sábado, 6 de septiembre de 2025

EL SÁBADO EN FUNCIÓN DEL HOMBRE

Lc 6, 1-5

     Pedro miró a Manuel fijamente. Frunció el ceño y, con gesto serio, le preguntó:
    —¿Qué piensas de la ley?
    —¿A qué ley te refieres? —respondió Manuel, intrigado.
    —A la ley en general.
   —La ley es para cumplirla. Si no, sobra. ¿Qué sentido tiene poner leyes que nadie respeta?   
    —Ninguno —admitió Pedro.
    —Entonces, ¿por qué lo preguntas?
    Pedro suspiró:
    —Estaba leyendo el Evangelio —Lc 6, 1-5—, cuando los discípulos arrancan espigas y las comen. ¿Eso rompe la ley del sábado?
    Manuel pensó un momento antes de responder:
    —El sábado es un regalo. Es tiempo de descanso, como cuando el Creador descansó tras su obra. Es día de oración y de paz; ocasión para estar con Dios y con los demás.
    —Pero… ¿no están faltando a la ley?
    —Depende de cómo la mires.
    —¿Cómo que depende? ¿Acaso la ley puede mirarse de otra forma?
    —Tal vez quebranten la letra de la ley, pero no su espíritu. El sábado fue dado para el bien del hombre y la mujer. Dios, que es Padre, lo pensó para que crezcamos en lo más humano y verdadero.
    Pedro asintió lentamente.
    —Entonces, lo importante no es la letra, sino el espíritu de la ley.
    —Exactamente —dijo Manuel—. Pregúntate: ¿está el hombre en función del sábado o el sábado en función del hombre? ¿Qué pesa más: el sábado o el bien de la persona?
    —Claro… El hombre está por encima de la ley.

    Pedro sonrió. Lo había entendido: el sábado es para el hombre, nunca el hombre para el sábado. Encontró paz al descubrir que el amor es la esencia de toda ley.

viernes, 5 de septiembre de 2025

EN LA PRESENCIA DE JESÚS

Lc 5, 33-39

     Era día de fiesta. Se celebraba una boda y, como miembro de la familia, estaba invitado. Pensé: «hoy haré día libre, dejaré la dieta aparcada. Es día para celebrar la boda de estos amigos»

    De esta manera, Pedro, había borrado la dieta de ese día para celebrar la alegría de la celebración de la boda. Y es que, a veces, por circunstancias especiales, hay que interrumpir la dieta o ayuno, para disfrutar del momento puntual que se presenta en nuestra vida. Ya, cuando el momento sea el adecuado, tomaremos de nuevo la dieta, o haremos el ayuno pertinente.
    Viendo llegar a Manuel, aprovechó para pedirle su opinión al respecto.

    —Manuel, ¿qué opinas sobre suspender las dietas en algún momento determinado?
    —¡Hombre!, el sentido común te dice que, puestos a celebrar algo especial, se puede dejar la dieta o el ayuno pertinente, para disfrutar del momento presente.
    —Eso había decidido. ¿Qué te parece?
    —Pues, muy bien. Hay un pasaje del Evangelio, precisamente en Lc 5, 33-39, donde Jesús, en respuesta a fariseos y escribas, que le reprochaban que sus discípulos no ayunaban, dice:
    «¿Acaso podéis hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, entonces ayunarán en aquellos días».
    En la presencia de Jesús nadie se acuerda del ayuno. Todo está centrado en celebrar el encuentro con Él. ¡Es el Mesía, el Salvador que nos librará de la esclavitud! No hay lugar para el ayuno, sino para la fiesta.
    —Estoy de acuerdo. Sería contradictorio ponerse triste cuando hay motivos para estar alegre; privarse de algo cuando no hay por qué hacerlo. ¿No piensas, Manuel, que eso es lo correcto?
    —Totalmente, el ayuno, de cualquier tipo, está reservado para momentos de penitencia, de sobriedad y de entreno, para guardar el equilibrio y no dejarnos dominar por el vicio, el ego, bienestar y comodidades. Es aconsejable para luchar contra el relajamiento excesivo, la indisciplina y flaquezas que llevamos en nuestra naturaleza.

    El Espíritu de Jesús sigue soplando, trayendo novedad e invitándonos a ser valientes y estrenar caminos.

jueves, 4 de septiembre de 2025

NECESIDAD DE CONFIANZA

Lc 5, 1-11

   La confianza es algo que está cada día en tela de juicio. Puedes fortalecerla siendo fiel a tus principios, o puedes perderla cuando decides saltarte alguno de ellos. Quienes te ven dudan y su confianza en ti se resquebraja.
    Pedro había vivido alguna de esas vivencias de pérdida de confianza. Y había oído de otras. No cabe duda de que la confianza tiene un valor inmenso. Sin ella se hace difícil relacionarse. Necesitas confiar y eso exige signos y pruebas que la fortalezcan.

    —Buenos días, Manuel. Estaba pensando sobre el valor de la confianza, ¿qué opinión tienes sobre ella?
    —Sin confianza no puedes seguir a nadie. ¿Cómo puedes vivir con unos padres de los que no te fías? Incluso, siendo niño, te asusta y huyes de su presencia. La confianza es vital para convivir.
    —Lo mismo pensaba yo. No puedo imaginarme un mundo sin confianza. Precisamente, de la pérdida de ella nacen los conflictos y guerras.
    —Exacto. No podrás seguir a nadie en el que no tengas confianza. Le sucedió a Pedro, apóstol, cuando, a pesar de no tener confianza en lo que le dijo Jesús, obedeció y remó mar adentro. La pesca que hizo fue enorme, hasta el punto de que la barca amenazaba con hundirse. Eso está en Lc 5, 1-11.
    —¿Y eso le bastó para seguirle?
    —Eso fue un milagro. Habían estado toda la noche pescando sin estrenarse. Y, por no contradecirle, volvieron a la pesca. Y el resultado apoteósico. ¿Qué te parece? Pedro se llenó de estupor y se echó a los pies de Jesús.
    —¿Y qué pasó?
    —Le dijo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador»
    ― ¿Y qué respondió Jesús?
    —«No temas, desde ahora serás pescador de hombres».

    No cabe ninguna duda, Pedro, la confianza es la seguridad que tenemos sobre una persona, situación o nosotros mismos, basada en la creencia de que algo o alguien actuará como se espera. Es un pilar fundamental para construir relaciones sanas, la cooperación social y el bienestar individual, permitiendo a las personas tomar riesgos, fijar metas y superar desafíos. 

La autoridad con la que Jesús hablaba generaba entusiasmo y confianza, y eso motivaba a seguirle.

miércoles, 3 de septiembre de 2025

SANADOS Y RESTAURADOS

Lc 4, 38-44

    Se sentía incómodo con la autodisciplina que cada día se imponía. Los horarios le pesaban y sentía que le robaban esa improvisada libertad que tanto valoraba. En muchos momentos le asaltaba la idea de abandonar toda regla y disciplina.
    Un cambio reciente en el horario de misa, aunque simple y rutinario, trastocó su día a día y le puso nervioso. Trató de buscar silencio, de no precipitarse ni desesperarse. Sabía que el demonio estaba atento para aprovechar estos momentos. Tomó el Evangelio del día y leyó (Lc 4,38-44):

    “En aquel tiempo, saliendo de la sinagoga, Jesús entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con mucha fiebre, y le rogaron por ella. Inclinándose sobre ella, conminó a la fiebre… Salían también demonios de muchos, gritando y diciendo: ‘Tú eres el Hijo de Dios’. Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que Él era el Mesías... "

    Se detuvo, levantó la mirada y pensó: “El Señor es mi luz y mi salvación”.

    —Buenos días, Manuel, te noto algo místico. ¿Acaso estás rezando?
    —No exactamente, pero estaba reflexionando sobre el cansancio que siento con el trajín diario.
    —¿A qué trajín te refieres?
    —Al que nos imponen el mundo, el demonio y la carne. Estos momentos de cansancio son los que el demonio aprovecha para tentarnos y apartarnos de Dios.
    —¿Crees que el demonio conoce tus debilidades?
    —Sabe de su poder de seducción, y conoce nuestras flaquezas. Aprovecha cualquier momento de debilidad para lanzarnos sus tentaciones.
    —¡Entonces siempre estamos en peligro!
    —No lo dudes. Pero el demonio también reconoce a Jesús, y huye ante su presencia. Él tiene poder sobre él, lo conmina y no le deja hablar. Nos libera. En Él pongo toda mi esperanza.

    Manuel encontró la serenidad que buscaba en el silencio, en la presencia del Señor. Escuchar su Palabra y dejar que penetre en nuestro corazón nos llena de paz y nos libera de los peligros del mundo, el demonio y la carne.

martes, 2 de septiembre de 2025

ENSEÑANZA QUE ASOMBRA

Lc 4, 31-37

    Estaba desesperado; no podía controlarse y por su cabeza entraban y salían múltiples pensamientos por segundo. Pensó:
    «Estoy dispuesto a cometer una locura. ¡Dios mío!, ¿qué me pasa?»
    Eso le decía un amigo a Pedro mientras tomaban un café en la terraza. No entendía cómo podían ocurrirle esas cosas. Pedro, con los ojos abiertos como lamparones, permanecía atento, sin parpadear. No asumía lo que le contaba su amigo, ni sabía qué decirle. Al ver llegar a Manuel, se apresuró a llamarlo:
    —Manuel, escucha lo que dice este amigo.
 
    Enterado Manuel de la situación que sufría aquel compañero, hizo una pausa, como queriendo dar tranquilidad. Tomó su café y, con aire de serenidad, comentó:
    —Es lo típico del maligno: ataca a quienes ve más cerca del Señor. Y cuando ve que los puede perder, trata de seducirlos o enemistarlos con Él.
     —¿Y crees que —dijo Pedro— eso le está pasando a él?
    —No puedo asegurarlo, pero suele ser la táctica demoníaca para alejar a las personas del Señor. Esto me recuerda el pasaje de Lc 4, 31-37:
    Jesús estaba enseñando en la sinagoga cuando un hombre poseído por un espíritu inmundo gritó con voz fuerte:
    «¡Basta! ¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ...»
    —¿Y qué sucedió? —exclamó Pedro.
    —Jesús le increpó diciendo: «¡Cállate y sal de él!». Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño. Todos, dice el Evangelio, quedaron asombrados y decían:        «¿Qué palabra es esta? Ordena con autoridad y poder a los espíritus inmundos, ¡y salen!»
    —¡Verdaderamente asombroso!
    —Aquel hombre estaba desgarrado interiormente por un espíritu que lo desquiciaba. En la oscuridad de su interior aparece Jesús sanando y devolviendo la armonía perdida. Jesús desata y libera, ayudando a que la persona recupere el dominio de sí y su capacidad de comunicarse serenamente con los demás.
 
    El Señor cura nuestro interior dañado por heridas, límites y fracasos, y nos devuelve a una vida pacificada al servicio del Reino.

lunes, 1 de septiembre de 2025

UN HORIZONTE DE VIDA UNIVERSAL

Lc 4, 16-30

    Hay momentos en que me siento mal. No acepto el sufrimiento de tanta gente en tantas partes del planeta, cuando hay pueblos que podrían evitarlo. No me parece justo.
    —¿Tú qué piensas, Manuel?
    —Que estamos llamados a la solidaridad. Son seres humanos que, unos por sometimiento de otros, y otros por falta de recursos, viven en la miseria y sin lo necesario para subsistir.
    —Me parece un gran problema.
   —Sí, porque el hombre insiste en no escuchar a Jesús. Cree que es superior a otros, que tiene más derechos. No entiende que todos somos hijos del mismo Dios, y que Jesús vino a anunciárnoslo.
    —También pienso que ese es el problema.
   —Si lees el pasaje, Pedro, verás cómo Jesús explica que Elías fue enviado a una viuda de Sarepta, en territorio pagano, y que Naamán, el sirio, fue curado en tiempos de Eliseo. Y es que sus paisanos reclamaban una exclusividad que Jesús no comparte. Desde la perspectiva de Dios, todos somos sus hijos. Solo los últimos y olvidados reciben trato preferencial, porque necesitan más atención y cuidado.
     —Realmente lo es, Pedro. Jesús vino para eso. Lo dice claramente en Lc 4,16-30:
«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor».
Y comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír». Jesús ha venido precisamente a eso: a señalarnos el Camino, la Verdad y la Vida. A instaurar una fraternidad universal que socorra a los pueblos más necesitados.
    —Pero… ¡no pasa nada! ¡Siguen muchos pueblos sufriendo! —exclamó Pedro preocupado.

    Todo quedaba claro: Jesús es el enviado del Padre para dar vida a los oprimidos, el amigo de los desechados. Y, como sucede hoy, son sus propios paisanos los primeros en rechazarlo.
Ningún profeta es aceptado en su tierra.

domingo, 31 de agosto de 2025

CUANTO MÁS HUMILDE, MÁS GRANDE

Lc 14, 1. 7-14

    La vida parece injusta para muchos. El lugar donde naces, tu familia, tu raza o tu cultura pueden marcar privilegios o condenarte a una existencia difícil y esclavizante. No en todas partes los derechos humanos son respetados, y esa desigualdad hiere la dignidad.
 
    —¿Cómo ves este problema, Manuel? —preguntó Pedro.
   —Con preocupación —respondió Manuel—. La vida es un don gratuito, ofrecido a todos por igual. Pero hemos creado un mundo de méritos, recompensas y ambiciones que favorecen a unos y dejan atrás a otros.
     —Coincido contigo. Es inaceptable que se trate a las personas de manera distinta.
    —Si aprendiéramos a abrirnos a todos por igual, el mundo sería diferente. Jesús lo enseñó en una parábola (Lucas 14,1.7-14). En ella, el banquete de la vida es gratuito, y los invitados privilegiados son los pequeños: pobres, lisiados, cojos y ciegos. Según la lógica de Dios, los más necesitados tienen preferencia sobre quienes pueden valerse por sí mismos.
     —Es justo —asintió Pedro—. Es natural dar prioridad a quienes más lo necesitan.
   —En el Reino no hay méritos que mostrar ni recompensas que reclamar. Solo queda agradecer al Padre por su generosidad y gozar de la mesa común.
      —¡Qué mundo tan distinto sería ese! —comentó Pedro.
   —Así es —respondió Manuel—. Un Reino abierto a todos, puro regalo y espacio de acogida. Pero nuestra lógica humana, con frecuencia, pervierte ese don y lo somete a nuestro ego.
    —Lo noto en mí —dijo Pedro pensativo—. Busco reconocimientos, privilegios, aplausos…
    —Y somos capaces de someter hasta lo más sagrado, la dignidad humana, por subirnos en pedestales.
    —¡Qué ceguera la nuestra! —exclamó Pedro.
   —El banquete del Reino solo entiende de fraternidad, no de títulos; de igualdad, no de deferencias. Cuando lo asumimos, la vida se transforma y adquiere el signo de una verdadera familia humana reconciliada. El Padre nos invita a un banquete donde todos caben, y donde los últimos son los primeros.