jueves, 11 de junio de 2020

EL ENTUSIASMO DE PROCLAMAR

Jesús nos enseña el camino para ser felices: las Bienaventuranzas ...
Mt 10,7-13
No podemos perder de vista que cuando proclamamos la Palabra, el Espíritu Santo está con nosotros. No significa eso que en otros momentos no esté, ¡siempre está!, pero, quizás, en esos momentos está más visible y más presente por significarlo de alguna manera. Y, por experiencia propia, lo experimento en mí mismo, porque, cuando proclamo la Palabra de Dios a los que presentan a sus hijos para el bautismo o a alguna persona que quiere bautizarse y se prepara para la iniciación cristiana, experimento esa energía, ese entusiasmo y esa fuerza que descubre y da el Espíritu Santo.

Cuando proclamamos estamos anunciando la presencia de Dios entre nosotros y su promesa de salvación anunciada por su Hijo predilecto, nuestro Señor Jesús. Y tenemos que estar convencidos, pues esa es nuestra fe, que Jesús está con nosotros y la promesa del Espíritu Santo nos da sabiduría, fortaleza y la Gracia de proclamar esa Palabra de Salvación.

No tengamos miedo ni tampoco desánimo por los resultados que de ella se derivan. Jesús lo hizo con firmeza, con sabiduría y con el Poder que le viene de ser el Hijo de Dios. Sin embargo, porque ha dado plena libertad a los hombres y mujeres, ellos responderán según sus propias convicciones y deseos. No cabe duda que, quienes abren sus corazones a la verdad y al sentido común, convergerán que lo más inteligente es escuchar esa Palabra y seguir su camino.

¿Por qué? Porque, en el fondo de todo corazón humano hay un deseo irrevocable de alcanzar la felicidad eterna y esa búsqueda que, quizás, iniciamos en este mundo sólo se hará realidad si abrimos nuestros corazones a ese Dios que Jesús, el Señor, nos anuncia y nos muestra. Y para llegar a Él tenemos que seguir a Jesús, el Hijo de Dios, porque, Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

miércoles, 10 de junio de 2020

CUMPLIMIENTO - CONCIENCIA - ESPÍRITU

Mateo 5,17-19 - dar cumplimiento - Roguemos al Señor
En muchos momentos nuestra propia responsabilidad actúa en nosotros de forma exigente y nos impulsa a tomar decisiones que no están escritas y que van más allá de la ley. Eso nos empuja a discernir y tomar decisiones que, no estando escrita si están en nuestra conciencia. Es evidente que eso nos inquieta, nos preocupa y nos exige dar un paso hacia adelante, e incluso, ser criticado por otros.

Por supuesto, es más cómodo ajustarse a la ley y limitarse a lo que está escrito. Eso es más seguro y nos justifica de nuestra responsabilidad ante la ley, pero no ante Dios. Y eso es lo que nos dice Jesús en el Evangelio de hoy: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.

Buscando nuestra propia seguridad nos gusta que nos digan lo que tenemos que hacer y que nos den recetas que cumplir. Hemos experimentado eso en nuestras propias confesiones cuando queremos que el sacerdote nos diga qué hacer. La cuestión es que la decisión es nuestra y la ley nos marca un espacio donde yo debo moverme y donde el amor es el que da el límite de mi actuación. Y experimentamos preocupación cuando tenemos que tomar una decisión.

Descubrimos la necesidad de la oración abierta con el Espíritu Santo para pedirle luz en esos momentos oscuros, donde algo nos dice dentro de nuestra conciencia que esa ley no basta y que nuestro espiritu nos exige dar un paso más. Es entonces cuando no debemos quedarnos en el mero cumplimiento, sino en dar ese paso que se ajusta con lo que nos dice el espÍritu de nuestra conciencia.

martes, 9 de junio de 2020

SAL Y LUZ

MATEO 5, 13-16 | Evangelio san mateo
Sabemos lo que significa sal y luz, y sabemos también los efectos que ambas producen. Cuando probamos algún plato que no lleva sal notamos rápidamente que su sabor no es el apetecido. Advertimos enseguida la ausencia de sal para darle gusto a ese plato. Lo mismo ocurre con la luz. Su ausencia nos deja a oscura y nuestra vida queda cegada por esa oscuridad. Dar luz significa volver a ver los colores y todo lo que nos rodea. Sí, realmente sabemos lo que significa ser sal y luz.

Pero, no basta con solo saberlo, sino que hay que serlo. Para dar sabor y luz hay primero que tener ese gusto y esa energía para alumbrar. Si no llevo el gusto de Dios y la vivencia de su amor dentro de mí, no podré contagiarlo ni dar sabor a las cosas con las que me mezclo y comparto. Sólo llevando a Dios y, por supuesto, su amor, podré darlo y transmitirlo a los otros. De la misma manera, si soy capaz de dejarme alumbrar y vivir en esa luz que me viene del Espíritu Santo, podré pasarla y darla alumbrando al entorno de los que me rodean.

Ser sal y luz significa ser testigo del amor de Dios. Y, ello no consiste en decirlo ni comunicarlo de palabra, sino de vivirlo en y con mi vida, dándolo a conocer con mi misma vida. Una vida que se mueve entre sombras y luces; entre alegrías y tristezas; entre dolores y sufrimientos. Pero, a pesar de ello, una vida que se llena de esperanzas y fe en Aquel que da sentido a todo nuestro camino y que fortalece nuestro vivir llenándolo de esperanza y de verdadera fe dejando huellas en nuestras actitudes y modo de vivir.

Y son esas actitudes, que configuran nuestra manera de obrar, las que irán dejando testimonio de nuestra palabra y transmisión de la Buena Noticia. Esa Buena Noticia que sólo llenaremos de buen gusto y de luz siendo realmente sal y luz como Dios manda.

lunes, 8 de junio de 2020

UNA FELICIDAD QUE NO ESTÁ EN ESTE MUNDO

mateo 5 1-12 - Google Search en 2020 | Proyecto de felicidad ...
Cuando digo que la felicidad no está en este mundo quiero significar que no se encuentra en los valores que propone este mundo en el que vivimos. Aclarado esto, podemos decir que todos buscamos la felicidad, y la buscamos desde ahora, desde este punto de partida que es nuestro mundo. Porque, aunque no pertenecemos a este mundo, si tenemos que buscar la felicidad en este mundo, no a su estilo, sino al estilo que nos propone Jesús. Porque, nuestra felicidad empieza, aunque no plena, desde ahora.

Jesús nos propone un estilo de vida que, sin dudarlo, nos conduce a esa felicidad que buscamos. Las bienaventuranzas, de las que nos habla Jesús, son el camino que nos lleva a esa felicidad que buscamos. Son actitudes contrarias a las que nos propone el mundo y que nos obligan a caminar por él contra corriente. El mundo las rechazas y propone otras que, en apariencia de felicidad, son espejismo que tan pronto aparecen, desaparecen de la misma forma.

Las bienaventuranzas son para los dichosos, porque ser bienaventurado significa ser dichoso. Y son dichosos aquellos que no apoyan sus vidas en el poder o las riquezas sino en los pobres y en la necesidad de compartir sus vidas con los otros. Sobre todo con los más necesitados, con los que sufren y carecen de lo necesario para vivir de manera digna. Es en esa lucha donde se esconde esa felicidad que todos buscamos y que erroneámente buscamos por otros caminos que, en apariencia, nos parecen más apropiados para buscarla.

Confiemos en Jesús, porque su Palabra es verdadera y con su Vida y sus Obras nos enseña el Camino, la Verdad y la Vida por donde realmente debemos caminar para encontrar esa felicidad plena y eterna que realmente todos buscamos.

domingo, 7 de junio de 2020

PARECERME A DIOS

Juan 3.16 | Juan 3:16, Dios, Perder
Jn 3,16-18
Cuando tratas de parecerte a alguien, ¿qué es lo primero que debes hacer? Quizás esa sea la pregunta que cualquiera que intente ser o parecer como otro, debe hacerse. Y si quiero y entiendo que debo parecerme a Dios, ¿qué debo hacer? Supongo que la respuesta es "conocerle" y, a partir de ahí esforzarme en ser semejante en todo mi actuar y mi sentir.

La cuestión que viene ahora es que, en la medida que trato de ser como Dios experimento impotencia e incapacidad para poder vencer mis propias apetencias y apegos. Se inicia una lucha contra mis egoísmos e inclinaciones concupiscentes y pasionales, donde mi voluntad, que quiere imponer sus buenos sentimientos y bondades, se experimenta sometida a sus ambiciones, soberbia y pecados que le obligan a alejarse de la imagen de Dios. Sin querer me descubro no tratándome de parecerme a Dis, sino todo lo contrario.

Recuerdo y me viene a la memoria las palabras de Pablo: Porque no hago el bien... - Rm 7, 19 - Y, gracias a Dios, compartir con Pablo la misma dificultad me da esperanza, paciencia y fortaleza para seguir y continuar la lucha. Mi objetivo, y eso no debo olvidarlo, es ser como Dios, porque esa fueron sus primeras palabras: "Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra... - Gn 1, 26-27 -  Y, adviértase, que Dios habla en plural como dándonos a entender que se trata de un Dios comunitario, un Dios contenido a su vez en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Por eso, si yo soy imagen de Dios, tengo que también tener una actitud comunitaria, es decir, ser comunidad y tender a la vivencia comunitaria. Y eso no es otra cosa que vivir en el amor. Porque, para amar hay que estar abierto a la comunidad. Dios es Amor y, por eso, es Comunidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y yo, en la medida que trato de vivir en actitud comunitaria, estoy esforzándome en ser semejante a Dios, porque, para la vida en común el ingrediente imprescindible es el amor. Y Dios, repito, es Amor.

sábado, 6 de junio de 2020

¿DAR O DARTE?

A poor widow came and put in two small copper coins. A very, very ...
Mc 12,38-44
La inclinación primaria inserta en nuestra propia naturaleza humana es egoísta. Egoísta porque está herida por el pecado y busca satisfacer su propio yo y su ambición de ser y tener más que el otro. El pecado nos ha desnaturalizado y ha manchado nuestro amor. Sumergido en él nos convertimos en narcisistas y sólo nos vemos nosotros en el espejo de nuestra vida. Nos importa nosotros y nada más que nosotros, y, a partir de ahí, daremos de lo que nos sobra sin posibilitar que el otro supere mi estado y situación de poder y riqueza. Y nos engañamos justificando nuestro altruismo y solidaridad.

Posiblemente nos consideramos generosos y, de hecho, colaboramos y participamos en muchas obras de caridad y aportamos nuestra contribución a la comunidad. Y eso está muy bien, pero, realmente, ¿nos damos o damos de lo que tenemos y podemos prescindir? La cuestión que hoy nos plantea el Evangelio no es tanto dar sino la de darnos. Porque, la caridad no consiste tanto en dar sino de darte. Dar está muy bien, pero darte es el acto pleno del amor.

Cuando das no dejas muy claro tu entrega plena, porque dar de lo que tienes no es un acto de entrega plena. Sin embargo, cuando lo que se da eres tú, la cosa cambia, porque dándote estás dando lo que eres, lo que tienes y todo tu ser. Porque, cuando te das estás dando de tu vida y tu vida misma. Esa fue la manera de implicarse y de darse de Jesús. De tal manera que llega al extremo de dar su propia Vida.

El acto de dar exige, para ser auténtico, válido y verdadero, no simplemente dar sino darse. Y eso implica ofrecer tu persona con todo lo que tiene y es, incluido todos tus talentos recibidos, para el bien y provecho de aquellos que lo necesiten. Claro, ¿quiénes lo van a necesitar más? Pues, es evidente, los más pobres y excluidos de todos sus derechos y necesidades. Esos que precisamente ha venido Jesús a aliviar, a proteger y a salvar. Y eso no se soluciona solo con dar sino exige y necesita darse.

viernes, 5 de junio de 2020

UN REINO DE PODER Y FUERZA

La liturgia diaria meditada - El mismo David le llama Señor (Mc 12 ...
Mc 12,35-37
No cabe ninguna duda que cuando los judíos relacionan a Jesús como descendiente de David lo hacen pensando, desde una expectativa mesiánica, cuya identificación le legitimaba, desde el poder político y religioso para la dominación de todos los enemigos. Es la reacción de toda naturaleza humana cuyo poder no está en el servicio sino en la fuerza y la imposición de su pensamiento y su interés.

Esta era la idea de todo judío, y, quizás, la confusión que tentó a Judas y le apartó de Jesús. También así lo creían sus discípulos y apóstoles que esperaban la instauración del Reino de Dios. Un Reino que pensaban iba a ser impuesto por Jesús como sucesor del trono del Rey David. Nada más lejos del pensamiento de Jesús y de la misión con la que, tomando Naturaleza Humana, se hizo hombre y se despojó de todo poder que le tentara a imponerse por la fuerza.

La Buena Noticia que trae Jesús es una propuesta libre de ser acogida y aceptada por el hombre. Sin lugar a duda, esa propuesta subyace impresa en el corazón del hombre, quizás dormida o distraída, y de cualquier forma es necesaria activarla, despertarla, recordarla y tenerla muy presente. Jesús nos advierte, nos llama, nos recuerda y nos anuncia que somos criaturas de Dios, sus hijos, y que nos ama hasta el punto de compartir su Gloria con cada uno de sus hijos. Y tú, como yo, somos hijos. ¿Te alegra saberlo?

Es un ofrecimiento libre y sin condiciones. Lo único que te pide es que seas tú y respondas a ese amor que deseas y que está impreso en tu corazón. Ese amor que te hará feliz. Es decir, busca tu propia felicidad y no te presiona sino quiere que seas libre para acogerla y aceptarla. Por eso, Jesús se presenta humildemente, desde la pobreza y la humildad. No viene a imponer por la fuerza y poder sino a ofrecer desde la libertad y del gozo del amor. Y es que el arma capaz de acabar con la mentira, la injusticia y la muerte es el amor.