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domingo, 1 de mayo de 2022

AFIRMANDO SU RESURRECCIÓN A LOS APÓSTOLES

 


Sin el Señor nuestra pesca es vana. Pedro y los apóstoles lo experimentaron aquella noche. Estaban desconcertados y casi sin esperanza. Decidieron ir a pescar. Algo así como volver a la rutina. De alguna manera, dejando a un lado al Señor y casi olvidándose de Él. Sí, se había aparecido dos veces, pero, al parecer eso no era suficiente.

Igual nos puede estar sucediendo a nosotros ahora, después de más de dos mil años. Sí, oímos hablar de Él y del mensaje de su Buena Noticia. Incluso, asistimos a la Eucaristía, pero ¿crecemos en conversión? Esa es la pregunta y por donde debe ir nuestra reflexión y por donde debemos mirarnos y observarnos.

Jesús nos conoce a fonde. Esa es la respuesta que espera de Pedro al interpelarle tres veces. Quiere que Pedro se dé cuenta de que Él es el Señor y lo sabe todo. Igual a nosotros, El Señor sabe de nuestras cualidades y hasta donde podemos llegar. Quiere, únicamente, que reconozcamos nuestras limitaciones y pecados y que, en Él, podemos liberarnos y salvarnos. Y eso, porque su Misericordia es Infinita.

Jesús conoce nuestras dudas y lo difícil que nos resulta creer. Se ha aparecido ya dos veces. El Evangelio de hoy dice que es la tercera vez. Sabe que los apóstoles, y también nosotros hoy, necesitamos de su presencia, de su apariciones, de su cercanía y de su amor misericordioso. Y, hoy, nosotros lo tenemos mucho mejor que los apóstoles. Jesús está en el Sagrario y, de manera real y presente, en la Eucaristía. Lo podemos visitar y tomarlo como alimento cada día en la Eucaristía. Es nuestra fortaleza y nuestro alimento espiritual para eso, para perseverar en esperanza, misericordia y amor. Con Él nuestra pesca será buena y abundante. Quizás nosotros no la veamos, pero el Espíritu Santo, que nos acompaña, sabrá en qué momento recogerla.

jueves, 2 de abril de 2020

EN OTRA DIMENSIÓN

Juan 8,51-59 | Evangelio del día - parroquiaweb.es | Movie posters
Jesús descubre su divinidad, pero aquellos fariseos y escribas no le entienden. Están apegados a sus tradiciones y a su ley, y fuera de ella no entienden nada o no le dan valor. Jesús está hablando de vida eterna y ellos están pensando en la vida física por la que todos tenemos que pasar. Así murió Abraham y los profetas y cada uno de nosotros también tendremos que morir.

Y las Palabras de Jesús las toman como imposible y como de alguien que está o consideran endemoniado. Leemos: «En verdad, en verdad os digo: si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás». Le dijeron los judíos: «Ahora estamos seguros de que tienes un demonio. Abraham murió, y también los profetas; y tú dices: ‘Si alguno guarda mi Palabra, no probará la muerte jamás’. ¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre Abraham, que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes a ti mismo?».

Debemos de pensar que, quizás, a nosotros nos esté ocurriendo lo mismo. Tenemos muchas dudas y no llegamos nunca a disiparlas plenamente. Siempre están con nosotros y nos inquietan y nos alertan para ponernos en guardia. Claro, hoy nosotros tenemos una gran ventaja, y es que, por la Iglesia, nuestra madre sabemos quien es Jesús y entendemos sus Palabras en el Evangelio. Pero, debemos de comprender y ponernos en el lugar de aquellos contemporáneos de Jesús.

Jesús es el Hijo de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad y ha existido siempre. Es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob y su nombre es Yo soy. Abraham se llenó de alegría cuando vio el día del Señor - Gn 18 -  y los judíos, que tienen por padre a Abraham se agarran a la ley y tradiciones y no salen de ahí, no ven más. Tratemos nosotros de levantar nuestra mirada y mirar más arriba para encontrarnos con el Señor, verdadero Hombre y verdadero Dios. Quizás estos momentos de pandemia, entre otras cosas, nos traiga la oportunidad de encontrarnos con el Señor.

jueves, 19 de diciembre de 2019

¿ESTAMOS DISPONIBLES A LAS SEÑALES DEL SEÑOR?

Resultado de imagen de Lc 1,5-25
Lc 1,5-25
Es verdad que en la vida nos encontramos como muchos signos y señales de todo tipo. Incluso, ¿cuántas veces hemos soñados sobre algo que no entendemos o que creemos que va a suceder? Quizás, porque no entendemos nada, dejamos de insistir o pensar en ello. En otras palabras, pasamos de largo. Seguimos nuestra intuición y cerramos nuestros ojos a todo aquello que no entendemos.

Zacarías, de quien nos habla el Evangelio de hoy, actuó de esa manera. Deseaba un hijo y lo había pedido al Señor, pero, a la hora de la verdad, y siéndole concedido, tuvo sus dudas y quiso saber de qué manera iba a suceder eso, pues le parecía imposible debido a la vejez y esterilidad de su mujer. Esa duda en el Poder de Dios, para el que no hay nada imposible, le silenció su boca hasta que comprendió y creyó en el Poder de Dios.

¿Qué significa esto para nosotros? La pregunta que debe interpelarnos puede ser: ¿Creo yo en el Poder de Dios y que también me habla a mí? O, ¿creo que significo algo para Dios y que, por tanto, me habla y quiere algo de mí? Cómo Juan, ¿tengo yo algo que hacer y preparar para la venida del Señor? ¿Acaso debo preparar mi corazón y disponerme a abrirlo para acoger y alojar al Niño Dios que me invita a renovar mi endurecido corazón en un corazón suave y manso?