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sábado, 17 de febrero de 2024

LLAMADA A PECADORES

Sí, la llamada es para ti porque tú, igual que yo, eres un pecador. Ese es nuestro letrero, la señal que nos identifica y une a todos: «somos pecadores». Y, precisamente, esa condición de pecador nos salva. Porque, quien no se reconoce pecador se condena. Jesús ha venido a salvar a los pecadores y, por eso se reúne con ellos. Quienes rechazan reunirse con Él y le cierran la puerta de su corazón, ¿cómo entonces pueden salvarse?

Hoy el Evangelio nos muestra como Jesús se fija en Leví – Mateo – y le llama. Va a su casa y come con un gran número de publicanos y otros, dice el Evangelio. También a ti te ha pedido que lo invites y le abras la puerta de tu casa. ¿Te has parado a pensar en ello? Quizás has denegado ya muchas invitaciones pero, a pesar de ello, Jesús seguirá invitando a que le abras la puerta de tu corazón. Él ha venido a por ti, pero necesita que tú le abras la puerta de tu casa.

De ahí que la fe es imprescindible. Necesitas fiarte de la Palabra del Señor. No busques ni pidas pruebas porque, ¿tendría sentido? ¿Para qué entonces el sufrimiento y muerte de cruz del Señor? Si el Señor nos muestra su Divinidad y nos convence en un abrir y cerrar de ojos, ¿para qué el plan de Dios? No hubiese hecho falta nada.

Nuestro Padre Dios ha pensado de otra forma y quiere nuestra participación, empezando por que nos fiemos de Él y creamos en el Hijo enviado. Y eso depende de ti como también dependió de Leví. Él respondió, ¿y tú?

sábado, 15 de enero de 2022

`PUBLICANOS Y PECADORES

 

Si nos preguntáramos, ¿a qué ha venido Jesús? La respuesta no puede ser otra que la de liberarnos del pecado. ¿Y por qué? «podíamos seguir preguntándonos» porque el pecado nos esclaviza y somete nuestra libertad. De modo que, ya no somos libres, sino que quedamos sometidos a nuestra concupiscencia y apetencias humanas de la carne. Hacemos ─ como diría Pablo ─ lo que no queremos hacer, y no lo que queremos.

Pues bien, la misión de Jesús está claramente definida: liberarnos del pecado que mata y secuestra nuestra libertad impidiéndonos hacer el bien. Porque, ser libre es estar en actitud permanente de buscar la verdad y hacer el bien. Quien es libre no desea el mal y su voluntad está empeñada en hacer y buscar siempre el bien propio y de los demás. ¿O es que no lo has experimentado en tu propia vida? Cuando te has sentido libre has deseado y querido hacer el bien. Otra cosa que, nuestra debilidad y naturaleza herida ─ por el pecado ─ nos pueda y nos someta.

Para eso llama a Leví – Mateo – al pasar y verlo sentado en su mesa de recaudador de impuestos para los romanos. Sucede que Mateo responde y le sigue. Se supone que, Mateo estaba inquieto y algo había oído y le atraía de Jesús. Aquel seguimiento perdura hasta hoy. Le siguió el resto de su vida – fue uno de sus doce apóstoles y evangelista - en este mundo y está con Él, en el otro, eternamente.

Sin embargo, la cuestión que nos ataña a nosotros es otra distinta. No tanto el testimonio de san Mateo, que ya nos lo ha dejado escrito en el Evangelio, sino nuestra respuesta a la llamada del Señor. Porque, también a ti y a mí nos llama el Señor. A nosotros y a todos los que continuamos peregrinando por este mundo todavía. Y nos invita a seguir, a escuchar su Palabra y a tratar de vivirla – asistidos por el Espíritu Santo – que ha bajado sobre nosotros en la hora de nuestro bautismo. El mismo Espíritu Santo que asistió y estuvo con Jesús. Por tanto, reflexionemos al respecto.

sábado, 14 de enero de 2017

YO TAMBIÉN, SEÑOR, QUIERO SEGUIRTE

(Mc 2,13-17)
Llamaste a Leví, el de Alfeo, hoy más conocido por Mateo, y respondió a tu llamada. Pero, ¿y a mí? ¿Me llamas? Seguro que también me llamas, porque un Padre como Tú no puede olvidar a ningún hijo. Pero, otra cosa es ver si yo te respondo y te sigo como hizo Mateo.

Esa, al menos, Señor, es mi intención. A Ti no puedo engañarte, porque, Tú, Señor, lo sabes todo y tu mirada penetra hasta el fondo de mi alma, y todo queda descubierto a tus ojos. Por eso, Señor, sabes de mí más profundas y ocultas intenciones, incluso mejor que yo. Y sabes que yo quiero seguirte, pero que mis fuerzas no son lo suficiente fuertes, valga la redundancia, para responderte. O, al menos, para hacerlo como Tú quieres.

Hoy me dices en el Evangelio que has venido a curar a los enfermos. Pues bien, yo soy uno de esos enfermos, y quiero dejarme curar por Ti. Porque Tú eres el mejor médico, que curas no sólo el cuerpo, sino también el alma, y das Vida Eterna. Tu Palabra es la medicina que cada día nos alimenta y nos sostiene y nos da vida, y nos lleva a alimentarnos con tu Sangre y tu Cuerpo, que, Tú, consagraste para nuestro alimento espiritual. 

Quiero responder, Señor, pero te necesito, para que me acompañes y me llenes de tu Espíritu, y me des la fortaleza y voluntad que necesito. Quiero responder como Mateo, pero experimento mi fragilidad, mi cuerpo enfermo y mi debilidad. Me experimento tentado, sin fuerzas y vacilante. Siento que, como Pablo, no hago lo que me gustaría hacer, y, sin embargo, me dejo llevar por lo que no quiero hacer. Desde esa experiencia, siento que no te escucho ni te hago caso. O dicho de otra forma, "quiero, pero no puedo".

Por eso, como titulo esta reflexión, "yo también, Señor, quiero seguirte", pero necesito tu Gracia para responder a tu Amor, y fortalecido, poder seguir tu camino como Mateo.

sábado, 13 de febrero de 2016

EL ENFERMO NECESITA MÉDICO

(Lc 5,27-32)

No tendría sentido ser médico sin enfermos, porque la finalidad y fundamental objetivo del médico es curar a enfermos. De esa misión nos habla hoy Jesús en el Evangelio, y se vale del hecho oportuno de ser invitado a comer a casa de Leví, a quién había previamente elegido momentos antes para convertirlo en auxiliar de su medicina.

Todos nosotros estamos llamados también a dejarnos curar, para, luego, contagiar esa salud corporal y espiritual a los demás. El virus del pecado se propaga con facilidad si no somos vacunados por la Gracia de Dios, del Bautismo primero, y por la asistencia diaria del Espíritu Santo. Necesitamos contagiarnos de esa Gracia del Señor para inmunizarnos del contagio mundanal del pecado que vive a su antojo en ese ambiente.

El camino cuaresmal nos invita a luchar contra esos peligros: mundo, demonio y carne. Y no lo hacemos, ni se lucha, aislándonos, sino desde dentro, curando, por la Gracia de Dios, esas heridas y enfermedades que ellos contagian y transmiten. Esas periferias a las que el Papa Francisco nos invita, por y con la Gracia de Dios, a transmitirles el Mensaje y buena Noticia de Salvación que Jesús trae y les ofrece.

No viene Jesús para enderezar lo que está derecho, sino aquello que está torcido. Y, por el pecado, todos nosotros estamos torcidos y necesitados de ser enderezados. Jesús es nuestra esperanza y salvación, y como Leví, queremos ser dócil a tu Palabra y responderte con un "quiero". Toma, Señor, mi vida y sálvala.

sábado, 8 de marzo de 2014

TODOS SOMOS LLAMADOS

(Lc 5,27-32)


En lo más profundo de nuestro ser palpita un gran deseo: felicidad y eternidad. Todo ser humano, por el hecho de ser hijo de Dios busca la Casa del Padre. Allí ha experimentado que es feliz en contraposición a la experiencia que guarda del mundo.

Ese inmenso deseo se convierte en llamada que nos mueve constantemente a la búsqueda de la verdad, porque en ella encontramos la libertad y la felicidad. Descubrir, como Leví, que Jesús es ese Camino, Verdad y Vida plena que todos buscamos, es la experiencia del encuentro que todos ansiamos, porque en Él vivenciamos esa felicidad y ese amor que anhelamos.

Ese tesoro vocacional duerme dentro de nosotros y despertarlo significa responder a esa llamada que mora dentro de nuestro corazón y que nuestro Padre Dios ha sembrado en él.