viernes, 18 de enero de 2019

PARA DIOS NO HAY NADA IMPOSIBLE

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Sólo Dios tiene poder para perdonar los pecados. murmuraban algunos judíos de los que estaban presente. Jesús advierte esos pensamientos y les reta a que presencien que Él es el Hijo de Dios enviado, según las profecías, a liberar al pueblo de la esclavitud del pecado. Y les dice: ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’, o decir: ‘Levántate, toma tu camilla y anda?’ Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dice al paralítico-: ‘A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’».

Luego, si Jesús, el Hijo de Dios, tiene poder para perdonar los pecados, será realmente Dios, porque no dice; En el nombre de Dios, sino que habla en primera persona y perdona los pecados. Está en estrecha sintonía con el Padre y el Espíritu Santo y forman la Trinidad. Es decir, un sólo Dios y tres Personas.

Pero, cuando no queremos claudicar ni cambiar nuestra situación porque nos encontramos cómodos y bien, cerramos los ojos a toda realidad. Puede esta sucedienco eso ahora mismo en nuestras vidas. Nos encontramos a gusto tal como estamos y apostamos por seguir así. Eso explica que los ricos, es decir, los acomodados y contentos con la realidad que vivimos, no queremos cambiar. Son los que sufren, los que lo pasan mal y son excluidos y marginados, los que están dispuesto a escuchar y agarrarse al cambio que Jesús les propone.

Sin embargo, no es esa la prioridad de Jesús, pues su principal objetivo es salvarnos de la realidad de la muerte. Pero, de la muerte del alma y de la condena eterna. No es esta vida la principal. Podemos morir, y de hecho habrá que vivirlo en este mundo, pero no significa la verdadera muerte, sino el paso de la muerte por el pecado a la Vida Eterna por la Misericordia de Dios. 

Por eso, presta más atención al perdón de los pecados, porque son ellos el verdadero peligro y la perdición eterna. Sin embargo, en algunas circunstancias, como es el caso del Evangelio de hoy, Jesús tiene que echar mano a la curación de aquel paralítico para mostrarnos el poder de Dios.

jueves, 17 de enero de 2019

EXCLUSIÓN Y OFRENDA

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La lepra fue en un momento una enfermedad mortal y, debido a su contagio, excluyente. Caer enfermo de lepra era como estar muerto en vida. Eran apartados de la sociedad y retirados a esperar, con mucho sufrimiento, la muerte. Recuperarse era milagroso y, si eso sucedía, había que pagar una ofrenda como prueba de purificación para integrarse en la sociedad de nuevo.

Hoy ha sido erradicada y hay medicinas para combatirla con eficacia en posibles lugares que pueda existir. No representa ningún peligro, si bien, el mayor peligro será la falta de medios en aquellos lugares que todavía pueda existir posibilidad. Sin embargo, hay otras muchas lepras que azotan nuestra vida y nuestra sociedad. Hoy, quizás, hay muchos más excluidos que, migrando de otros lugares, por circunstancias no de lepra, pero sí de dictaduras, explotaciones, guerras, hambre...etc, huyen de sus países buscando un lugar donde puedan vivir con dignidad y en paz.

Posiblemente, hoy tenemos que pedir al Señor por la paz y por la justicia en todos esos países, para que las personas puedan vivir dignamente en libertad, respeto y amor. Y tenemos que pedirlo convencidos de que en el Señor se puede conseguir. Pero, esa oración pasa también por cada uno de nosotros que con nuestra ofrenda y testimonio podemos ir contribuyendo a esa justicia y a esa paz.

La salud y el bienestar depende de todos, y todos tienen que colaborar aportando su esfuerzo y su contribución. Es la justicia social, donde lo más fuertes y dotados comparten con los más débiles y necesitados. Eso nos descubriría el amor y la fraternidad de la que tanto están necesitadas la humanidad. 

Y el Señor Jesús ha venido para eso, para curarnos esas enfermedades egoístas que nos enfrentan y nos enferman. Él quiere limpiarnos, pero nosotros tenemos también que pedírselo y hacer el gesto de querer demostrarlo con nuestra actitud generosa y fraterna.

miércoles, 16 de enero de 2019

TIEMPO Y TRABAJO

Resultado de imagen de Mc 1,29-39Con mucha frecuencia hablamos del tiempo, pero no del tiempo climatológico, sino del tiempo de nuestra vida, que marca nuestro quehacer diario. Solemos decir que nos falta tiempo, o que no tenemos tiempo para muchas cosas que, sin darnos cuenta, no son sólo necesaria sino imprescindible. Marcamos una ruta de jerarquía que suele estar dominada y sometida a lo material, a lo productivo, a lo económico.

Nuestro tiempo está influenciado y dirigido a la productividad económica. Todo lo que da rendimiento o abaratamiento del gasto económico nos interesa. Y en esa línea organizamos y disciplinamos nuestra vida. El tiempo para la contemplación lo sacamos en los ratos libres o, quizás, cuando no tenemos nada que hacer. Craso error que enturbia nuestra vida y nos somete más a las pasiones y espíritus mundanos.

La oración, es decir, nuestra relación con Dios es tan necesaria como imprescindible. Necesitamos orar porque en ello, no sólo nos va la vida y la eternidad, sino la felicidad y el gozo eterno. Eso que realmente buscamos por caminos equivocados, tal es el trabajo orientado a la productividad y a la economía. Hoy, el Evangelio, nos presenta a Jesús repartiendo su tiempo en la atención a la gente que le busca y buscando luego su tiempo de oración con el Padre.

 Jesús nos muestra la necesidad de estar en el mundo, pero sin dejar de estar unido al Señor. La oración es el alimento espiritual que nos fortalece y nos vivifica para, luego, desempeñar nuestra tarea de servicio entre los hombres. No descuida la entrega y la respuesta a los que piden su auxilio y le buscan para que calme sus padecimientos y sanen sus enfermedades. Pero, de la misma forma, busca el tiempo que necesita para meditar y dedicarse en contemplación a la cuidada oración con el Padre.

Una lección que todos debemos aprender y tener muy en cuenta. Jesús es el Señor y nuestra referencia. Nuestra vida debe mirarse en Él y seguirle es tratar de imitarle. Por algo nos ha dicho que es el Camino, la Verdad y la Vida.

martes, 15 de enero de 2019

UNA FORMA DE HABLAR DIFERENTE

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Mc 1,21-28
Jesús asombra y sus palabras arrancan admiración y sorpresa. El pueblo no está acostumbrado a oír hablar de esa manera ni a que esa Palabra también se realice. Son palabras de verdad y de justicias. Son palabras que liberan, que llegan al corazón y que sanan las dolencias y enfermedades. Son palabras que dan sentido y esperanza a la vida. Es una manera nueva de hablar.

Son palabras que se corresponden con los que los corazones de los hombres demandan. Son palabras que responden a los interrogantes que los hombres se plantean y le da soluciones. Son palabras que tienen el poder de liberar y de dar repuesta y solución a las dificultades, desesperanzas y obstáculos que los hombres encuentran en el camino de sus vidas. Jesús desprende admiración y la gente asombrada quedan perplejos ante su forma diferente de enseñar, con autoridad y sabiduría.

Pero, su Palabra no es una Palabra sólo del ayer, sino que hoy se actualiza también si la escuchas y la lees con fe, con serena reflexión interiorizada y tratas de llevarla a tu vida. Una Palabra que, desde la meditación interior y profunda, se hace vida y transforma tu corazón. Una Palabra que se hace alimento en la Eucaristía y que transforma el corazón de aquellas personas que viven en la verdad y la justicia.

Jesús es el Señor y su autoridad se desprende, no ya de lo que dice, sino de su identidad como el Hijo de Dios. Su Palabra se hace Camino, Vida y Verdad, y se apoya y le viene dada por ser el Mesías, el enviado, el predilecto en el que el Padre se complace. En Él se cumple todo lo profetizado y proclama con suavidad, con seguridad, con ternura, con autoridad y sin violencia ni aspereza. Una nueva forma de enseñar que hasta los espíritus inmundo le obedecen.

Su autoridad queda manifiesta y su doctrina se hace nueva porque lo que dice lo realiza con poder y firmeza. Nada se había visto igual. Jesús asombra y enseña con verdader autoridad haciendo precisamente el bien y proclamando la verdad.

lunes, 14 de enero de 2019

CONVERTIRNOS AL SEÑOR

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Mc 1,14-20
¿Qué buscamos en este mundo? ¿O no buscamos nada? Esa es la pregunta que todo ser humano se plantea, aunque muchos es posible que no la descubran o pasen sin saber a dónde van o para qué están aquí. Quizás nosotros tenemos también algo de culpa en esa actitud y comportamiento de otros. Quizás nosotros no les hemos ayudado a mirarse a sí mismos o descubrir realmente lo que buscan sin saber cómo o para qué.

Todo ser humano quiere ser feliz, y muchos lo descubren haciendo feliz a otros. La felicidad del ser humano es darse y hacer feliz a otros. Sobre todo a los que estamos vinculado por la sangre, familia: padres, hermanos, hijos, parientes...etc. Pero, también a los amigos y, incluso a los extraños. En esas experiencias vamos experimentando que esa felicidad que buscamos se esconde ahí.

Sin embargo, hay una gran dificultad, nuestra naturaleza humana, limitada, herida, tocada por el pecado, egoísta y sometida a apetencias, apegos, ambiciones, poder, vanidades...etc. Pronto nos damos cuenta que nos es muy difícil vencernos por nosotros mismos. Necesitamos ayuda, y no una ayuda humana, sino una ayuda sobrenatural. Alguien que pueda liberarnos de la esclavitud del pecado y darnos esa felicidad eterna a la que aspiramos.

Y ese es Jesús, que hoy, en el Evangelio, nos propone y ofrece esa posibilidad. Nos llama a la conversión, pero a una conversión hacia Él, porque es Él precisamente el Camino, la Verdad y la Vida. «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» Eso nos dice e invita Jesús hacer. Se trata de reconocer en Él al Mesías liberador que nos libera de nuestras esclavitudes y nos da el don de la fe. Significa estar agradecidos y dejarnos conducir por el mismo Espíritu de Dios que también ha sido enviado a todos los que se abren a su acción y darnos en amor para todos los hombres.

Y no es fácil, pero si posible si estamos injertados en el Espíritu Santo. Por eso, Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. Siguiéndole y poniéndonos en sus Manos podemos alcanzar esa Conversión de la que Jesús nos habla hoy.

domingo, 13 de enero de 2019

EL COMIENZO DE LA VIDA PÚBLICA

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Lc 3,15-16.21-22
Llega el momento esperado, pero también el momento buscado. El Evangelio dice: En aquel tiempo, el pueblo estaba expectante... Y en esa actitud se preguntaban si Juan era el Mesías prometido. También nosotros podemos hacer esa reflexión: ¿cómo está nuestra actitud ante la espera? ¿Hemos encontrado al Mesías, a ese Dios hecho Hombre que, ahora, reunidos en torno a su mesa nos disponemos a recibir como alimento espiritual? ¿Y le seguimos?

Y en nuestro seguimiento tomamos la actitud que nos testimonia Juan el bautista poniéndome detrás y menguando para que nuestro humilde obrar refleje al Señor. Sea Él quien crezca y quien refleje nuestra vida en contacto con los demás. Jesús es el centro de todas las profecías. Desde el principio todo fue hecho para tener su cumplimiento en Él, y llegada su hora, igualado a los hombres menos en el pecado, pasa también, por voluntad propia, estando libre de todo pecado, por el Bautismo.

El Bautismo es el momento de su presentación. El Padre presenta a su Hijo y nos invita a escuchadle y a hacer lo que Él nos dice. ¿Estamos nosotros en esa actitud? Para eso, también nosotros hemos recibido el Bautismo y el mismo Espíritu Santo que guió a Jesús. Y que nos asiste, nos conduce y nos guía si le dejamos, y por el cual podemos hacer lo mismo que Jesús y aún cosas mayores - Jn 14, 12-13 -.

El profeta Isaías nos describe como actuará Jesús: sin violencia, sin gritos y asperezas... lo hará en silencio y suavidad. No cortará la caña quebrada sino que la ayudará a mantenerla firme; abrirá los ojos a los ciegos y librará a los cautivos. Y todo eso se cumple en Jesús. Realmente Él es el Mesías y de todos esos beneficios y gracias nosotros somos los beneficiados, tal y como nos dice San Pedro en la lectura de los hechos, porque el Espíritu Santo estaba con Él.

También está con nosotros y, si creemos en Él, haremos las mismas cosas. No perdamos las esperanzas y dejémonos llenar de la Gracia del Espíritu Santo, que nos transforma y nos convierte.

sábado, 12 de enero de 2019

DEJA CRECER A CRISTO EN TI

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Jn 3,22-30
En muchos momentos de nuestra vida somos tentados por el demonio y, sigilosamente, nos dejamos conducir por nuestras virtudes y cualidades como frutos y capacidades propias que nos son suficientes y nos bastan para cualquier obra, incluso apostólica, prescindiendo de los demás y hasta de Dios. Hasta el punto de creer que si son posibles y se hacen realidad son frutos de nuestro esfuerzo y entrega.

Prescindimos de Dios sin darnos cuenta y de forma rutinaria confiamos más en nuestras capacidades y esfuerzos que en la asistencia y ayuda del Espíritu Santo. Juan el bautista tuvo también esa tentación y fue, incluso, avisado de que Jesús bautizaba en Judea, de lo que muchos llegaban a escandalizarse. Preguntado Juan al respecto contestó: «Nadie puede tener nada si Dios no se lo da. Vosotros mismos me habéis oído decir claramente que yo no soy el Mesías, sino que he sido enviado por Dios delante de él. En una boda, el que tiene a la novia es el novio; y el amigo del novio, que está allí y le escucha, se llena de alegría al oírle hablar. Por eso, también mi alegría es ahora completa. Él ha de ir aumentando en importancia, y yo, disminuyendo».

Está claro, Juan se aparta y deja el camino que el había preparado con tanto entusiasmo y entrega para que Jesús continúe la obra a la que había venido y Juan le había abierto el camino. También nosotros debemos hacernos esa pregunta. ¿Tengo yo que crecer o esforzarme para que Cristo, el Señor, crezca en mí y sea yo reflejo de Él? ¿Tengo yo que buscar mi gloria o dejar que todo mi ser y actuar sea para Gloria del Señor?

Son preguntas que desde mi compromiso de bautismo debo dar respuesta, pues en el momento de mi bautismo quedé configurado como sacerdote, profeta y rey, y eso me compromete a dar testimonio, recibido el Espíritu Santo, tal y como lo hizo Jesús. Y es que si creemos hasta el Señor nos lo ha dicho: En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores que éstas hará, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.… -Jn 14, 12-13 -.