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martes, 14 de diciembre de 2021

VIVIR EN LAS APARIENCIAS ESCONDE NUESTRA REALIDAD

 

En muchos momentos de nuestra vida vivimos de y en apariencias. Nos gusta y nos resulta más fácil aparentar y mostrarnos como nos gustaría ser y no como realmente somos. De manera espontánea escondemos nuestro obrar y ser natural para mostrarnos tal como quisiéramos ser. Es decir, aparentamos ser lo que no somos. Aceptar tu realidad y mostrarte tal como eres es el primer paso para enderezar, allanar y poner tu vida en sintonía con la Palabra de Dios. Ser coherente entre lo que eres y como te muestras. Precisamente, el Evangelio - Mt 21,28-32 - de hoy, nos muestras una estampa en la que Jesús, a través de una parábola, nos pone delante la incongruencia entre lo que se dice y se hace. Y es que lo que se dice tiene verdadero valor cuando se corresponde con lo que se hace.

Es indudable que, llamado uno de los hijos a que vaya a trabajar a la viña, responde, sin esconder su apetencia, que no. Más tarde, recapacitando, obedece y va a trabajar a la viña. Respecto al segundo hijo, llamado a que vaya a trabajar a la viña, responde que sí, pero, luego, quizás por pereza o por gandulismo, desobedece y no va. La parábola nos deja con claridad meridiana que la verdad no está en lo la palabra sino en el corazón. Y de lo que rebose el corazón, se muestra, aunque se esconda, en los actos de la vida. Las apariencias emergen y salen a la luz tarde o temprano.

Posiblemente, nuestra piedad – relación con Dios -  no tendrá ningún valor de autenticidad si nuestras palabras no caminan al miso ritmo que nuestro corazón. Y eso significa que si Dios no está en el centro de nuestra vida, nuestros pasos perderán su rumbo y su sentido. El amor, para que sea verdadero amor tiene que partir de Dios. Jesús, nuestro Señor, nos ha enseñado a amar, no sólo con su Palabra, sino también con su vida. Y así, por ese camino, tendremos también nosotros, con Él se puede, que caminar y amar. No nos valen otras cosas – entre ellas la piedad – sino la entrega del corazón con la fe puesta en Él. Entonces sí, nuestras oraciones tienen sentido.

miércoles, 28 de agosto de 2019

SÓLO IMPORTA LA MIRADA DE DIOS


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Mt 23,27-32
Es muy peligroso y nos lleva a engaño el vivir aparentando una cosa y luego ser otra. Vivir de una forma en el exterior y de cara a los demás y ser de otra en tu intimidad cuando estás a la espalda de los otros es llevar una doble vida ante Dios. Una vida, donde te manifiesta de una forma delante de Dios y otra donde postergas a Dios a un lugar secundario en tus relaciones con los demás. Esas son las apariencias que escondes a la mirada de Dios erróneamente, porque Dios ve en todas partes de tu ser y de tu corazón.

Es, pues, de necio y muy peligroso tratar de vivir en la apariencia de ser una cosa y resultar que eres otra. Y no debemos nunca olvidar que Dios es mi público, porque, Él me ve en todas partes y sabe las últimas intenciones de mi corazón. De todas manera lo menos importante es quienes estén delante de ti, porque tus obras deben de ser siempre realizadas con la mayor dedicación y esfuerzo ya que Dios siempre está presente. 

Nada importa porque en cada instante de tu vida Dios ve en lo más profundo de tu corazón. Luego, estés donde estés, o hagas lo que hagas, actúa siempre de la mejor manera posible sin olvidar que tu público es siempre Dios. Él siempre estará mirándote y ve todo lo bueno y malo que puedas hacer hasta la última intención que anida en tu corazón que, al final, es la que da sentido y responsabilidad a tus obras. Por lo tanto, es de necio ocultar tu intención porque Dios la conoce profundamente, incluso la que ocultas debajo de la alfombra.

Es bueno reconocerlo y saber que ante nuestro Padre Dios nada hay que ocultar, sino todo lo contrario, reconocer nuestras debilidades y buscar en Él la asistencia y el auxilio de su Espíritu, para orientar nuestra vida y aceptar nuestra condición pecadora y su Infinita Misericordia.

miércoles, 19 de junio de 2019

VIVIR EN APARIENCIAS

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Hay dos formas de ver las cosas. La una, tal como son y de manera auténtica, y la otra, mirarla de forma aparente distorsionando tu propia realidad con la única intención de aparentar lo que no eres o haces. La primera es la verdadera, aunque bañada por nuestras propias imperfecciones, y la segunda es la engañosa, la que busca aparentar y falsear tu propia verdad.

El Evangelio de hoy nos habla en ese sentido. Descubre y denuncia aquellas actitudes que tratan de buscar ser vistas en sus actitudes de piedad o actos caritativos y fraternos con el fin de ser reconocidos y admirados. No buscan una relación con Dios desde la intimidad y humildad, sino con cierto interés aprovechándose de esa aparente y falsa relación para ser vistos, para lucrarse y lucirse ante los demás. La finalidad es desprender admiración y honores.

Sería interesante reflexionar sobre esa dispocisión en nuestra relación personal e íntima con nuestro Padre Dios. Sería bueno preguntarnos, ¿son mis oraciones y actos de caridad utilizados como un medio para buscar lucirme, exhibirme, ganar prestigio y admiración ante los demás? Sería muy bueno reflexionar sobre ese aspecto de nuestra vida y, aprovechando este momento dedicar unos minutos a contemplar mi vida de piedad y caridad desde esta perspectiva.

miércoles, 17 de junio de 2015

LA DOBLE INTENCIÓN



No jugamos limpio cuando actuamos con doble intención. Sobre todo cuando esa segunda intención busca otro fines que no son los de agradar y dar gloria a Dios. Ocurre que hacemos muchas cosas con esa finalidad, es decir, glorificarnos nosotros mismos. Y ocurre cuando en el fondo de nuestros actos permanece la idea de destacar, de que nos vean y de que vean lo bueno que somos.

Lo que importa y califica el acto es la raíz de la intención. No se trata de ser visto o no, sino que la acción sea movida por el amor a Dios, y no por el amor a ti mismo y para que te vean y seas ensalzado. Ocurre que tus intenciones son buenas, porque buscas la Gloria de Dios y actúas movido por el Espíritu, y si al mismo tiempo, sin pretenderlo, te ven y tus obras sirven para mover a otros, pues, bienvenido sea Dios, tus buenas intenciones hablan por sí mismo y agradan a Dios.

De la misma forma que necesitas la Gracia de Dios para, con y por su Amor, amar también tú, de la misma forma, a tus enemigos. También necesitas estar en íntima relación con el Señor para en la oración buscar espacios de silencio y fortaleza para desprenderte de, no sólo lo que te sobra, sino de lo que tienes y compartirlo con aquellos que no tienen. La posibilidad de ayunar y privarte de parte de lo que tienes para compartirla con otro, te llenará de la Gracia del Espíritu de Dios y fortalecerá tu espíritu llenándote de alegría y gozo.

Porque el Señor descubre lo que hay y guardas en tu corazón y verá con buenos ojos tus buenas intenciones. Y eso hará que no te preocupes ni busques la aprobación de los otros. Sólo interesa el Señor. El Señor es tu público y solo deben interesarnos sus aplausos. Los de los demás solo deben tener un significado afectivo, solidario o emotivo, pero nada más. Lo verdaderamente importante es el aplauso, por expresarlo de alguna manera, del Señor. Sabemos que el Señor no necesita aplaudirnos. Somos nosotros quienes debemos aplaudirle por tener la oportunidad de cumplir sus mandatos y con nuestra obligación, tal es, alabarlo y darle gracia.

De modo que, cuando hagas algo, no lo hagas buscando halagos, apariencias u otras intenciones. Hazlo para gloria de Dios, y, de no sentirlo, que nos puede pasar, pídele que así sea. Porque hasta eso, todo lo que hacemos, aún creyéndonos que lo hacemos nosotros, es por la Gracia de Dios.

Gracias Señor por tanta Gracia, valga la redundancia, y por tanto Amor. Quizás sea ese el mayor misterio de nuestra existencia. Porque existir es evidente y no podemos negarlo, pero experimentar tanto Amor de Ti, Señor, es algo que no nos cabe en la cabeza, o dicho de otra forma, somos tan limitados que nunca, solo cuando Dios quiera, podemos entenderlo.