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miércoles, 15 de noviembre de 2023

TODOS MANCHADOS POR LAS LEPRAS DE NUESTROS PECADOS

Es evidente que unidos tenemos más fuerza y levantamos más la voz. Es bien conocida esa frase de que «todos unidos tendremos más fuerza y nunca seremos vencidos». Sin embargo, somos también independientes y pecadores, y a cada uno corresponde dar ese paso que la diferencia y le hace único y personal.

Pero hay algo más grande y único. Somos hijos de Dios, todos de un mismo Padre Dios. Y un Dios que encarnado en Naturaleza Humana entrega su Vida por todos nosotros. Dios nos salva, por los méritos de su Hijo, a todos. No hace distinciones de ninguna clase. Todos son sus hijos y sobre todos hacer salir el sol.

Todos estamos enfermos y esclavizados por las lepras de nuestros pecados, y a todos nos libera y nos salva nuestro Padre Dios al rescatar nuestra dignidad de hijos por los méritos de la Pasión, Muerte y Resurrección de su Hijo, nuestro Señor.

Ahora, nos preguntamos, ¿cuántos somos capaces de caer en la cuenta de esa filiación? ¿Y cuántos le damos gracias? Posiblemente esa sea la reflexión a la que nos lleva el Evangelio de hoy. De aquellos diez leprosos solo uno cayó en la cuenta de lo que le había sucedido. ¡Estaba curado! Alcanzado por la compasión de Jesús se da cuenta de su identidad personal y pecadora, se para, se vuelve atrás y alabando al Señor le da gracias y se postra ante Él.

¿Somos nosotros conscientes de lo que realmente somos? ¿Descubrimos nuestra identidad de hijos de Dios y de nuestro pecado? ¿Y estamos dispuesto a reconocernos pecadores y dar gracias a nuestro Padre Dios por su Infinita Misericordia y salvación?

sábado, 7 de octubre de 2023

CONFIADOS Y ESPERANZADOS EN NUESTRA LLEGADA A ESTAR JUNTO AL SEÑOR.

Es una evidencia que cuando no dependemos de los resultados experimentamos una paz que llena y serena todo nuestro espíritu. Es evidente que nos sentimos otro, sereno y tranquilo y lleno de gozo y esperanza. Y eso es lo verdaderamente importante, tener plena conciencia de que Dios, nuestro Padre, está en y con nosotros y que aguarda nuestra llegada para la que nos tiene preparado – Jn 14, 2 – un lugar inimaginable y maravilloso.

Nuestra alegría no debe apoyarse en los resultados y éxitos de nuestro apostolado, sino en saber que nuestros nombres están en el Infinito Corazón de nuestro Padre Celestial. Es ahí donde debemos apoyar y fundar nuestra alegría y nuestro gozo. No se trata de alegrarnos, que sí y nos gusta, en el poder que tengamos venido de nuestro Padre Dios, sino en su Infinito Amor Misericordioso, que nos salva y nos libera de la esclavitud del pecado.

Somos afortunados porque somos hijos de Dios por su Voluntad. Una filiación que no merecemos ni posiblemente entendemos. Una filiación que nos hace coherederos con el Hijo, que nos ha rescatado y redimido por su infinita Pasión y Muerte ganando para nosotros esa dignidad de hijos perdida por el pecado.

Una filiación que creemos y que nos fortalece hasta el punto de sabernos verdaderos hijos que, por y a través del Bautismo, tenemos inscritos nuestros nombres en el Corazón Infinito del Padre. Y pase lo que pase, si perseveramos y, asistidos en el Espíritu Santo, nos mantenemos firmes, nuestra Casa estará junto al Padre en el Cielo para toda la eternidad. ¿Hay dicha y gozo mayor?