miércoles, 14 de agosto de 2019

LA ORACIÓN DE Y EN LA COMUNIDAD

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Sabemos por experiencia que compartir es desnudarse ante Dios pero en la presencia de los demás. Y eso duele porque exige un despojamiento de tus sentimientos y sentir más profundos en tu relación con los otros. Porque, de esa relación es de la que vas a ser examinado propiamente por ti mismo ante Dios. San Juan de la Cruz ya lo decía: "En el atardecer de tu vida serás examinado del amor". Por lo tanto, tu oración a la luz de la comunidad será muy importante y de gran ayuda.

Significa que te estás presentando ante los demás tal como eres y despojándote de tus caretas y apariencias en las que vives escondido. No es lo mismo cuando lo haces individualmente y sólo ante Dios. Eso no significa que no tenga valor, al contrario, lo tiene y muy grande, pero delante de los demás tu propia conciencia y corazón te descubre que tiene más valor. Sin discusión, ese compartir comunitario te exige más humildad; te exige más disponibilidad; te exige más coherencia y te exige más autenticidad. Mientras que cuando estás tu solos la tentación te brinda la posibilidad de esconderte en tus apariencias.

Sobra decir que tu oración debe estar apoyada en la verdad, ser sincera y auténtica. De lo contrario todo se convierte en más mentiras revestidas de disfrases y ocultas tras diversas caretas. Posiblemente, sucede que todavía no nos hemos dado cuenta, y lo digo por propia experiencia, del gran valor y privilegio que nos ha sido dado en la oración comunitaria, porque, precisamente, en ello se hace presente nuestro Señor Jesús. Él nos lo ha prometido, y ya sabemos y conocemos el valor de su Palabra.

Él nos ha invitado a que le pidamos, luego, ¿cómo no nos va a escuchar y a responder? Si así no fuese sería un falso e hipócrita. Y dudarlo es como si lo estuviésemos afirmando. Otra cosa es que no lo comprendamos y que no sepamos entenderlo, pero nos fiamos de su Palabra y, por eso, estamos a su lado y le pedimos de forma individual pero también, y muy importante, de forma comunitaria. Es bueno confiar y valorar ese gran regalo de la oración comunitaria, que no significa que la individual no sea importante, sino que, cuando lo hacemos dos o más reunidos y en su presencia, tiene mucho más valor. Amén.

martes, 13 de agosto de 2019

SENCILLOS Y CONFIADOS COMO NIÑOS


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Mt 18,1-5.10.12-14
Mientras eres niño no te planteas grandes cosas. Eres pequeño y, por lo tanto, sencillo y todo lo dejas en manos de tus padres terrenales. Te sientes incapaz de procurarte tus necesidades, pero no te agobias ni te sientes triste por ello porque para eso están tus padres. Esa confianza agradecida y plena en tus padres es la que Jesús pide para ti cuando ya has crecido. 

Ser como niño es, así como ellos tienen esa simplicidad y confianza en sus progenitores, también tú tenerla en tu Padre Dios. Es confiar plenamente en Él tal y como los niños confían en sus padres. Y para eso hay que luchar día a día contra el endurecimiento de nuestros corazones. Porque, la vida nos lo va endureciendo y haciéndolo impermeable al amor de Dios.

Ser como niños es no buscar los puestos privilegiados ni aspirar a los más altos, sino todo lo contrario. Es simplemente aceptarse y conformarse con ser hijo de Dios que es lo más grande a lo que podemos aspirar. Es confiar en que tu Padre que te ve te dará todo lo que necesitas para ser feliz. Y esa es la Voluntad del Padre, no tanto que seas pequeños, sino que aspires a lo pequeño, a ser sencillo y pequeño, es decir, humilde.

Tener pendiente de que todo lo que somos lo hemos recibido de Dios y que de la misma manera que lo hemos recibido debemos compartirlo es abajarnos y abrazar la humildad de experimentarte uno más entre todos y, por lo tanto, considerarte pequeño y vivir en actitud de humildad ante los demás pensando que siempre recibiremos de Dios todo lo que necesitamos y somos.

lunes, 12 de agosto de 2019

TAMBIÉN EN LAS OBLIGACIONES DEL MUNDO


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Mt 17,22-27
Hay momentos algo confusos en los que nos sabes como actuar ni que actitud tomar. Vivimos en una sociedad con obligaciones y derechos y tanto en los unos como en los otros debemos saber estar y actuar. El pasaje de hoy nos muestra una escena diaria de Jesús con sus apóstoles y nos invita a reflexionar sobre su relación con ellos y también con las obligaciones de la sociedad de su tiempo.

Mi primera reflexión es comprender como la masa tiene que ser fermentada por la levadura. Una buena y limpia levadura que llene a esa masa de buenos criterios y actitudes que la hagan crecer en verdad, en justicia y amor fraternal. Lo ha dicho Jesús, el Reino de Dios es como... -Lc 13, 18-21- y eso necesita mucho del concurso del Espíritu Santo. Mejor, diría que sin Él no podríamos nunca fermentar esa masa que es la sociedad en la que vivimos. Fermentarla de los valores que Jesús nos enseña con su Palabra y con su testimonio lleno de amor y misericordia.

También percibo esa familiaridad cotidiana de los apóstoles con Jesús al describir el Evangelio un día cualquiera de la actividad de Jesús en medio de sus apóstoles. Y me imagino que hoy pasa lo mismo. Esta forma de intuir mi relación con Jesús me lleva a preguntarme: ¿Cómo es mi relación con el Señor? ¿Me dejo impetrar de sus Palabras y me abro a su Espíritu? Trato de comprenderle, pues en su momento sus apóstoles no le entendían. ¿Me ocurre a mí lo mismo?

Y todo ello me compromete a situar mi vida de la misma forma que Jesús hizo en su tiempo. ¿Trato de cumplir con mis compromisos sociales y cívicos referidos a los impuestos establecidos? ¿Me interpela mi testimonio respecto a mis obligaciones y compromisos sociales ante la mirada de los que me rodean? Pero, en este contexto al que debo de dar una respuesta desde la Palabra de Jesús que me interpela, experimento también que el Espíritu Santo me acompaña y me auxilia y me asiste y a Él me dirijo para que me dé esa capacidad de discernimiento para, no hacer lo que a mí me parece, sino lo que realmente es bueno para que mi testimonio esté en consonancia con mi fe y según la Voluntad de Dios.

domingo, 11 de agosto de 2019

ESPERANDO PREPARADOS

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Lc 12,32-48
Todos los días son de espera, de espera constante porque a cada instante todo puede cambiar. Es verdad que pronto nos acostumbramos a hacer colas. Cola para la compra, cola para el cine, el autobús, el médico...etc. Cola para casi todo. Pero, esas esperas digamos que entran en el ruedo normal de la vida. No se puede atender a dos a la vez y uno tiene que esperar que termine el otro. Pero, por encima de esa espera corre el tiempo de nuestra propia vida. Y esa espera no está programada, puede llegar en el momento más inesperado.

La espera en el argot cristiano significa tiempo de preparación y vigilia ante la venida del Señor. Y es que no sabemos cuando llegará y eso nos descubre que puede sorprendernos. Luego, para evitarlo necesitamos estar siempre preparados. Diríamos esperando preparados. Y esa preparación consistirá en sostener siempre nuestra lámpara encendida y con la alcuza llena de aceite, decíamos el otro día. 

Nuestro destino es el Cielo, porque allí encontraremos lo que tanto buscamos aquí, la Vida Eterna y plenitud de gozo y felicidad. Por lo tanto, lo primero es saber para lo que tendremos que estar preparados, pues eso nos ayudará a permanecer vigilantes en nuestra preparación. No podemos perder de vista nuestro destino y nuestra meta. Necesitamos tenerla siempre grabada en el corazón para sabernos en esa actitud vigilante, que no es otra que la de tener siempre presenta al Señor en nuestro corazón.

Y nuestros ejercicios, parodiando un símil, consistirán en sostener nuestra fe con nuestras buenas obras. Se trata de ir dando todo lo que hemos recibido para bien de los demás. Si hemos recibido mucho, mucho hemos de dar. No podemos contentarnos con dar la que da otro o lo que nos parece justo, sino todo lo que tenemos, porque todo lo hemos recibido de Dios gratuitamente y gratuitamente, valga la redundancia, tendremos que darlo. De no ser así podemos ser sorprendidos en una de las vigilias de nuestra vida y perder el único y verdadero Tesoro. 

sábado, 10 de agosto de 2019

VIVIR PARA DAR FRUTOS

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Por experiencia nos sabemos tentados e inclinados de forma egoísta a las pasiones, a las satisfacciones y a atesorar bienes y riquezas. Buscamos ser mejores que otros y nos sentimos esclavos de un deseo de vanidad y avaricia. Tratar de interrumpir esas inclinaciones nos resulta misión harto difícil, por no decir imposible, y nos someten a una batalla a muerte cada día. 

Queremos casi siempre responder de otra manera a esos impulsos animalizados humanamente y egoístas, pero se nos hace cuesta arriba. Pablo lo expresaba muy bien cuando decía que no hacía lo que quería y sí lo que no quería - Rm 7, 15 -. Ante esta realidad se nos presenta la disyuntiva de morir a nuestros egoísmos o vivir para ellos. Tú eliges. 

Creo que esa es la clave y la batalla que se nos presenta cada día. Porque, mucha atención , cada día libramos una batalla diferente que no tiene nada que ver con la del día anterior. Partimos de cero y empezamos un nuevo día con sus tentaciones, dudas, retos y desafíos en respuesta al seguimiento del Señor. Creo que ahí está escondida nuestra respuesta al sígueme al que te invita Jesús. Supongo que esa fue la elección de aquel joven rico a la invitación de Jesús a seguirle. Posiblemente, prefirió quedarse instalado en sus cumplimientos ante de emprender un camino lleno de inseguridades y riesgos que comporta seguir al Señor. Pero, un camino garantizado y apoyado en su Palabra de Vida Eterna.

Ahí, supongo, descansa también nuestra cuestión, dejar todo y abandonarnos en Manos del Señor o optar por nuestras seguridades y comodidades. Cuestionar nuestro tiempo y ponerle condiciones o dejarlo todo en Manos del Señor y entregárselo totalmente. Se trata de ponernos en actitud de servicio a los demás por amor y respuesta a Jesús. No resulta nada fácil porque eso nos presenta una lucha a muerte cada día. No hay descanso. 

Una lucha que consiste en ir muriendo a nuestro yo, a nuestros egoísmos para dar nuevos frutos consecuencia del amor en el servicio a los demás. Un morir para resurgir a una vida nueva que esconde la plenitud de gozo y eternidad.

viernes, 9 de agosto de 2019

ESTAR PREPARADO

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Mt 25, 1-13
Sin darnos cuenta nos estamos preparando cada momento de nuestra vida. Nos cuidamos de comer saludable; nos cuidamos de hacer ejercicios; nos cuidamos de tomar el descanso necesario; nos cuidamos de aprender para desempeñar un trabajo que nos procure el sustento diario y constantemente nos estamos preparando para vivir mejor. Cuidamos nuestro rostro y procuramos tener la mejor imagen. Y hasta nos hacemos un seguro para prever lo inesperado y estar preparado. Toda la vida estamos preparándonos para que no nos pase nada y superar el peligro o la tragedia.

Sin embargo, ¿nos preparamos para estar en gracia de Dios? ¿Nos preparamos para que cuando llegue el esposo, tal y como nos describe esta parábola, tener nuestras lámparas bien asistida de aceite?  Queda muy claro que necesitamos estar preparados para alcanzar el Reino de Dios. Aunque es proclamado y ofrecido a todos, no se entra de cualquier manera. Se exige tener fe, pero no una fe adormecida o apagada, y eso nos puede ocurrir cuando nuestra lámpara se queda sin aceite y se apaga.

La fe hay que cuidarla, porque se puede tener, pero puede quedarse adormecida, instalada, cómoda y, poco a poco irse apagando. Y una fe que no alumbre y que no permanezca encendida deja de ser fe. Pero, nos preguntamos, ¿cómo la encendemos? La respuesta queda enseguida descubierta. Al igual que la lámpara se encienden con aceite, nuestra fe la encendemos con nuestras obras. Obras que van expresando y descubriendo que nuestra fe está viva, late, y se manifiesta en el trato con los demás y en el servicio a los demás.

Una fe que es personal y no se puede dar sino compartir, pues es un don de Dios, pero sí la podemos pedir y cuidarla con nuestras obras de cada día en relación con los demás. Porque, nuestras obras son como  el aceite para la lámpara. Sin obras nuestra fe se apaga, por tanto, tratemos de sostener nuestra fe viva, encendida con obras que encienden nuestros corazones y los mantienen llenos del Amor de Dios.

jueves, 8 de agosto de 2019

¿Y TÚ QUE PIENSAS DE JESÚS?

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Mt 16,13-23
Quizás no resulte tan difícil confesar nuestro pensamiento, nuestra opinión e incluso nuestra fe sobre la Persona de Jesús, pero de esto a manifestarlo en nuestras vidas va un abismo. Porque todos sabemos que una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace. Es decir, no basta con la palabra sino que hay que refrendarlo con la vida.

La coherencia es lo que expresa la realidad de tu fe, pues son tus obras donde se manifiesta lo que dices y en donde se ve lo que piensas y crees. De ahí que en un momento de tu camino Jesús quiere probarte y saber qué piensas de Él. Entonces te das cuenta y empiezas a entender que las pruebas son necesarias para declarar y descubrir tu fe, y, al mismo tiempo, son oportunidades que te sirven y ayudan para manifestarla. Entiendes aquello de la puerta estrecha y las exigencias para superar todos los obstáculos para llegar a Dios.

Las renuncias y sacrificios están para que tengas ocasión de probarte y expresar tu fidelidad y fe en el Señor. ¿Cómo, si no, puedes demostrar que crees en Jesús? Porque, no son pruebas de fidelidad cuando el camino es fácil, cómodo y va en la misma dirección que nosotros. En esas circunstancias lo natural es seguir el sentido de la corriente, pero no ocurre lo mismo cuando tienes que enfrentarte a ella y remar contra corriente. Es en esos momentos donde queda probado tu fidelidad.

Tenemos que confesar, al menos yo, que nuestras vidas muchas veces recorren caminos paralelos entre lo que se dice y piensa con respecto a lo que se hace y vive. Ser coherente nos exige lucha y fidelidad y cuando se trata de nuestra fe nos pide que la expresemos y la vivamos en todo momento de nuestra vida. Se trata, pues, de ser más transparentes y más vasos comunicantes donde la Vida de la Gracia, recibida de Dios, se viva y se manifieste tal como la experimento y creo en ella.