sábado, 11 de febrero de 2017

DESPIERTA MI HAMBRE DE TI, SEÑOR

(Mc 8,1-10)
En muchas ocasiones seguimos al Señor. Incluso, hay momentos que nos sentimos eufóricos y con mucho entusiasmo. Es, entonces, cuando le damos el lugar que le corresponde en nuestra vida, el primero, el centro de todo nuestro ser y obrar. Sin embargo, pronto todo se viene abajo, como la semilla que sembrada entre pedregales y abrojos se seca y se pudre.

Quiero, Señor, que esa hambre se despierte dentro de mí y que perdure y se sostenga dentro de mi corazón por tu Gracia. Y dé frutos. Frutos que alegran la vida de todos aquellos que se cruzan en mi vida y le den fuerza y alimento espiritual. Y eso, Señor, sé que sólo Tú lo puedes dar. Despierta en mí esa hambre de amor y de hacer tu Voluntad.

Quiero alimentarme de tu Palabra, y fortalecer mi espíritu, para saciada mi hambre y sed de Ti, transformarme yo también en pan y alimento que despierte la sed de buscarte y estar contigo. Porque Tú, Señor, eres dueño de la Vida y la muerte, y, por verdadero amor, nos ofrece la salvación.

Empeñémonos en seguir al Señor y llenarnos de su verdadero alimento: su amor por nosotros, para llenos de Él corresponder nosotros de la misma forma. Pidamos sabiduría para dar respuesta a nuestras posibilidades, que muchas veces las dejamos dormir indiferente sin comprometernos con la realidad que nos rodea. Es verdad que nos sentimos impotente, y recurrimos con asiduidad a justificarnos apoyándonos en esa impotencia, pero también sabemos que, por la Gracia del Señor, podemos movernos y responder.

Y eso es lo que quiere el Señor, que hagamos algún movimiento. Darle nuestros cinco panes y peces, y luego Él pondrá el resto. Creamos en su Podre, en su Amor y Misericordia.

viernes, 10 de febrero de 2017

EL ENCUENTRO CON JESÚS NO SE PUEDE OCULTAR

(Mc 7,31-37)
Cuando tienes una experiencia con Jesús no puedes callarte. Es tanto el gozo, la alegría y la experiencia de sentirte salvado que corres a pregonarlo por doquier. Es el júbilo de la Gracia, la misma que recibimos en nuestro Bautismo, pero, ¿dónde se ha quedado nuestra fe y nuestro encuentro con el Señor? ¿Se ha dado, o se ha quedado en la misma ceremonia bautismal?

Es posible que nosotros tengamos también que pedirle al Señor que nos abra los oídos y desate nuestra lengua. Tanto para escuchar su palabra como para proclamarla. «Effetá» es la palabra que necesitamos oír y experimentar. "¡Ábrete!" a la acción del Espíritu Santo. 

Esa es la pregunta de nuestra humilde reflexión: ¿"Estamos dispuesto a abrirnos a lo que el Espíritu Santo nos vaya indicando"? ¿Nos disponemos a ello? Ese es el síntoma de la fe, la inquietud y el deseo de abrirnos, de estar atento para ponernos en camino, para ser dócil a su Palabra.

En estos días estamos viendo como la fe actúa. Como el Señor responde a aquel que le pide con fe. Y es que Él nos lo ha dicho ( Jn 14, 13). Posiblemente, nuestra fe esté muerta o casi muerta. O, quizás, dormida, despistada, inconsciente, distraída, pasiva, tribulada, indiferente, simulada y desviada por las cosas de este mundo.

Necesitamos despertar, ver y oír. Y, para ello, busquemos al Señor en el camino de nuestra vida. Acudamos a Él con fe, confiados y dispuestos a dejarnos empapar por su Gracia y despertar a la vida. La verdadera Vida Eterna y en plenitud de gozo que tanto buscamos.

jueves, 9 de febrero de 2017

LA FE NOS SALVA

(Mc 7,24-30)
Se me pone los pelos de punta cuando leo este Evangelio y también otros donde la fe es la protagonista. Y digo que se me ponen los pelos de punta porque me pregunto: ¿Y me fe? Ya Jesús nos dice en Jn 14, 12., y no hay excusa. Se trata de creer en Jesús y todo lo demás vendrá por añadidura. Y suceden esas cosas con personas que incluso son paganas.

Una mujer sirio fenicia que cree que el Señor la curará. Y tanto que lo cree que persiste e insiste. Y a la respuesta de Jesús no se da por vencida sino que reclama, por decirlo de alguna manera, sus derechos de ser hija de Dios. Porque hemos sido creados por Dios, y Dios no abandona su creación y a sus criaturas.  Y confiada. Me atrevería a decir, iluminada por el Espíritu, que ve su perseverancia, su insistencia y como se agarra a su última esperanza, responde: «Sí, Señor; que también los perritos comen bajo la mesa migajas de los niños».

Te quedas ensimismado, perplejo, aturdido, emocionado. Pierde en sentido y la noción del tiempo al comprobar como la fe logra la respuesta del Señor. Como a la fe el Señor se somete y otorga su Amor. Podemos pensar que el Señor quería hurgar en la fe de aquella mujer y ver hasta donde llegaba su confianza en Él. Y Jesús, el Señor, no regatea ni la hace esperar:
                                                              Él, entonces, le dijo: «Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija». Volvió a su casa y encontró que la niña estaba echada en la cama y que el demonio se había ido. Es decir, porque has creído se te concede lo que pides. ¿Es nuestra fe así?

Es hermoso y conveniente medita y reflexionar sobre el alcance de nuestra. Porque todo cambia y nuestro corazón empieza a transformarse desde el instante que crees firmemente que estás salvados si crees que Jesús, el Señor, en el nombre del Padre, te puede salvar. Se hace la luz en tu corazón y todo se transforma. La alegría y el gozo te invade y hasta experimentas que el tiempo se detiene y se hace eternidad.

miércoles, 8 de febrero de 2017

EL PECADO MORA DENTRO DE NOSOTROS

(Mc 7,14-23)
Nuestra naturaleza está tocada, muy herida, pero no muerta. Eso significa que hay esperanza de vida, pero no basta con nuestras fuerzas, pues la herida (pecado) es muy profunda y el Maligno nos vence siempre. La enfermedad es interna y la curación tiene que venir también de dentro. Lo externo es sólo la fachada, la apariencia, que también conviene cuidarla, pero la medicina hay que ingerirla interiormente hasta lo más profundo del corazón.

El Evangelio de hoy es tan claro que no entenderlo es casi imposible. El sentido común nos da a entender que lo que realmente mancha al hombre es el pecado, las malas intenciones. Y esas se forman dentro del corazón del hombre mal intencionado. Por eso necesitamos cambiar nuestro corazón, la sala de maquina donde se forjan nuestras buenas o malas intenciones.

Todo en Dios es bondad, pero no así en el hombre. Nuestro corazón, libre para elegir y optar, se contamina del mal, de las pasiones, fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Y herido por el pecado queda sometido y dominado. Le será imposible escapar a ellas por sus propios medios. Necesitará el concurso del Espíritu Santo, para sostenerse firme e ir cambiando su corazón de piedra por uno de carne, abierto a la acción del Espíritu y dispuesto a entregarse al amor verdadero y generoso.

Necesitamos claramente la Gracia de Dios. No podremos vencernos sin la ayuda del Espíritu Santo. Ver las cosas según las ve Dios nos es imposible solos, pero en Él será de otra forma. Vendemos nuestra alma por pequeñas cosas; por pequeñas comodidades; por un rato de ocio, que empobrece nuestra vida más que llenarla de gozo y alegría, pues se termina y nos esclaviza dependiendo de ello. Perdemos el horizonte de experimentar el gozo de estar con el Padre, y vacilamos en perderlo por un puñado de basura. Basura que sabemos que tiene sus días contado.

Busquemos limpiar nuestro interior y llenarnos de buenas intenciones. Un corazón limpio y bien intencionado para hacer sólo el bien y amar, anteponiéndote a Ti, Señor, a todas las cosas de este mundo caduco.

martes, 7 de febrero de 2017

IMPORTA EL CORAZÓN, NO LA NORMA O EL MÉTODO

(Mc 7,1-13)
Parece que estamos más inclinados a las normas y tradiciones que a las buenas intenciones. De nada sirve aplicar los métodos o tradiciones si luego tu corazón no alberga buenas intenciones. Porque no se ama con las normas ni los métodos o formas de orar, sino con el corazón. Es lo que nos dice Jesús, ama y luego haz lo que quieras. Porque el que ama hará siempre las cosas en verdad y con justicia.

Y es que ocurre eso en nuestra vida. Cuidamos las cosas externas, apariencias, sin importarnos tanto lo que pensamos intencionadamente en nuestro corazón. Porque es ahí donde reside y se genera el mal. No queremos decir que las tradiciones no sean importantes y buenas conservarlas, pero siempre y cuando sean y estén en función del bien del hombre. El tiempo camina y nosotros no seguimos el ritmo, porque nuestras horas en este mundo están contadas, y eso conlleva formas nuevas de vidas y costumbres. Y a eso hay que adaptarse, sin perder que todo está para el bien de las personas.

Precisamente, eso es lo que significa ser libre, buscar el bien. Quien es libre ama, porque amar busca eso, hacer el bien. Pero, eso que ocurría en tiempo de Jesús, sigue vigente hoy. Incluso, diría que ha aumentado en exageración, pues parece que las leyes y costumbres someten al hombre. Incluso, los caprichos de los mismos gobernantes. ¿Qué ocurre con las personas mayores? Antes, según las tradiciones, daban dinero y bienes para el Templo y se libraban de cuidar a sus padres, que no podían disponer de esos bienes. Y ahora, los que tienen dinero los ponen en residencias, y los que no tienen, lo hacen en hospitales o centros geriátricos públicos.

La clave está en quitárnoslo del medio y nos desviamos del cuarto mandamiento. Es decir, cumplimos con lo externos, pero falseamos las intenciones de nuestro corazón. Quien honra al padre expía los pecados; quien glorifica a la madre es como quien reune un tesoro (cf. Sir 3,2-6). Son nuestros padres una ocasión y oportunidad para ganarnos la Vida Eterna atendiéndolos y cuidándolos. Sin embargo, el mundo los ve como molestia y obstáculos, y trata de sacudírselos. En eso se esconde la eutanasia.

lunes, 6 de febrero de 2017

CONTACTO CON JESÚS

(Mc 6,53-56)
Jesús no pasa desapercibido, lo buscan para que cure a los enfermos. Donde quiera que vaya, enterados de su presencia, acuden a Él de manera multitudinaria. El Evangelio dice: Y dondequiera que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que les dejara tocar la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados.
Hoy, tú y yo, somos unos privilegiados. No tenemos que buscarle. Sabemos dónde está y podemos visitarle en cada momento y hasta recibirlo como alimento espiritual cada día. La pregunta es: ¿Tomamos conciencia de la presencia del Señor en nosotros? Si aquellas personas creían que con tocar su manto quedaban curados, ¿qué podemos pensar nosotros cuando lo recibimos en Cuerpo y Sangre bajo las especies de pan y vino?

¿Somos conscientes de esa presencia y de ese contacto espiritual que es el mismo Jesús en nosotros? ¿Somos conscientes de que nos configuramos con y en Jesús? Y es más, ¿descubrimos el poder que tiene tener al Señor, no tocarle simplemente, con nosotros? ¿Creemos en ese poder y todo lo que podemos hacer según su Voluntad?

Por ahí van los caminos de nuestra reflexión evangélica de hoy.  Es bueno preguntarse la medida de nuestra fe y hasta donde llega. ¿Creo que con y en el Señor puedo hacer tanto como Él hizo y nos prometió que también nosotros podíamos hacer (Jn 14, 12)? Y si no lo hacemos puede ser porque nuestra fe está todavía verde, o porque quizás no sabemos discernir lo que conviene hacer.

Porque no se trata de hacer y hacer y convertirnos en unos magos poderosos. Se trata de hacer lo que conviene, según la Voluntad de Dios, y es bueno para todos los hombres. Se trata de hacer que ayuda a los hombres a la conversión y al encuentro personal con Jesús. Se trata de convencernos que en las Manos del Espíritu Santo podemos hacer lo que el Señor quiere que hagamos.

domingo, 5 de febrero de 2017

SAL Y LUZ

(Mt 5,13-16)
No cabe ninguna duda que tú eres ejemplo cuando haces las cosas bien. Los nombres de las calles, las placas conmemorando un homenaje, las esculturas de ciertos personajes hablan de que esas personas fueron ejemplo de bien hacer. Y eso significa que esas personas fueron sal y luz. 

Porque ser sal significa que damos sabor y gusto a todo aquello que nos rodea; que contagiamos de buen sabor y de vida a todo aquello que está en nuestro ambiente y se mete en nuestra vida. Porque ser sal es alegrar la vida y contagiarla de ese perfume que la hace hermosa y apetecible. Porque ser sal es irradiar lo que tú eres, o lo que es lo mismo, criatura de Dios y llamado a la Vida Eterna. Y eso que eres lo transmites y lo dejas ver cuando te comportas en la vida como lo que eres, es decir, salando todo aquello que tocas con el aroma del amor de Dios.

Pero también, al mismo tiempo que das sabor a esa llama de amor que llevas sellada en tu corazón, iluminas con ese fuego la vida de los demás. Irradias buen testimonio, das buen ejemplo y desprende aromas de amor que canta el reflejo del Amor de Dios. Eres también luz, y como tal no te puedes esconder en la oscuridad y ser opaco. Has sido creado para amar y ser reflejo de Dios, y lo haces cuando, además de ser sal eres también luz. Es decir, dar sabor y alumbras la vida y el camino que nos lleva a la felicidad.

Y ese camino es el que conduce al Señor. Posiblemente, no aparezcas, o no te notes, pero tu sabor y perfume se huelen y se buscan. La gente se queda en los buenos ambientes. En aquellos ambientes donde se respira buen olor y se huele buen perfume. 

La gente busca el espacio de paz y amor, donde la convivencia esté presidida por la verdad y la justicia. Y eso tiene que salir de ti, porque Dios ha puesto en tu corazón esa sal y esa luz para que contagies al mundo.