miércoles, 20 de junio de 2018

IMPORTA LA INTENCIÓN

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Mt 6,1-6.16-18
No te preocupes por lucirte y que te vean, eso no vale para nada sino para alimentar tu vanidad y fortalecer tu hipocresía. Importa tu intención, la que proviene de lo más profundo de tu corazón. Esa es la que dará valor a tus acciones generosas y caritativas. Importa que Dios vea tus buenas acciones y Dios las ve siempre. Ese es tu publico, la mirada de Dios.

Lo demás no tiene ningún valor ni importa tanto. Es verdad que tenemos que luchar contra nuestra vanidad y nuestros deseos de ser reconocidos, admirados, elevados a los altares y muchas cosas más. Somos humanos y estamos predispuesto a esas tentaciones, pero lo sabemos y también lo reconocemos, que es lo verdaderamente importante. Y de ahí a ponernos en Manos del Espíritu para que nos abaje, nos llene de humildad, de buenas intenciones y nos esconda en su presencia.

Pues, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

De la misma forma precederemos con la oración. No trates de vanagloriarte delante de otros, pues de hacerlo así ya estás recibiendo tu paga. Tú, también yo, escondamos en el Señor y en cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

martes, 19 de junio de 2018

SÓLO VALE AMAR

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Todo es muy simple, solamente amar. No hay más leyes ni preceptos ni nada. Simplemente amar y todo lo demás vendrá por añadidura. Podremos cansarnos de repetirlo, pero el hombre ha sido creado para el amor y se realiza cuando realmente ama. No hay otro camino sino el del amor. Somos seres en relación. Es decir, necesitamos el uno del otro y eso nos impulsa a amarnos.

Por eso no somos iguales, porque de serlo no necesitaríamos amarnos, pues cada cual se bastaría para arreglárselas consigo mismo. Somos diferentes y los más fuertes, inteligentes o capaces necesitan compartir sus capacidades con aquellos que más pobres son y carecen de ellas. Es decir, los más ricos en dones, capacidades e inteligencia compartir y ayudar a los más pobres y necesitados. Claro queda que eso es así para que podamos amarnos unos a otros.

Porque, los otros, los más débiles y necesitados deben también esforzarse y no aprovecharse. Deben colaborar y poner todo lo que de ellos depende para colaborar y ser dignos. No se trata de cruzarse de brazos y que me mantengan. Unos y otros debemos se honestos y honrados y actuar en verdad y justicia. Pero, la finalidad es ser generosos y compartir. Es decir, amarnos, pero, sobre todo a los enemigos, a los no conocidos, a los extranjeros. Hoy tenemos referencia claras que nos sirven de modelo, por ejemplo lo que está sucediendo en estos momentos: migrantes y aquarius.
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Porque, amar a los que te aman es cosa no tan difícil y lo correcto. Es un intercambio de intereses por vínculos, cercanías, profesiones, amistades...etc. El problema empieza cuando se te pone delante un extraño, un desconocido, un posible enemigo o alguien al que no tragas muy bien. Es ahí y en esos momentos donde tu amor se purifica, se hace auténtico y te salva.

lunes, 18 de junio de 2018

LA VIOLENCIA NO ES BUEN CAMINO

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Mt 5,38-42
Todos tenemos esa experiencia, violencia es sinónimo de violencia. Hemos conocido y también experimentado que cuando a una mala acción respondemos de la misma forma, es decir, con otra mala acción, nada se ha resuelto sino que se ha dejado la puerta abierta para que la violencia y las malas acciones continúen. No conviene, ni es bueno ni lo más inteligente emplear la violencia para resolver los conflictos, las malas acciones y hasta las injusticias.

Y es que estamos dispuestos a la confrontación con aquellos que no son nuestros amigos, o no son de nuestro grupo, de nuestro ambiente y criterios, incluso no son nuestros prójimos. Es más confortable y gratificante llevarnos y entendernos con nuestros propios amigos, con los de nuestros grupos o amistades cercanas, del barrio, de nuestros ambientes o conocidos. Nos cuesta mucho aceptar y perdonar a los que están enfrente o piensan de otra forma a nosotros. En el fondo de todo este comportamiento y actitud subyace nuestro egoísmo e interés con unos y lo contrario con otros.

Pero Jesús, el Señor, piensa de otra forma. Su mensaje es diferente y lo aplica también de forma diferente. Jesús, responde con amor, con paz, con buenas acciones y con justicia. Eso fue lo que le enseñó a sus discípulos y lo que Él vivió y transmitió a todos los que le vieron en su época terrenal y también a todos los que leen su Palabra transmitida por los que le conocieron personalmente como por el testimonio de los que le vieron actuar.

Hasta ese momento había una ley, que hoy podíamos llamar progresista, tal y como a muchos les gusta, pero que simplemente dejaba las cosas, sí, mejor, pero sin arreglarla de todo. Era una ley que limitaba la venganza hasta el punto de ser proporcional y equitativa con el daño causado. Ese "ojo por ojo y diente por diente" significaba que podrías vengarte hasta el límite del daño que habías recibido. Pero no zanjabas el conflicto ni la confrontación. Siempre la llama estaba encendida y abierta.

Estar en esta actitud conflictiva y dispuesto a separar lo que no nos gusta o no nos interesa de lo que nos conviene y juega a nuestro favor es vivir de forma inhumana y contraria a lo que Jesús nos propone. Es abandonarnos a nuestros instintos naturales sin control ni responsabilidad. Es someternos a la esclavitud de nuestra naturaleza pecador y abandonarnos a sus pasiones y satisfacciones. Es no responder a nuestro ser humano y dignidad de persona e hijo de Dios.

Lo verdaderamente grande, honorable, de hombría y valentía es responder con caballerosidad y saltar por encima de todos esos obstáculos que nos impiden amar, no solamente a los que menos dificultad presentan sino a los más distantes y alejados y que no piensan como tú.

domingo, 17 de junio de 2018

A SU IMAGEN Y SEMEJANZA

Resultado de imagen de Mc 4,26-34 por Fano
Dios está en nosotros, pues nos ha creado a su imagen y semejanza y en nuestro corazón está la impronta de Dios. De tal forma que si lo cultivamos y cuidamos bien nacerán en nosotros frutos de Dios porque nuestra semilla es de Dios. Frutos que serán de amor, esencia de Dios.

Por eso, Jesús nos compara hoy el reino de Dios como aquel hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. Y así ocurre en nuestro interior. No nos damos cuenta, pero si nos abrimos a la acción del Espíritu Santo la fe va creciendo en nosotros sin saber cómo ni dónde. Y los frutos van saliendo a su debido tiempo por la acción del Espíritu.

Queramos o no hemos salido de Dios y al Él volveremos. Dios ha sembrado algo divino en nuestros corazones humanos y nuestro destino, queramos o no, es Él. Por eso, a pesar de nuestro rechazo y abandono a responder a su llamada, nuestros frutos tienen la semilla del bien y del amor. El hombre gusta de hacer el bien y, aun resistiéndose por su egoísmo, se siente feliz cuando percibe, entiende y experimenta que hace el bien.

Es entonces cuando descubre el gozo y la paz que da ese sentirse bien y que se llama felicidad, lo que precisamente buscaba de forma equivocada en el mundo y en las cosas del mundo. Ese tesoro descubierto es precisamente el reino de Dios. Él mismo que se te revela en tu propio corazón. Por eso, tus frutos llevan el sello, la marca y la naturaleza de Dios, porque nacen de Él. 

Porque, todo hombre que se precie de tener buen gusto y ser inteligente buscará y deseará parecerse a Dios, porque sólo en Él encontrará lo que busca, paz, gozo y felicidad. Y sus frutos serán frutos de Dios, porque salen de un corazón semejante a Dios.

sábado, 16 de junio de 2018

EN RECUERDOS A NUESTROS MAYORES

Resultado de imagen de Mt 5,33-37Siempre nos queda y nos vuelve el recuerdo de nuestros mayores respecto a la palabra dada. Los que hemos tenido la suerte de compartir algunos años de esa etapa con ellos, sabemos muy bien que cuando nuestros abuelos y padres daban su palabra eso era ley y cumplimiento. No cabe duda que, como siempre, habían excepciones, pero pululaba la palabra y la verdad. O dicho de otra forma, había más conciencia responsable, más sentido común, sinceridad y vergüenza.

Nuestros abuelos y padres vivían en un mundo donde la palabra bastaba y era sagrada. No hacía falta jurar ni remarcar el juramento. Bastaba la palabra dada y la verdad se respetaba sin necesidad de más documentos ni firmas que la avalara. Es verdad también que las épocas no se pueden comparar y que el contexto y circunstancias de la vida en esa época favorecían el desarrollo de una convivencia más sana, más sincera y justa.

Pero, ¿qué ocurre hoy? Se han perdido esos valores o, al menos se han relativizados los que antes ocupaban el centro de la convivencia y de la verdad como algo sagrado a los que todos respetaban y ponían como prioridad a todo lo demás. Ahora sucede lo contrario, todo se apoya en falsos valores que quedan relativizados por las mentiras, el éxito, la fama, el poder, la riqueza y todo aquello que interesa más que la verdad y el compromiso responsable. La palabra, entonces, queda falseada y pospuesta a los intereses económicos, de la fama, del engaño, del poder o del éxito.

A todo esto favorece el clima que han gestados los avances técnicos: la tele, el móvil, Internet, transportes... y otros, que han propiciado la globalización y las relaciones entre los pueblos. El contagio y la influencia son mayores y más rápidos. Y cada lugar, por pequeño que sea, queda actualizado y en contacto con el mundo exterior y universal. Por lo tanto, todo está relacionado e influido mutuamente, aunque predomina siempre el poder del más fuerte y las tentaciones que subyacen dentro del corazón del hombre.

Todo se contagia y la mentira, la vida fácil, adultera, poderosa y rica más lo hace más rápida, sobre todo propiciada por el príncipe del mundo, que la aviva con el fuego del mal. Hagamos una sincera reflexión con el propósito de esforzarnos en vivir en la verdad, no sólo de palabra sino también de vida, siguiendo la Palabra que Jesús, el Señor, nos enseña.

viernes, 15 de junio de 2018

CUANDO LA MENTIRA LA HACEMOS VERDAD

El pecado se esconde en el fondo de nuestro corazón, porque es allí donde nacen las malas y buenas intenciones, y donde permitimos que nuestros actos u obras sean buenos o malos. El corazón no sólo se ajusta a ley, que es necesaria y nos ayuda a limitar nuestras malas intenciones, sino que la trasciende y le da plenitud. En él se cuecen las verdaderas intenciones y motivaciones que impulsan al ser humano a actuar en verdad y justicia.
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Mt 5,27-32)

Es en el corazón donde se descubre la verdad o mentira de nuestras intenciones. Hoy, Jesús, nos lo señala como centro y motor de la verdad de nuestros actos, y no sólo con nuestras obras, sino basta también con nuestras intenciones. Como puede ser la mirada, la mano o cualquier miembro que pueda alargar y dar respuesta a nuestra verdadera intención.

Indudablemente, también nuestros actos están directamente relacionados con nuestro compromiso y responsabilidad. Buenos o malos, intencionados o mal intencionados, responsables o de forma irresponsables, faltamos a la verdad cuando buscamos nuestro egoísmo, nuestros intereses, nuestras propias satisfacciones y olvidamos el bien, la verdad y la justicia del otro. Es entonces cuando tratamos de ver la verdad en la mentira.

Jesús nos lo describe con extraordinaria exactitud: «Habéis oído que se dijo: ‘No cometerás adulterio’. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehenna».

No se nos esconde que la fidelidad es un compromiso y que, por irresponsabilidad, por egoísmo, por búsqueda de placer, por satisfacciones y otros motivos que cada cual sabe se quebranta, y a lo que Jesús también nos dice: «También se dijo: ‘El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio’. Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio».

Nadie puede responder por ti. Serás tú quien saque sus propias conclusiones y purifique sus intenciones desde lo más profundo de su corazón.

jueves, 14 de junio de 2018

EL ESPÍRITU DE HACER EL BIEN

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Podríamos hablar hoy, en nuestro tiempo, de la ley mordaza o de la libertad de expresión ¿cuál es el límite? En esas circunstancias queda muy claro la debilidad de la letra de la ley que deja desnuda la libertad propiciando el libertinaje. No se puede decir lo que venga en ganas y mis derechos, muy respetables, tiene su límite donde empiezan los derechos del otro.

Supongo que Jesús limitaría todas esas cosas que muchos hoy discuten y quieren liberar. No se puede cantar lo que te venga en ganas, ni insultar las actuaciones del otro, porque él también tiene sus derechos. Ni decir lo que te parezca y creas por Internet. La libertad no es para hacer daño, ni para extralimitar tus actos o palabras. Todos tenemos derecho al respeto y al honor.

Por lo tanto, la letra de la ley se ve impotente para recoger el espíritu de la verdad y la justicia. No se trata de simplemente de no matar, porque que también, tus palabras, pueden matar. Y, a pesar de que eso está escrito dentro de nuestros corazones, que nos descubre que lo que no me gustaría que me dijeran a mí, debo yo también respetar con respecto al otro, lo dice muy claramente Jesús en el Evangelio de hoy: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos». Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal’. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego.

Sería muy oportuno, sobre todo a los que se erigen demócratas en aras de la libertad, presentarles estas palabras del Señor e invitarle con sosiego, paz y mansedumbre a reflexionar y aplicarlas a la vida de cada día. Supongo que el diálogo, encrespado, rabioso, insultante e irrespetuoso se establecería de otra forma.Evang