domingo, 13 de noviembre de 2016

PALABRAS MUY SERIAS Y DURAS

(Lc 21,5-19)
El Señor no se anda por las ramas. Habla muy claro y el Evangelio de hoy lo demuestra una vez más: «Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: ‘Yo soy’ y ‘el tiempo está cerca’. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato».  Y la pregunta es: ¿No esta sucediendo esto?

El mundo en el que vivimos está amenazado por enfrentamientos que ponen en peligro la convivencia y la paz entre los hombres. Guerras que amenazan destruir el planeta; consumo desmesurado que influyen en el clima y lo alteran. Sólo hace falta encender la televisíon y comprobar la inestabilidad que se cierne sobre el mundo que habitamos. Y esos enfrentamientos nace de las ideologías de nuevos líderes que se erigen como jefes y profetas de un nuevo orden.

La confusión cada vez es más compleja y muchos tratan de apoderarse de la voluntad de los hombres para dirigirlos según sus ideologías amenazando la libertad de poder elegir tu propio camino. Ayer veía en la televisíón un documental sobre la amenaza que vivió el planeta en tiempos de Kennedy y Kruschev que estuvieron a punto de desencadenar una guerra mundial. Vivimos al filo de la navaja y pendientes de que en cualquier momento la tragedia se cierna sobre el mundo.

Realmente la realidad actual se parece a todo esto que Jesús ya nos ha dicho: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas, y grandes señales del cielo. Pero, antes de todo esto, os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles y llevándoos ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio. Proponed, pues, en vuestro corazón no preparar la defensa, porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y seréis odiados de todos por causa de mi nombre. Pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».

Pidamos luz y fortalece para que en medio de estos acontecimientos no perdamos la senda del camino recto y perseveremos en el Señor.

sábado, 12 de noviembre de 2016

ELEGIDOS POR DIOS

(Lc 18,1-8)
No hemos sido nosotros los que hemos elegido a Dios, sino todo lo contrario. Ha sido Dios quien nos ha elegido. Él siempre da el primer paso y nos ha amado primero y elegido entre sus hijos. Por lo tanto, no sería lógico ni tampoco tendría sentido común que, después de habernos elegido no nos hiciera caso, ni respondiera a nuestras suplicas y peticiones.

Jesús nos revela en esta parábola del juez injusto, el valor de la perseverancia. La insistencia es vital en la oración, y lo deja muy claro hasta el extremo de destacar la respuesta del juez, simplemente por quitarse a esa mujer de encima o temer que le pueda molestar e importunarle. Por simple deducción y sentido común, ¿no hará más nuestro Padre Dios que nos ha elegido para ser sus hijos? ¿Qué padre niega lo que su hijo le pide, más nuestro Padre Dios que lo puede todo?

Sin embargo, todo dependerá de nuestra perseverancia e insistencia que, por supuesto, estará alimentada por nuestra fe. El Señor nos atenderá porque es Él el primero que quiere nuestro bien y nuestra felicidad. Es el objeto de su Amor. Por eso, desde esa confianza debemos insistir y perseverar. Es posible que las cosas no se sucedan como nos gustaría, pero también es verdad que no somos nosotros los mejores e indicados para saber que realmente nos conviene. Dejarlo todo en las Manos del Señor es garantía de que  será lo mejor que nos pueda pasar.

Pongámonos en Manos del Espíritu Santo, y dejemonos llevar por su acción. Iremos seguro por buen camino. Amén.

viernes, 11 de noviembre de 2016

MOMENTOS DE INCERTIDUMBRE

(Lc 17,26-37)
Palabras duras las que Jesús pronuncia hoy en el Evangelio que tratan, no de asustarnos, sino de ponernos en alerta y advertirnos del peligro de tomarnos la vida como una juerga y una diversión. De vivir pensando sólo en pasarlo bien y divertirnos, pensando sólo en nosotros sin preocuparnos por los demás.

La carrera de esta vida tiene dos finales, o el gozo eterno o el sufrimiento eterno. Y tu vida te sirve para elegir el camino a tomar. Por eso y para eso, Jesús te advierte: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca; vino el diluvio y los hizo perecer a todos. Lo mismo, como sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían; pero el día que salió Lot de Sodoma, Dios hizo llover fuego y azufre del cielo y los hizo perecer a todos. Lo mismo sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste». 

Algo nos sucede que cerramos los ojos a esta realidad. Hay mucha gente que no termina de creerselo, y así sucedió en aquellos tiempos de Noé. de Lot. Y sucederá también cuando el Hijo del Hombre se manifieste. Es decir, en la segunda venida de nuestro Señor. Y eso se debe principalmente al diablo que embauca a muchos ofreciéndole las maravillas de este mundo y engañándolos. Por eso necesitamos oración y estar injertado en el Espíritu Santo, para que en, por y con Él podamos vencer las tentadoras ofertas con las que el príncipe de este mundo nos tienta.

Tengamos muy presente estas Palabras del Señor, y no volvamos la vista atrás para tratar de salvarnos con las cosas de este mundo. Somos de otro mundo y allí vamos desnudos, tal y como vinimos a este. Y sólo el Señor nos colmará de bienes y gozo pleno en un nuevo mundo que no podemos ni imaginar. Un mundo nuevo que sólo Dios conoce.

jueves, 10 de noviembre de 2016

DENTRO DE NOSOTROS ESTÁ LA HUELLA DE DIOS

(Lc 17,20-25)
No puede ser de otra forma. Somos semejantes a Dios aunque muchos no quieran hacer caso ni creerselo. Pero en lo más profundo de nuestro corazón hay un deseo irrefrenable de ser feliz y eterno. Basta con pararse un poco y, seriamente, hacer una pequeña reflexión. La vida está dentro de nosotros, y queremos vivirla gozosamente y que dure siempre. ¿De dónde nos viene ese deseo?

Y el mundo no nos ofrece eso que yace dentro de nosotros. La respuesta que buscamos la encontramos en Jesús de Nazaret. Él nos habla y nos promete esa Vida Eterna que deseamos vivir en plenitud. Y que ya la estamos viviendo si le abrimos nuestro corazón. El Reino de Dios ya ha llegado, está tocando la puerta de nuestro corazón y sólo tenemos que dejarle entrar y acogerlo.

La segunda venida de Jesús, la definitiva, será la confirmación final de nuestra acogida. Entonces nos acogerá y nos llevará con Él a esa mansión que nos prepara ahora. Pero lo hace para aquellos que le han reconocido y le han abierto su corazón. Es la hora, ahora, en este momento. El Reino de Dios está entre nosotros y tenemos que recibirlo, acogerlo y esperarlo.

Y lo hacemos a cada instante de nuestra vida cuando vivimos en el esfuerzo de hacer presente su Palabra y su Amor. Cooperamos a establecer el Reino de Dios en este mundo cada vez que nos esforzamos porque sea más justo, más solidario y fraterno. Y que haya paz entre todos los hombres.

Preparémonos para ese momento glorioso y definitivo; preparémonos para entrar en la Vida Eterna donde sólo habrá gozo y plena felicidad. Pero, preparémonos ya, ahora, en este momento. Abre las puertas de tu corazón y deja entrar al Señor. Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

¿DESTRUIMOS TAMBIÉN NOSOTROS NUESTRO TEMPLO?

(Jn 2,13-22)
Posiblemente, hablar y comunicarnos alguna cosa en el templo no esté mal, pero, quizás, sin darnos cuenta, estamos convirtiendo nuestros templos en lugares donde vamos a pasar un rato agradable y a hablar con los amigos y amigas. Amén de lucir nuestros modelitos y reunirnos para luego ir a tomar un café o pasteles. Es posible que neguemos esta realidad, pero a veces lo que domina nuestra presencia en la Eucaristía son esas apetencias y placeres.

Y debemos tener mucho cuidado si esto se va haciendo rutinario y hasta normal. Y, peor todavía, si esa es la conciencia colectiva que se va introduciendo en nuestros corazones hasta el punto de encontrarlo normal y bien. El Templo es un espacio y lugar de oración. Está bien que saludemos a alguna persona, pero eso no significa entablar una conversación donde Jesús desaparece y se toma como alguien con el que hablamos cuando nos cansemos de hablar con el amigo o amiga.

A veces, sobre todo en bautizos, primeras comuniones u otras celebraciones, la algarabía es tan ensordecedora que parece más una recova o lugar de la bolsa que un templo. Y nos aproximamos a lo que sucedió en tiempo de Jesús. Aquel lugar, como el nuestro de hoy, no parece la casa ni el templo de nuestro Padre Dios.

Es verdad que el Señor mora dentro de cada uno de nosotros, y el verdadero templo está en nuestro corazón, pero el templo físico, el lugar donde nos reunimos representa la Casa de oración con el Señor. Y debemos guardar respeto y silencio. Porque hay personas que necesitan reflexionar, silenciar su interior y escuchar la Palabra de Dios. 

Quizás sea la ocasión donde muchos encontramos un espacio y tiempo para, serenamente y en paz, dejar que el Señor, que habita en su corazón, le susurre con ternura y amor las enseñanzas y señales por las que debemos caminar en su búsqueda. Y con nuestro ruido y distracciones impedimos que eso suceda.

martes, 8 de noviembre de 2016

HACEMOS LO QUE TENEMOS QUE HACER

(Lc 17,7-10)
No lo podemos evitar, queremos y esperamos esa palmadita en la espalda y esa palabra de elogio y gratitud por lo que hacemos. Lo experimento en mí mismo cuando me agradecen lo compartido en mis humildes reflexiones. Y digo humildes, no para recibir elogios luego, sino porque son simples reflexiones que, quizás, su grandeza pueda estar en la sencillez y la vivencia, honrada y en verdad, que brota de la realidad vivida cada día. Ese es la esencia de las mismas.

Pero, volviendo a lo comentado, respondo que hago lo que tengo que hacer, y si algún mérito hay que dar, dárselo al Espíritu Santo, porque de Él es el mérito para Gloria de Dios. Sé y comprendo que así es y que nos gusta animarnos y darnos aliento. Somos humanos y necesitamos, por nuestra debilidades, alimentar nuestro egoísmo para continuar esperanzados la tarea de cada día.

Pero, siempre atentos y vigilantes en la oración y al Espíritu Santo, para que no confundamos nuestra debilidad humana con nuestra actitud de siervos que cumplimos los que nuestro Señor nos manda. Esa es nuestra condición, que debemos cumplir con alegría y entusiasmo si esperar nada a cambio. Nuestro mayor gozo será cumplir con nuestro deber, y ese deber es amar y amar sirviendo al prójimo por mandato del Señor, que nos ama infinitamente.

Pidamos al Señor ver con alegría y entusiasmo esa nuestra actitud de servicio altruista y gratuita. Tal y como hemos recibido nuestras cualidades y bienes, compartámolos con aquellos que poco o nada tienen sin esperar recompensa ni agradecimiento. Pues ya los hemos recibido del Señor, que nos regala la vida y el gozo eterno en su Casa.

lunes, 7 de noviembre de 2016

ESCÁNDALO

(Lc 17,1-6)
Somos responsables de nuestros actos, pero cuando con ellos influimos directamente en otros y, quizás, de modo negativo, nuestra responsabilidad es mayor. Es mayor hasta el punto de poder escandalizalos y alejarlos del camino que lleva al encuentro con Jesús. Respecto a eso, Jesús nos dice:  «Es imposible que no vengan escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y sea arrojado al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños. Cuidaos de vosotros mismos».

Es una dura advertencia, porque a veces actuamos negligentemente y no advertimos que podemos estar dando mal ejemplo a quien nos ve y se relaciona con nosotros. Somos el espejo para mucha gente que se siente interpelada y animada por nosotros. Y depende de nosotros que le fallemos y le demos mal ejemplo. Son débiles y no lo comprenderán. Por eso tenemos que tener mucho cuidado. Ya nos lo advierte Jesús.

Somos responsables de nuestro proceder y actuar en nuestra familia, en nuestro ambiente y entorno, y debemos tener cuidado y estar muy atentos a lo que hacemos y como actuamos. Porque con un mal ejemplo y testimonio podemos dar al traste con la fe de muchos otros que nos miran. No todos tenemos la misma fortaleza y su fe es débil y se tambalea al menor contratiempo. Y, ante Dios, somos responsables de esas personas. Ellas son la causa para que nosotros nos esforcemos en actuar bien y darle ejemplo en la vivencia de la Palabra y cumplimiento de la Voluntad de Dios.

Por eso debemos estar en contante vigilancia e injertados  en el Espíritu Santo, para que fortalecidos e iluminados en Él podamos dar buen testimonio y ser luz para los que están cerca de nosotros y nos miran como ejemplo. Seamos, pues, conscientes de ese esfuerzo y esa actitud para siempre intentar obrar bien intencionado a fin de que nuestras obras y ejemplos sean favorables en dar buen testimonio y ayudar a acercar a los hombres al Señor.