viernes, 14 de agosto de 2020

QUERER, QUERER Y QUERER

Mateo 19, 3-12 | Evangelio del dia, Hombre mujer, Hombres
El amor es la voluntad de querer. Los sentimientos fluctúan de un lado para otro y no permanecen estables. Hoy, mi parecer puede ser de una forma y, mañana, puedo sentir de otra. De esa forma, el amor, aun estando formado por sentimientos y pasiones, no es lo uno ni lo otro, pues, de serlo, sería inestable. El amor es un compromiso y Dios es la referencia y el ejemplo a seguir.

Pero, ese compromiso de amor necesita apoyarse en cuatro pilares: Amor, respeto, diálogo y perdón. Es precisamente, lo que hace nuestro Padre Dios con cada uno de sus hijos. En ese sentido, decíamos ayer, que nuestra unidad, fidelidad y salvación se debe a la Infinita Misericordia de nuestro Padre Dios. Dios nos respeta, nos escucha y nos habla, es decir, se abre a un diálogo con cada uno de nosotros, nos ama y nos perdona. Dios, en definitiva, nunca rompe con nosotros. Está siempre abierto a escucharnos y a perdonarnos porque, precisamente, nos ama.

Y amar no es sentir ni tampoco es pasión. Amar es querer, querer y querer. Para eso tenemos la voluntad libre, regalo de Dios, para, libremente, querer o rechazar. Y cuando contraemos libremente un compromiso sacramental, tal es el sacramento del matrimonio, tenemos que amarlo, respetarlo, dialogar nuestras diferencias y, sobre todo, perdonarnos. Si no, ¿para qué nuestra libre voluntad?

Observamos que todos los seres vivientes, a excepción del hombre, no tienen voluntad ni tampoco libertad. Ellos están sometidos al instinto animal. Sin embargo, el hombre sí tiene una voluntad libre que le hace darse cuenta de sus compromisos y responsabilidades. Pues bien, poner esa voluntad en responder a ese compromiso es amar. Por eso, el amor necesita tiempo y maduración y no confundirlo con sentimientos, pasiones o deseos. 

De ahí la necesidad de tomarse un tiempo de reflexión, previo a contraer el compromiso sacramental del matrimonio - preparación al matrimonio -, que nos ayuda a madurar nuestro amor y a darnos cuenta que amar es, incluso cuando nuestros sentimientos y pasiones van contra corriente, a imponer nuestra voluntad y responder a nuestro compromiso sacramental. Porque, eso es precisamente amar. ¿Acaso creen ustedes que Jesús, nuestro Señor, fue a gusto y deseándolo a entregarse a una muerte de cruz?

jueves, 13 de agosto de 2020

UNA ACTITUD MISERICORDIOSA

70 veces 7 (con imágenes) | Dios, Santos
Somos, me atrevo a decir, hijos de la Infinita Misericordia de nuestro Padre Dios, porque, por su Misericordia, valga la redundancia, somos perdonados y salvados, y, consecuentemente, hijos de Dios. Esa dignidad la habíamos perdido por el pecado. Ya vinimos a este mundo con ella perdida por el pecado original, pero, por la Gracia de Dios, la rescatamos a la hora de nuestro bautismo.

Y por el Amor Misericordioso de nuestro Padre Dios hemos sido rescatados, en la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, que enviado por el Padre y encarnado en Naturaleza Humana, ha entregado su Vida para devolvernos y rescatarnos nuestra dignidad de hijos de Dios perdida por nuestros pecados. Y, ahora, podemos preguntarnos, ¿cuántas veces hemos sido perdonados por nuestro Padre Dios? Y descubrimos que por la Infinita Misericordia de Dios somos perdonados siempre. Una y otra vez hasta el fin de nuestros días en este mundo. Esa es nuestra esperanza y el aliento que nos impulsa a levantarnos y continuar el camino.

Claro, todos sabemos que ese perdón, por la Misericordia de Dios, se fragua en la medida que nuestro arrepentimiento es sincero. Es decir, hay una condición innegociable, ese acto de contrición necesario para que el perdón se realice. Porque, sin contrición esa petición de perdón es falsa e hipócrita. Y de esa misma forma que somos perdonados, nos preguntamos, ¿También nosotros perdonamos así?

Pues nos toca a nosotros ahora reflexionar sobre esas tantas oportunidades que tenemos cada día de ser misericordiosos en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestra comunidad y ambientes sociales. Pero, no lo hagamos solo, sino abiertos a la acción del Espíritu Santo después de pedirle su asistencia y auxilio.

miércoles, 12 de agosto de 2020

¡QUÉ FE TENEMOS?

Pin en Evangelio
Siempre debemos estar interpelándonos nuestra fe, porque la fe, sobre todo la nuestra, es frágil y propensa a desfallecer en cualquier momento. La fe necesita fortaleza, pues se trata de creer en Alguien a quien no vemos y que, al compartirla con otros, la fortalecemos. Es decir, la fe compartida se fortalece. Es, pues, evidente que necesitamos ir en comunidad y caminar comunitariamente.

Porque, sólo en la comunidad podemos probarnos al enfrentarnos al reto de amar a los otros. La vivencia de tu fe aislada te separa de la prueba del amor. ¿A quién vas a amar si tu fe está aislada? El hombre es un ser en relación y necesita de los otros para probar su capacidad de amar y, por supuesto, descubrir la medida de su fe. Creer en Jesús es sentirnos invitados a amar. Y amar, no de una manera cualquiera o como a nosotros nos guste sino como Él nos amó y nos sigue amando.

La fe necesita probarse cada día y, cada día, valga la redundancia, encontramos en el camino pruebas que nos invitan a descubrir y manifestar nuestra fe. Y eso, lejos de debilitarla, la fortalece cuando la compartimos con otros hermanos en la fe reunidos en torno a nuestro Señor Jesús. Él es la roca firme en la que nos apoyamos y, desde Él, animados por su Espíritu, fortalecemos nuestra fe y nos atrevemos a compartirla y a vivirla en comunidad.

martes, 11 de agosto de 2020

AGACHARSE O HACERSE PEQUEÑO

Pin en ;D...7JST
Mt 18,1-5.10.12-14
En muchos momentos, Jesús nos invita a ser humildes, a agacharnos ante la apetencia soberbia de nuestras propias ambiciones y pasiones. No podemos seguir a Jesús si no nos vaciamos de nosotros mismos y nos despojamos de todo aquello proyectos e ideas que postergan a Jesús dejándolo en un segundo plano. Para seguir a Jesús hay que despojarse de todo aquello que huele a suficiencia, a poder, a riqueza y a creerte mejor que el otro.

En una palabra, seguir a Jesús te exige ser como niño. Es decir, empequeñecerte, abajarte, humillarte y tener un corazón limpio, inocente, confiado y apoyado en nuestro Señor. Ser como niño implica y significa eso, tener un corazón ingenuo y bien intencionado. Ser importante para Jesús no significa tener éxito y poder en este mundo, sino aquel que se abaja, que se hace pequeño entre los pequeños y, sobre todo, humilde. Es estar en la disponibilidad de servir y de ser el último.

Ser importante es ceñirte a la cintura y agacharte a lavar los pies a los demás. Y eso no son palabras, sino el testimonio que nos dejó Jesús en su vida terrenal y, concretamente, ene el signo del lavatorio de los pies a sus apóstoles en la última cena. No sólo nos dejó su Palabra, sino que también la alumbró con su Vida, entregándola hasta la muerte en la Cruz. El fue Camino, Verdad y Vida.

lunes, 10 de agosto de 2020

RENUNCIAR, OLVIDARTE O MORIR A TI MISMO

Pin en La palabra de dios
Por estos tres caminos llegas al encuentro con Dios: Renunciar, olvidarte y morir a ti mismo. Porque, cuando renuncias a ti estás poniendo, antes, a los demás, pues, ¿qué significa renunciar? La renuncia contiene una privación y eso siempre lleva consigo privarte, valga la redundancia, de algo bueno, pues de lo malo ya de por sí tratas de renuncias instintivamente. Y en el acto de renunciar estás olvidándote de ti y priorizando el bien de los demás. 

Porque, en sentido contrario, cuando tratas, escondiendo en la falsa renuncia u olvido, de engañar y buscar tu interés, no estás renunciando sino falseando esa aparente y falsa renuncia. Por tanto, la verdadera renuncia sale a flote tarde o temprano. Y no olvides que, hagas lo que hagas en verdad o mentira, Dios te está viendo.

Y esa renuncia y olvido de ti mismo te llevan a la muerte de este mundo. Una muerte, que no siendo física es muerte al egoísmo. A un egoísmo humano que trata de evitar que tu siembra sea fructífera y que se mire más a sí misma que preocuparse por los demás. Por eso, lo verdaderamente importante es no mirar para tus adentro ni para ti mismo. Tu referencia y la mía tienen que ser Xto. Jesús. Él es el Camino, la Verdad y la Vida y para eso fue enviado, para guiarnos y darnos testimonio de la Verdad.

Él entrega su Vida y muere por ti y por mí. Él se olvida de sí mismo y se entrega por todos, amigos y enemigos. Su Vida se puede resumir en una renuncia, olvido y entrega de muerte para nuestra salvación. Su tarjeta de visita es el amor y la misericordia, que nos ofrece como regalo de salvación de parte de su Padre. Por lo tanto, sigamos el camino señalado por Jesús teniéndolo a Él como referencia y poniendo la mirada fija en Él.

domingo, 9 de agosto de 2020

LA FE, UN DON DE DIOS

Está claro que la fe, nuestra fe, estará siempre caminando en el filo de la navaja. Siempre expuesta a cortarse y a derrumbarse; siempre dispuesta a desaparecer y a morir hundida en las seducciones, falsas promesas y placeres del mundo. No hay otro camino, es ese el que nos ha sido dado y el que tenemos, queramos o no, que recorrer.

Ahora, no estamos abandonados a nuestra suerte o capacidades. Tenemos dones o talentos, que nos han sido regalados para poder defendernos y, sobre todo, al auxilio del Espíritu Santo, que, al ser bautizados, lo hemos recibido para, con Él, vencer inapelablemente a los poderes seductores e infernales del mundo, demonio y carne. Y esa debe ser nuestra fe. En ella debemos apoyarnos y descansar todas nuestras esperanzas. Xto. Jesús y yo, mayoría aplastante.

Conocer que nuestra fe pasará por momentos difíciles, por momentos de dudas y zozobras tempestuosas que la introducirán en un mar de oscuridades y vacilaciones, es saber que nuestra fe necesita ser probada. Y ese recorrido de dificultades y zozobras son las pruebas a las que está sometida y las que darán testimonio y certeza de que tu fe se sostiene firme. Pero, una firmeza apoyada en la Roca firme que es el Señor Jesús, sostén y baluarte de nuestra fe, alimentada y fundamentada en su Palabra y su Resurrección.

Nos experimentamos fuertes, seguros y firmes en muchos momentos de nuestra vida. Pero, no es así. Somos tremendamente frágiles, débiles y, a la menor zozobra, nuestra barca se tambalea y nuestra fe se desvanece. ¿Acaso tú no lo has experimentado? Esa experiencia nos demuestra nuestra gran debilidad y pequeñez. Necesitamos, pues, estar a su lado; rogarle que nos ase su mano y nos salve del hundimiento de nuestra fe y de sumergirnos en el lodo de este mundo. Confiamos en Ti, Señor.

sábado, 8 de agosto de 2020

DESCOMPROMETIDO Y ACOMODADO

MATEO 17, 14-20 | Mateo 17, Nombres de dios, Palabra de vida
Si tuviera que hacer una lista de mis gustos y deseos, saldrían muchas cosas que, en principio me apetecen, pero, luego no llenan mi alma de gozo y felicidad. Son instantes que, al igual que aparecen, desaparecen fugazmente. Por la Gracia de Dios, sé distinguir, de momento, lo bueno de lo no bueno e incluso lo malo. Sé apreciar y gustar lo que satisface y da gozo con sabor a eternidad de lo que es fugaz y huele a podredumbre e infelicidad.

Tener fe, aunque la medida de la misma sea poca, es escuchar la Palabra que nos dirige Jesús y, rumiada en mi corazón, llevarla a la vida para vivirla. Es decir, ponerla en práctica. Por tanto, se trata de dar la vuelta a esa posible lista de gustos y deseos y emprender el camino contrario siguiendo y realizando la Voluntad de Dios.

Tener fe es caminar en la actitud de perder mi aparente vida para ganar la real, la verdadera, que empieza cuando ésta se halla perdido aparentemente. Porque, la realidad es que la hemos ganado. Ganar, pues, la vida es hacer lo contrario a nuestros deseos y apetencias egoístas, porque, se trata de vivir, a pesar de los pesares, según la Voluntad de Dios y no según la mía. Y cuando estás abierto a eso y me esfuerzo en ponerlo en práctica, estoy descubriendo que tengo fe.

Por tanto, mi reflexión trata de descubrirme como pecador y amigo de mis gustos y apetencias, que no son precisamente las de mi Padre Dios. Y eso me lo dice Jesús, su Hijo predilecto, enviado a este mundo para guiarnos y no dejar que nos quedemos en nosotros mismos sino, comprometidos podamos romper esa descomprometida y acomodada  apetencia a hacer lo que nos gusta y ganar esta vida arriesgando perder la otra, la única verdadera y Eterna.