miércoles, 25 de enero de 2017

¡PROCLAMAD EL EVANGELIO!

(Mc 16,15-18)
Por nuestro compromiso de Bautismo estamos consagrados como sacerdotes, profetas y reyes. Y eso nos compromete y exige proclamad el Evangelio. Es de sentido común que todos no podremos proclamarlo de la misma forma, pues cada cual tiene sus talentos y circunstancias que le señalan la forma de proclamarlo. Pero, si es cierto que todos tenemos que proclamarlo desde la verdad, la justicia y el amor.

Hemos recibido el Espíritu Santo e, igual que Jesús en su Bautismo, quedamos revestido por su fuerza y su poder. Jesús nos lo dice en el Evangelio de hoy: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Éstas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien». 

Y por la acción del Espíritu Santo  podemos, como Jesús, expulsar demonios, hablar en lenguas nuevas, imponer las manos sobre los enfermos y se pondrán bien. Todo está en que nos lo creamos y creamos en el Espíritu Santo. Ya nos lo dice Jesús: Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este sicómoro: Desarráigate y plántate en el mar. Y os obedecería.

Avivemos nuestra y creamos en la Palabra del Señor. Por El Espíritu Santo, recibido en nuestro Bautismo, podemos hacer lo que el Señor nos ha mandado. Tengamos fe y confianza en Él.

martes, 24 de enero de 2017

HERMANOS EN LA VOLUNTAD DE DIOS

(Mc 3,31-35)
Indudablemente que todos estamos hermanados en Xto. Jesús, porque estamos llamados a la salvación. Tenemos un mismo Padre común e invitados a salvarnos por los méritos del Hermano Mayor, nuestro Señor Jesús. Pero, también es verdad que sólo tendrán esta posibilidad aquellos que, no sólo escuchan la Palabra del Señor, sino que se esfuerzan y trabajan en cumplirla. Porque esa es la Voluntad del Padre.

Hoy, en el Evangelio, Jesús nos enseña esta lección. No son su madre, hermanos, hermanas los que llevan el vínculo de parentesco, sino aquellos que cumplen la Voluntad del Padre que está en los cielos. Jesús deja muy claro que no es el vínculo de la sangre lo que nos hace hijo de Dios, sino el vínculo del amor reflejado en el servicio y la entrega a los pobres y excluidos. Porque esa es precisamente la Voluntad de Dios.

Sus Palabras no dejan lugar a duda: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».

Y siguiendo la reflexión, observamos que, en lugar de dejar en mal lugar a su Madre, la exalta y la alaba, porque ella es la bienaventurada por haber creído. Y porque todo lo que hace va dirigido a cumplir la Voluntad de Dios. María es señal y orientación para todos aquellos que vamos perdidos y confundidos por los olores que el mundo nos suelta para confundirnos y sembrar dudas en nuestro corazón.

María es la Madre que soporta y ora en silencio, y camina al lado de su Hijo, a pesar de las críticas, desprecios y obras que sus propios parientes no entienden hasta el punto de no dejarle tranquilo. Es posible que muchos de nosotros estemos pasando por esas mismas pruebas y lleguemos a desesperar y hasta a pensar en abandonar. Caminemos y recemos junto a María, para que nuestro corazón fortalecido en el Espíritu se sienta hermanado con el de Jesús haciendo la Voluntad de Dios.

lunes, 23 de enero de 2017

DIVIDIRSE ES DESTRUIRSE

(Mc 3,22-30)
Las divisiones nacen en los enfrentamientos provocados por la envidia, el poder, la ambición, los privilegios y egoísmos. Una familia dividida está llamada a desaparecer. Lo mismo podemos decir de los pueblos y naciones. Hoy acusan a Jesús de estar proclamando en nombre de Beelzebul, y quienes lo dicen son los escribas, los entendidos y los que se supone sabían de las cosas de Dios para ayudar al pueblo.

No se entiende nada. Tienen delante a la misma Bondad en persona, Jesús, y no se dan cuenta. Se atreven a decir: «Está poseído por Beelzebul» y «por el príncipe de los demonios expulsa los demonios». No tiene ningún sentido decir esto, pues uno mismo no se puede expulsar ya que no podría subsistir. como tampoco un hombre forzudo, si no está atado, no dejará entrar a nadie a zaquear su casa. Jesús les explica y les dice en parábolas: «¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir. Y si Satanás se ha alzado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, pues ha llegado su fin. Pero nadie puede entrar en la casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata primero al fuerte; entonces podrá saquear su casa. Yo os aseguro que se perdonará todo a los hijos de los hombres, los pecados y las blasfemias, por muchas que éstas sean. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será reo de pecado eterno».

Es esperanzador escuchar del mismo Señor que todos los pecados y blasfemias, por muchos que sean, serán perdonados. Sin embargo, quien blasfeme contra el Espíritu Santo no será perdonado. Y es que si no dejamos actuar al Espíritu Santo en nosotros no podremos tener perdón y, por lo tanto, salvación. Y es que para creer y hacer la Voluntad de Dios tenemos que dejar entrar al Espíritu Santo en nosotros y dejarnos conducir por sus impulsos y acciónes. Él será el que nos da la fuerza para vencer al mal y hacer la Voluntad de Dios.

domingo, 22 de enero de 2017

LA PRUDENCIA DE JESÚS

(Mt 4,12-23)
No conviene provocar el peligro, y Jesús, con buen sentido común, se aleja de la amenaza que le pone en peligro. Ya habían matado a Juan y Jesús, no por miedo sino por prudencia, se aleja y retira a Galilea. Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: «¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido». Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado». 

El Reino de los Cielos está entre nosotros, ha llegado. Jesús es el Reino de Dios, y se ha hecho presente entre nosotros para enseñarnos el camino de salvación. Jesús va a proclamar el mensaje de salvación con su Palabra y con su Vida. En su Bautismo, el Padre nos ha invitado a escuchadle y a imitarle. Él es el Hijo predilecto en el que el Padre se complace.

Desde entonces estamos invitado a convertirnos, a cambiar la forma de ver la vida y de pensar según nos la enseña Jesús. Un estilo de vida diferente donde el amor es la centralidad del mensaje y el arma a utilizar en todos nuestros actos. Y para eso, Jesús escoge a unos discípulos, Andrés y su hermano Simón. A Santiago y su hermano Juan. Va formando su grupo predilecto y les encargará, junto con otros que escogerá más tarde la misión de seguir proclamando su mensaje. Es la Iglesia que 2016 años más tarde sigue en pie proclamando su mensaje.

Hoy también te elige a ti y a mí. Todos por nuestro Bautismos somos elegidos para continuar la misión. Quizás lo que tenemos que descubrir es el cómo y dónde. Ya hemos sido colocado en el tiempo, en un lugar, en una familia y en unas circunstancias concretas. Ahora, conducidos por el Espíritu encontraremos el camino y la forma.

sábado, 21 de enero de 2017

UN BIEN QUE NO SE ENTIENDE

(Mc 3,20-21)
Cuando nuestra vida hace el bien, para muchos es molestia y les causa problemas. Muchos no quieres que tú hagas o vivas de otra forma, porque puede ser que esa forma, si nace y vive en la verdad, les descubra y les denuncie. Ese remordimiento les molesta y tratan de buscar razones que le justifiquen su rechazo y su defensa alegando que estás loco o perturbado. Y es en tu propia familia, como le ocurre a Jesús, donde encuentras más dificultades y tropiezos.

No se entiende la caridad y el amor desmedido de Jesús por hacer el bien. Todos acuden a Él porque, en Él, buscan y esperan encontrar la solución y el remedio a sus problemas. Y eso molesta a otros, a los cercanos, a los que no le valoran porque son de los suyos y no entienden su Divinidad. "Nadie es profeta en su tierra". Y ahí está María, en medio de esa encrucijada, y también señalada. Comprenderemos el camino de una Madre y su dolor hasta llegar al pie de la Cruz. Pero también descubriremos su firmeza, su fe y su perseverancia.

Esta humilde reflexión nos puede ayudar a considerar cuál es nuestra actitud. Porque también nosotros podemos encontrar exagerada la exigencia de la Palabra de Dios. También nosotros podemos discutir que el Evangelio es muy radical, muy exigente y que Jesús se pasa un poco. Y, posiblemente, tratemos de buscar algunas justificaciones. Caemos en el autoengaño.

Es posible que estemos incluidos en esa gente que no le deja tranquilo, ni siquiera comer. Le seguimos crucificando y exigiéndole que nos demuestre con su poder que es el Hijo de Dios, que baje de la Cruz y se salve, y nos sorprenda. No somos mejores que aquel ladrón de la izquierda. Una vez más, exigimos un dios hecho a nuestra medida, a nuestras verdades, a nuestras miradas por el estrecho embudo. Un dios que se acomode a nuestra manera de pensar.

Reflexionemos en ese sentido, e, injertados en el Espíritu Santo, tratemos de dejarnos conducir por su Luz, confiados en que con su asistencia y poder podemos hacer realidad nuestra correspondencia al amor que el Señor nos da.

viernes, 20 de enero de 2017

LA ELECCIÓN QUE NOS ASUSTA

(Mc 3,13-19)
Tenemos miedo responder que sí, y de entregarnos sin condiciones, tal y como Dios nos quiere y nos llama. Porque no hay excusa ni justificación. Él nos lo ha dado todo y de manera gratuita, sin pedirnos nada a cambio. Y nos pide a nosotros lo mismo. Pero, previamente, nos ha dotado, también gratuitamente, de todo lo necesario para responderle de esa misión que nos ha encargado.

Y no es fácil descubrirla, pero tampoco difícil. Digamos que se necesita estar atento, vigilante y dispuesto a ir dejando lo que entendemos que no debemos hacer y que son apetitos, apegos, comodidades y egoísmos. Digamos que tú sabes cuándo actúas bien y cuando no. Al menos te quedas en duda y no muy conforme. Digamos que hay señales que nos indican lo que Dios quiere de cada uno de nosotros y que también nuestra conciencia nos descubre.

Estar atentos es seguir cada día la Palabra de Dios e ir, en estrecha relación con el Espíritu de Dios, que habita en nosotros desde nuestro Bautismo, dialogando y conociendo lo que Dios quiere de forma concreta de cada uno de nosotros. Iremos descubriendo nuestras cualidades y, sobre todo, poniéndolas al servicio del bien y para el bien de los demás. Entonces iras experimentando y sintiendo lo que Dios quiere de ti y para lo que te ha preparado.

Es posible que sientas cansancio. Muchos incluso se quedan por el camino. Les falta la constancia, la fe y paciencia, la perseverancia y, sobre todo, la esperanza. ¿Qué sacrificios entiendes que Dios te pide? Jesús, el Hijo de Dios, ya los satisfizo todos. Tú no tienes que pagar nada. Entre otras cosas porque tu sacrificio no paga nada. No tenemos talla ni capacidad para poder pagarle a Dios. Todo nos ha sido regalado.

Simplemente, tus sacrificios consisten en el esfuerzo de cada día en hacer lo que Dios quieres que hagas. Es decir, su Voluntad. Y su Voluntad es lo que te ha encargado. Ahí, donde estás, con esas cosas que quizás te cuestan, porque te gusta y desearías hacer otras, pero es esa la que conviene y la que tienes que hacer: "Hacer bien tu trabajo; atender a los tuyos lo mejor que puedas; escuchar, comprender, tener paciencia, soportar al que nadie soporta...etc. Esos son tus sacrificios, los que Dios te pide, y el tiempo dedicado a hablar con Él.

Sí, Dios también nos ha llamado a cada uno de nosotros. Y por nuestro nombre. Y está junto a nosotros, a tu lado y al mío. ¡¡Despertemos y respondámosle!!

jueves, 19 de enero de 2017

ESCUCHAR Y HACER

(Mc 3,7-12)
En el Bautismo Jesús fue presentado por el Padre como el Predilecto, el enviado, el Hijo en el que se complace, y nos invita a escucharle. El escucharle implica también el hacer lo que Él hizo y hace cada día con nosotros, amarnos misericordiosamente y acogernos perdonándonos todos nuestros pecados. En la raíz del perdón se esconden nuestra actitud de amor. Si amamos perdonamos, y si perdonamos es porque amamos.

Jesús, en el pasaje que hoy nos cuenta el Evangelio, es perseguido por la gente. La multitud se agolpa a su lado y le siguen por todas partes. Incluso muchos se lanza a agarrarle, a tocarles con la esperanza de curar sus dolencias. Jesús tiene que tratar de huir para evitar que le aplasten. 

Jesús acoge y cura. Su fama se extiende por toda Judea. Vienen a Él de todas partes buscando ser sanados. Sin embargo, debemos buscar también la sanación del alma, porque el cuerpo solo queda a merced del tiempo y de la corrupción. La salvación, nuestra salvación, es integral, cuerpo y alma, y si queda coja no sirve. Es de sentido común y por eso, Jesús busca también perdonar nuestros pecados.

Nuestros esfuerzos deben ir orientados a la unidad. Una unidad de comunión, unidos en el mismo Cuerpo del que nos alimentamos espiritualmente. Una unidad que se fragua y consolida en las parroquias. Una unidad que nace de tomar conciencia de despertar nuestra presencia entre los demás y de sentirnos unidos, tenidos en cuenta, presentes en la oración. Ahí deben ir unidos nuestros esfuerzos. Unidos para también ayudar a los que lo necesitan.

Unidos para dar ejemplo y testimonio del amor que nos enlaza en Xto. Jesús. Por eso, debemos mantener nuestra mirada fija en el Señor para escuchar su Palabra y ver sus obras.