miércoles, 2 de agosto de 2017

OYEN, PERO NO ENTIENDEN

(Mt 13,44-46)
Se hace difícil entender eso del Reino de los Cielos. ¿Qué es el Reino de los Cielo? Para sus contemporáneos era algo que no entendían. Ni Pilatos, ni el Sanedrín, ni Herodes, ni incluso, al principio, lo entendían sus discípulos, que era eso del Reino de los Cielos. Y es que el hombre si no entiende que está llamado a una vida diferente a esta, no encuentra razones para creer en otro mundo.

Ese mundo espiritual que si supo entender aquel ladrón, y que no sabemos, ni entendemos los motivos, pidiéndole que se acordará de él cuando Jesús estuviese en su Reino. Quizás tengamos nosotros que decir y pedir lo mismo, aunque hoy, por la Gracia de Dios y el testimonios de sus apóstoles, discípulos y muchos cristianos que nos han precedidos, sabemos que es Jesús ese Reino de Dios prometido, porque Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

Tratemos de abrir nuestros ojos y explorar el mundo que nos rodea. Un mundo que se mueve en espejismo de fantasías y auto engaños. Un mundo lleno de luces y colores que, pronto se apagan, y dejan traslucir el vacío, el sin sentido y la perdición. Un mundo hermoso, pero, al mismo tiempo hueco y caduco. Convendremos que en un mundo así no podremos encontrar la auténtica felicidad. Sí, habrá momentos de gozo y alegría, pero serán efímeros y con sabor amargo. 

La vida se hace luz y gozo cuando la lucha está centrada en alguien que vale la pena. Y ese Alguien es Jesús. Porque Él es la Vida Eterna y la Esperanza de un mañana perpetuo, donde Reina la Paz, la Justicia y el Amor. Sí, el Reino de Dios es semejante a un Tesoro escondido, que quien lo encuentra exulta de alegría y de paz, y se llena de esperanza, porque la muerte de este mundo no tiene la última palabra, la tiene el Señor, nuestro Señor Jesús.

En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso -Lc 23, 43-. Esa fue la respuesta de Jesús a aquel ladrón que le pidió que se acordase de él cuando estuviese en su Reino. Y también, nosotros, le decimos y pedimos eso al Señor.

martes, 1 de agosto de 2017

LA HORA FINAL

(Mt 13,36-43)
Necesitamos pararnos, y cada día se nos hace más difícil esa posibilidad. Porque, solamente parados y tranquilos podemos plantearnos nuestro camino, nuestra carrera y nuestra meta. Realmente, ¿a dónde vamos? ¿Nos lo hemos preguntado? ¿Escrudiñamos nuestro futuro? ¿Qué nos ocurre?

¿Es qué no somos capaces de pensar y reflexionar sobre nuestra vida y nuestro futuro? ¿Tan ciegos estamos? El Evangelio de hoy nos deja todo muy claro. Sólo tenemos que pararnos unos momentos y leerlos con verdadera atención, pues el retrato, si no lo sabes, de tu vida está revelado y muy bien fotografiado. 

«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles». Esta es tu radiografía. Describe con verdadera exactitud el camino que tu vida recorre y el final que le espera. Está en tu mano aprovecharla y estar entre la buena semilla, porque de quedarte entre la mala será muy malo, valga la redundancia.

«De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga». Más claro no se puede hablar, ni mejor se puede decir. Por eso, para evitar estropearlo o complicarlo con mis torpes palabras, he optado por transcribirlo del Evangelio.

Sólo decir que se hace muy necesario pensar un poco y darle importancia a lo verdaderamente importante. Ello exige serenidad, reflexión y un espacio de tiempo, que nunca es pérdida, sino ganancia. Porque lo importante es ganar la Vida Eterna.

lunes, 31 de julio de 2017

¡¡LLAMADOS A LA SANTIDAD!!

Mt 13,31-35)
Sí, estamos llamados a la Santidad. Eso significa que, desde nuestra condición pecadora, pequeña y pobre, estamos llamados a ser grandes, perfectos y gloriosos. Porque nuestra meta es ser parecidos a Jesús. Y, parecidos, significa que seamos lo más exacto a su estilo de vida, a su Palabra y Proclamación.

Dios, el Padre que nos ama tanto, nos ha entregado lo máximo, lo más grande:  su Hijo Primogénito. El Tesoro más hermoso y grande. Y nos lo ha entregado para que nosotros, fijándonos en Él tratemos de parecernos a Él. Porque, ese es el Camino, la Verdad y la Vida.

Y no nos importe ni desespere el que seamos pequeños, pobres y humildes. No importa. Si dejamos entrar la Gracia del Espíritu Santo en nuestra tierra, pobre y humilde, nuestro corazón empezará a crecer, y crecerá tanto que se hará un árbol enorme, donde otros humildes y pequeños pajarillos vendrán a anidar y dar vida a otros polluelos.

Lo mismo ocurrirá con la levadura, que siendo pequeña, pero introducida en tres medidas de harina, fermentará esa masa hasta hacerla grande y alimentar a todos. El secreto está en dejar entrar la Gracia del Espíritu y acogerlo con verdaderos deseos de que fertilicen nuestro propio huerto para dar buenos y hermosos frutos abundantes para todos.

Si, esa es nuestra meta, la Santidad. Y no podemos quedarnos instalados y conformes con nuestro estado y situación. Somos peregrinos en activa peregrinación y crecimiento y eso exige constante esfuerzo, búsqueda y desenterrar nuestro Tesoro para que resplandezca y brille, por la Gracia de Dios, alumbrando a todos aquellos que se acercan a sus pasos.

domingo, 30 de julio de 2017

DENTRO DE NOSOTROS: "LA VIDA ETERNA"

(Mt 13,44-52)
Dentro de nosotros ha sido sellada a fuego la Ley de Dios. Sus mandatos están implícitos en nuestros corazones, por lo que el hombre sabe y entiende que matar, robar, desear los bienes de otra persona, incluso su mujer, son actos malos y que no quisiera que se lo hicieran a él. Y eso, nadie tiene que aprenderlo, está escrito, acrisolado al fuego, en su corazón.

No hace falta desearlo, es connatural al hombre. Todos gustamos de la verdad y la belleza, porque lo que es verdad y justo es bello. En la belleza se esconde la verdad. Y lo que es verdad, es también justo. Por lo tanto, bello. Y eso es lo que Dios te pide que vivas y hagas, a pesar de tu naturaleza herida y tocada por la esclavitud del pecado. ¿Qué pecado? Esa cizaña que crece también junto a la buena semilla plantada en tu corazón. Esa ambición de poder, de riqueza, de vanidad y fama.

Esa satisfacción de las cosas del mundo, de los placeres, de la comodidad, de darle salida a tus propias ideas y proyectos, contagiados de pecados y malas intenciones. De tu soberbia, de creerte mejor y más fuerte que los otros, y con derechos a someterlos y dirigirlos según tus ideas e intereses. Un pecado que está también atravesando tu corazón y que, tú, sólo, no podrás vencer.

Ahí se esconde ese gran tesoro del que te habla el Señor Jesús hoy en el Evangelio. Y la cuestión es desenterrarlo para llevarlo al primer plano de tu vida y hacerlo presente en ella. Se trata, pues, de desechar todo lo demás, es decir, despojarte de ello y comprar ese Reino de los cielos para vivir según sus mandatos estableciendo la paz, la justicia y la verdad en la belleza más grande que podrás contemplar.

Ese Reino que consiste en estar conectado y relacionado íntimamente con el Señor, Fuente de la Vida, de la Belleza, de la Verdad y del Bien. Y permanecer en Él hasta que, recorrido nuestro camino y llegada nuestra hora, nos encontremos en su presencia y su brillo y luz resplandezca como el verdadero Tesoro escondido.

sábado, 29 de julio de 2017

RESURRECCIÓN

Jn 11, 19-27

El fundamento y la Roca en la que se apoya nuestra fe es Jesucristo, su Palabra y, sobre todo, la Resurrección, cumplimiento de su Palabra:  "Yo soy la Resurrección. El que cree en Mí, aunque muera, vivirá" - Jn 11, 25. -. Ahora, la cuestión está en preguntarse si lo crees o no. Porque es ahí donde se esconde la llama, que prende el fuego en tu corazón, de la fe. 

No te pares ni te distraigas en razonar o entender ese misterio de resurrección, porque nunca lo entenderás. Nuestra cabeza no está capacitada para eso, ni siquiera los más sabios e inteligentes. El hombre es criatura y no llega a comprender a su Creador. Simplemente, cree, como hizo Marta: Sí, Señor, yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo - Jn 11, 27 -.

Lázaro resucitó por voluntad del Señor. para que se manifestara su Gloria y Poder. Pero, a pesar de eso, muchos siguieron igual, establecidos, instalados y anquilosados en la razón y los afanes y ambiciones de este mundo humano, material y caduco. 

Si bien, Lázaro tuvo que morir llegada su hora, como cualquier mortal, sufriendo y padeciendo la muerte como nuestro Señor Jesucristo. Una muerte que consiste en un paso para la otra vida, la verdadera y Eterna. Esa Vida que Jesús nos tiene prometida y que ha venido para dárnosla gratuitamente. Y que, como sello guardado en lo más profundo de nuestro corazón, experimentamos esa aspiración eterna que late dentro de nosotros y a la que nos sentimos llamados.

Porque, hemos sido creados para vivir, para la vida. Sería absurdo que nuestra vida tuviese fin, cuando nuestro Creador es Eterno y Señor de la Vida y la Muerte. Y nos ha creado por Amor para la Vida.

viernes, 28 de julio de 2017

¿EN DÓNDE TE ENCUENTRAS TÚ?

(Mt 13,18-23)

Nuestra vida es un huerto del que se espera muchos frutos. Nuestros padres ponen muchas esperanzas en que nuestra vida sea fructífera, aprovechada, bien cultivada y llena de frutos. No escatiman esfuerzos para que nosotros echemos buenas raíces en nuestra propia tierra y saquemos los frutos que, sembrados, emerjan a la vida para el bien de todos.

Lo malo es que estemos pensando solamente en frutos de este mundo, y no veamos los verdaderos frutos del amor y la misericordia. Es posible que, obcecados por las cosas de este mundo, quedemos ciegos, aún teniendo ojos, y sordos, teniendo oídos. Es posible que nuestras semillas queden depositadas a la orilla del camino, y no encuentren tierra para profundizar y morir a sus propios egoísmos, dando frutos. Los pajarillos del campo las devoran rápidamente. Y es que cuando lo que se escucha no se entiende, quedamos indefensos y a merced del demonio, que hace de las suyas y nos engulle con las cosas del mundo.

Es posible que nuestras semillas hayan caído en terreno pedregoso, y la poca profundidad no sostiene las raíces. Quedan en el aire y la inconstancia y las adversidades terminan por destruirla y sucumbir. O que, echen raíces entre los abrojos. Entonces, escuchan la Palabra, pero las tentaciones del mundo y las seducciones de las riquezas les apartan del camino y sus frutos se pierden. 

Por último, está la tierra buena. Aquella tierra que acoge a tus raíces y las hunde en su lodazal de estiércol y tierra amasada por tus pecados y, muriendo, dan frutos. Es la tierra que se abre a la Palabra, la escucha y trata de vivirla, e, injertada en el Espíritu Santo, la comprende, camina y obedece sus impulsos.

Es esa la tierra que todos queremos ser, pero que, para eso, tendremos que dejarnos abonar y regar por el Espíritu Santo, que nos hará fértiles para dar buenos frutos.

jueves, 27 de julio de 2017

VIENDO, NO VEN, NI OYENDO, NO OYEN NI ENTIENDEN

(Mt 13,10-17)
Muchas veces me pregunto cómo es posible que mucha gente, sobre todo gente que conozco, no tomen conciencia de la realidad de la vida. Y cuando digo, tomen conciencia, me refiero a que no busquen el sentido verdadero de la vida. Porque, a algún lugar vamos. La muerte no tiene la última palabra. Y eso es obvio. Dentro de nosotros hay un hito de esperanza y de eternidad. Está grabado a fuego en nuestro corazón.

Siempre, y continúa llamándome la atención, me ha sorprendido esa indiferencia de muchos, y como pueden vivir sin interpelarse ni estar preocupados e inquietos. Incluso, gente mayor y enfermos. Y no me lo puedo explicar sino de esta forma. El Evangelio de hoy me lo aclara cuando nos dice que al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sen ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrados los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.

Y continúa: ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y o´ri lo que oís y no lo oyeron -Mt 13, 10-17-.

Profetas y justos anteriores a la venida del Señor. E, incluso, muchos contemporáneos y, ahora, muchos de nosotros. Por eso, he dicho que nosotros, los que nos confiamos a su Palabra, somos unos privilegiados. Una Palabra que recibimos de los apóstoles y que continúa la Iglesia. Demos gracias a Dios por darnos esa oportunidad y pongamos todo nuestro pequeño y humilde esfuerzo para que, por su Gracia, se nos abran los oídos y los ojos para fiarnos y abandonarnos en su Palabra.