a Jesús? ¿Hace daño su Palabra? ¿Molesta que te diga y descubra la verdad? ¿Duele que nos recuerde y remuerda nuestra conciencia revelándonos la verdad y haciéndonos ver que actuamos mal? ¿Se hace difícil y nos cuesta amar tal y como nos ama Jesús? ¿Es superior a tu fuerza el que desees para otro lo que deseas para ti? ¿No crees que en el Espíritu Santo, que has recibido en tu Bautismo puedes superar todas esas dificultades?

Será cuestión de que te lo pienses y por ti mismo, pues nadie podrá responder por ti, encuentres el camino, la verdad y el sentido de tu vida. A la hora final de tu vida no tendrás justificaciones ni tampoco nadie a quien puedas acusar. En tus manos está.

martes, 18 de septiembre de 2018

UNA ACTITUD COMPASIVA

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Lc 7,11-17
Se nota cuando una situación es extrema y la gente acude. Es decir, se despierta la compasión de la gente. Aquel entierro, que se encuentra Jesús en su camino, estaba marcado por la cantidad de gente que iban acompañando a la viuda, madre del joven fallecido. Una circunstancias extremas de aquella época, viuda e hijo único, que agravan mucha la situación.

El Evangelista destaca todos esos rasgos para detener la atención en la actuación de Jesús. La comitiva mueve la compasión de Jesús que decide actuar compadecido de la situación de aquella madre viuda ante la pérdida de su único hijo. Jesús actúa ahora por verdadera compasión. Se conmueve al ver los llantos y desconsuelos de aquella pobre viuda. 

Me pregunto que sucedió en aquel gentío cuando observaron como Jesús, compadecido actúa y le devuelve la vida a aquel joven. Me pregunto que pasaría hoy si fuésemos expectadores directos de un milagro como ese. Y supongo que quedaríamos impresionado, tal y como sucedió en aquel momento, pero luego la vida de cada uno seguiría su curso.  Realmente es un gran misterio nuestra respuesta de fe. Incluso, viendo nuestra reacción, puede quedar en nada o casi nada. Y lo digo, porque ya lo dijo Jesús en aquella parábola del rico epulón -Lc 16, 19-21- pues si no creen en Moisés y los profetas tampoco se convencerán aunque un muerto resucite.

Cada día hay multitud de señales y milagros que sólo ven aquellos que tienen los ojos bien abiertos por la fe. Muchos ven pero sus ojos están cerrados y ciegos por el mundo. Sí, experimentan emoción, compasión y se conmueven, pero no llegan a la profundidad de dar un giro total a sus vidas y, acomodados en ella, continúan su equivocado camino.

lunes, 17 de septiembre de 2018

FE Y HUMILDAD

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Lc 7,1-10

No es nada fácil ser humilde. Es un ejercicio de abajamiento y de igualdad, mejor, de considerarte igual o menos que otro. Es un ejercicio de no creerte más que otro ni más dotado, ni superior en conocimientos o virtudes. Es sencillamente considerarte criatura de Dios y agraciado con todo lo que Él te ha dado gratuitamente. Por eso, la primera condición de tu humildad es ponerlo de la misma forma, es decir, gratuitamente en beneficio y provecho de los demás.

Y ese ejercicio de abajamiento, de humildad descubre tu fe. Porque, nadie es humilde si no cree en el amor, en la verdad y en la justicia. Si yo tengo ciertos poderes y autoridad para que otros me hagan caso, cuanto Tú, Señor, que curas, que sanas y nos rescata de la muerte volviéndonos a la vida. 

De alguna manera esa fue la manifiestación del aquel centurión. Si él era capaz de tener siervos disponibles a sus ordenes, ¡cómo no Jesús, del que había oído realizar grandes prodigios y milagros, tendría poder para con simplemente mandarlo sanar a su siervo! Su súplica contiene una fe sorprendente y firme, hasta el punto que Jesús la pone como modelo para Israel: «Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande».

Este testimonio, aunque lejano en el tiempo, debe servirnos para acrecentar nuestra fe. Porque, para el Señor nada hay imposible y todo lo puede, pero, como veíamos ayer, no se trata de encontrar el paraíso aquí en este mundo, sino llegar a él a través de este mundo cargando con la cruz que nos toca vivir. Pensemos que este camino es la gran oportunidad, no hay otra, que tenemos para lograr la curación, la libertad y la salvación, no de este mundo, sino para toda la eternidad.

domingo, 16 de septiembre de 2018

JESÚS, EL QUE HABÍA DE VENIR, EL ENVIADO POR EL PADRE

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Mc 8,27-35
Jesús era diferente, sorprendente, distinto a todo lo conocido. Su Palabra desprendía seguridad, autoridad y conocimiento. Exponía todo como si lo hubiese conocido y vivido. Recogía lo mejor de todo lo acontecido en la historia del pueblo de Israel, desde Abraham, Moisés, Elías, Juan el Bautista y todos los grandes profetas, y todo lo exponía con gran autoridad y claridad. Todos estaban sorprendidos y no sabían ni quien era ni qué decir.

Lo confundían y relacionaban con todos los personajes que habían de venir y su identidad era un misterio. En este contexto, Jesús pregunta a sus más íntimos sobre su identidad y, Pedro, lanzado siempre a responder manifiesta que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios que había de venir al mundo. La asistencia del Espíritu Santo se ve claramente manifiesta. Asistencia que también tenemos nosotros recibida en nuestro Bautismo.

Pero, igual que sus discípulos, también muchos de nosotros estamos equivocados. Pensamos que encontrarnos con Jesús es solucionar nuestros problemas en este mundo y asegurarnos de que no nos pase nada malo. Muchos acudimos y le buscamos para remediar y solucionar los problemas de nuestra vida. Pedro no pensaba en un Jesús paciente y condenado a morir en la Cruz. Igual nos sucede a nosotros, pensamos que con Jesús desaparecerán nuestros padecimientos y dolores. Y nada de eso.

Jesús es nuestra salvación, claro está, pero eso no nos exime ni excluye de padecer por nuestros pecados hasta morir y compartir nuestra muerte con Él. Él, sin pecado, tuvo que cargar con los nuestros y padecer, entregando voluntatiamente su Vida, en una muerte de Cruz. Ahora nosotros confiados en su Palabra y su Promesa de Resurrección tendremos que asumir los padecimientos de nuestra propia vida y el esfuerzo por solidarizarnos con los que sufren.

sábado, 15 de septiembre de 2018

MARÍA, MADRE DE LOS DOLORES

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Jn 19, 25-27
En nuestro mundo se valora mucho el papel y la ternura de una madre. No hay nada como el amor de una madre entregada a su hijo desde la concepción hasta el punto de dar su vida por él. No se entiende en estos momentos que vivimos la opción por el aborto, porque en el corazón de una verdadera madre nunca se encuentra una renuncia a su hijo. Quizás, un mundo perdido, entregado al placer, a la lujuria, a la infidelidad, al egoísmo y en brazos de Satanás sometido a la esclavitud, a la perdición y a la muerte.

María, la Madre pura, obediente y fiel se humilla ante la Voluntad de Dios y acepta su papel, primero, de Madre del Redentor y salvador del mundo, y, segundo, el papel de Madre de todos los hombres. Ella al pie de la Cruz acompaña a su Hijo hasta los últimos momentos y, desde allí, acepta la misión que Dios le encomienda de acompañar también, en calidad de Madre, a todos los hombres.

Sería absurdo soportar tanto dolor sin verdadero amor y fidelidad a la Voluntad de Dios. Un verdadero amor que sale de un corazón encendido y entregado lleno de ternura, de compasión, de disponibilidad y de verdadero amor ágape. Un amor rebotado del mismo amor de Dios. Porque, habiendo sido creado el hombre para ser feliz no puede terminar su esperanza en contemplar a Jesús, el Hijo de Dios, en el mayor de los sufrimiento clavado en una Cruz. Es, precisamente, ahí donde empieza su Victoria y su Triunfo.

Desde ese momento, al pie de la Cruz, el dolor de María junto a su Hijo, se transforma en Gracia y da sentido a la vida de todos los hombres. María, Madre corredentora con su Hijo, por medio del que alcanzamos la Gracia y la Misericordia de Dios Padre. Es desde ese instante, Madre, cuando tu dolor traspasa también nuestros corazones y, bajo tu amparo y tu manto, nos unimos también con nuestro humilde dolor a la Cruz donde tu Hijo nos redime. Amén.

viernes, 14 de septiembre de 2018

TÚ, SEÑOR, DIGNIFICASTE LA CRUZ

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Jn 3,13-17)
Todos buscamos las comodidades. Es nuestra tendencia natural, pero también nuestra cruz, porque sentirse cómodo en la vida no es buena señal. Diría más que es un peligro que viene muy relacionado con los demás. ¡Claro!, es bueno y una digna aspiración sentirse cómodo, pero hay una condición, que todos estén cómodos. Mientras haya uno incómodo, tú y yo no podemos sentirnos bien.

Porque, sentirse cómodo es renunciar a seguir a Jesús, pues Él exige estar pendiente del que sufre, del que está hambriento, del pobre y carente de las necesidades más necesarias. Y mientras haya gente que sufre estas miserias, nosotros, los que queremos seguir a Jesús tendremos que sentirnos incómodos y molestos. Necesitamos tratar de aliviar esas carencias con nuestras oraciones y aportaciones y con nuestro trabajo. Con todo aquello que nos sea posible.

Y eso, amigos y hermanos en la fe, es una cruz, una gran cruz. Una Cruz que Jesús ya cargó sobre sus hombros y la llevó hasta el Gólgota donde fue en ella levantado y crucificado. Hoy nos lo dice en el Evangelio hablando con Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Porque tanto...

Nuestra vida no es un camino de rosa. Hay etapas o trozos -me gusta más así- de ella que huelen a rosas y rezuman felicidad, pero no perdura, Y hay otros que levantan ampollas y hacen sudar sangre. Resumiendo, podemos decir que la vida es una cruz. Una cruz que tendremos que saber cargar y soportar. Y no es nada fácil vivirla, y menos solos. Necesitamos afirmarnos en Aquel, nuestro Señor, que muriendo en la Cruz la elevó a la categoría y dignidad más alta hasta el punto de significar nuestra salvación.

Jesús abraza la Cruz para que todos los que crean en Él tengan acceso a la Vida Eterna. Él se entrega a una muerte de Cruz voluntariamente para rescatarnos del pecado y merecer, por su Muerte, la Salvación Eterna.

jueves, 13 de septiembre de 2018

FRENTE A LOS ENEMIGOS Y PERVERSOS

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Lc 6,27-38
Estamos ante una encrucijada y la Palabra de Dios. ¿Qué camino tomar? La Palabra es clara y nos traza un camino inequívoco. Va contra nuestra razón y nuestra forma de pensar, pero, no hay otro camino. Si quieres seguir a Jesús ya sabes por donde tienes que entrar. Ahora, desde esta Palabra, comprenderás claramente lo de por qué le cuesta tanto entrar a un rico -Mt 19, 23- en el cielo. Sobran las palabras.

También queda claro que tú y yo, y todos los que puedan leer esta humilde reflexión, no tenemos fuerza de voluntad para cumplir esta Palabra. Nuestra naturaleza humana es limitada, egoísta, egocéntrica,  lógica y de sentido común, y todo eso no concuerda con el pensamiento de Dios. Nuestros planes no son sus planes y nuestra capacidad de amar no es la de Él. Estamos a infinita distancia de sus pensamientos. Y una cosa esta muy clara, si queremos seguirle tendremos que abrirnos a su Gracia y abandonarnos a su presencia e injertarnos en su Espíritu.

Ni se te ocurra emprender ese camino sólo. Satanás espera que lo hagas para tenderte trampas hasta que caigas en sus redes y quedes sometido a sus dominios mundanos. Sólo podemos amar a nuestros enemigos si vamos de la mano del Espíritu Santo. Así lo hizo Jesús y así también tenemos que hacerlo nosotros. Tomemos conciencia que todos somos hijos de Dios. También los enemigos y a todos, no a nosotros más, los quiere Dios salvar.

Por lo tanto, una cosa está muy clara, tendremos que amar como Dios nos ama, y eso implica y contiene que nuestro amor a los demás debe ser como el de Jesús, el que Él precisamente nos enseña cada día en su Palabra. Y hoy nos lo dice claro. Tendremos que leerla despacio y meditarla para, unidos al Señor, sacar todas las fuerzas para, por su Gracia y la asistencia del Espíritu Santo poder hacerla vida en nuestra vida.