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lunes, 26 de septiembre de 2022

SENSIBLES Y COMPASIVOS ANTE LA DEBILIDAD

El niño es el ser más indefenso del planeta. Y, lo es por muchos años. Necesita una protección, no solo física sino espiritual y psíquica de sus padres, e incluso de su entorno familiar y social. Por eso, los derechos de los niños son sagrados. Derechos a la vida, a ser protegidos de escándalos que los confundan y los orienten mal.

El niño necesita mucha protección porque su debilidad intelectual y pequeñez lleva mucho tiempo para madurar. Y madurar en el bien, la verdad y fraternidad. Orientarle, desviarle y utilizarle será muy grava. Jesús lo denuncia hoy gravemente en el Evangelio: (Lc 9,46-50): En aquel tiempo, se suscitó una discusión entre los discípulos sobre quién de ellos sería el mayor. Conociendo Jesús lo que pensaban en su corazón, tomó a un niño, le puso a su lado, y les dijo: «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre vosotros, ése es mayor».

Por tanto, recibir, acoger, educar y buscar el bien del niño es recibir al Señor y abrirle nuestro corazón. Y sabemos la dificultad por la que pasan los niños hoy, empezando por el tiempo de gestación que pasan dentro del vientre de sus propias madres. Los peligros que, aparentando derechos de género ideológico, aplican a edades tempranas e inmaduras que los niños no pueden asimilar ni entender.

Así sucede también entre los mayores donde la ambición al poder, al desenfreno de los placere, las riquezas, el éxito y todo lo que da autoridad de poder someter al otro desencadena enfrentamientos y luchas. Tratemos, tal y como nos dice Jesús en el Evangelio de hoy lunes: -Tomando Juan la palabra, dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no viene con nosotros». Pero Jesús le dijo: «No se lo impidáis, pues el que no está contra vosotros, está por vosotros» - hacer el bien y sumarnos a todos los que lo hacen. Porque, quienes hacen el bien en la verdad y la justicia están amando. Por tanto, no lo impidamos porque no va contra nosotros sino a nuestro favor.

miércoles, 2 de octubre de 2019

EN LA SENCILLEZ Y NATURALIDAD COMO LOS NIÑOS

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Mt 18,1-5.10
Nuestras aspiraciones son humanas y nos arrastran a la materialidad. Trabajamos para destacar y ser admirados por los demás y nos gusta, gozamos de ellos, divulgar y enseñar todo lo bueno que hacemos para darnos valor ante los demás. Sin embargo, escondemos las que nos parece que no nos dejan tan bien. Por otro lado, al estar formados por cuerpo y alma, también tenemos aspiraciones espirituales y trascendentes,

La lucha está servida y cada día nace un nuevo día cargado de nuevos afanes, pero también problemas. Cada día es una lucha contra nosotros mismos y tenemos que sobreponernos a nosotros mismos, a nuestras apetencias, pasiones, comodidades y egoísmos. La lucha está servida entre lo material y lo espiritual. Sin darnos cuenta primamos nuestras aspiraciones materiales sobre las espirituales y eso nos supone un serio peligro.

Queremos destacar y ser más que los demás y tratamos de ridiculizar o empequeñecer la imagen de los que nos rodean. Escondemos nuestros defectos y exaltamos nuestras virtudes. De alguna manera vivimos en la apariencia y en la falsedad mostrándonos no como realmente somos, sino como nos gustaría que los demás pensaran de nosotros. Buscamos los fallos de los demás para enaltecer los nuestros. Todo lo contrario a lo que realmente pensamos que debe ser, pero nos escondemos hipócritamente en nosotros mismos.

Y Jesús nos propone ser como niños. Niños, que no significa ser como un niño, sino hacernos pequeños y sencillos y reconocernos pecadores y no mejor que otros. Ser consciente de que necesitamos a Dios y somos pequeños ante Él. Ser naturales, confiados y abiertos a abrirnos al Señor y a confiar en Él. De eso se trata, de abajarnos y de reconocernos pequeños ante Dios y de tomar conciencia de sabernos protegidos, vigilados y cuidados por tus ángeles enviados a acompañarnos y a auxiliarnos en nuestro vivir de cada día.

martes, 13 de agosto de 2019

SENCILLOS Y CONFIADOS COMO NIÑOS


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Mt 18,1-5.10.12-14
Mientras eres niño no te planteas grandes cosas. Eres pequeño y, por lo tanto, sencillo y todo lo dejas en manos de tus padres terrenales. Te sientes incapaz de procurarte tus necesidades, pero no te agobias ni te sientes triste por ello porque para eso están tus padres. Esa confianza agradecida y plena en tus padres es la que Jesús pide para ti cuando ya has crecido. 

Ser como niño es, así como ellos tienen esa simplicidad y confianza en sus progenitores, también tú tenerla en tu Padre Dios. Es confiar plenamente en Él tal y como los niños confían en sus padres. Y para eso hay que luchar día a día contra el endurecimiento de nuestros corazones. Porque, la vida nos lo va endureciendo y haciéndolo impermeable al amor de Dios.

Ser como niños es no buscar los puestos privilegiados ni aspirar a los más altos, sino todo lo contrario. Es simplemente aceptarse y conformarse con ser hijo de Dios que es lo más grande a lo que podemos aspirar. Es confiar en que tu Padre que te ve te dará todo lo que necesitas para ser feliz. Y esa es la Voluntad del Padre, no tanto que seas pequeños, sino que aspires a lo pequeño, a ser sencillo y pequeño, es decir, humilde.

Tener pendiente de que todo lo que somos lo hemos recibido de Dios y que de la misma manera que lo hemos recibido debemos compartirlo es abajarnos y abrazar la humildad de experimentarte uno más entre todos y, por lo tanto, considerarte pequeño y vivir en actitud de humildad ante los demás pensando que siempre recibiremos de Dios todo lo que necesitamos y somos.

sábado, 24 de noviembre de 2018

RESURRECCIÓN

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Lc 20,27-40
Si te empeñas en querer entender la resurrección te será imposible, pues tú capacidad finita y limitada no alcanza la inmensidad y grandeza de Dios, infalible, todopoderoso y creador de todo lo visible e invisible que hay en todo el universo, incluido el mismo universo. Y, posiblemente, en ese empeño levantarás una barrera infranqueable que te impedirá estar abierto a recibir la fe. Ese don que sólo Dios lo puede dar.

Una fe que exige la condición de la humildad, que significa aceptar tu pobreza, tus limitaciones y tu pequeñez, para poder recibirla. Y no es nada fácil el esfuerzo de hacerse pequeño, pobre y humilde, como si de un niño se tratara, para recibirla. Experimentas pronto la necesidad del Espíritu Santo para que con su auxilio poder ser receptor y estar abierto al don de la fe.

Dios es inalcanzable e Infinito, y el hombre y la mujer, sus criaturas, nunca podrán abarcarle, comprenderle y, menos, entenderle. Nuestra imaginación no puede imaginar, valga la redundancia, como será ese misterio de la resurrección ni tampoco como será ese otro mundo tras la resurrección. Sin lugar a duda que nuestra razón intuye que no será como este, pero imposible llegar a imaginárnoslo. No habrá familias, matrimonios, ni una vida como esta.

Sería una locura atrevernos a imaginarlo. Experimentamos nuestra pequeñez y eso debe valernos a considerar lo que realmente somos: pobres pecadores. Entrar en esa dimensión y locura no haría sino confundirnos y alejarnos más de la fe. Es terreno que el diablo conoce y domina bien y en él se encuentra a sus anchas para seducirnos y llevarnos a su terreno. Aquí no podemos hacer otra cosa sino confiar en el Señor, que tiene Palabra de Vida Eterna.

Él es el Creador del mundo, Omnipotente y Todopoderoso. Podrá hacer  lo que quiera y como quiera. Por eso, después de razonar todo lo que da nuestra razón y comprender que el mismo sentido común nos descubre la posibilidad de la resurrección, lo más lógico e inteligente es fiarnos de la Palabra de Dios, que habla en Verdad y siempre se cumple. 

martes, 29 de noviembre de 2016

NUESTRA INTELIGENCIA NOS PUEDE TRAICIONAR

(Lc 10,21-24)
La razón no siempre tiene razón. Parece una perogrullada, pero es cosa muy seria y grave. Porque cuando mucho razonamos nos sentimos sobrepasados por el misterio de Dios. Nunca podremos entender los planes de Dios. Igual que ocurre que, cuando niños, no entendemos que un burro no puede volar, o que Peter Pan es pura fantasia. Llegamos incluso a imaginar que esos seres pueden existir. Sería absurdo sacarnos de esa fantasía en esos hermosos y maravillosos años.

Lo mismo nos ocurre de mayores. Nuestra intelegencia nos puede traicionar y no dejarnos moldear por la Gracia de Dios que nos regala la fe. Porque le cerramos las puertas y le impedimos al Espíritu Santo que nos moldee nuestro endurecido y pedregoso corazón. 

Por eso, Jesús, el Señor, comparte, lleno de gozo y de Espíritu Santo, este hermoso pensamiento: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».

Tan claro está que no parece necesitar más comentario, pues, posiblemente lo confundiría más que aclararlo. Sólo decir que dar gracias supone estar, primero, agradecido. Y, Jesús, el Señor, lo está, y agradece al Padre este inmenso gozo que experimenta en el Espíritu Santo. Dar gracias es experimentarse necesitado de ayuda y, al recibirla, agradecerlo. Dar gracia es descubrir y reconocer nuestro origen divino, pues sólo de Dios hemos salido y a Él volveremos.

jueves, 15 de octubre de 2015

SÓLO SIENDO COMO NIÑO PUEDES ACEPTAR LA PALABRA DE DIOS

(Mt 11,25-30)


No se puede de escuchar la Palabra de Dios, y menos asumirla o aceptarla sino siendo niño, abajandote a la mentalidad ingenua y sencilla de niño. Porque en cuanto quieras entender al Señor con tu razón, y no creas en el testimonio de aquellos que no encontraron su Cuerpo y fueron visitados por el Señor, estás perdido. La fe necesita dejarse llevar, y eso es exactamente lo que hacen los niños, confían plenamente en lo que les dicen sus padres.

Así tenemos que creer nosotros en la Palabra que Jesús nos dice y enseña de parte de su Padre. Jesús viene a revelarnos la locura de Amor de su Padre por todos los hombres pero sólo los sencillos y humildes, con un corazón de niños, serán capaces de escucharle y creerle.

Hoy, Jesús, nos repite estas palabras en el Evangelio: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. 

Realmente eso es cierto, los sabios e inteligente se la saben todas, y a ellos no les entra nada que no vean o entiendan. Esas cosas, dicen, son para los niños. Y así es, sólo los niños las pueden entender. Ellos, sabios y entendidos, son suficientes y nada necesitan. Ese es el problema, la muralla que nosotros mismos levantamos ante nuestro corazón y rechazamos al Espíritu Santo.

Nuestra necedad es grande y ciega. El mundo no nos deja ver y empecinados en buscar la felicidad, nuestro objetivo y meta, en un mundo caduco y temporal, rechazamos la Verdad. Derrumbar esa muralla levantada en nuestro corazón nos exige humildad y sencillez, lo característico de los pequeños, aquellos que por su pequeñez necesitan la protección de un Padre.

De un Padre que les cuide y los salve de los peligros, y les dé apoyo y descanso cuando la dureza del camino les fatigue y les haga desfallecer.