miércoles, 2 de abril de 2014

¿QUIÉN DIRIGE MI VIDA?



Hay muchas preguntas a las que debemos responder. Preguntas que igual nunca nos hemos hecho y que quizás nunca nos las haremos, pero que de sus respuestas dependerá nuestra salvación. Experimentamos que nuestra vida es un camino, en muchos momentos alocados y en otros atormentados. Caminamos muchas veces sin sentido y en otros, el sentido se lo damos nosotros.

La pregunta: ¿Quién dirige nuestra vida? tiene una respuesta de vital importancia para, valga la redundancia, nuestra propia vida, pues si la dirigimos nosotros posiblemente la perderemos, pero si la ponemos en Manos del Señor será bien encauzada y salvada. Todo dependerá de donde la pongamos.

Si nuestra referencia es Jesús, el Hijo de Dios, observamos que Él ha puesto su vida en Manos de su Padre: "El Hijo no puede hacer por su cuenta nada que no vea hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que Él hace... (Jn 5, 17-30).

Ahora, la pregunta que me hago es: ¿Quién dirige mi vida? Si la dirijo yo, ya sé que me puede pasar, pues soy ciego y pecador, pero si la pongo en Manos del Señor, Él me conducirá a tierra fértiles de abundancia de paz y felicidad. Y la experiencia que tengo es que soy yo quien dirige mi vida e inmovilizo al Señor. Mis planes y proyectos son los que prevalecen aunque me autoengañe y los consulte con el Señor.

Pues cuando la cuesta se me hace dura y difícil de seguir, tomo otra dirección y yo mismo me pregunto y me respondo. Se hace difícil ponerse en manos de otro porque tus planes no coincidirán con él. Tendrás que obedecer sin estar de acuerdo. Cuanto más en Manos del Señor cuyos planes nunca entenderemos.

Sin lugar a duda, cuando es el Señor quién me dirige está asegurado el camino y siempre, a pesar de no entenderlo, será lo mejor para mi salvación. Y todos los que están a mi lado notan su presencia. Si esto no ocurre descubre que no suelto plenamente mi vida en Manos del Señor.
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martes, 1 de abril de 2014

DAME LA GRACIA DE NO PERDER LA ESPERANZA

(Jn 5,1-3.5-16)


Hay momentos complicados y comprometidos. Te invade la soberbia y pierdes el control de ti mismo. Se hace la oscuridad y te experimentas incapaz de dominarte y de ser dueños de tus actos. Te pones en manos del demonio y te sientes vencido e impotente. Se hace necesario tener paciencia y permanecer postrado como el paralítico de Betsaida a pesar de que pase el tiempo y no ocurra nada.

Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó; una vela nocturna. Para el Señor no cuenta el tiempo y Él actúa cuando llega el momento y la hora. Aquel paralítico, después de treinta y ocho años, fue curado por el Señor, y también lo seremos nosotros cuando Él disponga. Hay momentos de oscuridad y de impaciencia que nos hacen pensar que Tú te vas Señor y que no hay tiempo para verte y suplicarte curación. Todos corren detrás de Ti y se pierde el orden y se alborota la gente.

Dame la paciencia y la capacidad de saber esperar como el paralítico y de no perder la esperanza en Ti, Señor. Tú, Señor, siempre estás pendiente de mí y sabes de mis necesidades, de mis impaciencias y temores; de mis inquietudes, de mis pecados, de mi  soberbia y suficiencia. Límpiame de todos mis dudas, de mis prejuicios, de mi pobre conciencia escrupulosa o laxa...

Perdóname Señor y báñame de humildad y de tu Gracia porque soy un pecador.

lunes, 31 de marzo de 2014

BUSCAS CUANDO TIENES NECESIDAD

(Jn 4,43-54)


La experiencia nos dice que estando harto y satisfecho no nos movemos para buscar. Tenemos lo que nos acomoda y nos satisface y, ¿para qué buscar? Teniendo salud nos busco al médico, ni tampoco valoro mucho lo que es tener salud. Vivimos despreocupados y sin preocupaciones. Sólo nos interesa satisfacer nuestros caprichos, pasiones y pasarlo bien.

Podríamos convenir que es bueno tener necesidades porque ellas nos mueven a crecer y perfeccionarnos. Quien no padece nunca valorará el sufrimiento ni sabrá lo que significa una renuncia o sacrificio. Y eso es malo para el hombre. Tratamos de esforzarnos en educar a nuestros hijos en esos valores entendiendo que son buenos y necesarios para ellos.

En la necesidad, sobre todo en la enfermedad grave, levantamos la mirada y miramos hacia el Cielo. Buscamos en el horizonte celestial la presencia de Dios y le pedimos que alivie o sane el sufrimiento y dolor que padecemos o que padece algún ser querido de nuestro entorno. La necesidad aviva y despierta nuestra fe y nos pone en camino de encontrarnos con Jesús, el Hijo de Dios vivo.

Fue precisamente lo que le ocurrió a aquel hombre que buscó a Jesús, enterado que había regresado a Galilea, por la necesidad de salvar a su hijo. Busquemos al Señor para que nos alivie y cure, pero sobre todo para que nos dé la salvación eterna.

domingo, 30 de marzo de 2014

LA LUZ DE LA VERDAD

(Jn 9,1-41)


Hay quienes no ven la luz del sol y quienes viéndola no le dan la debida importancia. Experimentamos la necesidad de ver, de ver físicamente lo que hay a nuestro derredor y la luz del sol, pero percibimos que eso sólo no nos basta. La luz del mundo no es suficiente. Y ocurre que viendo no ven, pues con la simple vista de nuestros ojos no nos es suficiente para encontrar el camino de salvación.

No sólo se trata de ver, sino de ver la verdadera Luz donde se esconde la Verdad. Aquel ciego, cuya vida desde su nacimiento estaba envuelta en oscuridad, despertó a la luz cuando sus ojos se abrieron por la Gracia del Señor. Sin embargo, la verdadera luz estaba delante de él: "Jesús, nuestro Señor".

Sucede que muchos de nosotros, con buena salud óptica y mirada de águila nos perdemos en el horizonte de este mundo viendo cosas aparentemente importantes que sólo la tienen de verdad cuando son miradas y contempladas desde la mirada del Señor. Él es la Luz verdadera y todo en Él cobra verdadero sentido. Fuera de Él nada se sostiene ni nada tiene sentido.

Por eso, muchos que ven, no ven lo verdaderamente importante. Viendo no ven, y creyéndose videntes están verdaderamente ciegos pues permanecen en la oscuridad de este mundo, perdido y precipitado al abismo de la oscuridad, pues rechazan la única y verdadera Luz.

Abre mis ojos, Señor, y dame la verdadera Luz que ilumina mi camino hacia Ti.

sábado, 29 de marzo de 2014

LA NECESIDAD DEL PERDÓN


(Lc 18,9-14)

Descubrirme necesitado de Perdón y Misericordia es experimentarme pecador, pobre y enfermo. Sólo así, cuando me experimento enfermo descubro la necesidad de médico. ¡Pero no cualquier médico!, porque no cualquier médico puede sanar este tipo de enfermedad. Sólo Tú, Señor, por tu Inmenso Poder e Infinita Misericordia puedes embriagar mi humilde y pobre corazón de paz y auténtico amor.

Sólo Tú tienes Palabra de Vida Eterna. Palabra que da Vida nueva y renueva todo mi ser limpiándolo de toda inmundicia y pecado. Dame Señor un corazón publicano que sepa abajarse y humillarse ante tanta Grandeza y Divinidad, pero sobre todo, Misericordia y Amor.

Porque Tú, Dios mío, eres Fuente de Perdón y Misericordia, yo me postro ante Ti y te suplico misericordia por todas mis faltas, mis pecados de omisión, de indiferencia, de egoísmos...etc., que me impiden responder a tu llamada tal y como a mí me gustaría. 

Por todo ello Señor, te ruego transformes mi corazón endurecido, cómodo e instalado en un corazón generoso, activo y disponible para amar por amor.

viernes, 28 de marzo de 2014

TÚ, SEÑOR, LO PRIMERO DE TODO

(Mc 12,28b-34)


Nada hay primero que Tú, Señor, porque Tú eres el Camino, la Verdad y la Vida. Estar en Ti y alabarte cada día es la primera exigencia libre y voluntaria que se desprende de tu Amor, Señor. No hay nada que supedite esta relación amorosa y de alabanza y adoración a Ti, Señor.

Porque tu adoración y alabanza nos pone también en contacto con los demás, pues en ellos estás Tú también Señor. Porque has venido a sanar y salvar a los más necesitados, a los más pobres y marginados. No podemos adorarte y darte alabanzas si olvidamos y marginamos a los desposeídos y excluidos, porque Tú quieres una alabanza de amor que se manifieste en la fraternidad de hermanos hijos de un mismo Padre.

Jesús nos revela esa verdad del Padre cuando nos dice: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos». 

El segundo es el efecto del primero, porque no puedes amar a Dios si no amas a tu prójimo. Así la única forma de expresarle tu amor al Padre Dios es sirviendo por amor a tu prójimo. Amén

jueves, 27 de marzo de 2014

LA LUCHA CONTRA EL MAL

(Lc 11,14-23)


Nada más programar una reunión o convivencia de cualquier tipo surgen diferencias e incomprensiones que suscitan envidias, rencores y disputas. Diríamos que es imposible evitarlo, y la experiencia nos afirma en ese pensamiento. Cuando unos amigos se reúnen para celebrar o compartir un espacio de tiempo, sabemos que las críticas negativas y destructivas estarán presentes.

El demonio está al tajo y avispado para encender el fuego del mal dentro de cada uno de nosotros y abrir el enfrentamiento y la confrontación de unos contra otros. Más cuando sabe que estamos tocados y heridos por los efectos del pecado. Solos nada podemos hacer y necesitamos la Gracia del Espíritu Santo para poder defendernos y escapar de sus garras.

Sólo Jesús es capaz de expulsar el demonio de nuestro interior, y lo hace si nosotros se lo pedimos y nos abrimos a la acción de su Gracia y del Espíritu Santo que nos asiste y defiende. No faltarán los que tratarán de confundirnos y hacernos ver que el poder de Jesús le viene del demonio, pero el Señor con su sabiduría y autoridad deja todo al descubierto: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?... (Lc 11,14-23).

El mal reina entre nosotros y Satanás lo aviva con su poder. No evitaremos que eso sea así, pero podemos vencerlo si estamos agarrados al Señor y alimentados por su Cuerpo y Sangre en la Eucaristía y abiertos a la acción del Espíritu Santo. Amén.