martes, 25 de junio de 2019

TODOS SOMOS HIJOS DE DIOS

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Mt 7,6.12-14
Siempre me ha llamado la atención el hecho de que Dios nos quiere a todos. Y en ese todos están incluidos los terroristas, los asesinos, los delincuentes y todos aquellos que hacen mucho mal. Dios es Padre y como buen Padre los quiere a todos y se ha dado en su Hijo Jesucristo para redención de todos. Por lo tanto, si nosotros decimos que amamos a Dios tenemos también que amar a sus hijos, entre los que estamos incluidos todos. Los referidos anteriormente. Por lo tanto, la cosa está meridianamente clara y no hay discusión.

Otra cosa será si estamos dispuestos o no. Otra cosa será si podemos hacerlo o no. Otra cosa será qué camino queremos seguir, y ahí podemos descubrir la grandeza de Juan el Bautista, que no le fue nada fácil seguir el camino que el Señor le había señalado. Por lo tanto, la misión que el Señor nos ha encomendado a todos es esa:  amarnos los unos a los otros como Él nos amó.

Por lo tanto, si no quieres ser criticado, no critiques; si no quieres ser despreciados, no desprecies a nadie; si no quieres ser tratado con indiferencia, no trates a nadie con indiferencia; si no quieres ser herido, no hieras a nadie; si quieres ser amado, ama a todos. La misión y el camino está bien claro, ahora hace falta ponerle manos a la obra. ¿Cómo lo ves? ¿Difícil? Claro, lo bueno, gozoso e importantísimo tiene que costar, pues nada de gran valor se consigue fácilmente. Y hablamos de lo máximo, la Vida Eterna en plenitud.

La cosa es seria, porque no hay otro puente ni otro camino. Para llegar a Dios hay que seguir a Jesús, su Hijo, y el camino que Él nos ha trazado es ese, la puerta estrecha. Nos lo dijo muy claro: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, y no sólo con palabras sino con hechos y obras hasta el extremo de dar su Vida por cada uno de nosotros, buenos o malos. Murió por todos. 

Confieso que al mismo tiempo que escribo esta humilde reflexión me siento más entre los malos que los buenos e impotente de poder cumplir esta misión del Señor, pero, también lo confieso y lo creo, con la fuerza del Espíritu de Dios, que nos lo ha enviado para ayudarnos podemos transformar nuestros corazones de piedras en corazones suaves, compasivos y misericordiosos como el de Jesús.

lunes, 24 de junio de 2019

JUAN, EL PRECURSOR


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Lc 1,57-66.80
Desde su gestación fue iluminado por el Espíritu Santo al encontrarse con Jesús, todavía en el vientre de su Madre, María, y celebrar su encuentro con un salto de alegría. Estaba destinado a prepararle el camino a su Señor y fue consciente de ello durante toda su vida. Para ello vive en el silencio del desierto y desde allí proclama y anuncia la próxima venida del Mesías, del anunciado por los profetas y enviado por el Padre para redimir a los hombres.

Juan anuncia con valentía la cercanía del Reino de Dios e invita a la conversión. Está preparando la venida del Mesías y a quien anuncia. Pero, se presenta como el que anuncia la venida del que es más grande que él y del que no es digno de desatar la correa de su sandalia. Juan sabe muy bien su misión y está expectante y preparado hasta el punto que conoce la presencia del Mesías, al que bautiza por invitación del mismo Jesús.

Hoy necesitamos muchos Juanes Bautistas que proclamen y anuncien la presencia del Mesías enviado en este mundo y en medio de todos aquellos que se reunen en su nombre y creen en Él. Hoy necesitamos a profetas valientes y dispuestos a, en su propio entorno, dar razones de su fe y exigir de forma pacífica y fraterna la enseñanza del mensaje de Jesús, y la libertad religiosa para celebrar y practicar el culto. Necesitamos muchos padres y madres que, al estilo de Juan sepan dar fe y testimonio de la Buena Noticia de salvación.

Y somos precursores en la medida que también nosotros creemos y tomamos conciencia que en nuestro bautismo recibimos al Espíritu Santo y adquirimos el compromiso de dar testimonio de nuestra fe. En la medida que tomamos conciencia de que quedamos configurados sacerdotes, profetas y reyes para celebrar, proclamar la Palabra y servir a los demás.

domingo, 23 de junio de 2019

EL PAN Y EL VINO QUE NOS ALIMENTA

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Lc 9,11b-17
El Evangelio de hoy nos presenta un adelanto de la institución más tarde de la Eucaristía en la última cena. Hoy Jesús nos asiste al vernos hambrientos y cansados. Y es que seguir al Señor presupone caminos de dificultades y obstáculos. Seguir al Señor nos exige negarnos y remar contra corriente y eso produce un desgaste que nos fatiga y nos cansa. Necesitamos, pues, alimentarnos, pero no de un alimento cualquiera y perecedero, sino de un alimento que nos sostenga y nos dé esperanza y fortaleza para avanzar.

Jesús multiplica aquellos cinco panes y dos peces y sacia el hambre de todas aquellas personas. Es comida abundante hasta el punto que con lo sobrante llenan doce canastos. Jesús sabe de nuestras fatigas y de lo duro y arduo que es el camino y nos transmite su Fuerza, su Espíritu en ese alimento espiritual de su Cuerpo y su Sangre bajo las especies de pan y vino.

Necesitamos alimentarnos con frecuencia. Como mínimo una vez a la semana, pero, si puedes, todas las veces que puedas. Si puedes a diario y tienes esa posibilidad, pues diario. En ese alimento, que es el mismo que se nos da, recibimos la fortaleza para seguir el camino de nuestro peregrinar de cada día. No es fácil superar todas las adversidades que surgen dentro de nosotros y también las que nos vienen de afuera, pero con Él podemos enfrentarnos y salir victoriosos. 

Y lo tenemos siempre a mano. El Señor esta real y presente en la Eucaristía. Jesús se ha quedado para siempre con nosotros y lo podemos ver y tocar cada día. Está en el Sagrario y es una maravilla que, muchas veces por rutina o distracción, no nos damos cuenta de apreciar ese regalo de su presencia. Tratemos de reflexionar y tomar conciencia de que el Señor está real y presente en nuestra vida y que podemos estar con Él en cada momento. Él es nuestro alimento y nuestra fuerza.

sábado, 22 de junio de 2019

DÓNDE ESTÁ TU CORAZÓN, ALLÍ ESTARÁ...

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Mt 6,24-34
Es bueno preguntarse qué ocurre dentro mí, porque, dentro de mí es donde está la batalla respecto a mis actuaciones afuera, en el mundo en el que vivo. Por eso, interesa preguntarse sobre lo que anida en mi corazón y cuáles son las causas y motivaciones que lo mueven. Porque, es tu corazón, según sus deseos, el que te inclinará a buscar y a actuar de una forma determinada. Sera una buena pregunta, y muy necesaria, que te ayudará a descubrir tus inclinaciones, tus apetencias y tus pecados.

Porque, el pecado no vive afuera, sino dentro de ti, y duerme dentro de tu corazón. Él será el que suscita en tu corazón tus intereses, tus egoísmos y tus malos pensamientos. E incluso trata de dejar dormida tu compasión misericordiosa y te esclaviza atándote a vicios o apegos que te individualizan y te aíslan de servir y preocuparte por el bien de los demás. Y te das cuenta que experimentas debilidad sintiéndote atado y encadenado por esos vicios, aficiones, perezas o distracciones que te van apartando y alejando del Señor, y de la actitud de disponibilidad y servicio a los demás.

A veces pensamos que no tenemos faltas, y aunque confesamos que las tenemos no sabemos donde están ni cómo aparecen. Y nos cuesta descubrirlas.  Sería bueno rebuscar, indagar y reflexionar, dentro de nuestro corazón, los motivos por los que hacemos las cosas, porque es ahí donde se encuentra la clave de nuestras actuaciones. Nos preguntamos: ¿Lo hacemos por y para Gloria de Dios, o lo hacemos buscándonos a nosotros mismos para darnos satisfacción? 

Sabemos que en la medida de nuestra forma de actuar estaremos más o menos cerca de la Voluntad Dios. Y en esa medida, quizás sin darnos cuenta, nos alejamos hasta el punto de, si no romper con su amistad, sin enfriarla de tal manera que quedamos a merced del mundo, demonio y carne. Entonces, ese alejamiento puede ser muy grave hasta el extremo de romper con Dios. Tratemos, pues, de despertar y de llenar nuestros corazones de buenos propósitos e intenciones, que vayan dirigidas a poner a nuestro Padre Dios en el centro de nuestra vida y a nuestros hermanos como objeto de nuestro servicio.

viernes, 21 de junio de 2019

EN ESTE MUNDO TODO PERECE

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Mt 6,19-23
San Francisco de Borja, al ver, después de varios días de viaje, el féretro y contemplar el cadáver putrefacto de la emperatriz Isabel de Portugal, mujer de Carlos V, exclamó: Nunca más, nunca más servir a Señor que se me pueda morir. Con esta expresión dejó muy claro el valor de las cosas de este mundo, incluso la vida. Y es que todo lo que es perecedero pierde su valor.

Sabemos que las cosas de este mundo son necesarias, pero esa necesidad debe siempre ir por detrás de nuestro amor a Dios., quien debe ocupar el centro de nuestro corazón. Ese es el sentido y el contenido de lo que nos dice Jesús en el Evangelio de hoy. Todo lo de aquí abajo se corrompe y, de significar en algún momento de nuestra vida algo importante y de valor estimable, pasa a corromperse y quedar destruido. sin ir más lejos lo experimentamos en nuestra propia muerte. E incluso en algunas enfermedades que, podemos decir, nos dejan con vida pero prácticamente muertos.

De ser jóvenes, vigorosos y elegantes nos convertimos en viejos, débiles y deformados. Evidemente, San Francisco de Borja tiene mucha razón, sólo lo que es eterno conserva valor. Y para eso nos ha creado Dios, para vivir eternamente, condición que hemos perdido por el pecado, pero que hemos rescatado por los méritos de Jesús, el Hijo de Dios hecho Hombre, que ha entregado su vida para darnos esa oportunidad de recuperar la Gloria perdida. Esa Eternidad gozosa, en la presencia de Dios Padre, que quiere compartir con nosotros, su Gloria.

No perdamos de vista esa Eternidad a la que hemos sido llamados y para la que hemos sido creados.. Busquemos siempre, por encima de las cosas de este mundo, las cosas de arriba, las del cielo, que nos llevan a la Gloria de Dios.

jueves, 20 de junio de 2019

PALABRAS INCOHERENTES

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La apariencia y la incoherencia suelen darse la mano, pues mientras la una se esconde en la falsedad y lo irreal, la otra falsea lo que dice con el incumplimiento de su vida. De alguna formas ambas encubren una apariencia falsa de lo que manifiestan y presentan. Las palabras, por lo tanto, no significan nada cuando la vida no les respalda. Son palabras vacías y carentes de significado y valor.

Una palabra para tener valor y credibilidad tiene en ser encarnada en la vida de la persona que la proclama y manifiesta. Si hablas responde con coherencia a esa palabra hablada con encarnarla en tu propia vida. Ese es el contenido del Evangelio que hoy nos propone la Palabra de Jesús. El buen palabrerío carece de sentido y de valor si sus palabras no tienen correspondencia en la vida. La palabra es buena y cobra todo su valor cuando se ve reflejada en la vida.

La oración, pues, no consiste en muchas palabras. Ni siquiera en palabras armónicas y bien dichas. La buena oración es aquella que, saliendo del corazón tiene la buena y sana intención de ser vivida y encarnada en la vida de cada día. Por eso, Jesús nos enseña la oración del Padrenuestro, para que lo vivamos en cada momento de nuestra vida. Porque, no es una simple oración para recitarla y con la misma guardarla, sino que es un estilo de vida que nos insta y propone a encarnarlo cada día y a cada instante en nuestra vida.

En el Padrenuestro tomamos conciencia y recordamos que Dios es nuestro Padre y que, como Padre, debemos y tenemos la obligación de santificar su Nombre. Queremos, y se lo pedimos, que venga su Reino a nosotros, porque el nuestro ya sabemos que no satisface nuestras expectativas. Y nuestra voluntad es pecadora y débil, por lo tanto, Padre, hágase tu Voluntad, que es la buena y la que nos salva. Danos, le decimos, lo que necesitamos, tanto material como espiritual y fuerzas para perdonar como Tú, Padre, nos perdonas. Y terminamos pidiéndole que nos libre del mal. De esos peligros que nos acechan en este mundo en el que vivimos y que nos tienta para hacernos caer y alejarnos de nuestro Padre.

miércoles, 19 de junio de 2019

VIVIR EN APARIENCIAS

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Hay dos formas de ver las cosas. La una, tal como son y de manera auténtica, y la otra, mirarla de forma aparente distorsionando tu propia realidad con la única intención de aparentar lo que no eres o haces. La primera es la verdadera, aunque bañada por nuestras propias imperfecciones, y la segunda es la engañosa, la que busca aparentar y falsear tu propia verdad.

El Evangelio de hoy nos habla en ese sentido. Descubre y denuncia aquellas actitudes que tratan de buscar ser vistas en sus actitudes de piedad o actos caritativos y fraternos con el fin de ser reconocidos y admirados. No buscan una relación con Dios desde la intimidad y humildad, sino con cierto interés aprovechándose de esa aparente y falsa relación para ser vistos, para lucrarse y lucirse ante los demás. La finalidad es desprender admiración y honores.

Sería interesante reflexionar sobre esa dispocisión en nuestra relación personal e íntima con nuestro Padre Dios. Sería bueno preguntarnos, ¿son mis oraciones y actos de caridad utilizados como un medio para buscar lucirme, exhibirme, ganar prestigio y admiración ante los demás? Sería muy bueno reflexionar sobre ese aspecto de nuestra vida y, aprovechando este momento dedicar unos minutos a contemplar mi vida de piedad y caridad desde esta perspectiva.