lunes, 23 de septiembre de 2019

LA LUZ ILUMINA TU VIDA

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Cuando cierras los ojos experimentas una oscuridad que paraliza tu vida. Tu corazón continúa latiendo, pero eres incapaz de moverte y menos de orientarte. Entonces empiezas a valorar la luz y te das cuenta que sin luz se hace muy difícil encontrar el camino de la felicidad, que todos, conscientes o no, buscamos en el recorrido de nuestras vidas.

Sin embargo,  hay otra Luz que es imprescindible y totalmente necesaria y sobre la que apoyo mi humilde reflexión. Es la Luz que orienta y da verdadero sentido a la vida, incluso dentro de la oscuridad que la invidencia física somete a muchos. Porque, el camino de nuestras vidas necesita una Luz sobrenatural que nos ilumine, nos oriente y nos dé sentido. Una Luz que es capaz de levantarnos en los momentos que, por circunstancias de nuestra propia vida, queda sometida por la adversidad, por tus propias apetencias y por tu condición humana pecadora.

Es la Luz de la Salvación que has recibido en tu bautismo y que, abierto tu corazón a la acción del Espíritu Santo, ilumina tu vida y la orienta hacia la esperanza que la alimenta y la fortalece. Porque, sabes que llegará la enfermedad, el sufrimiento, la fatiga, la debilidad, la apetencia y el pecado. Y sólo esa Luz desde el Espíritu Santo dará sentido y esperanza a tu vida orientándola y levantándola para ponerla, en la lucha de cada día, que la sostenga y le dé la perseverancia hasta el final de tu camino.

domingo, 22 de septiembre de 2019

HOMBRE RICO - HOMBRE POBRE

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Lc 16,1-13
Sin lugar a duda la pobreza te da cierta ventaja respecto a alejarte de la soberbia, porque, un pobre parece que pierde el derecho a ensoberbecerse. La soberbia parece ser propia de los ricos y, muy raramente, está en manos de los pobres. Por eso, y consecuencia de ello, está muy cerca y en manos de los pobres la humildad, y, por el contrario, del rico, aunque también tiene derecho, se aleja más.

Conocedor de esto Jesús, enviado por el Padre, se acerca a los pobres, porque son los pobres los que están más cerca de la humildad y, por supuesto, de la aceptación a permitir la conversión de sus corazones. Y es que, para convertirse y abrir tu corazón al Padre tienes primero que dejar entrar la humildad en tu corazón, y eso ocurre cuando tú corazón abraza la pobreza, que no es tanto y cuanto al dinero se refiere, sino a la pobreza de tu espíritu que se reconoce pecador y necesita de la Misericordia de Dios.

De ahí lo que dijo Jesús: Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios -Mc 10, 25-. Se trata de despojar nuestro corazón de toda ambición y poder y en su lugar poner el Corazón de Jesús. Es cuestión de creerlo y de pedirlo; es cuestión de, abierto a la acción del Espíritu Santo, permitirle que vaya modelando nuestro corazón al estilo de Jesús e irlo transformando en un corazón como el Suyo.

sábado, 21 de septiembre de 2019

RECONOCERME ENFERMO ES PEDIR LA ASISTENCIA DEL MÉDICO

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Mt 9,9-13
Hasta que no te reconozcas enfermo no tendrás ninguna intención de buscar al médico. Eso manifiesta que sólo los enfermos necesitan y buscan médicos. Y Jesús, sabiendo que sólo los que se reconocen pecadores necesitan de médico, proclama que ha venido a curar y salvar a los enfermos.

Nuestra naturaleza humana se resiste a relacionarse con los pecadores. Nos mueve el separarnos y distinguirnos y no queremos juntarnos con los marginados, los pobres y los pecadores. De modo que, cuando vemos a Jesús comer con publicanos y pecadores le criticamos. «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

Es eso lo que los fariseo le echan en cara a Jesús. No les parece bien que quien se proclama el Mesías e Hijo de Dios se siente a la mesa con publicanos y pecadores. No lo entienden ni les cabe en sus cabezas. Esos, publicanos y pecadores, son indeseables y malditos y no considerados hijos de Dios. Esa era la mentalidad de aquella gente y, por lo tanto, no comulgaban ni entendía lo que hacía Jesús.

Pero, eso fue lo que sucedió y de ello no podemos estar pendiente. La cuestión ahora es, ¿y tú qué piensas al respecto? Posiblemente dirás que estás de acuerdo con Jesús, pero, ¿eres coherente con con lo que dices y piensas? Porque, bien lo sabes, una cosa es decirlo y otra muy diferente vivirlo. Por un lado va la palabra, pero, por otro lado va la vida. Es decir, también tú, a pesar de confesar estar de acuerdo, los esquivas y no los quieres a tu lado.

No es fácil ser coherente con tu palabra y eso puede convertirse en una buena ocasión para crecer y avanzar en tu coherencia. Cuando tu corazón es sincero empiezas a darte cuenta y a reconocerte pobre, pequeño y con necesidad de humildad. Experimentas que es el Señor quien se sienta también contigo a tu mesa y junto con los que compartes, preferiblemente con los pobres y pecadores. Porque son ellos los verdaderamente necesitados de salvación.

viernes, 20 de septiembre de 2019

TRANSPARENTES PARA DEJAR PASAR LA LUZ

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Lc 8,1-3
Abrir mi corazón para llenarme de Dios es mi primer paso. Luego, iluminado por su Gracia, ser lámpara que alumbra el camino por donde trascurre tu vida. Porque, si la Luz entra en ti y no se irradia a los demás es signo de que algo falla.

Lo normal que que la Luz ilumine y alumbre todo a su derredor, y si no sucede así la deducción es que no es verdadera luz o está contaminada por la sombra del Maligno. No se pone una lámpara -Mt 5, 15- debajo de...

Y es esta reflexión, que hoy me hago, la que me interpela y me pregunta: ¿Soy yo lámpara que deja pasar y transparentar la luz, que primero alumbra mi corazón, y, luego, ilumina a los demás? O, ¿por el contrario es una luz que entrando en mí se queda dentro y no alumbra a los que me rodean? Desde esta realidad percibo la condición débil y pecadora de mi frágil naturaleza humana, pero, también, la impotencia propia de sostenerme sólo por mis fuerzas. 

Me doy cuenta que seré luz en la medida que me deja invadir por tu Gracia, Señor, hasta el punto de que la derrame abundantemente en los demás y por todos los lugares que mi vida transite. Y eso es lo que persigo, quiero y me mueve a ir detrás de Ti, Señor. Y te sigo, como hicieron los apóstoles y las mujeres que te acompanarón en tus visitas de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad.

jueves, 19 de septiembre de 2019

¡SEÑOR, PERDONA MIS PECADOS!

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Lc 7,36-50
Con frecuencia utilizamos las invitaciones para conseguir favores con los que obtener algún beneficio, o para darnos la satisfacción de desprestigiar o ridiculizar a alguien que nos molesta o irrumpe en nuestra vida y nos interpela. De cualquier manera, nuestros egoísmos son la causa de muchos enfrentamientos y de rupturas que nos impiden crecer en el amor.

Precisamente, el Evangelio de hoy nos relata un episodio donde un acomodado fariseo rogaba a Jesús que fuese a su casa a comer. Sus intenciones no parecen buenas y menos cuando, a la primera de cambio, duda de Jesús cuando piensa que ignora la situación de aquella mujer que le enjuga, seca y perfuma sus pies llenándolos de besos. Doy por hecho que conocemos ese relato evangélico - Lc 7, 36-50 -  y si me equivoco les invito a que lo lean de manera reflexiva. Nos toca de lleno y nos abre muchos interrogantes que nos conviene escrutar y reflexionar profundamente.

¿Dónde está la altura de mi amor? Porque, si es de poca altura estaré más cerca del fariseo Simón que de aquella mujer pecadora. ¿Y cuál será mi actitud, arrogante, suficiente o humilde reconociendo mis pecados? Necesitaré la reflexión de cada día sobre mis actitudes y obras, así como el seguimiento y reconocimiento de mis pecados, porque en ese ejercicio iré, por la Gracia de Dios, encontrando, creciendo y mejorando la calidad de mi amor.

Reconocerme pecador es estar en una actitud orante y de alabanza dando gracias al Señor por el perdón de mis pecados. Porque, sólo Él me puede librar de mis egoísmos y esclavitudes que me someten y me enfrentan a los demás.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

BOCA CALLADA

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Lc 7,31-35
No es fácil mantener la boca callada. Y digo esto refiriéndome a la crítica y a las murmuraciones, sobre todo, cuando emitimos juicios sobre la conducta de los otros. Y es que siempre  tenemos algo que decir sobre los demás menos de nosotros. Es como si estuviésemos anclados en nuestras propias ideas y convicciones de forma inamovible, de modo que sólo vemos los errores o defectos de los demás. Nuestra coherencia brilla por su ausencia, pues, para nosotros no existe, pero sí la tenemos presente en los demás. Nuestro ojos miran para afuera y nunca para adentro.

De esta manera y en esta actitud orgullosa y suficiente los judíos de esa época, contemporáneos de Jesús, criticaron a Juan el bautista por su vida austera y sobria. Pero, también a Jesús porque comía y compartía muchos momentos con publicanos y pecadores. Y esta manera de actuar no es sólo de ayer, sino que continúa vigente hoy. Nos cerramos a la Iglesia y criticamos muchas actitudes de sus miembros y justificamos nuestra actitud confesando que creemos en Dios pero no en su Iglesia.

La incoherencia se pone de manifiesto, pues, si decimos que creemos en Dios, ¿por qué no cumplimos sus mandamientos? Son mandatos de Dios, no de la Iglesia. Queda al descubierto que son auto traiciones que tratan de distorsionar la realidad y justificar nuestras actitudes. Hablamos y criticamos a los otros, pero nosotros nos mantenemos al margen como inmaculados y haciendo lo que nos place sin tener ningún compromiso.

Mientras, los hijos de la sabiduría abren sus corazones al Señor y dan la razón a Jesús. ¿Y nosotros? ¿Permanecemos en la incoherencia criticando todo lo que hacen otros de forma negativa sin mirarnos a nosotros mismos? Tratemos de reflexionar con serenidad y coherencia nuestras actitudes.

martes, 17 de septiembre de 2019

LO CONTRARIO A LA FE DEL CENTURIÓN

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Lc 7,11-17
Cada vez que leo este Evangelio me surge la misma pregunta: ¿La gente que estaba en aquel entierro creyó? Es un interrogante que siempre me planteo, porque presenciar un milagro de estas características debe marcarte para toda tu vida y originar un cambio en tu vida. De no ser así diría que no lo entiendo o que el Maligno ciega tu vista y tu mente. 

Y algo parecido debe ocurrir hoy cuando la gente se queda tan tranquila ante la experiencia de la muerte. La Palabra de Dios debe servir para alertarnos y despertarnos. No estamos de paso en esta vida. Hemos sido creados por Dios y no para morir al cabo de un tiempo, porque no somos animales, sino que tenemos alma y capacidad para darnos cuenta del Amor Infinito de nuestro Padre Dios. Su Hijo, nuestro Señor Jesús ha venido a este mundo para decírnoslo y rescatarnos de la esclavitud del pecado para salvarnos.

Por lo tanto, sigue en pie mi sorpresa y mi capacidad de asombro al no comprender como es posible que la gente no responda ante esta promesa de Jesús de parte de su Padre. Porque, lo que nos dice Jesús es lo que realmente palpita en mi corazón y lo que realmente deseo. Y eso no me pasa a mí sólo sino a todos. Dentro de nosotros hay una aspiración a la felicidad y eternidad. Luego, ¿por qué entonces no creerle a Jesús que ha vencido a la muerte, no sólo en Él sino también en los que ha resucitado?

Y digo que fue todo lo contrario a lo que sucedió con el centurión porque él si supo darse cuenta que Jesús, por lo que había oído, que Jesús tenía el favor del Padre Dios y lo que decía se cumplía. Por eso reclamó su intervención desde donde estuviese para que sanara a su siervo. Por qué, entonces, no tratamos de pensar serenamente y reflexionar al respecto. ¿Acaso no nos importa esa posibilidad que tenemos de vivir eternamente en plenitud de felicidad?