sábado, 23 de marzo de 2013

GUARDAR NUESTROS PRIVILEGIOS

(Jn 11,45-56


Se les viene abajo sus posiciones. Están nerviosos, ese Hombre llamado Jesús les molesta. Hace muchas señales y obras y temen que todos crean en Él. Igual ocurre ahora, no interesa que se descubra la verdad y se haga justicia, y también muchos hombres son amenazados y condenados a muerte para que la verdad no se conozca.

Todo es así de simple, pero también de complicado. Se trata de que uno pague por los demás. Todos quieren esconderse en la apariencia y que el justo sea reo de muerte. Cuando queremos escapar de la verdad, distorsionamos la realidad, nos cegamos y justificamos nuestras apetencias y egoísmos haciendo lo que sea por salir con la nuestra. 

Ese fue el caso de Jesús, lo hicieron culpable para salvar al pueblo: Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación»

¿Qué ocurre en nuestra vida hoy? ¿Hacemos lo mismo que Caifás para justificar nuestra actitud? ¿Enterramos la verdad para vivir con nuestra mentira?

viernes, 22 de marzo de 2013

Y TODAVA,Í HOY, SON MUCHOS LOS QUE NO LE CREEN

(Jn 10,31-42)


Esa es la pura y triste realidad. El hombre se obstina en creer que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios. Se obstina de tal manera que, aún viendo sus obras y su Resurrección, su corazón continua cerrado a creer que es el único y verdadero Hijo de Dios.

El hombre está abierto a todo lo que le dicen. Cree en aquello que, sin ver, la historia universal le transmite y le cuenta. Lo cree por la lectura, por los libros de historia, por el testimonio de investigadores que, a pesar de supuestas deducciones, convienen en determinados hechos que dan por hecho. Sin embargo, creer que Jesús de Nazaret resucitó por el testimonio de los apóstoles, a quienes se le apareció Jesús después de su muerte, es harina de otro costal.

Y el motivo, entre unas cosas u otras, está en que creer a unos no compromete nada, luego da lo mismo, y creer en Jesús compromete tu vida y le exige cambiar. Vivir el amor y amar a los más necesitados y pobres exige ser pobre y necesitado. Y eso esconde una lucha interior contra tu mismo, contra tu propio egoísmo. Se hace duro y difícil. Para mí también, pero negarlo sería autoengañarnos y ponernos una venda en los ojos. Tarde o temprano llegará la verdad.

Creo que el verdadero camino está en creerlo con esperanza. Primero, porque es lo que realmente queremos y buscamos: "Jesús nos busca por amor, y nos ofrece precisamente lo que queremos: eternidad gozosa y feliz". Y segundo, porque Él nos promete no dejarnos solos. Nos ofrece su ayuda y su fuerza para vencer nuestro propio egoísmo y salir victorioso. Simplemente, se trata de confianza y fe.

jueves, 21 de marzo de 2013

SEGUIMOS CIEGOS

(Jn 8,51-59)


Decimos que creemos, pero seguimos igual. Nuestra vida no cambia, persigue lo mismo y busca donde nunca encontrará. Porque la felicidad y eternidad que el hombre busca no se encuentra en el camino que el hombre recorre. No está el tesoro donde el hombre se dirige, se necesita un cambio de rumbo, una actitud diferente, una conversión en el pensar y en el querer, un giro de la voluntad.

Oímos, pero no escuchamos, pues ante la Palabra nuestra vida sigue el mismo rumbo. Queremos ser eternos, y Jesús, sabiendo nuestras aspiraciones, nos promete y ofrece esa eternidad. Nos pide que creamos en Él, pero no reaccionamos, al contrario, nos escandalizamos y le creemos poseído por un demonio.

No le entendemos, pensamos con nuestros criterios finitos y razonamos desde nuestra naturaleza humana limitada. Creemos en Dios, pero no creemos en el enviado de Dios. Nos contradecimos a cada momento. Por un lado nos gloriamos de conocer a Dios, pero en realidad no le conocemos, pues no lo percibimos en la gloria del Hijo, el enviado por el Padre Dios. 

Sus Palabras y Obras no las aceptamos. Estamos verdaderamente ciegos. Tienen delante ante sus propias narices al Hijo de Dios, Dios y Hombre verdadero, y no se dan cuenta. Sus prodigios y sus manifestaciones no les bastan. Están embotados, cerrados de corazón, llenos de irá y soberbia, y necesitados de humildad para ver con claridad. ¿Nos ocurre hoy a nosotros lo mismo?

miércoles, 20 de marzo de 2013

UN PADRE DE TODOS



Es una tentación que nos suele acechar y nos afecta, la de excluirnos de otros, o mejor dicho, excluir a otros. Siempre pensamos que lo nuestro es lo mejor, y que, en consecuencia, nosotros, los hijos de la fe, somos mejor que aquellos que vienen de afuera y no pertenecen al pueblo de la fe.

Pensamos, aunque no lo afirmemos, que los de dentro tenemos más derecho que los de afuera. Sin embargo, a pesar de que Jesús nos advierte que los últimos serán los primeros, no nos detenemos en meditar y reflexionar seriamente sobre esas palabras. Ni siquiera tenemos en cuenta quien las dice.

Nuestro Padre Dios es Padre de todos. Y un Padre no hace distinciones. Quiere a todos por igual, no mide el tiempo, pues para Él no existe, y da a todos su amor. Nadie es mejor que otro en su presencia, y solo a Él corresponde dar a cada uno lo suyo. Porque, Él, es el único Justo, y su justicia es la única Verdad.

Son palabras que nos invitan a reflexionar y a ponernos en igualdad y nivel ante todos los hombres. Todos somos hermanos, y nada valdrá nuestro amor si no somos capaces de amarnos con esta actitud fraternal como hijos de un mismo Padre. En el atardecer de nuestra vida solo seremos juzgados del amor con el que hayamos sido capaces de vivir. Y en eso está contenido el amor a todos los hombres.

martes, 19 de marzo de 2013

UNA COSA NORMAL

(Mt 1,16.18-21.24a


Nos parece fácil tomar esa decisión, ¡claro!, pensamos que el Ángel se le apareció y le dejó las cosas claras. Así, sin ninguna duda al respecto, José tomó a María sin más y aquí no ha pasado nada. Nos lo han contado muchas veces, o lo hemos leído otras tantas nosotros, que todo parece sencillo, fácil y normal.

No parece haber ninguna dificultad. José tenía la cosa muy clara, y como tal tenía que actuar. Es lógico haber tomado esa decisión, sabía el cómo y por qué había ocurrido así. Todo lo explicamos muy normal y hasta nos parece que no podía ser de otra manera. Incluso lo vemos tan lógico que no le damos mucha importancia. No había otra decisión.

Sin embargo, ocurre todo lo contrario. José, un hombre de fe, que pone a prueba su fe confiando en lo que le dijo el Ángel. La Palabra nos dice que se le apareció en sueños, y eso puede ser de muchas formas. Desde una intuición e impulso a pensar en fidelidad de María y en su castidad, hasta seguir los impulsos de su corazón que la Gracia de Dios le comunica y le anuncia a través de la aparición del Ángel que le mueve.

La fe se toma libremente, porque es Dios quien la da de esa forma. No la impone, la ofrece y la entrega a quien la toma. Y se gana confiando y abandonándose en las Manos de Dios. José, supongo, tuvo que luchar contra esas dudas y sospechas de no entender nada de lo que sucedía, y esa fue la gran prueba de su vida. Fue un hombre justo porque buscaba la Verdad y la trataba de vivir. Y se dejó inundar por la Gracia de Dios, que lo guío durante el camino de su vida.

Igual nos puede estar sucediendo a cada uno de nosotros en nuestra vida. Hay unas señales, una llamada y unos impulsos que nos revelan y descubren cual debe ser nuestro camino. Abramos los oídos y el corazón para que podamos escuchar y cumplir con la Voluntad de Dios.

lunes, 18 de marzo de 2013

LA AUTORIDAD, DE PALABRA Y VIDA

(Jn 8,12-20)


Jesús es acusado de querer dar testimonio de sí mismo. Nadie puede, pues no sirve, dar testimonio de sí mismo, pero Jesús viene avalado y enviado por el Padre. El Padre da testimonio de Él porque es su enviado y en el que tiene puesta su complacencia.

Jesús testimonia su procedencia del Padre, el enviado, con sus palabras y vida. Sus palabras y obras testimonian su filiación divina y alumbran al mundo. Toda pregunta tiene respuesta en Jesús. Su mensaje da sentido, ilumina y responde a todos los interrogantes que el hombre se plantea.

Nuestra vida, vivida en relaciones con los demás, en el trabajo, en las penas y enfermedades, en las envidias, la soberbia, en las alegrías, en la familia...etc., tiene sentido y respuestas en el Mensaje de Jesús que Él nos predica con su propia vida y sus obras. Todo en Él es camino, verdad y vida.

Miremos a Jesús ante las alternativas que este mundo nos propone para caminar. No se encuentran las soluciones en el mundo y los hombres. La única solución está en levantar nuestra mirada y fijarla en la de Jesús de Nazaret. Él es la Luz que alumbra al mundo, el único Camino, Verdad y Vida.

domingo, 17 de marzo de 2013

EN BUSCA DE MIS PROPIAS RESPUESTAS

(Jn 8,1-11)

Ocurre que cuando pregunto, puedo estar buscando la verdad, o puedo estar buscando mis propias respuestas, es decir, aquellas que me gustría escuchar y a las que quiero servir. Muchas veces hacemos esto cuando nos cuesta aceptar la verdad o no la entendemos. Obedecer se hace duro, y más cuando no entendemos nada de lo que nos proponen.

Así, a Jesús, como a la Iglesia hoy, le sucedió estas cosas. Le buscaban para sorprenderle en algún fallo que les sirviera para arrinconarlo y acusarlo. Se les ocurrió que aquella mujer adultera iba a servir para encontrar esa justificación que les sirviera para acusarle de ir contra la ley. Se las prometían muy felices y pensaban que lo tenían atrapado.

Jesús, tranquilo y como ausente de tanta tensión y expectativa, y cargado de misericordia y justicia, les propone que aquel que esté libre de pecado, sea quien lance la primera piedra. Y, repentinamente, todos se ven retratados, se ven adulteros, pecadores, egoístas, amigos de la ley según sus intereses... Nadie, ante la atenta mirada de Jesús se siente capaz de condenar y arrojar la primera piedra. Y empiezan a retirarse empezando por los mayores, los de más edad, los más llenos de pecados...

Sería bueno esforzarnos y pedir al Espíritu Santo que nos ayude a vivir con este propósito concreto: al ver a los demás, diré en el interior de mi corazón las mismas palabras de Jesús: «Tampoco yo te condeno» (Jn 8,11).