lunes, 31 de diciembre de 2018

TERMINA UN AÑO PARA EMPEZAR OTRO

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Jn 1,1-18
Hoy es el último día del año, y son momentos de recuerdo, de recuentos y de resultados. Muchas empresas se felicitan por el balance económico y se prometen mejorarlo el próximo año. Otros traen al primer plano los errores, los fracasos y los malos resultados con el propósito de mejorarlos este nuevo años que empieza. Todos hacemos reflexión de lo que acaba y promesas para lo que empieza. Pero, ¿es eso realmente lo que hacemos?

Posiblemente, todo eso quede en simple anécdota, costumbre y tradición. Al final lo que sucede es que la mayoría termina algo indispuesto, algo tomado y cansados o con dolor de cabeza. Mañana es un día igual a otros muchos. Sí, primero de año, pero nada más. Un día donde continua la rutina y los mismos errores o fracasos. Pero, lo peor no es eso, sino que termina un año y empieza otro sin verdaderas esperanzas, porque, en este mundo las esperanzas son limitadas y caducas.

La vida es tiempo, y el tiempo se acaba. Hoy consumimos un año más de nuestra vida y, por lo tanto, nos quedará un año menos del tiempo de nuestra vida. Por lo tanto, el tiempo hay que aprovecharlo para discernir y rentabilizar los frutos de nuestra vida. Pero, ¿qué frutos? Indudablemente, no los frutos de este mundo de índole económicos, de poder, de bienes terrenales ...etc, porque, todo eso termina, es caduco. Interesan frutos del cultivo del amor. Frutos de servicio y de buenas obras que hagan más justa la vida de los demás, sobre todo de los que sufren y carecen de casi todo.

Frutos que den vida por amor. Frutos que sintonicen con la Palabra, por la que todo y para la que todo fue hecho. Frutos que manifiesten gratitud por el don de la vida y por vivirla un año más; frutos por caer en la cuenta que la vida necesita de algo más que le dé sentido y le dé lo que realmente busca, la Vida Eterna en plenitud. Frutos para saber acoger esa Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros para transmitirnos la Buena Nueva y descubrirnos que Dios se hizo Hombre para, estando entre nosotros, demostrarnos su Amor entregando a su Hijo a una muerte de Cruz. 

Sería muy provechoso terminar el año con esa reflexión y empezar el nuevo de la misma forma, porque la mejor manera de recorrer los próximos trescientos sesenta y cinco días será teniendo presente en nuestras vidas a la Palabra, que se hizo carne y habitó entre nosotros. Porque, Dios, sigue presente en nosotros.

FELIZ AÑO NUEVO

domingo, 30 de diciembre de 2018

LA FAMILIA, CUNA DE LA EDUCACIÓN

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Lc 2,41-52
Todo lo que se aprende en familia emerge a lo largo de la vida de sus miembros. Es posible que también la sociedad, desde la cultura de su propio entorno y ambiente tenga también parte de influencia, pero es en la familia donde realmente se afirma la personalidad, las virtudes y los criterios que regirán tu vida a lo largo de todo el camino.

Jesús tuvo unos buenos referentes en sus padres. No obstante, ambos habían sido elegidos por Dios para que acompañaran a Jesús hasta el momento de su vida pública. Y José y María tuvieron su importante papel en la formación religiosa de Jesús. El Evangelio de hoy nos habla de la fiesta de la Pascua, donde solían ir cada año los padres de Jesús. Y allí sucede que: al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.

Esta actitud de los padres que acuden en busca de Jesús nos puede servir de luz y guía para preguntarnos también nosotros si realmente buscamos a Jesús con ese afán e inquietud por encontrarlo. Es verdad que son sus padres, pero, para nosotros es nuestra salvación y dependerá de que lo encontremos para conseguirla. En Él están todas nuestras esperanzas y, desde esa perspectiva, nuestra búsqueda debe ser constante y perseverante.

Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». Él les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio.

Quizás a nosotros nos cueste más de tres días encontrarle, y también, posiblemente, no le entendamos muchas cosas de las que nos dice, pero, a pesar de ello, igual que María y José, debemos ser perseverantes, confiar y seguirle. Él no nos engaña ni nos defrauda. Es el Señor y nos lo ha demostrado, en eso llevamos ventaja, entregando su Vida y muriendo por amor a todos nosotros.

sábado, 29 de diciembre de 2018

EN JESÚS SE CUMPLE TODA PROFESÍA

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Lc 2,22-35
Todo sucede tal y como se va profetizando y la profecía de Simeón no iba a ser una excepción. María y José acuden al templo para cumplir con la Ley de Moisés y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y en él estaba el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

También nosotros esperamos ver al Señor, pero, además, partimos con ventaja, pues por la Iglesia y la Tradición le conocemos en las Sagradas Escrituras y en las comunidades parroquiales escuchamos su Palabra. Posiblemente, tenemos más ventaja que Simeón, pero, ¿le buscamos y esperamos como él? Esa es la pregunta del millón, ¿ponemos todo de nuestra parte, aunque nos suponga sacrificios y dolor, para acercarnos al Señor y conocerle? ¿Luchamos y nos enfrentamos a todas las dificultades que la vida nos va poniendo con la esperanza de encontrarnos con Él?

Al parecer, Simeón creyó y tuvo la perseverancia y esperanza hasta el momento del encuentro. Su profecía señala el camino que va a recorrer Jesús y todo se va cumpliendo tal y como se profetiza. Ahora, ¿creemos nosotros también que el Señor, encarnado en Naturaleza humana, ha venido a este mundo para librarnos de la esclavitud del pecado y darnos la Vida Eterna en plenitud?

viernes, 28 de diciembre de 2018

HOY TAMBIÉN SE ACTUALIZA EL MARTIRIO

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Sabemos que levantar la casa y ponerse en camino cuesta. Imagino que a José le costó mucho prepararse para irse a Egipto. Trasladándonos a aquella época podemos imaginarnos lo lento y dificultoso que supone hacer un viaje, y lo incómodo y duro. A pie y encima de un asno. A la intemperie y en momentos de oscuridad y sin un destino concreto. A merced de bandoleros e inclemencias del tiempo. ¿Qué más riesgos podemos imaginar?

Lo importante es estar disponible y dispuesto a escuchar la llamada y a ponerse en camino. Lo demás será difícil imaginarlo, pero desde la fe confiemos siempre en la acción del Espíritu Santo. Quedémonos con dos imagenes que nos pueden ayudar. Por un lado la respuesta de José a la advertencia y llamada del ángel que le pone en aviso, y la segunda, la tragedia que se desencadena el nacimiento del Señor. Desde su nacimiento, más temprano imposible, se persigue a Jesús y por su causa mueren decenas de niños inocentes.

Hoy celebramos ese hecho, los santos inocentes, pero, también hoy, se siguen matando a muchos inocentes. Inocentes que no se les deja ni salir al mundo de la luz y que en el mismo vientre de sus madres son asesinados sin más. Inocentes que no tienen voz y que, a pesar del grito de muchas personas que hablan y gritan por ellos y por el derecho de sus vidas, los reyes de este mundo, tal como hizo Herodes, siguen asesinándolos sin escuchar la voz de sus derechos a la vida.

Y todo lo profetizado tiene su cumplimiento, para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo». Y también el oráculo del profeta Jeremías: «Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen».

jueves, 27 de diciembre de 2018

TAMBIÉN YO CREO

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Jn 20,2-8
Muchos nos preguntamos, ¿por qué creer? ¿Acaso hay alguna prueba científica o tan convincente para hacerlo? Esas y otras parecidas son las respuestas a la propuesta de la fe. Sin embargo, detrás de esas respuestas se esconde nuestra naturaleza humana, que es pobre, imperfecta, apegada a vicios y apetencias y profundamente egoísta. Tentada y vencida por la ambición, el poder y la vanidad, y bañada de mucha soberbia, orgullo y suficiencia. Con estas características lo más fácil es auto engañarnos y distorsionar nuestra propia realidad.

Porque, a pesar de todo, nuestra naturaleza experimenta esperanza y quiere liberarse de esas ataduras que la esclavizan y las someten. Una esperanza de alcanzar el gozo y la plenitud eterna; una esperanza de vida eterna. Y si eso convive también con los otros deseos, es bien manifiesto que nuestra vida responde a lo que realmente conocemos y hacemos cada instante de ella, luchar contra el mal. Por consiguiente, nuestra vida es la lucha del bien contra el mal. Pablo ya lo expresó claramente - Rm 7, 19-20 - y cada uno lo experimenta en su propia vida.

Es una experiencia y una verdad que derrumba esos primeros argumentos que citábamos al principio. Vencidos por nuestras apetencias y egoísmos buscamos justificarnos y cambiamos la realidad, es decir, nos auto engañamos. Del auto engaño hemos hablado mucho. Juan, uno de los testigos oculares y presenciales, que conoció a Jesús, nos da testimonio de la verdad y nos la transmite hasta el extremo, como el Maestro, de entregar su vida. Y como Juan muchos otros.

El fundamento de nuestra fe es la Resurrección de Jesús, el Señor. De no haberse realizado hoy Jesús sería un personaje más de la historia sin más importancia. Un gran hombre, como muchos otros, pero nada más. Pero, para gracia, fortuna y bien de todos los hombres, no ha sido así. Jesús, el Señor ha Resucitado y mantiene viva esa llama de esperanza dentro de nuestros corazones. 

Nadie puede decir lo contrario, si bien, nosotros no podemos tampoco demostrarlo, pero si creer en aquellos discípulos que lo vieron y nos lo han transmitido. Hay muchas razones para creer y ninguna para no creer, salvo el egoísmo de los que quieren vivir según sus intereses, egoísmos y placeres.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

TESTIGOS

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Mt 10,17-22
Jesús es el Mesías enviado por el Padre para dar testimonio de su Palabra y para anunciarnos, con su Vida y sus Obras, el Amor del Padre. En un momento determinado llega a decir que si no le creemos por su Palabra - Jn 10, 31-42 - creámosle por sus Obras. Sin embargo, el pueblo no le ha creído y le ha rechazado hasta el punto de condenarle a muerte.

Pero, antes de llegar a la Cruz, Jesús tuvo que sufrir afrentas, bofetadas, rechazos e indiferencias. Incluso, hasta de sus propios discípulos. Su vida ha sido marcada para el servicio. Él mismo lo ha dejado muy claro al decir - Mt 20, 17-28 - "no he venido a ser servido sino a servir". Y su Vida lo ha reflejado de forma muy clara y refrendada por las obras.

Por lo tanto, ¿qué esperas tú a la hora de decirte seguir a Jesús? No pretendas ni entiendas que seguir y creer a Jesús significa que tu vida va a cambiar para bien, sino todo lo contrario. Será como tú te esfuerces que seas, pero el sacrificio de servir te hará sufrir en muchos momentos. Porque, te exigirá comprensión, entrega, disponibilidad, generosidad, escucha, paciencia y sobre todo, amor. Porque, amar es todo eso hasta dar tu propia vida. Y eso duele, escuece, es duro y produce dolor. Sólo la fe en el Señor te dará fuerzas, ese es el cambio y el milagro, para poder resistir ese camino. Tal y como lo hizo Jesús, el Señor.

Por eso, la Iglesia celebra hoy, y nos lo recuerda, el martirio de San Esteban, a quien veneramos como protomártir del cristianismo. Es un testimonio que nos viene ver para recordar el camino a seguir. Pero, sin miedos ni temores. Ya nos lo recordó San Juan Pablo II: "No tengan miedo".  Es verdad que nuestra naturaleza humana es débil y siente temor y horror al sufrimiento, pero el Espíritu Santo nos fortalecerá y nos dará el valor necesario para superar con paciencia estos momentos de martirio y sostenernos firmes en la fe.

martes, 25 de diciembre de 2018

LA PALABRA SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS

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Jn 1,1-18
Dios existe y siempre ha existido. Es Eterno y Todopoderoso. Ha creado el mundo y Él es la Palabra que se ha hecho carne. Es decir, hombre como nosotros. Ella, la Palabra, estaba con Dios y todo se ha hecho por Ella y sin Ella nada es posible. Ella es la Vida y la Vida es la luz de los hombres que brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron.

Y esa Palabra y esa Luz nos viene al mundo a través de un Niño, el Hijo de Dios encarnado de María Virgen. Y viene envuelto de paz y amor. Una paz que el mundo todavía no ha querido tomar ni recibir. Una paz que pasa por la humildad, por el servicio y por la verdad y justicia. Una paz que los poderosos que gobiernan rechazan e incendian el mundo desde sus soberbias, egoísmos, suficiencias y poder.

Esa venida de la Palabra hecha carne, encarnada en el Hijo de María, es anunciada por Juan. Lo hemos leído y reflexionado todos estos días atrás. Juan nos ha ido preparando y el canto de su padre Zacarías nos descubre la acción y la promesa del Todopoderoso para que la Palabra habitará entre nosotros. Todo ha sido pensado y hecho por y para Ella. Ella es la Luz que alumbra al mundo y que hoy celebramos para regocijo y alegría de todos los hombres.

Este es el motivo, la esperanza de dejarnos llenar de su Luz y de su Paz que nos da la verdadera felicidad y vida eterna. Pidamos no dejarnos confundir por el mundo que nos ofrece espejismos de felicidad falsa y caduca y que nos arrastra por el pecado a la muerte. Pidamos la sabiduría de darnos cuenta de nuestras debilidades y nuestra naturaleza herida y caída. Pidamos descubrir la necesidad de encontrar, como los pastores, al Niño Dios nacido en el pesebre.

Y pidamos ser humildes como los pastores y dejarnos empapar por el anuncio del nacimiento del Mesías prometido y vivirlo con la esperanza de sabernos hijos de Dios y salvados para la Vida Eterna. Entonces podemos proclamar con verdadera alegría y esperanza:

                                                                    FELIZ NAVIDAD