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jueves, 15 de abril de 2021

SIN LUGAR A DUDA, LA SALVACIÓN NOS VIENE DE ARRIBA

 

Aquí abajo no está la salvación. Sabemos que en este mundo todo lo que empieza acaba y, por supuesto, nuestras esperanzas no tienen horizonte. La muerte lo limita y finiquita todo. Sin embargo, levantar la mirada y dirigirla hacia el Cielo, cambia nuestra esperanza y renace nuestra vida. Mientras todo lo de aquí abajo tiene fecha de caducidad, lo que viene del Cielo nos llena de esperanza y de vida. 

Lo que viene de arriba está por encima de todo, lo abarca todo, lo sabe todo y su medida es Infinita. Jesús, que viene del Cielo, conoce y sabe todo y habla de lo que sabe dando testimonio de lo que ha visto, nos invita a que también nosotros miremos para el Cielo. Las cosas de la tierra son importantes, las necesitamos, pero no nos dan esa Vida Eterna que buscamos, y que es lo verdaderamente importante.

Las cosas de este mundo, por mucho que las valoremos no nos sirven de mucho. Son caducas y tienen su tiempo contado. Aquí acaba todo, no hay más esperanza ni horizonte. Por el contrario, las cosas del Cielo, de las que nos habla Jesús, primero, no se acaban, y, segundo, nos dan esa Felicidad Eterna que buscamos. Creer, por tanto en Jesús abre nuestras expectativas y esperanzas. Él es el Salvador prometido y el Camino, la Verdad y la Vida.

En Él ponemos todas nuestras esperanzas. Pero, ¿qué podemos esperar de todo lo que podamos conseguir aquí abajo? Los tesoros de la tierra son caducos y, precisamente por eso pierden todo su valor. Jesús, que viene del Cielo, nos trae la Verdad y nos da la Vida y quien cree en Él verá y gozará de la Vida Eterna.

viernes, 21 de junio de 2019

EN ESTE MUNDO TODO PERECE

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Mt 6,19-23
San Francisco de Borja, al ver, después de varios días de viaje, el féretro y contemplar el cadáver putrefacto de la emperatriz Isabel de Portugal, mujer de Carlos V, exclamó: Nunca más, nunca más servir a Señor que se me pueda morir. Con esta expresión dejó muy claro el valor de las cosas de este mundo, incluso la vida. Y es que todo lo que es perecedero pierde su valor.

Sabemos que las cosas de este mundo son necesarias, pero esa necesidad debe siempre ir por detrás de nuestro amor a Dios., quien debe ocupar el centro de nuestro corazón. Ese es el sentido y el contenido de lo que nos dice Jesús en el Evangelio de hoy. Todo lo de aquí abajo se corrompe y, de significar en algún momento de nuestra vida algo importante y de valor estimable, pasa a corromperse y quedar destruido. sin ir más lejos lo experimentamos en nuestra propia muerte. E incluso en algunas enfermedades que, podemos decir, nos dejan con vida pero prácticamente muertos.

De ser jóvenes, vigorosos y elegantes nos convertimos en viejos, débiles y deformados. Evidemente, San Francisco de Borja tiene mucha razón, sólo lo que es eterno conserva valor. Y para eso nos ha creado Dios, para vivir eternamente, condición que hemos perdido por el pecado, pero que hemos rescatado por los méritos de Jesús, el Hijo de Dios hecho Hombre, que ha entregado su vida para darnos esa oportunidad de recuperar la Gloria perdida. Esa Eternidad gozosa, en la presencia de Dios Padre, que quiere compartir con nosotros, su Gloria.

No perdamos de vista esa Eternidad a la que hemos sido llamados y para la que hemos sido creados.. Busquemos siempre, por encima de las cosas de este mundo, las cosas de arriba, las del cielo, que nos llevan a la Gloria de Dios.