martes, 1 de diciembre de 2020

HUMILDAD Y CARIDAD

Lc 10,21-24

 

Ser humilde te lleva a ser caritativo. La humildad y la caridad van de la mano. "La humildad y la caridad son compañeras inseparables. La una glorifica, la otra santifica" (San Pio de Pietrelcina).  De modo que el Evangelio, la Buena Noticia, no puede ser acogida sino para aquellos donde la humildad y la caridad se hacen presentes.

La fe, don de Dios, nos es dada gratuitamente, pero nos exige humildad. Sin ella no se nos abren los ojos para ver y para responder. Porque, si no vemos, tampoco respondemos. Si mi corazón no se abre a la humildad, mi soberbia, mi prepotencia y mi orgullo no la dejan entrar en mi corazón. Ser humilde me hace pequeño y receptivo a la Gracia de Dios. Por tanto, conviene apartarse de aquellos que se jactan de sabios, de inteligentes y viven subidos a la suficiencia y prepotencia.

Yo, Señor, quiero presentarme ante Ti, pequeño y humilde, porque sé quién soy, siervo tuyo y creatura de tu mano. Y me abro a tu Gracia para que, recibiendo el dono de la fe alcance a ver tu Infinito Amor y Misericordia.

lunes, 30 de noviembre de 2020

CONVOCADOS A VIVIR LA FE

Mt 4,18-22

La llamada a la fe está impresa dentro de tu corazón. Dentro de ti mismo te sientes convocado a vivir la fe y a compartirla con otros donde experimentas fortaleza y te sientes apoyado. Esos sentimientos te descubren el noble deseo de hacer el bien y de amar a tus semejantes. Todos sabemos distinguir lo que está bien y lo que no lo está, y cuando actuamos - llevados por nuestros egoísmos, envidia, odio y deseos de venganza - mal, experimentamos remordimiento de conciencia. Es posible que no lo reconozcamos en algunos casos porque, nuestra conciencia se endurece y queda cegada y aprisionada en la cárcel del cuerpo.

Somos libres y gozamos de la capacidad para elegir el bien o el mal. Por tanto, depende de nosotros aceptar o no, a pesar de que tenemos muchas dificultades que nos esclavizan y someten, pero, contamos con el auxilio del Espíritu Santo que nos asiste, auxilia y nos guía si nos abrimos a su acción. Responder a esa llamada que no hace Jesús es responder al Espíritu Santo. Él es y debe ser nuestro guía y nuestro camino, porque su acción nos lleva al Señor.

Hoy, precisamente, hablaba con una indigente, que reconocía que era difícil salir de su propia indigencia. Y es verdad, le decía, pero, ¿qué se gana sin esfuerzo? Dios nos ha dado la capacidad y las potencias necesarias para luchar contra esa cárcel que nos esclaviza y nos oprime - nuestro cuerpo - y, lo que no podamos lo pone Él. Pero, es necesario nuestra colaboración, difícil y costosa, porque, con ella demostramos y probamos nuestra fe. No basta con decir creo, sino que la vida es ese tiempo donde tenemos la oportunidad de demostrarlo. Y Dios, nuestro Padre, espera que lo hagamos. 

Y nos llama a ese reto, a ese seguimiento cada día de nuestra vida. Responderle es precisamente acudir a esa llamada que nos hace. Y esa respuesta se renueva cada día. Es decir, cada día tenemos una nueva llamada y una nueva invitación a seguir a Jesús, a pesar de esas dificultades con las que tendremos que enfrentarnos cada día.

domingo, 29 de noviembre de 2020

UNA VIDA EN ACTITUD DE ESPERA


Es bueno esperar, porque esperar supone esperanza. Esperanza de algo bueno o, quizás de algo malo. Lo cierto es que siempre estamos esperando, porque, esa es la realidad de nuestra vida, siempre se espera que suceda algo. El tiempo no se detiene, camina y siempre está en movimiento y, por lo tanto, evoluciona para bien o para mal.

Sin embargo, para el cristiano, esperar significa alegría, gozo, una vida nueva y la llegada de una Buena Noticia de Salvación. Vivimos la esperanza del anuncio que deseamos y esperamos. Muchos, igual sin saberlo, pero todos deseándolo en lo más profundo de corazón. Porque, todos esperamos al Libertador que nos libere de la esclavitud del pecado. De ese pecado que somete a nuestro cuerpo, del que somos nosotros sus prisioneros. Es, por tanto, la hora del Adviento.

Pero, ¿a quién esperamos en el Adviento? El Adviento nos trae la presencia del Mesías encarnado en el vientre de María, su Madre y, más tarde, también la nuestra.  Un espera que nos traerá la Buena Noticia de Salvación que se concreta en esa Vida Eterna que todos deseamos. Pero, esa esperanza exige una espera activa, despierta, vigilante y atenta a la Palabra que nos anuncia el Camino, la Verdad y la Vida.

Una espera que también camina al ritmo de los pasos del Mesías que viene y que nos anuncia de Palabra y Vida el Amor del Padre Misericordioso y que nos promete eso que todos buscamos desde lo más profundo de nuestros corazones, la Vida Eterna.

sábado, 28 de noviembre de 2020

A LA ESPERA DEL FINAL

 

Acabamos el año litúrgico con el anuncio del final del mundo. Porque, todo lo que tiene principio tendrá fin, y si el mundo tuvo un principio, lógicamente tendrá un final. Pero, ese final nos lo anuncia Jesús advirtiéndonos de ciertas señales que se irán produciendo en el tiempo hasta su final total. Y, evidentemente, hay señales que nos van marcando una decadencia y un camino hacia la propia destrucción. Jesús lo ha anunciado y su Palabra siempre se cumple.

No cabe duda que, aun sabiendo que llegará la hora final, llegamos a perder la paciencia y a parecernos que ese prometido del final o está muy lejos o, incluso dudamos de que pueda llegar. Somos inconstantes, impacientes y débiles a las seducciones que el mundo nos propone. Y, desesperados nos abandonamos a la buena vida, a la bebida, a los vicios y damos la espalda a la presencia de Dios y a su promesa.

Al mismo tiempo, la vida nos va tejiendo una propia tela de araña en la que quedamos atrapados. Las prisas, los compromisos sociales, laborales y el vertigo de la propia inercia a que nos vemos sometidos ayudan a que nos olvidemos de que el mundo tiene su tiempo contado y desaparecerá. Necesitamos despertar y, agarrados al Señor, sostenernos activos y atentos, fortalecidos en la oración, tanto individual como colectiva - comunidad -. Porque, no podemos perder de vista que el compartir nuestra fe nos fortalece y  nos mantiene despiertos y atentos a esa segunda venida - promesa del Señor - donde se establecerá el Reino de Dios.

viernes, 27 de noviembre de 2020

LA HORA FINAL

Cada año experimentas la tentación de revisar tu vida, o de ponerte nuevos retos. Cada año es un terminar y empezar de nuevo con renovadas esperanzas. Esa es la intención y tambíén el esfuerzo. Posiblemente sea algo que duerme dentro de nuestro corazón y no podamos evitar. La hora final, nuestra hora final nos interesa y, también, nos preocupa. Y, en consecuencia, intentamos prepararnos para ese momento.

También sabemos que nuestra hora está marcada por, valga la redundancia, la hora de nuestra muerte. Que, sea dicho de paso, no sabemos el día ni la hora. Es posible que en algunos casos la veamos cerca, pero no sabemos el instante que decide presentarnos y... De la misma manera que ocurre eso, también - en nuestra vida - observamos brotes en las hojas de los árboles o que las hojas se caen. Deducimos con buen criterio que, en un caso empieza la primavera - verano, y en el otro, otoño - invierno.

¿Cómo no nos damos cuenta de otros signos y señales que nos anuncia el final de nuestra hora o la llegada del Reino de Dios? ¿Acaso estamos ciegos o miramos para otro lado? Posiblemente sea eso. Estamos bien instalados, cómodos y gozando de una buena salud y buena situación económica. ¿Para qué preocuparnos? Cumplimos con aquella parábola que Jesús nos contó del rico insensato - Lc 12, 13-31 - de la que estamos más cerca que lo que creemos.

Jesús nos advierte y nos llama a estar atentos y preparados. Es necesario proclamar que la vida y el mundo caminan y que el Reino de Dios se acerca. No sabemos la hora ni cuándo, pero si sabemos que llegarán. Y debemos estar atentos, observantes y disponibles a anunciarlo y a vivirlo según y en la Palabra de Dios y de acuerdo con su Voluntad.

jueves, 26 de noviembre de 2020

CAMINO DE LIBERACIÓN

(Lc 21,20-2

Lo primero que debe saber un cristiano es que seguir al Señor, a pesar de lo negro que se pueda ver respecto a los peligros y dificultades que se presentan, es el único camino que nos garantiza y nos asegura la Liberación de nuestra alma y la felicidad eterna. ¿Hay quien dé más? ¡Claro!, lo bueno cuesta y exige esfuerzo y sacrificio, pero, la esperanza de saber con plena seguridad a donde vamos y lo que está por venir es gozo, alegría y gloria pura. ¡Verdaderamente, vale la pena seguir al Señor!

No cabe duda que la vida se hace dura, difícil, a veces rutinaria y monótona. El suicidio es la consecuencia de esta desesperanza cuando no hay esperanza, cuando se apaga la luz y la ceguera nos conduce al precipicio y la vida se apaga. Y es que para una persona que su vida empieza en este mundo y, cree, que también en él termina, la vida debe ser - cuando llega la fatalidad - un infierno y el suicidio una salida, pero, nunca una liberación.

Sin embargo, para una persona creyente en Jesús de Nazaret, el momento final - la hora de su muerte - significa la hora de la liberación, la hora máxima y gloriosa del encuentro con Jesús de Nazaret, que ha venido a liberarnos del pecado y del sufrimiento. Por tanto, morir significa vivir. Vivir la verdadera Vida a la que todos estamos llamados, pero que muchos rechazan y no aceptan engañados y seducidos por los espejismos y falsas promesas de felicidad que les presenta este mundo.

Jesús nos anima y nos alienta ante los acontecimientos apocalípticos que sucedan  en el mundo: ...Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación».

miércoles, 25 de noviembre de 2020

UN CAMINO DE ESPINAS Y DOLORES

Lc 21,12-19

La vida no presenta un camino fácil. Ya, desde el comienzo - tu venida al mundo - llegas con dolores, llantos, esfuerzos, sufrimientos y, muchas veces, complicaciones para ti y tu madre, que te ha gestado en su vientre  - y, a partir de ahí, el camino está lleno de alegrías, tristezas, felicidad y sufrimientos. Lo triste del camino es que si tiene fin, todo se desvanece y se viene abajo, porque, ¿qué sentido tiene vivir para luego morir? Esa es la pregunta y de la que buscamos respuesta.

Es evidente que cuando decides seguir a alguien, importa conocer su camino, su anuncio y su proyecto. No puedes andar detrás de alguien sin saber a dónde va ni lo que persigue y promete. Posiblemente, das por descontado que el seguimiento a alguien te exigirá esfuerzo y dificultades. Pero, la pregunta viene otra vez al primer plano: ¿Vale pena seguir a ese alguien? Solo tú puedes dar respuesta a esa pregunta, pero, antes debe planteártela.

Jesús, a quien siguieron muchos, te habla muy claro y te descubre lo que supone seguirle. Te lo ha repetido varias veces y de diferentes formas, pero - en el Evangelio de hoy -  te lo dice así de claro:  (Lc 21,12-19): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles y llevándoos ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio. Proponed, pues, en vuestro corazón no preparar la defensa, porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y seréis odiados de todos por causa de mi nombre.

Decirlo más alto puede ser, pero, más claro imposible. Seguir a Jesús compromete, pero, a la pregunta que nos hacíamos antes (¿Vale la pena?) respondemos que Sí tajantemente. Porque, Jesús, el Señor, nunca exige sin prometer, precisamente, lo que sabe que buscamos: Pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».