sábado, 17 de agosto de 2024

LA ALEGRÍA QUE VIENE CON LOS NIÑOS

Es indudable que una casa con niños desborda bullicio, desorden, pero también alegría. Imaginarse una casa sin niños sería imaginar una casa triste, silenciosa, sin movimientos y sin esperanzas. Que decir de los pueblos sin niños. Dejarían de ser pueblos.

Los niños representan el futuro, la inocencia, la alegría, la obediencia y confianza en sus padres y personas mayores. Los niños llenan los pueblos y naciones de futuro y esperanza, y también de crecimiento hacia una perfección ascendente y mejor. Pero, tampoco hay duda de que los niños traen también problemas, tristezas y situaciones difíciles que nos complican la vida. Pero, esa es la esencia de la vida y la esperanza de vivir con sentido.

Me viene al pensamiento que éste que ahora escribe está humilde reflexión, también fue niño y, como es de suponer, nación en una familia y, en mi tiempo, en mi casa, nada de hospitales. Y, este niño, dio alegrías y también tristezas. Y en su desarrollo y camino ha experimentado alegrías y tristezas, salud y enfermedad, y ha hecho vida en su camino formando otra familia que ha originado lo mismo, alegrías y tristeza.

Pero, ¿qué es la vida? Una suma de alegrías y tristezas que nos sirven para madurar, para crecer y para darnos cuenta de que este mundo es un camino en busca de una verdad y de una vida eterna. Jesús, el Hijo de Dios, nos lo dice en este Evangelio: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos».

Tratemos, pues, de ser siempre niños, es decir, hijos confiados, obedientes y esperanzados en el Padre, que nos ha creado, nos ha dado la vida y nos espera para compartir con Él su Gloria, plena de felicidad eterna. Nunca olvidemos que nuestra Padre Dios es un Padre Bueno, Misericordioso y, a pesar de nuestras inocentadas como niños, nos acoge, nos abraza y bendice. Mantengamos siempre esa alma de niños e hijos de Dios.

viernes, 16 de agosto de 2024

EL AMOR ES UN COMPROMISO ETERNO

Sucede con mucha frecuencia, más de lo habitual, confundir el matrimonio con la pasión. Dicho de otra forma, la pasión es el vehículo donde se asienta la vida conyugal. Y, debilitada esta pasión, la unión conyugal pierde todo su sentido. Craso error que conlleva la ruptura matrimonial.

Nada más lejos de la realidad tener este concepto de lo que realmente es el matrimonio. Apoyar y fundar el Sacramento del matrimonio en la atracción física y sexual es el disparate más grande de la unidad conyugal. Con la edad, incluso con la convivencia asidua y sexual, surgirán problemas y, quieras o no, eso te exigirá soportar, aceptar y sacrificar muchas cosas que te resultarán pesadas, duras y hasta desilusionantes. La experiencia nos lo descubre en el tiempo.

Y llega el momento de que, sólo el compromiso de amar sin condiciones y estar dispuesto y abierto al servicio mutuo, dará sentido a la unión y al matrimonio. Porque, realmente, el amor es un compromiso para toda la vida y nunca se puede gastar, y menos acabar. El amor cuando es de verdad es eterno. ¿Entenderíamos que Dios, que nos ha creado por amor, dejará de amarnos?

Si en un momento determinado has decidido unir tu vida por amor a otra persona – hombre y mujer - ¿cómo puedes decir que ya no existe ese amor? Seguramente hay otras causas que están dentro de ti, otros deseos sexuales, otras ambiciones, otros proyectos y egoísmos que te impulsan a romper tu compromiso de amor. Y eso es una gran mentira a ti mismo. Amar exige esfuerzo, despojo, sacrificio y, sobre todo, compromiso. Y quien no entiende esto estará, como veleta al viento, saltando de nido en nido hasta que se canse y vea el vacío que ha dejado en su vida.

Es Palabra de Dios, el matrimonio, el verdadero matrimonio es para toda la vida. Y Dios no se equivoca. Somos nosotros los que nos equivocamos porque anteponemos nuestros egoísmos y satisfacciones a nuestros compromisos. Eso lo descubrimos realmente con nuestros hijos. Somos capaces hasta de dar la vida por ellos. ¿Y cómo no por nuestro matrimonio?

jueves, 15 de agosto de 2024

LA ASUNCIÓN DE MARÍA, LA MADRE DE DIOS

Encontrar las palabras precisas que expresen ese acontecimiento de la concepción de María y la revelación que hace su prima Isabel al descubrir su presencia, no es nada fácil. Primero, porque nos cuesta trabajo entenderlo, y segundo, porque escapa a nuestra experiencia. Es don de Dios y, por supuesto de fe, entenderlo y poder expresarlo.

Sin embargo, desde nuestra propia fe, la que, por la Gracia de Dios, tenemos en estos momentos, damos gracias por la presencia de María, su humildad y su fe con la que da respuesta afirmativa al Plan de Dios en ella. Y quedamos asombrados y perplejos a la revelación de Isabel – su prima – al recibirla y proclamar: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

Porque nos preguntamos, ¿de dónde sabe Isabel esa concepción de su prima María? No hay otra alternativa que ser iluminada por el Espíritu Santo. ¿Y no es eso un milagro? Y más todavía al responderle María con ese canto del Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos», donde manifiesta y descubre su fe y humildad.

Es de sentido común suponer y creer que María fue asunta al Cielo, pues ¿no es ese el mejor regalo que su Hijo podía darle, tenerla y llevarla con el a la Gloria de su Padre? Y, para nosotros, ¿no es el más y mayor regalo tener una Madre, como María, en el Cielo junto a su Hijo y a su Padre Dios? Yo, al menor, lo creo firmemente.

miércoles, 14 de agosto de 2024

CORRECCIÓN FRATERNA Y COMUNITARIA

No cabe ninguna duda que el error exige corrección, y si el errado persiste en seguir en esa actitud, debemos advertirlo y ponérselo en su conocimiento. Y, claro está, si aún así continúa en la misma actitud, debemos ponerlo en cuidado de algunos testigos, y de no acceder a la corrección, acudir al conocimiento de la comunidad.

De alguna manera es la lógica del sentido común. Actuamos así, quizás hasta de forma inconsciente o instintiva, cuando alguien se sale de la norma correcta aceptada en la sociedad o comunidad. Buscamos a alguien cercano que se lo diga; luego, caso de resistirse a aceptar corregirse, accedemos a algunos testigos que puedan presenciar esa rebeldía, y de ser necesario, lo pregonamos a la comunidad para que lo sepa e interceda a que se corrija. De lo contrario se le considera ajeno a la comunidad.

El problema que frecuentemente suele surgir es que la persona amonestada o corregida no acepta su corrección. Se rebela, se ensoberbece y se molesta. Normalmente la corrección termina con una ruptura y enfado. Eso nos obliga a ser muy prudentes; a actuar con sigilo y mucho cuidado, y, a veces, a no saber cómo actuar o tratar la forma de corregir. La cuestión es que sabemos que debemos hacerlo, a pesar de que nos arriesguemos a una ruptura en nuestras relaciones. Pero, siempre será mejor a que se continúe errando por ignorancia.

Ahora, quizás en muchos ocasiones, lo que sucede es que tratamos de solucionar el problema sin acudir primero a la oración, a pedir la intervención, el auxilio y la sabiduría del Espíritu Santo, para que nos ilumine y ponga en nosotros las palabras necesarias y precisas para corregir fraternalmente al hermano equivocado.

martes, 13 de agosto de 2024

EL SERVICIO EXIGE HUMILDAD

Será muy difícil servir sin humildad. El evidente que el servicio implica ser humilde, pues quien carece de la humildad le será muy difícil agacharse, empequeñecerse y ponerse en el último lugar. Por eso, para llegar a ahí necesitamos ser niños, es decir, pequeños, inocentes, confiados, obedientes, sin malicia, esponja limpia y abierta a engullir y aspirar todo lo que ve hacer a los demás. De ahí también nuestra responsabilidad, porque lo que verá el niño hacer, será lo que él también hará.

Ante la Palabra de nuestro Señor Jesús, necesitamos mostrarnos y ser como niños: abiertos, sin malicias, confiados, obedientes, necesitados, dependientes de esa Palabra que Dios, nuestro Padre, a través de su Hijo, nuestro Señor Jesús, nos proclama, nos da y nos enseña. Porque, ser como niños, nos hace escuchantes, obedientes, confiados, dependientes, necesitados y hacer lo que tu padre, en este caso, nuestro Padre Dios, nos manda, nos dice y nos enseña.

Sólo así iremos aprendiendo, construyéndonos, edificándonos  y creciendo apoyado sobre Roca firme – nuestro Señor Jesús – que nos ira modelando hasta convertirnos en personas humildes capaces de darnos y servir a los demás. Sobre todo a los más necesitados. Es entonces cuando llegamos a comprender que ser primero exige ser último. Último, para servir a los demás.

lunes, 12 de agosto de 2024

CAMINO DE MUERTE Y RESURRECCIÓN

Jesús sabe a donde se dirige y lo que va a sufrir. Y, es evidente, quiere compartirlo con los apóstoles para que no sean sorprendido y sepan a que atenerse. Es de sentido común que quieras preparara a los tuyo para lo que se avecina a fin de que asuman mejor la situación sin sobresaltos.

Sin embargo, los apóstoles no entienden y, claro, se entristecen. No cabe en sus cabezas lo de la muerte ni lo de la resurrección. Están, como es de suponer, tristes. Ahora, mirémonos nosotros: ¿Cómo acogemos esa noticia? Sabemos que también a nosotros nos toca esa hora, la muerte. Sin embargo, no pensamos en ella y, quizás por eso no nos afecta tanto. Incluso, cuando estamos enfermos siempre pensamos que vamos a curarnos y a vencer la enfermedad. Es evidente que hay algo dentro de nosotros que nos da esperanza y que nos ayuda mucho a vencer esa preocupación que no nos dejaría vivir en paz.

En el caso que no ocupa, Jesús, el Señor, sabe que vencerá a la muerte, pero quiere que nosotros nos enteremos y lo sepamos. Es más, que lo creamos, porque supuestamente no cabe en nuestras limitadas cabezas. Él es el Camino, la Verdad y la Vida, no hay muerte sino paso – Pascuas – de la muerte a la verdadera Vida Eterna en plenitud de gozo y felicidad. Y esa debe ser nuestra mirada, nuestro pensamiento, nuestra alegría y nuestra esperanza. ¡El Señor Vive, ha Resucitado y camina en y con nosotros!

domingo, 11 de agosto de 2024

Y HOY NOS SIGUE SORPRENDIENDO

Hoy seguimos con la misma cantinela: No entendemos, o no queremos entender a Jesús. Los connacionales de su tiempo le conocían, sabían, o mejor, creían saber de sus orígenes y no entendía como les hablaba de ese pan bajado del cielo. Hoy sigue todo igual o peor. La gente no entiende ni nunca podrá entender. Dios es inaccesible e ininteligible  y sólo nos queda creer en Él. La fe es necesaria, pero hay que pedirla, pues es un don de Dios.

Ahora, el fundamento de nuestra fe es la Resurrección. Al menos a mí me basta saber que Jesús, encarnado en naturaleza humana, pasó por este mundo y nos anunció que su Padre nos ama con Infinita Misericordia y nos invita a su Reino para vivir junto a Él eternamente. Murió crucificado en la Cruz en tiempos de Poncio Pilato, y al tercer día Resucitó. Y hoy, a pesar de la incredulidad de muchos, vive entre nosotros.

Él es ese Pan del Cielo del que hoy nos habla el Evangelio. Ese Pan Eucarístico que nos alimenta espiritualmente y nos da Vida Eterna. En Él ponemos toda nuestras esperanzas y de Él recibimos el alimento que nos sostiene, nos vitaliza y nos fortalece para alcanzar Vida Eterna.

Un Pan que se da y se parte para entregarse como alimento a todos. Un Pan que se hace Vida y se manifiesta en nuestra propia vida en la medida que también los que lo reciben, alimentados en Él, también se esfuerzan en darse y entregarse a los demás en servicio y misericordia.  Porque, así como nos ama nuestro Padre Dios, así debemos también amarnos entre nosotros. Esa es la consigna, el primer Mandamiento y el anuncio del Buena Noticia. Es notorio y muy claro que para ello necesitamos la fortaleza, la asistencia y la ayuda del Espíritu Santo. Para eso lo hemos recibido en nuestro bautismo.