viernes, 9 de marzo de 2018

BUSCANDO DONDE AMAR

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El hombre está en continúo movimiento, aunque aparentemente parezca que está quieto, instalado y parado. No, nada de eso, se mueve constantemente, aunque eso no implique que tiene que caminar o trasladarse de un lado para otro. Su corazón no deja de latir y está siempre en alerta y estado de busca. Interiormente, hasta durante el sueño, el hombre busca y camina ¿Por qué? Porque el hombre está hecho para ser feliz eternamente y en este mundo no lo consigue, por eso busca y busca.

Razón tenía San Agustín al decir: "Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti." Y es que no hay descanso mientras andamos por estos lares. Por eso, no nos queda otro remedio que estar en continúo desasosiego y movimiento. El hombre para ser feliz necesita amar. Sin amor se siente vacío, inútil, sin sentido. Necesita darse, experimentarse útil y entregarse. Y eso sólo se lo da el amor.

El hombre ha sido creado por amor y sólo amando se encontrará a sí mismo. Por eso, su primer impulso debe ser amar. Pero, ¿amar cómo? ¿Dejándose llevar por su propio egoísmo y ambición? ¿Respondiendo a sus propias pasiones y satisfacciones? Sería su error más grave, porque caería hundido en sus propios egoísmos que le conducirían al vacío, al sin sentido y a la perdición.

La referencia es Jesús que está unido al Padre. Y ambos se aman eternamente. La meta es estar unidos como el Padre y el Hijo lo están y forman uno. El fundamento de nuestra vida es el amor a la única y verdadera fuente de Amor, Dios. Y la forma de demostrarlo y concretarlo es volcando ese amor en el prójimo. Es la única forma de verificar que realmente ama a Dios. 

Porque, si dice que amas a Dios, pero no al prójimo, estás mintiendo. Sólo, verificado tu amor verdadero al prójimo dejas ver y testimonias tu amor a Dios.

jueves, 8 de marzo de 2018

CEGADOS POR LOS PREJUICIOS


Resultado de imagen de Lc 11,14-23Nos sentimos muy inclinados a los prejuicios, sobre todo con aquellas personas que nos caen mal. A todo lo que hacen le buscamos el lado malo y tratamos de minimizar lo que tienen de bueno. Por el contrario, a los que nos caen bien le ensalzamos y magnificamos todos sus actos. Incluso, los malos tratamos de darle la vuelta y presentarlos como no tan malos.

Jesús sufrió esa persecución por todos aquellos que veían en Él malas intenciones hiciese lo que hiciese. Les sentaba mal lo que Jesús decía y se sentían amenazados por su Palabra. Estaban en juego sus poderes y sus estatus y no pasaba por sus corazones cambiarlos. Por eso. autoengañados tergiversaban la realidad y achacaban el poder de sus milagros: multiplicar panes, expulsar demonios o curar enfermos por  mediación de Belzebú, el príncipe de los demonios. El fin era desacreditarlo.

Y se resistían a la realidad. Ellos empeñados en su erre que erre no veían otra cosa. Obstinados en quitar a Jesús del medio, pues les estropeaba todos sus montajes y sus poderes religiosos con los que gobernaban y manipulaban al pueblo. Lejos de buscar el bien del amor y la misericordia, se sumergían en un mar de prejuicios que les cegaban. 

Y ante el asombro del pueblo, los influyentes y sabios buscan echar abajo la Palabra y obras de Jesús. Tan cegados están que argumentan disparates. Es absurdo presentar a Jesús como colaborador de Satanás, pues, ¿cómo va expulsarlo? Porque, Jesús expulsaba demonios. Por eso les dice: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra...

La divisiones nos separan y nos distancian. Por el contrario, la unidad nos une y nos fortalece, y a eso estamos llamados, a permanecer unidos en el Señor, para que otros más fuertes no nos puedan separar. Porque, si no estamos con el Señor, estaremos contra Él y quedaremos a merced del demonio, pues si no recogemos en y con el Señor, perdemos y desparramaremos nuestros tiempos y nuestras vidas.

miércoles, 7 de marzo de 2018

JESÚS, LA LUZ QUE NOS ILUMINA EL CAMINO

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Mt 5,17-19
El hombre, dejado de su mano, se desorienta y se pierde. La experiencia nos descubre cuanto nos cuesta ponernos de acuerdo, e incluso, después de llegar a una conclusión, siempre quedan desacuerdos y diferencia. Somos, por nosotros mismo, incapaces de estar todos de acuerdo. Por eso necesitamos una Ley que no oriente y nos señale el camino. Y esa Ley se nos dio a través de Moisés. A él fue entregado el decálogo, que nos orienta el camino de salvación.

Pero, al final, en la plenitud, llega Jesús, y nos dice: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento... Nos señala el camino y lo perfecciona dándole sentido y poniendo en primer lugar al hombre, a la criatura de Dios. Él es el objeto del Amor del Dios y en él pone su Espíritu. Y a él es enviado el Hijo, para revelarle el Amor del Padre y a darle cumplimiento a la Ley. Un cumplimiento que se concreta en el amor.

Y este empeño de Dios enviándonos a su Hijo nos descubre el interés que tiene por salvarnos y por revelarnos el camino. Y nada mejor para ello que intimar y conocerlo. Porque, sólo conociéndole seremos capaces de amarle y de seguir sus instrucciones y mandatos. Porque, en ellos busca nuestro gozo y felicidad que nos llevan a la Vida Eterna.

Es pues necesario conocer la Palabra del Señor y saber nuestra raíces judías que le dan sentido y profundidad a nuestra fe. Es un pueblo elegido, en él estás tú y yo, y hemos sido rescatado de la esclavitud de nuestra naturaleza humana, encadenada por el pecado, para ser liberados y llamados al gozo y a la plenitud de la Vida Eterna. 

Se trata, pues de ir limando nuestro caminos y purificando nuestras pasiones y pecados para encontrarnos con el Señor puros y dóciles a su Palabra.

martes, 6 de marzo de 2018

EL PERDÓN, ALGO INALCANZABLE PARA EL HOMBRE

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Mt 18,21-35
Nuestra naturaleza humana no nos permite perdonar. A lo sumo lo podemos hacer una o dos veces, pero eso de soportarte y aguantar tus ofensas e insultos no va con nuestra naturaleza humana y no lo resistimos. ¿cómo puede Jesús, el Señor, pedirnos que perdonemos? Lo asombroso es que nos lo pide, pero nos perdona Él primero. Perdona nuestra poca fe; perdona nuestras ofensas e indiferencias; perdona nuestra terquedad y nuestra incapacidad para amar. El Señor no se cansa de perdonarnos. Su paciencia es Infinita.

Y, siendo tan bueno, ¿cómo que nos impide algo imposible para nosotros? No encaja eso en el testimonio de Amor que nos demuestra el Señor dando su Vida por salvar la nuestra. Algo debe de haber que nosotros no entendamos. Necesitamos, pues, fiarnos, creer en Él y confiar que si nos lo pide es porque podemos hacerlo. La clave está en no intentarlo desde nuestras propias fuerzas, porque fracasaremos. El secreto está en hacerlo injertado en Él. Dejarnos asistir y auxiliar por el Espíritu Santo. Entonces sí podremos vencernos y ser capaz de amar como Él nos propone.

Siempre nos será difícil,  pero en Él podemos salir victorioso y crecer en amor. Ese es el mandato del Señor, amar como Él nos ama, y eso supone perdonar también como Él nos perdona. Un perdón que no busca recompensa ni respuesta, sino simplemente perdonar, porque en el perdón está tu propia felicidad. En la medida de tu amor y perdón se esconde tu felicidad. Esa felicidad que buscas y que anhela y que, quizás, estabas buscando en el poder y el dinero. Y que sus resultados te dejaban más vació e insatisfecho.

Jesús nos pone el ejemplo de aquel rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos en donde observamos como responde el hombre a la compasión que su rey tuvo con él, respeto a la que tiene él con uno de sus compañeros que le debía.  Y es que el hombre, echadas las cuentas, se niega a perdonar o mide estrictamente su perdón a la baja, buscando quizás un beneficio o algo que le dé ventaja o cierto interés. La gratuidad no existe en nuestros endurecidos corazones. Pensemos en la necesidad que tenemos de perdonar, porque también nosotros necesitamos ser perdonados.

lunes, 5 de marzo de 2018

EL PELIGRO ESTÁ EN CASA

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Lc 4,24-30
Es la batalla de cada día. Está junto a nosotros, porque siempre hay alguien junto a nosotros, pues no podemos vivir sólo. El hombre es un ser en relación y necesita del otro para vivir. Por eso se agrupa en pueblos y se organiza en convivencia. Pero, la convivencia se hace difícil, y más cuando hay vínculos de parentesco. Nadie es profeta en su tierra.

Son palabras que pronunció Jesús y que sufrió Él mismo. Su Palabra fue rechazada por su propio pueblo, y allí no fue bien acogido. Él es el Profeta enviado por el Padre, pero es rechazado. Él, en el que se cumple todo lo profetizado es arrojado fuera de la ciudad y sus Palabras les llenan de ira. También había ocurrido así con todos los profetas anteriores a Jesús.

Y a nosotros, si queremos cumplir con nuestro compromiso de Bautismo, ser sacerdote, profeta y rey, pasaremos también por esa cruz. Porque, la verdad siempre dolerá y nos hará la vida difícil e imposible. Sólo con Jesús podremos salir adelante y vencer esas dificultades con verdadero amor. Así lo hizo Jesús y continúa haciéndolo. Él vino a amar, precisamente a los enemigos, porque son ellos los que lo condenaron a muerte. Y, a pesar de eso, les amó. También nosotros, si queremos seguirle tendremos que hacer lo mismo. No queda otra alternativa. Hay que confiar y tener paciencia y creer que Él nos dará la capacidad y las situaciones para superar todas esas dificultades.

Ese es el peligro, y está dentro de nosotros. La enfermedad es que nos cuesta amar, y tenemos que amar. Amar al enemigo, porque a los amigos no es tan difícil. Amar, a pesar de ser rechazado como lo fue nuestro Señor Jesús. Por eso, llegará primero la Palabra a aquellos que, aún siendo extranjeros, son capaces de abrir sus corazones y creer. El Evangelio de hoy nos pone el ejemplo de dos paganos que fueron agraciados con la Gracia de Dios a través de Elíseo y Elías.

domingo, 4 de marzo de 2018

CON DIOS TODO SOBRA


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Jn 2, 13-2
Nuestra relación con Dios no puede estar mediada por otros intereses que no sea la propia relación de un hijo con un Padre. El Padrenuestro que Jesús nos enseña describe meridianamente esa relación. Es la relación de un Padre con un hijo, que le adora, le santifica, le obedece, le pide y trata de imitarle en el perdón que de Él mismo recibe.

Por eso, el templo, lugar donde se produce esa intimidad, personal y comunitaria, no puede convertirse en un lugar de esparcimiento, de encuentros con otros al margen de la presencia del Señor. De intercambios y negocios y de ruidos que ensordecen la relación personal con el Señor. Estamos en la presencia del Señor y con y en Él todo lo demás sobra o debe ser postergado. Es la Casa del Padre y el lugar donde acudimos a visitarle, pues está presente sacramentalmente.

No ha de extrañarnos que Jesús se comportará en esos momentos de forma algo airada al ver en lo que estaban convirtiendo la Casa de su Padre. Quería dejarnos claro la finalidad y la esencia de lo que significa la Casa de su Padre. Es el lugar por excelencia donde acudimos a vernos con Él. No podemos convertirlo en otra cosa. La verdadera religión consiste en una relación gratuita, voluntaria y confiada con Dios.

Y había que dar un toque de atención. Y quizás también hoy hay que darlo, porque nuestras iglesias se están convirtiendo en lugares de bullicios, de encuentros amistosos, de ruidos y cuchicheo que se aleja del verdadero sentido del encuentro con Dios y los hermanos. No digo que no se hable o se diga lo que se tenga que decir, pero siempre en la presencia de Dios y con el debido respeto. Pero, para hablar de otras cosas de otra índole o materia debemos salir afuera.

Hagamos el esfuerzo, más ahora en cuaresma, guardar el debido silencio y la compostura correcta, porque estamos en la Casa del Padre, donde está Jesús presente bajo las especies del pan y vino y en donde tenemos la oportunidad extraordinaria de relacionarnos con Él de cara a cara.

sábado, 3 de marzo de 2018

LA ESPERANZA DE SABER QUE MI PADRE ME ESPERA

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Lc 15,1-3.11-32
La Misericordia de Dios es la tabla de nuestra salvación. Por su Inmenso Amor Misericordioso vivimos en la esperanza de regresar a su Casa. Esa Casa de donde hemos salido, porque de Él venimos y a Él seremos devueltos, pero queremos llegar arrepentidos y con dolor de contrición de todos nuestros pecados e ignorancias vividas en el peregrinar de nuestro camino.

Queremos vivir esa experiencia del hijo que, salido de su casa creyéndose capaz de alcanzar la felicidad por su cuenta, experimenta el error de su ignorancia y el dolor de su pecado. También, nosotros, Padre del Cielo, hemos querido marcharnos de tu Casa y enfrentarnos al mundo por nuestra cuenta. Creyendo, incluso, que son mejores nuestros planes que los tuyos. 

Ahora, experimentado nuestro error, nos damos cuenta de nuestro pecado y te pedimos fuerza para levantarnos y, humillados, encontrar la fortaleza de iniciar el regreso. Es decir, la conversión. La esperanza es lo último que se pierde y ella nos sostiene en pie y en camino. Saber que tengo un Padre que me espera y que me quiere es una gran bendición. Eso hace renacer la esperanza y la motivación de levantarte y emprender el regreso.

Un Padre que también es Madre, como nos recuerda aquel cuadro de Rembradt, conservado en el museo de Hermitage en San Petersburgo (Rusia), donde se observa ese abrazo lleno de ternura fraterna y materna del Padre y la diferencia de sus dos manos señalando la feminidad de una y la masculinidad de la otra. Y ante esta acogida y recibimiento, es bueno reconocerte pecador e hijo inmerecido e indigno de ser perdonado. Es bueno experimentar la Misericordia del Padre, que no se cansa de esperarte y que siempre tiende sus brazos abiertos a tu arrepentimiento y dolor de contrición.

Es bueno, digo, darte cuenta del Amor gratuito del Padre. Un Padre que te ha regalado todo y que espera que regreses a Casa, porque es en ella donde está todo lo que buscas, tu plena felicidad y Vida Eterna.