viernes, 25 de septiembre de 2020

UN MESÍAS ENVIADO A MORIR POR NOSOTROS


Se hace difícil seguir a Alguien cuya misión es morir y dar su Vida por los demás.  Indudablemente que no se entiende, porque, no es una muerte cualquiera sino una muerte indigna consecuencia de ser condenado a morir crucificado en la cruz. La muerte más ignominiosa y cruel con la que se condenaba a los mayores delincuentes y malhechores de aquella época.

Esa es la misión del Mesías enviado que, preguntado a los apóstoles por la identidad de Jesús, Pedro responde identificándole con el Mesías prometido. Indudablemente, desconocen la misión de Jesús y, posiblemente, Jesús les invita a que no digan nada, pues todavía no entienden que significa Mesías prometido y enviado a dar su Vida por la salvación de los demás. Y es que un Mesías no se entiende si no es un triunfador y un vencedor en todos los órdenes, políticos y de poder.

Igual a nosotros nos ocurre algo parecido. Si ellos desconocían la verdadera misión de Jesús, nosotros ponemos en duda su triunfo y resurrección. Muchos no alcanzan a creer porque no entienden el triunfo de Jesús en la Cruz. Es, precisamente, el Amor lo que da sentido a la muerte de Jesús y lo que realmente redime al hombre. Es el Amor lo que salva eternamente y no origina una espiral de violencia, odios, memoria histórica, hoy llamada, erroneámente, demócratica y otras guerras interminables entre los pueblos y las ideologías que, erre que erre son oleadas de enfrentamientos, luchas y violencia que solo perjudican al pueblo y, precisamente, a los más pobres.

Jesús muere para salvarnos y para enseñarnos que, solo el amor, nos salva, nos hace mejores, nos da la paz y nos reúne en torno a la verdad y la justicia. Pero, a pesar de todos, muchos siguen empeñados y dirigir el mundo con el poder, la ambición y el estar por encima de los demás. Al final, sus cruces, porque, sus cruces llegarán, serán cruces de desesperación, sin sentido y de perdición.

jueves, 24 de septiembre de 2020

CONOCERLE PARA AMARLE

Lc 9,7-9

Una de las premisas más certeras es la de saber que para amar hay primero que conocer. No se puede amar aquello que no se conoce. Por tanto, amar a Jesús supone primero conocerle y eso, exige y significa que nuestra búsqueda de conocimiento debe ser humilde, querida y disponible a recibir y conocer. Porque, si lo que busco es satisfacer mi curiosidad y acomodar mi conciencia a mis gustos, apetencias e intereses, me estoy equivocando tal y como le sucedió a Herodes y otros muchos.

La gran equivocación, es decir, nuestro gran error es buscarle y acercarme a Él sin el propósito de encontrar la verdad y escuchar su Palabra. Quizás equivocamos el camino o nuestra actitud, porque, en el mundo no hayamos la respuesta a los interrogantes que subyacen dentro de nuestro corazón. Sin embargo, la invitación a que vayamos y veamos está presentada y siempre activa.

La cuestión es preguntarnos qué actitud tengo y por qué le busco. Es cuestión de curiosidad o, por el contrario, busco una respuesta que dé sentido a mi vida. Porque, dependiendo que sea una u otra actitud la cosa cambia. El encuentro con Jesús, si es serio y en actitud de búsqueda de la Verdad cambia profundamente el rumbo de nuestra vida y, también, transforma nuestro corazón. Pone la jerarquía de tus valores siguiendo un orden donde el primer lugar es para el amor.

Un amor que, primero, se manifiesta en Jesús y, luego, se contagia en el tuyo, transformándolo y dándole vida semejante al suyo. Porque, amar es el punto de partida que nos une a Jesús y transforma nuestra vida llenándola de gozo, de amor y de paz.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

EN RESPUESTA AL ENCUENTRO CON JESÚS


 

El encuentro con Jesús no nos puede dejar igual, porque, de ser un encuentro auténtico produce un cambio de rumbo en tu vida. Si eso no se produce se descubre que tampoco el verdadero encuentro no se ha producido. De modo que, decimos que hay encuentro cuando tu vida empieza a girar en torno y al estilo de Jesús. Y eso empiezas a experimentarlo dentro y en lo más profundo de tu corazón.

Y esa es la misión a la que el encuentro con Jesús te envía, tal y como se manifiesta hoy en el Evangelio - (Lc 9,1-6): En aquel tiempo, convocando Jesús a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades; y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar. Y les dijo: «No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno. Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de allí. En cuanto a los que no os reciban, saliendo de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos». Saliendo, pues, recorrían los pueblos, anunciando la Buena Nueva y curando por todas partes -. 

No se trata de iniciar tu misión o de anunciar otra misión propia tuya. Se trata de continuar esa Misión de Jesús que ha nacido en tu corazón tras el encuentro personal con Él como resultado de su anuncio. Y si has tenido ese encuentro trascendente y responsable con Jesús, y, además, has recibido al Espíritu Santo en la hora de tu bautismo, estás también comprometido a anunciar la Buena Noticia que consiste en la llegada del Reino de Dios. Y una Buena Noticia se anuncia espontáneamente, casi sin querer y de forma natural, con alegría y entusiasmo.

El amor se nota y se ve, porque, el Reino de Dios es un Reino de paz, justicia y amor. Y, esa clase de Reino gusta a todos y es bueno para todos. Sin embargo, a pesar de ser una Buena Noticia, muchos la rechazan porque se dejan encandilar por las seducciones de este mundo, que a pesar de ser espejismos, atraen por su inmediatez aunque efímera y falsa.

martes, 22 de septiembre de 2020

UNA NUEVA FAMILIA

 

 Es cierto que Jesús nace en una familia. Necesita el calor de un padre y una madre y un hogar estable para crecer y madurar. La familia es la célula de la sociedad, y, Jesús, nace en una de tantas familias de su época donde transcurre sus primeros treinta años aproximadamente. Una familia sencilla y humilde en la que su padre adoptivo, José, desarrolla el oficio de carpintero para ganarse el sustento de cada día.

Sin embargo, la misión de Jesús no es quedarse en esa familia, sino la de formar una Nueva Familia, la Familia de los hijos de su Padre Dios, por y para lo que ha sido enviado a este mundo. Y eso Buena Noticia empieza a decírnosla en el Evangelio de hoy: (Lc 8,19-21): En aquel tiempo, se presentaron la madre y los hermanos de Jesús donde Él estaba, pero no podían llegar hasta Él a causa de la gente. Le anunciaron: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte». Pero Él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen». 

Y así es. La Nueva Familia de Jesús son todos aquellos que cumplen la Voluntad de Dios. Y, por supuesto, con estas Palabras de Jesús - mi madre y mis hermanos... - viene a descubrir que tanto su Padre adoptivo, como su Madre cumplen con la Voluntad de su Padre del Cielo. Ambos han dejado su voluntad, sus ideas, sus proyectos para asumir y aceptar la Voluntad de Dios.

Ahora, nosotros podemos preguntarnos, ¿también ponemos nosotros primero en nuestra vida la Voluntad de Dios? ¿Y cuál es su Voluntad? ¿No nos lo dice Jesús en repetidas veces? Se trata, pues, de amar y amar.

lunes, 21 de septiembre de 2020

¿LIBERTAD O ESCLAVITUD'

(Mt 9,9-13

En el fondo, aunque sabemos que no somos libres, seguimos pensando que los somos, porque podemos elegir y hacer lo que, aparentemente, nos venga en ganas. Sin embargo, la experiencia nos dice que esa no es la realidad y que no hacemos lo que pensamos que debemos hacer y de la manera que debemos actuar. En el fondo conocemos lo que está bien y lo que no lo está. Es decir, sabemos cuando estamos en pecado porque nuestra conciencia nos lo descubre.

En muchos momentos hemos experimentados situaciones que nos descubren lo débil de nuestra voluntad y, reconociendo que debemos actuar en verdad y justicia, actuamos de forma diferente y bajo la mentira y la injusticia. Es decir, miramos por nuestro propio interés y egoísmo. Nos viene al corazón una pregunta: ¿En realidad somos libres o esclavos? Porque, nos damos cuenta que, no queriendo, experimentamos que no podemos resistirnos a nuestras propias apetencias y egoísmos.

Y, abundando en esta experiencia concluimos que solo la Verdad nos hará libres. Libres para decidir hacer el bien, vivir en la verdad y ser generosos, honrados y misericordiosos, resistiéndonos a la maldad, la mentira y las injusticias que buscan y persiguen someternos y alejarnos del Señor.

domingo, 20 de septiembre de 2020

DERECHOS O MISERICORDIA

Mt 20,1-16


Nuestra idea de justicia está muy lejos de la de Dios. Mientras nosotros pensamos, a más méritos, más recompensa; a más tiempo y obras, mayor salario. Nuestra razón no alcanza a entender las razones de Dios, y mientras a nosotros nos parece que el tiempo, la cantidad y las obras son directamente proporcionales a los salarios o recompensas, con Dios no funciona así.

En la parábola que Jesús nos cuenta hoy, una hora para el Señor de la Viña puede ser suficiente para recompensarle con el salario de una jornada completa. Al parecer es el tiempo ni las muchas obras lo que premia el Señor, sino la disponibilidad, la buena intención y la actitud del corazón. Sorprende, pues, desde la razón humana, que a los últimos de esta parábola, el Señor de la Viña les pague lo mismo que a los que han trabajado todo el día. No entra en nuestras cabezas esa forma de establecer derechos y justicia.

Pero, ¿olvidamos que el Señor de la Viña, no solo nos da el trabajo sino que también es Señor del tiempo, la vida y todas nuestras obras? Por Él somos y existimos y, aunque nos ha regalado también la libertad para elegir ir, hacer y obedecer, Quizás, esa sea, aunque es también un regalo de su Amor e Infinita Misericordia, la alternativa a responderle o rechazarle.

De cualquier modo, para el Señor de la Viña, no cuentan ni las obras, ni las horas de trabajo como lo verdaderamente importante, Él solo nos pide la entrega de nuestra libertad, recibida gratuitamente, porque todo lo demás corre por su cuenta, es decir, son añadiduras que el Señor nos regala a nuestra respuesta de corazón de acudir a su llamada. ¿Acaso no nos damos cuenta que el Señor sale cada día a invitarnos a su Viña para que, auxiliados y asistidos por el Espíritu Santo, demos los frutos que a cada uno corresponde dar al amor que Él nos da?

sábado, 19 de septiembre de 2020

LA SIEMBRA DE TU VIDA

 Lc 8,4-15

 

Quieras o no, tu vida es una siembra, porque, en tu camino irás dejando la huella de tu vivir y los hechos con los que vas construyendo tu vida. Esa es tu siembra y de ella obtendrás los frutos que, en tu camino y con el tiempo, la tierra de tu corazón va produciendo. Ni que decir tiene que, la calidad de esos frutos dependerá del amor con el que se haya ido cultivando.

Posiblemente, muchas de tus pequeñas semillas no caerán en la tierra que tú deseas y, arrastradas al camino serán pacto de las pisadas de los que por allí pasan y de la comidas de los pájaros. Son semillas fugaces que de la misma manera que caen en la tierra, son devoradas por las palabras que se lleva el viento enviado por el diablo. Otras, quedarán atrapadas entre pedrusco que le impedirán crecer y desarrollarse, y, aunque por algún tiempo creen y se entusiasman, pronto terminaran desencarnadas y sin raíces que les impedirán crecer y dar frutos. También están aquellas que, crecidas entre zarzales escuchan la Palabra, pero, seducidos por los afanes, ambiciones y placeres del mundo, terminan abandonando.

Por último, están aquellas semillas que caen en tierra buena y hunden sus raíces en la profundidad de sus corazones hasta fortalecidas con la Gracia de Dios, mueren y dan frutos. Abundantes frutos buenos que perseveran hasta entregar sus vidas. Ahora, la cuestión es preguntarnos, ¿dónde han caído las semillas que, a lo largo de mi vida, he ido sembrando durante mi camino?

Responder a esa pregunta irá clarificando la siembra de mis semillas y los frutos que he dado. Bien está confesar que soy consciente de que muchas de mis semillas han caído a la orilla del camino; otras entre pedruscos y zarzales y, quizás las menos en tierra buena. Ese es mi propósito, esforzarme en que las semillas que restan a mi vida vayan cayendo en tierra buena y dando buenos frutos.